La
demencia: esa temida enfermedad
Antonio Callén Mora

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Decía mi madre que “la
vejez es la peor de las enfermedades”. Sin duda mi querida progenitora,
acuciada por una enfermedad crónica desde el ecuador de su
vida, no veía la senectud como una oportunidad; sino, más
bien, como una amenaza. De ella aprendí muchos refranes populares
y estoy muy de acuerdo con muchos de ellos; pero he de confesar que
discrepo con otros; de ahí que, por mis circunstancias de vida,
afronto la vejez con cierto optimismo. No obstante, mi actitud positiva
no está basada en la ilusión; sino que es fruto de una
profunda reflexión y una actitud proactiva en la vida.
De lo que no me cabe duda alguna es de que, individualmente y como
sociedad, no nos debemos tomar el envejecimiento a la ligera; ya que
es obvio que, en nuestro entorno, asistimos a un envejecimiento progresivo
de la población que resulta amenazante. Este es patente y no
llega a ser neutralizado por el aflujo de inmigrantes. Se trata de
un tema bien conocido que no vamos a tratar aquí por no ser
el objetivo de nuestro artículo, si bien tiene mucho que ver
con él. En efecto, en este escrito quiero ocuparme de uno de
los grandes riesgos que sobrevienen con la edad: la aparición
de demencias y, especialmente, la enfermedad de Alzheimer. De hecho,
la OMS estima en 50 millones el número de personas afectadas
de demencia a nivel mundial, calculando que para 2050 la prevalencia
será el triple, constituyendo una auténtica pandemia
mundial
https://www.who.int/publications/i/item/9789241550543
En
nuestro país, la prevalencia estimada es de 1.250.000 personas,
si bien un 80% de los casos se consideran casos “invisibles” o no
diagnosticados.
Teniendo en cuenta que la edad es un factor de riesgo reconocido para
la aparición de dicha enfermedad, podemos decir sin temor a
equivocarnos que ésta se podría catalogar de epidemia
o, al menos, de que está alcanzando proporciones que se podrían
considerar de epidémicas. Sin duda, un aumento de la proporción
de mayores de sesenta años en la población conlleva
una mayor prevalencia de enfermedades crónicas ligadas a la
vejez y, por ende, de los casos de demencia y/o de la enfermedad de
Alzheimer. Las estadísticas así lo atestiguan.
¿Por qué hemos de afrontar esta
enfermedad?
Como he citado anteriormente, se trata de una responsabilidad tanto
individual como colectiva. Ciertamente, nadie quiere estar enfermo,
por todos los inconvenientes que ello conlleva. Sin embargo, con la
edad, surgen problemas ligados, en cierta medida, a la predisposición
genética, y consecutivos al tipo de vida que hayamos llevado,
bien de forma opcional o debido a circunstancias laborales o del entorno.
En efecto, a sabiendas o no, podemos ser víctimas de enfermedades
laborales más o menos encubiertas, por una parte. Por otra,
nuestros hábitos de alimentación y de exposición
a factores de riesgo, opcionales o circunstanciales, como el tabaco,
el alcohol, la contaminación atmosférica, el ruido,
el estrés, traumas, etc. también tienen mucho que ver
al respecto. El caso es que, como consecuencia de ello, quienes llegan
a la senectud tienen muchas probabilidades de sufrir achaques que
suponen un coste individual, familiar y social considerable. Es curioso
que a partir de los 60-70 años un tema frecuente de conversación
sean nuestras dolencias y los recursos u opciones disponibles para
combatirlas. Hemos de reconocer que hay gente afortunada; pero, quien
más y quien menos, ha perdido capacidades, está sometido
a tratamientos diversos o se queja de dolores. La vida es así.
El gran problema es que, a menudo, nos damos cuenta cuando ya es demasiado
tarde para actuar y, en lugar de a la prevención recurrimos
al tratamiento con el consiguiente perjuicio para todos. A veces,
la propia sociedad nos induce a ello poniéndonos tentaciones
en el camino: tabaco, dulces, alcohol, estilos de vida inadecuados,
sustancias tóxicas, condiciones de trabajo insalubres, etc.
Desgraciadamente, todo lo anterior contribuye, en cierto grado, a
acortar la vida de algunas personas; pero las condiciones de vida
actuales y los adelantos en la Medicina y Salud hacen que la esperanza
de vida haya aumentado; aunque esto no siempre signifique que vaya
acompañada de una adecuada calidad de vida.

Recientemente, tuve la oportunidad de asistir a unas jornadas sobre
la memoria organizadas por el Ayuntamiento de Zaragoza (X Jornadas
para la salud: el valor de recordar) dirigidas a los usuarios de la
Red de Centros de Convivencia de Mayores, y he de reconocer que las
charlas impartidas me aportaron una información valiosa y despertaron
en mí un interés especial por estos temas. De ahí
que me haya decidido a escribir este artículo. Ni que decir
tiene que las plazas disponibles se agotaron rápidamente y
mucha gente interesada no pudo asistir. Lo cual evidencia la alta
concienciación que hay entre la población mayor sobre
estos temas, lo cual no es una casualidad ni un fenómeno coyuntural.
En efecto, es algo que se nos viene encima.
Detectar
antes, intervenir mejor
Las citadas jornadas constaron de cuatro conferencias, todas ellas
interesantísimas e impartidas por tres profesionales de Terapia
Ocupacional y por una neuróloga del Hospital Clínico
de Zaragoza, respectivamente. Si bien todos los ponentes hicieron
presentaciones de un buen nivel que despertaron el interés
del público, desde mi punto de vista, la presentación
titulada Detectar antes, intervenir mejor: avances actuales en el
deterioro cognitivo, impartida por la neuróloga Elena Muñoz,
responsable de la consulta de deterioro cognitivo en el citado hospital,
alcanzó la excelencia.
En efecto,
la Dra. Muñoz explicó en un lenguaje claro y preciso
en qué consiste el deterior cognitivo, cuáles son sus
primeras señales o indicios y cómo puede evolucionar
a procesos graves. Nos expuso las principales causas potenciales del
Deterioro Cognitivo Leve (DCL) a las que conviene prestar atención,
ya que, si bien pueden revertir a la normalidad en un 10% de los casos
aproximadamente, o estabilizarse (entre un 3040% de los casos), en
un 4060% de los casos progresan hacia diversos tipos de demencia.
De modo que constituyen un riesgo muy alto y, además, acumulativo.
Una llamada de atención que no debe caer en saco roto. El mensaje
positivo es que actuando a tiempo se pueden evitar o frenar varios
procesos degenerativos. Por lo cual, no debemos actuar con frivolidad
a la hora de tratar estos temas. Y digo esto porque, a menudo, recibimos
mensajes confusos a través de las redes sociales. Hay que ser
cautos con los mensajes no profesionales que pueden calmar nuestra
ansiedad; pero también llenarnos de una peligrosa complacencia.
La experta nos explicó que tan sólo se diagnostica el
70% de las demencias y ello obedece a múltiples razones, tales
como: creer que se trata de algo normal, temor al rechazo social,
desconocimiento de las señales tempranas lo que dificulta su
detección precoz e impide la toma de conciencia, los problemas
de comunicación entre el paciente afectado y el médico,
así como la escasez de especialistas y largas listas de espera.
Teniendo en cuenta que puede trascurrir más de una década
entre la aparición de los primeros signos de deterioro cognitivo
y la aparición de cuadros irreversibles no hace falta insistir
en los beneficios de la detección precoz del DCL. Estos se
basan en cuatro pilares, según la experta:
Encontrar causas susceptibles de tratamiento, iniciar antes los tratamientos,
planificar mejor el futuro y dar un mejor apoyo al paciente y a su
familia.
Quiero hacer un inciso aquí para explicar por qué esta
charla me motivó tanto. Tengo ya setenta años y un amigo
de mi niñez falleció antes de cumplir los 68 como consecuencia
de Alzheimer. Mi impresión es que, en su caso, aparte de otras
circunstancias, hubo un cierto grado de ocultación por parte
de su familia de los primeros síntomas, supongo que en parte
debido al desconocimiento del problema y, en parte, por el riesgo
de estigma social que implica vivir en un pueblo. Por otra parte,
tengo otro amigo cuyos primeros síntomas aparecieron como consecuencia
del confinamiento por el COVID, caracterizándose por un cambio
de temperamento que alertó a su familia. Se pusieron pronto
en manos de especialistas y hoy en día, transcurridos más
de cinco años, su estado mental y físico es bastante
satisfactorio. Es decir, aún a sabiendas de que hay mucho que
investigar y avanzar en estos temas, la detección precoz y
la adopción de tratamientos específicos o, en su defecto,
los cambios encaminados a aumentar la reserva cognitiva, pueden ser
de gran ayuda.
¿Qué queremos decir con reserva
cognitiva?
Nuestro
cerebro es como un enjambre de conexiones nerviosas entre varios centros
neuronales reguladores. Estos están especializados en tareas
que soportan nuestras funciones vitales, nuestras habilidades cognitivas
(pensar, memorizar, hablar, organizar, decidir, advertir peligros,
etc.) y nuestras emociones. Dichas conexiones se pueden deteriorar
de diversas formas con la edad o a causa de enfermedades o traumatismos.
En el caso del Alzheimer se sabe que hay dos proteínas resultado
del metabolismo cerebral que deben ser eliminadas del mismo (Beta
amiloide y la proteína tau); pero que, en determinadas circunstancias
pueden depositarse y quedar como residuo en dicho órgano produciendo
trastornos en su función. Se sabe además que una higiene
del sueño es esencial para la eliminación de tales residuos.

Sin embargo,
lo paradójico es que, si bien el depósito anómalo
de dichas sustancias produce o va asociado a los síntomas y
lesiones vinculados a la mencionada enfermedad, se ha citado el caso
de una congregación de religiosas que conservaban una envidiable
capacidad cognitiva a una avanzada edad a pesar de que, como se evidenció
en las autopsias tras su fallecimiento, presentaban notables depósitos
de dichas proteínas en sus cerebros. Esto es un hecho esperanzador
y, sin duda, tiene que ver con la plasticidad cerebral.
En efecto, la capacidad de restablecer conexiones cerebrales en respuesta
a estímulos diversos y la posibilidad de generar nuevas neuronas
en algunas áreas del cerebro, como es el hipocampo, vinculado
con el establecimiento de la memoria, es algo demostrado por la neurociencia.
Factores de riesgo
Mi lema con respecto a los temas de salud es “la sanidad bien entendida
empieza por uno mismo”, frase que he tomado prestada de la alusiva
a la caridad. Es decir, está bien contar con los médicos
y otros profesionales de la salud que la sociedad pone a nuestro alcance
para prevenir y curar nuestras dolencias; pero eso no nos debe hacer
olvidar nuestra responsabilidad al respecto. En este sentido, hay
lo que se conoce como factores de riesgo de la demencia. Se denominan
así porque se sabe están relacionados con, o contribuyen
de alguna forma a, la aparición de dicha(s) enfermedad(es);
aunque no se haya podido establecer una clara relación causaefecto.
Esto es habitual en el entorno de la Epidemiología. Es decir,
la posesión de uno o más factores de riesgo supone un
aumento de la probabilidad de padecer una determinada enfermedad;
pero no es algo ineluctable. Se trata, en definitiva, de que la presencia
de esas circunstancias se asocia con un mayor riesgo de padecer esa
enfermedad; pero no es algo definitivo, del tipo todo o nada.

Pues bien, la prestigiosa revista científica The Lancet tiene
establecida una comisión que estudia los factores de riesgo
más destacados para la aparición de la demencia. De
hecho, los catorce factores reportados por dicha comisión,
que son revisados y actualizados periódicamente, son considerados
una referencia a tener en cuenta a la hora de la prevención
de la demencia. En realidad, un 35% de los mismos se considera que
son modificables, es decir que suprimiendo los citados factores de
riesgo se puede llegar a reducir tal porcentaje de casos. En tanto
que el 65% restante no serían potencialmente modificables.
Dicho comité de expertos ha llegado a la conclusión
de que niveles de educación bajos, en la etapa formativa, aumentan
la vulnerabilidad al deterioro cognitivo, de modo que superar este
escollo podría reducir en 8% los casos de demencia. En la etapa
de madurez, la atención a la pérdida auditiva, el control
de la hipertensión y de la obesidad contribuirían a
reducir en un 9%, 2% y 1%, respectivamente, dicha problemática.
En tanto que, en la última etapa de la vida, el tabaquismo
(5%), la depresión (4%), el sedentarismo (3%), el aislamiento
social (2%) y la diabetes (1%), constituirían el objetivo a
batir. Otros factores de riesgo a considerar son: el consumo excesivo
de alcohol, historial de traumatismos o accidentes cerebrales, contaminación
atmosférica, altos niveles de colesterol LDL y la pérdida
visual no tratada. Algunos de dichos factores podrían actuar
de forma indirecta. Así, por ejemplo, los altos niveles de
colesterol conllevan un riesgo de arterioesclerosis y, por ende, de
accidentes vasculares. Estos últimos pueden ocasionar ictus
que, según el área cerebral afectada, podrían
dar lugar a problemas de demencia.

¿Qué podemos hacer al respecto?
Los epidemiólogos actúan a nivel poblacional; mientras
que nuestra labor se ha de realizar a nivel individual o en nuestro
entorno más inmediato: familiares, vecinos y amigos. En mi
opinión, la información es poder, de ahí que
sea importante informarse de fuentes fidedignas o expandir el conocimiento.
Por otra parte, hemos de poner orden en nuestra vida. Personalmente,
creo que no se trata de obsesionarse ni de preocuparse en exceso sin
actuar, sino de ocuparse o tomar cartas en el asunto de forma ordenada
y serena. Cada cual sabe o decide lo que quiere hacer con su vida.
Curiosamente, la supresión de los citados factores de riesgo
lleva, por lo general, aparejadas consecuencias positivas en la vida.
A menudo hacemos chistes macabros, como el del paciente que yendo
a consultar al médico y aconsejado por éste de que,
para mejorar su salud, debe dejar el alcohol y el tabaco; a su pregunta
sobre cómo afectará eso a su vida le responde que vivirá
muchos años; pero se le harán muy largos. Estos chascarrillos
pueden valer para hacernos reír; pero no debemos llevarlos
a la vida real, por sus nefastas consecuencias. Nuestra madurez nos
tiene que dar sensatez. Entiendo que, para una persona adicta al tabaco,
al alcohol o a los dulces, prescindir de ellos o reducir su consumo
no es fácil; pero ya sabemos cuál es la alternativa.
Creo que la madurez nos da sentido común y nos enseña
lo que nos beneficia y lo que nos perjudica. De modo que nunca es
tarde para cambiar de hábitos. Perder la memoria es perder
la identidad, dejar de ser nosotros mismos, es morir en vida. Lo cual
desequilibra completamente el entorno familiar y social del afectado.
Como he dicho, me ha tocado vivir de cerca algunos casos de conocidos
afectados de demencia y es terrible. Invito al lector a buscar la
canción de la cantante ZAZ, Si je perds, que refleja con sensibilidad
y crudeza este infierno (se puede encontrar la letra original y traducida
en este vínculo
https://www.youtube.com/watch?v=krQ83ZlFQQs
Al margen de corregir esos factores de riesgo que yo llamaría
erráticos, por innecesarios (p.e. alcohol, tabaco, dulces),
están los ligados a indicadores de salud (hipertensión,
diabetes, colesterol) que requieren de un seguimiento y control adecuado.
Ni que decir tiene que un correcto estilo de vida (dieta adecuada,
ejercicio, relaciones sociales) pueden contribuir enormemente a lograr
prevenirlos. Si ya es tarde, hay que seguir escrupulosamente los tratamientos
prescritos. Hay otro bloque que es el que consiste en no abandonarse.
Es decir, si nuestras capacidades sensoriales disminuyen (vista, oído)
no hay que caer en la complacencia. En este sentido, nuestro entorno
social nos puede poner en alerta y ayudarnos a reaccionar. Por otra
parte, hemos de ejercitar tanto nuestro cuerpo como nuestro cerebro.

Afortunadamente,
creo que la gente de mi generación, que se ha dado en llamar
la “generación de plata” (o generación silver), en base
al libro de Antoni M Lluch, está mucho más concienciada
en este sentido; pero hay mucho camino por recorrer y es conveniente
señalar y atender no sólo las necesidades de otros grupos
de edad, sino también a la gente que no está suficientemente
concienciada de la importancia de estos temas. En este sentido, quiero
encomiar la labor de los Centros de Convivencia de Mayores que ponen
al servicio de este grupo de riesgo multitud de actividades encaminadas
a combatir varios de los mencionados factores de riesgo.
Ciertamente, la variedad de cursos, charlas, talleres, actividades
socioculturales y lugares de reunión ofertados por estos centros,
gestionados por los ayuntamientos, es de una ayuda inestimable para
difundir el conocimiento y promover la actividad cultural, lúdica
y física que contribuyen a mejorar la reserva cognitiva de
los mayores.
En efecto, algo tan gratificante como el baile, la poesía,
el teatro, los juegos de mesa o participar en los talleres de memoria
o yoga tiene un impacto positivo muy notable en nuestra salud física
y mental.

Recuerdo que mi padre, que conservó su lucidez hasta su fallecimiento
a los 95 años, decía que no quería ir a los centros
de la tercera edad porque en ellos no había “más que
viejos”. Si bien esto indicaba que mi padre se consideraba joven a
sus noventa, creo que debemos cambiar esa mentalidad y no caer en
el edadismo. La edad no es algo negativo si se sabe administrar y
se llega en buena condición. Estos centros nos ayudan a socializar
y mantenernos activos.
Para finalizar quiero hacer mención a los consejos que nos
da el Dr. Mario Alonso Puig al respecto de la prevención de
la demencia y que se pueden encontrar en su video
https://www.youtube.com/watch?v=Th5gSsnQ8yc
El experto nos aconseja centrarnos en cinco puntos que nos hacen sospechar
de que algo no va bien y cuya aparición debe hacer que vayamos
en busca de la ayuda de un profesional: Cambios sutiles en el estado
de ánimo y la personalidad, alteraciones en la forma de caminar
y el equilibrio, cambios notables en nuestro patrón de sueño,
signos de confusión y desorientación y, por último,
pérdida gradual del olfato (anosmia). Este último suele
ser uno de los signos más precoces, por la ubicación
de las vías olfativas en el cerebro, y es fácil que
nos pase desapercibido. Por lo cual, debemos estar al tanto de cambios
en estos patrones de nuestra rutina e informar a las personas de nuestro
entorno para que lo tengan en cuenta antes de que sea demasiado tarde,
ya que una intervención precoz puede ser crucial. A menudo
son dichas personas quienes lo detectan y deben tomar la iniciativa.
En definitiva, disfrutemos de lo que verdaderamente vale la pena en
esta vida, usemos nuestro cerebro y nuestro cuerpo para procurarnos
salud y bienestar y adoptemos rutinas que nos ayuden a disfrutar de
la última fase de nuestra vida, sin dependencia, y aprovechando
todas esas oportunidades que la naturaleza, nuestra cultura y la sociedad
han puesto a nuestro alcance. Creemos que esa es la mejor forma de
aprovechar lo que tenemos y ser agradecidos por ello.
Antonio
Callén Mora