Cómo
se escribió la Biblia
Juan Ramón González Ortiz

Las
copias más antiguas que poseemos de los libros bíblicos
son las que se encuentran en Qumran, con unos 200 manuscritos bíblicos
diferentes. Son anteriores en un milenio a la copia más antigua
de la Biblia hebrea conocida, y la comparación de estos últimos
manuscritos con los textos bíblicos de Qumran ha permitido
mejorar las recientes traducciones de la Biblia.
En el siglo X d.C., un grupo de sabios judíos, conocidos con
el nombre de Masoretas, reunidos en Tiberíades, en los bordes
del Mar de Galilea introdujeron los puntos que indican las vocales
en la escritura consonántica, y añadieron un número
considerable de anotaciones. Su trabajo dio nacimiento al texto masorético
(MT), considerado desde entonces como la Biblia hebrea de referencia.
Hasta el S.XVI, los Masoretas siguieron añadiendo y corrigiendo
el texto de la Biblia hebrea, o Tanaj.
El Códex de Alepo (Siria) que data del siglo X d.C., es la
copia más antigua del texto masorético, que por desgracia
fue quemado en parte en 1947. Privados de este manuscrito, los sabios
contemporáneos se han visto obligados a referirse a una copia
más reciente de la Biblia hebrea, conocida con el nombre de
Codex de Leningrado, que fue compilado un siglo después del
de Alepo y probablemente copiado de este último.
Cuando, para simplificar las cosas, decimos que Esdras “inventó”
la Biblia hacemos una afirmación demasiado cómoda, tanto
para el que la dice como para el que la escucha, pero que oculta un
fondo de verdad.
En efecto, fue Esdras, o Ezra, en hebreo, quien condujo a un nutrido
grupo de deportados judíos de vuelta desde Babilonia, adonde
Nabucodonosor II se los llevó, en el 586 a.C., pues en el 537
a.C., Ciro el Grande autorizó su retorno.
Esdras tenía una intensa ambición por ser el líder
poderoso de un grupo étnico. Pero aún quería
más, crear un pueblo (el pueblo judío, que él
había traído desde Babilonia) que fuese la élite
del mundo y que gobernase a todos los demás porque, sencillamente,
Dios le había elegido para eso.
Es decir, una etnarquía.

De hecho, fue Esdras el que agrupó a los nómadas semitas
y les dio una fuerte identidad nacional.
A partir de Esdras, la comunidad semita judía empieza a adquirir
identidad nacional.
Esdras era un sacerdote caldeo, entregado al culto del fuego, el cual
era la representación viva y simbólica de Dios. Esdras
reescribió totalmente lo que después se llamará
la Torá, usando, naturalmente, los preceptos judíos,
pero también uniendo elementos caldeos, fenicios y egipcios.
Todas las antiguas escrituras judías ardieron en el incendio
y destrucción de Jerusalén a manos de Nabucodonosor.
Una vez que los judíos recobraron la libertad, cincuenta años
más tarde de la conquista de sus tierras por los babilonios,
Esdras, gran sacerdote, asistido por Nehemías, fabricó
el corpus doctrinal, legendario y teológico que necesitaba
la nueva nación judía.
Hay que aclarar que una gran parte de los judíos deportados
a Babilonia, se encontraba muy integrada en esa tierra y decidió
quedarse allí una vez que Ciro les devolvió la libertad
y no desearon regresar a la Tierra Prometida. Los que siguieron a
Esdras, fundamentalmente, eran sacerdotes y nobles, y además
numerosos caldeos.
Clemente en el 586 a.C., de Alejandría escribe que después
del incendio de Jerusalén, “el escriba Esdras recompuso de
memoria la Torá, hacia el año 460 a.C.”
La primera acción de Esdras fue reescribir la historia judía
en relación con el papel que quería darle al recién
llegado grupo de deportados judíos. Esdras y sus escribas (o
soferim) se encontraron ante un reto de muy difícil solución.
La práctica totalidad de escritos sagrados hebreos ardieron
cuando se destruyó el Templo de Salomón, en la toma
de Jerusalén del 587 a.C. Este “primer” Templo estaba en la
explanada del monte Moria, donde hoy en día están la
Cúpula de la Roca y la Mezquita de AlAqsa. El primer Templo
fue construido por el rey Salomón para sustituir al Tabernáculo
como único centro de culto para el pueblo judío. Fue
saqueado por el faraón Sisac en 925 a. C., y fue completamente
destruido por los babilonios durante el segundo asedio de Nabucodonosor
II a Jerusalén en 587 a. C.
Esdras optó modificar a su conveniencia toda la historia del
pueblo judío. Por ejemplo, el relato de Moisés, líder
fundamental del antiguo pueblo judío, fue compuesto a partir
de narraciones surgidas en la India, Fenicia y Mesopotamia. En realidad,
así fue escrita toda la Torá (que son los cinco primeros
libros de la Biblia, o sea, el Pentateuco).
Pero la tarea no era nada fácil, pues había que darle
un papel activo a Yahvé, el dios de Israel, y marcar las diferencias
con todas las creencias y relatos de los pueblos de Mesopotamia.
Además, en Jerusalén vivían una cantidad ingente
de pueblos y tribus diferentes de los judíos, por ejemplo,
cananeos, hititas, jebuseos, amorreos, moabitas, fenicios, etc., cada
uno con su dios. Esdras tuvo que apañárselas para que
Yahvé prevaleciese sobre todos los demás, los cuales
pasaron a ser simples figuras simbólicas.
Esdras no se detuvo aquí. Su ambición le llevó
a buscar los medios para que sus nómadas fuesen, nada más
y nada menos, la élite de todo el universo. Es decir: el pueblo
elegido por Dios. Un pueblo por encima de todos los demás.
Por tanto, los judíos que se habían casado con mujeres
extranjeras eran impuros. Esdras, entonces, obligó a los judíos
a abandonar a las mujeres, maridos e hijos de otras etnias o grupos
si querían formar parte del pueblo elegido por Dios´
Incluso escribió:
“La tierra a la cual entráis para poseerla, es una tierra vil
a causa de la inmundicia de los pueblos de aquellas regiones, es una
tierra manchada por las abominaciones de que la han llenado de uno
a otro extremo con su inmundicia. 12 Ahora, pues, no daréis
vuestras hijas a los hijos de ellos, ni sus hijas tomaréis
para vuestros hijos, ni procuraréis jamás su paz ni
su prosperidad; para que seáis fuertes y comáis el bien
de la tierra, y la dejéis por heredad a vuestros hijos para
siempre. 13 Mas después de todo lo que nos ha sobrevenido a
causa de nuestras malas obras, y a causa de nuestro gran pecado, ya
que tú, Dios nuestro, no nos has castigado de acuerdo con nuestras
iniquidades, y nos diste un remanente como este, 14 ¿hemos
de volver a infringir tus mandamientos, y a emparentar con pueblos
que cometen estas abominaciones? ¿No te indignarías
contra nosotros hasta consumirnos, sin que quedara remanente ni quien
escape? 15 Oh Yahve, Dios de Israel, tú eres justo, puesto
que hemos quedado un remanente que ha escapado, como en este día.
Henos aquí delante de ti en nuestros delitos; porque no es
posible estar en tu presencia a causa de esto.” (Esdras, IX, 11 15)
Nehemías sigue insistiendo en esto, aún con más
dureza:
“y la mitad de sus hijos hablaban la lengua de Asdod, porque no sabían
hablar en judío, sino que hablaban conforme a la lengua de
cada pueblo. 25 Y yo reñí con ellos, y los maldije,
y herí a algunos de ellos, y les arranqué los cabellos,
y les hice jurar, diciendo: No daréis vuestras hijas a sus
hijos, y no tomaréis de sus hijas para vuestros hijos, ni para
vosotros mismos”. (Nehemías, XIII; 24 25).

Cuando los judíos quisieron reconstruir el Templo, los sacerdotes
y judíos puros rechazaron el ofrecimiento de los considerados
impuros. Este fue el caso de los samaritanos, que fueron rechazados.
Esdras creó una agrupación, un “partido” diríamos
ahora, que no solo no unía al pueblo, sino que lo dividía
fatalmente. En el 444 a.C., Nehemías, al ser nombrado gobernador
de Judea, continuó con el trabajo de Esdras. Se instauró
el poder de un dios único, Yahvé, servido por una casta
de sacerdotes, que decía continuar la línea directa
desde Sadoq, hijo de Eleazar, el cual fue el hijo de Aarón.
Sadoq fue el primer sumo sacerdote del Templo en los tiempos de Salomón;
Esdras, por su parte, era la novena generación de descendencia
patrilineal directa de Fineas, el hijo de Eleazar, padre de Sadoq.
Se formaron varios grupos que rechazaban tanto las pretensiones como
las prácticas de los sacerdotes del Templo de Jerusalén.
Por ejemplo, los nazarenos y los esenios. Se estableció una
gran tensión entre estos grupos que buscaban el misticismo
y los sacerdotes del Templo. Los sacerdotes los trataron con mucha
animosidad y desdén llamándoles paganos y galileos,
y persiguiéndoles legalmente, muchas veces con verdadera crueldad.El
ambiente de división y de lucha sin cuartel entre todos los
grupos y la casta sacerdotal era inimaginable en los tiempos en los
que vino al mundo Nuestro Salvador, el Señor Jesucristo. Robert
Amberlain, autor del famoso libro, verdadero best seller, Los secretos
del Gólgota, nos dice en su obra Adán, el Dios rojo,
“Esta reconstrucción, realizada bajo la iniciativa de Esdras,
fue reestructurada otra vez, de nuevo, y en todos los sentidos durante
la adaptación de los puntos vocales, modificación decisiva
e importantísima de la lengua hebrea.
Desde Esdras hasta el final del siglo VIII de nuestra era, el Antiguo
Testamento pasará por numerosos matices. Cada traductor pone
su nota, cada escriba, cada copista lo interpreta a su manera. Un
día aparecen los puntos vocales, innovación que desembocará
en la traducción de los Masoretas. En esta época, la
versión hebrea llamada el Pentateuco, que está en manos
de los Samaritanos, difiere tanto del texto judío como del
griego de los Setenta”.
Alejandría fue el hogar de la diáspora judía
más importante. Los Judíos de la ciudad hablaban perfectamente
el griego, ya que desde el tercer siglo a.C., el hebreo era tan deficiente
que fue necesario traducir la Biblia al griego. Esto fue algo útil
ya que la lengua griega conduce a la abstracción, mientras
que el hebreo es sorprendentemente concreto y poco provisto de adjetivos.
Según Flavio José, el rey Ptolomeo II Filadelfo (285
246 a.C.), queriendo leer la Biblia hebrea en griego, escribió
al Gran Sacerdote Eleazar rogándole que le enviara seis traductores
de cada una de las doce tribus, para que hicieran una traducción
para él. Siendo setenta y dos los sabios, la cifra se redondeó
a setenta. Por eso se llama a esta versión la versión
de Los Setenta, que frecuentemente se abrevia como “la LXX”, y a esta
Biblia se le llama la Septuaginta, que significa setenta en griego.
Es difícil creer que las doce tribus, que sólo han existido
en la imaginación de los rabinos y que además se perdieron
después de los años 700 al 800 a.C., hubieran enviado
seis hombres que posteriormente desaparecieron sin dejar rastro alguno.
Sin embargo, debemos considerar esta versión sobre su composición,
la de la LXX, como ocultando una revelación divina. Margueritte
Harl, en su estudio sobre la Biblia de Los Setenta dice, “En realidad,
el proceso de traducción se extendió a lo largo de dos
siglos y medio”. Se trata forzosamente de una leyenda inventada por
los Judíos de Alejandría, con la intención de
velar los escritos originales que sirvieron para construir los Setenta.
A la obra original de los Setenta, compuesta por los cinco libros
del Pentateuco, el último de los cuales es el Deuteronomio,
se incorporaron una cincuentena de otros libros que dieron nacimiento
al Antiguo Testamento y que fueron el punto de referencia definitivo
para la creación de la joven Iglesia cristiana.
Los primeros Padres de la iglesia tomaron el relato bíblico
en su totalidad, sin corregir o sin expurgar nada. Por ejemplo, Jacob
emigra a Egipto con una familia compuesta de setenta personas. Pero,
al cabo de doscientos años, estos setenta individuos se han
transformado en al menos tres millones de personas, que tienen que
abandonar Egipto. Evidentemente, esto es irracional y no puede ser.
Pero nadie lo corrigió.
Personalmente, no tengo ninguna duda de que los autores, fuesen los
que fuesen, de los relatos tradicionales contenidos en el Deuteronomio
(que en griego quiere decir “Segunda ley”), o el Pentateuco, eran
hombres inspirados y conocedores de las leyes divinas. No son cuentecitos
de pastores de cabras, chamanes, magos o juglares como hoy en día
supone tanta gente, incluso dentro de la propia iglesia católica.
De hecho, los escritos del Deuteronomio y de todo el Pentateuco poseen
un esoterismo y un hermetismo velado. Esta dimensión trascendental
y esotérica de los cinco primeros libros de la Biblia es idéntica
a la de los Vedas hindúes. El sentido se va descubriendo para
aquel que ha puesto en práctica las leyes divinas y que ha
hecho de estas una reflexión constante en su vida.
Abraham Ségal, en su obra Investigación sobre un Patriarca,
es categórico al respecto:
“No debe situarse el Génesis en los orígenes míticos
de una Israel mítica, sino en los orígenes históricos
de una Israel que consigue el estatus de nación, cuando está
en el exilio. Esta línea de coronación es mucho más
interesante para mí que ver en la historia de Abraham una vieja
leyenda que viene desde la edad de Bronce antiguo o medio, un viejo
mito para satisfacer nuestra imaginación romántica.
La historia fue elaborada durante el exilio, y Abraham surge de una
memoria a la cual ya no tenemos acceso, es decir: tradiciones orales,
triviales o de clanes. Surge entonces como una construcción
pensada para que un pueblo que no tiene ni Templo, ni dinastía,
ni territorio, pueda ocupar un espacio nacional (imaginario y potencial)”.
El
Pentateuco, contiene toda la historia de Israel desde su supuesto
origen, y en su conjunto no constituye en una unidad. Tanto para esoteristas
y expertos en lecturas simbólicas como para historiadores,
fue compilado de forma tardía.
Si analizamos atentamente el libro del Levítico o el libro
de Malaquías tenemos que concluir, que, si bien no fueron
escritos por Esdras, sí que fueron profundamente reformados
en tiempos de Esdras. Pues con Esdras surge la interpretación
de las escrituras consideradas como sagradas e intocables.
Existen numerosas contradicciones que demuestran que hubo varias manos
escribiendo los cinco libros del Pentateuco. Estos “ajustes” prueban
que alguien añadió algo, pero ese alguien desconocía
que, más arriba o más abajo, el texto original decía
otra cosa que no era coincidente. Por ejemplo, en el capítulo
VII del Génesis, en el versículo 15, se nos dice que
Noé embarcó una pareja de animales de cada especie,
pero en el versículo 2 se nos había dicho, previamente,
que fueron siete parejas de cada especie…. En el libro IV del Génesis,
Dios es invocado como Yahvé, pero en Éxodo, cap. III,
se nos dice que este nombre no fue revelado a Israel hasta el episodio
de la zarza ardiente con Moisés.
Aarón muere dos veces y, naturalmente, es enterrado en dos
lugares diferentes…
De todas maneras, aunque haya contradicciones en algunos elementos
narrativos, e incluso históricos, lo que prima por encima
de todo es su profundo simbolismo y esoterismo.
La parte histórica de la Biblia no puede ser tenida en cuenta.
La arqueología y el estudio han demostrado que la mayor parte
de enclaves y datos geográficos o históricos que se
dan, son totalmente ilocalizables. El actual monte Sinaí
se supone que es la montaña de la que habla la Biblia solo
por una tradición de los monjes y ermitaños del primitivo
cristianismo.
Los actuales rabinos judíos vigilan con celo y se entrometen
en el trabajo de los arqueólogos conscientes de que no siempre
la verdad de la arqueología y la dimensión histórica
del relato bíblico coinciden.
En cierta medida, el miedo de los rabinos hacia la realidad de su
historia es muy parecido al miedo de los Primeros Padres de la Iglesia
con respecto a la suya.
Un tema muy curioso es que la lengua hebrea, el hebreo de Moisés,
se fue perdiendo poco a poco en la cautividad, hasta que al final
se perdió definitivamente. Pues los israelitas adoptaron el
idioma caldeo tras un período previo en el que lo mezclaron
con su lengua. El resultado fue el nacimiento de un dialecto nuevo
del caldeo hablado solo por esta población. A pesar de que
la tradición judía, sitúa el surgimiento del
hebreo en el siglo X a.C., en realidad el hebreo como vehículo
capacitado para el pensamiento y la filosofía, nace hacia el
año 500 a.C.
Espero, querido lector, que te haya gustado este pequeño artículo
sobre un tema tan apasiónate sobre cómo surgió
la Biblia. Es una tema que a mí me ha quitado el sueño
durante años y al cual le he dedicado horas y horas de estudio.
A día de hoy ya he perdido la febril curiosidad por estos temas,
sin embargo, cada vez me atraen más, otros temas, desconocidos
por mí en mi juventud, mis investigaciones consisten en,
“Mantequillas y pan tierno,
Y las mañanas de invierno
Naranjada y aguardiente,
Y ríase la gente.”
Juan
Ramón González Ortiz