| La
mente del adolescente
Por Juan Ramón González Ortiz

Adolescencia es equiparable a una palabra: hormonas. Es la gran época
que nos proyecta a la vez hacia dentro de nosotros mismos y que, a la
vez, nos saca de nosotros mismos. Personalmente, no solo también
he sido adolescente, sino que ha sido uno de los campos de mi trabajo
durante más de la mitad de mi vida. Más de media vida pasada
entre jovencitos y adolescentes, agotador, ¿no?
Si la adolescencia no fuera tan peligrosa, sería algo muy divertido
y vital. Pero no suele ser así: el abandono del hogar y de los
guías (padres, profesores, hermanos mayores, tutores, etc.), por
parte del adolescente, le expone siempre a riesgos, pues la vida de los
adultos, fuera del ámbito controlado de la familia, o del instituto,
o de los clubes deportivos, es una selva furiosa. Inmiscuirse en esa selva
antes de tener la suficiente fortaleza puede acarrear heridas muy profundas,
físicas y anímicas. Cuando un adolescente se entrega al
mundo exterior lo hace sin ningún miedo ni temor, confiado solo
en su impulsividad. El adolescente no piensa en las consecuencias. O piensa
solo en ellas a un plazo muy corto. Por supuesto, cuando se le advierten
o se le exponen los resultados derivados de sus hechos se muestran totalmente
indiferentes.

La culpa de todo es la inmadurez de sus cerebros.
Concretamente,
de su corteza prefrontal. En consecuencia, si, además de ser inmaduro
ese cerebro, el adolescente cae en la tentación de aficionarse
a sustancias adictivas (y aquí no hablo de la adicción a
los helados o a las gominolas), el daño será incalculable.
He tenido alumnos adolescentes que a sus catorce o quince años
ya eran grandes bebedores de alcohol, consumidores de drogas químicas,
a todas horas inhalaban barnices, fumaban frecuentemente marihuana y a
veces mezclaban todo lo anterior. Una alumna, por ejemplo, fue más
allá y se aficionó a beber cerveza mezclada con mercromina.
Sin embargo, los adolescentes creen que su problema no es su cerebro inmaduro.
Sino, más bien, el cerebro de sus padres.
La realidad debería de ser que la corteza prefrontal del cerebro
de los padres tendría que ser la que sustituyese a la corteza prefrontal
del cerebro de los adolescentes.
Puesto que la corteza prefrontal de los adolescentes es inmadura, debería
de ser la de los padres la que se ocupase de la planificación vital,
de la organización de todo el entorno, del marco doméstico,
y de los dilemas éticos. Pero…, y aquí viene lo gordo:
Los adolescentes han descubierto que sus padres no tienen ninguna capacidad
ni ningún poder para imponer su corteza prefrontal sustitutoria.
Este es el verdadero problema de la adolescencia. Y es un grave problema.
Corteza Prefrontal
El proceso de maduración
de esta estructura cerebral se prolonga hasta los veinte años.
Esta es la causa de la desorganización y de las malas decisiones
de un adolescente.
El cerebro de un adulto sabe repartir las tareas entre las diferentes
áreas cerebrales. El cerebro de un adolescente no. Y cuando lo
consiguen hacer, son capaces de trabajar al mismo nivel que un adulto,
pero durante menos tiempo, pues para ellos la más mínima
distracción es capaz de inducirlos a errores o de hacerlos trabajar
deficientemente. Además, está el problema de la regulación
de sus ritmos, pues por gracia particular de su fisiología la regulación
de los ritmos diurnos y nocturnos de un adolescente reside en sus hormonas
sexuales. Esta es la razón de que no hay quien los levante por
la mañana, a la hora de ir a sus clases, y, sin embargo, por la
noche se apodera de ellos una especie de fantástico frenesí
hiperactivo.
Ese aumento en la producción de hormonas sexuales durante la pubertad
despierta no solo el conocimiento de la sexualidad sino los comportamientos
arrogantes y antisociales. En los países ricos de Europa Occidental,
un tercio al menos de los adolescentes de entre diez y diecisiete años
han cometido algún delito alguna vez. Yo también fui un
jovencito bárbaro y tengo que acusarme de eso mismo. Sin embargo,
en todos esos países, a partir de los diecisiete años la
tasa de delitos entre jóvenes va decreciendo notablemente.
Evidentemente, el porqué de ese decrecimiento radica simplemente
en que el desarrollo de la corteza prefrontal va frenando la impulsividad
y facilitando la reflexión hacia los comportamientos morales.
Con todo esto quiero decir que la adolescencia sí que tiene un
final. Consideremos, ahora, lo agotador que es para un profesor que por
cada adolescente que pasa al nivel siguiente, al nivel de la madurez y
que se esfuerza por encontrar, o construirse, su nicho dentro de la estructura
social, cada año le llegan diez o doce adolescentes nuevos, en
plenitud florida.
Muchos profesores opinan que una profesión así no les merece
la pena.
Pero si adolescencia es sinónimo de algo es de …. enamoramiento.
Nadie que recuerde sus amores adolescentes podrá dejar de sentirse
admirado por la pureza y la nula carnalidad de aquellos afectos. Fueron,
en verdad, amores del alma, en los cuales todo era emotividad e idealismo.
Fueron nuestros amores más cercanos al amor angélico. Después
irrumpió, casi siempre desastrosamente, la sexualidad, con todos
sus vínculos, y lo fastidió todo.
El enamoramiento adolescente a primera vista es sencillamente biología,
y nada más. Aquí no pinta nada la corteza prefrontal, sino
que son las áreas más biológicas e inferiores del
cerebro, las que dirigen todo lo que es inconsciente, quienes llevan el
mando de todo este proceso.
El enamoramiento no es sino un proceso que involucra la recompensa, que
puede ser desde el hecho de saber que se es importante para alguien hasta
el placer sexual. Es decir, que se activa el sistema de la sensación
placentera, que utiliza la dopamina como neurotransmisor.

Sistema
de recompensa dopaminérgico
El sistema
de recompensa se origina en el tegmento ventral, cuyas fibras terminan
en el núcleo accumbens, y de ahí la descarga llega a la
corteza prefrontal.
Estas descargas
de dopamina explican la “adicción al enamoramiento”
de muchísima gente, no solo jovencitos, y que cuando la relación
se rompa sobrevenga un verdadero síndrome de abstinencia.
Solo cuando el enamoramiento dura ya algún tiempo, se activa la
corteza prefrontal. Entonces, con ella, planificamos, ponderamos, y decidimos
si merece la pena seguir adelante.
En el caso de que deseemos formar una pareja estable, desparece el estrés
que suscita la atracción romántica, desaparecen en el hombre
los altos niveles de cortisol, y en las mujeres los altos niveles de testosterona
(que es la hormona del deseo, tanto en hombres como en mujeres) como respuesta
de la sobreestimulación de las glándulas suprarrenales,
pues el enamoramiento es una situación enloquecedora, de verdadero
estrés.
Así pues, desaparece el mecanismo que activa el eje del estrés.
Porque eso es el amor romántico: estrés sensorial y estrés
en el procesamiento de la realidad. Y se desactiva también, en
el seno de la relación, el permanente sistema de recompensa dopaminérgico
como motor de la feliz pareja.
Entonces, cuando se empieza a enfriar el intenso e irracional enamoramiento,
es cuando la corteza prefrontal va tomando el control de la situación.
Porque la corteza prefrontal es la que realiza la verdadera elección
consciente de la pareja. Por eso no se puede hacer nada, absolutamente
nada, cuando un jovencito, tal vez un hijo, o hija, nuestro, se ha enamorado
de la persona equivocada. No se puede hacer otra cosa que rezar para que
la corteza prefrontal se abra paso y decida qué hacer.
La corteza prefrontal nos indica claramente qué es el amor, o cómo
se puede descubrir, y además pone sobre el tapete de la pareja
el tema de la reproducción.
Conclusión
El cerebro adolescente son hormonas.
Hormonas y estrés. Se necesitan muchos cambios químicos
para desencadenar la adolescencia, y también para acabar con ella.
La adolescencia desde el punto de vista biológico no tiene otro
sentido que el de preparar a nuestros hijos para el abandono del nido
y el de prepararlos para la reproducción. Los adolescentes no pueden
hacer hacer nada sensato porque se rigen por un cerebro inconsciente.
Hay que advertirlos, reconvenirlos una y mil veces, disciplinarios y sobre
todo explicarles que son campo de batalla de un cierto cerebro inmaduro,
que, en cuanto madure, poco a poco irá tomando el control.
La adolescencia siempre se acaba pasando, a fin de cuentas, es un tipo
de “coqueluche”.
Personalmente, también le encuentro cierta belleza, esa explosión
de sentimientos y esa abundancia de colores, las adelfas blancas de los
poetas, las adelfas rosas, el lirismo…..
Tal vez yo también padezca un cierto tipo de “síndrome
de Estocolmo” después de haber estado tantos años
rodeado de ellos.
Nunca olvidemos que la adolescencia empezó con nuestro primer beso.
Juan Ramón González
Ortiz
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