ÁNGELES,
en el Casino de la Azucarera.
Por Eduardo García Giménez

Una de las torres de la antigua azucarera de Épila, Zaragoza,
España.
Todos
los años, con la llegada de la segunda quincena de septiembre,
solía caer en un marasmo, físico y psíquico,
cuya causa tenía nombres y apellidos, Fiestas patronales en
la Villa de Épila, en honor de San Pedro de Arbués y
San Frontonio.
El tiempo; más de medio siglo hacía que se había
ausentado Julio de su villa natal. No era el único.
¡Cómo olvidar las interminables noches de los países
nórdicos y la carencia de deudos y allegados con quienes compartir
los males que le aquejaban!
Desde hacía unos años, no se sentía completamente
solo. Alguien, seguramente conocedor de su soledad, o tal vez por
caridad, empezó a enviarle programas de las fiestas de la Villa.
La lectura del programa de 2006 le dejó pensativo. Sobre todo
cuando comenzó a leer:
“Hasta los trece años permaneció en Épila. Infancia
y albores de la adolescencia: fuentes a las que el recuerdo acudía
una y mil veces, escudriñando siempre los mismos caminos, los
mismos suspiros; porque, en definitiva, la nostalgia, ansia, afán
de infinito, es un mecer continuo del alma”.
Las fechas casi coincidían. Él también abandonó
a los trece años su Villa natal. Con toda seguridad compartieron
lugares, juegos y travesuras. ¿Quién le enviaba los
programas?
Aquella lectura fue el resorte que le impulsó a regresar. A
Barcelona en vuelo directo. Desde allí a Zaragoza. Y mientras
releía, ilusionado, el billete que llevaba en las manos, como
si de una reliquia se tratase, ZaragozaÉpila, no se se daba
cuenta de sus compañeros de viaje…
Ahora sí. Uno en frente del otro se miran a hurtadillas; cierta
timidez les paraliza. Creen conocerse, pero dudan.
El paso del tren, el sonido que alerta al cruzar el famoso “puente”
de Lumpiaque les pone en guardia; es la contraseña de bienvenida.
Dos se dirigen hacia sus equipajes.
¿No serás Julio? le preguntó el segundo viajero.
Y… tú… ¿eres Pedro?
Un interminable abrazo demora y pone en peligro la llegada a la tierra
prometida: Épila.
Ya en tierra epilense vuelven a abrazarse y mirarse, como si no acabaran
de creérselo. Más calmados, enjugada la última
lágrima, desgranan recuerdos y confidencias.
Comparaten dolor y desolación al contemplar las chimeneas de
la Azucarera.
Fíjate, Julio. Creo que ahora, ahí en esa soledad testimonial,
ganan en grandeza y solemnidad. Parecen aún más altas,
porque dan la impresión de que nacen, brotan de la misma tierra
que las ofrendó con sus frutos.
Al llegar al Casino de la Azucarera, mejor dicho, al solar que lo
sustentó, recorren con precisión de topógrafo,
con todo lujo de detalles, el lugar y se abandonan y sumerjen en remembranzas.
Mira, Pedro, ¿recuerdas?
Sí. Hacía buen tiempo para San José. Aquí
bajábamos a bailar.
A tí, Pedro, te gustaba Carmen, ¿verdad? ¿Sabes
que entoneces éramos ángeles.
Hombre…
Sí, no te rías. Sólo cuando nos gustaba de esa
manera tan especial alguna chica, claro.
Pedro sonrió un tanto extrañado.
Hace poco continuó Julio leí una novela: La Dama cautiva
de Jaca, de Gracia Mosteo. En ella aparecía una cita de una
famosa escritora: “Los ángeles no son más puros que
el corazón de un hombre joven que ama en Verdad”. Así
que no te rías y escucha esta otra cita que está a continuación
de la anterior a modo de apostilla. Es de Poe:
“El amor poético de la adolescencia es indisputablemente el
sentimiento humano que más de cerca realiza nuestros sueños
de purificadora voluptuosidad del cielo”.

Ya ves, éramos como ángeles y sin enterarnos.
Por fin cruzan rápidamente el viejo puente sobre el Jalón;
ríen como niños en lejana complicidad. Ya llegan tarde.
Suena el cohete anunciador de fiestas y sones de charangas. Se apresuran
y entonces, al escuchar los tañidos de bronce y plata de las
camapanas “La Valero” y “La Frontonia” de sonoridad celeste, ellos
permanecen ya en plegaria muda, porque saben que en estos momentos
su Plaza Mayor es ya Plaza y Santuario.
“Bienaventurados
quienes, aunque fuere por breve espacio en el tiempo, se midieron
en grandeza con los ángeles”
Eduardo García Giménez