Esquivando
balas
Por Juan Ramón González Ortíz

El siguiente relato lo he traducido del libro de memorias del maestro
Shioda titulado Aikido Shugyo.
Gozo Shioda es uno de los grandes nombres en el mundo de las artes
marciales tradicionales. Fue uno de los primeros discípulos
importantes del Maestro Ueshiba, también llamado El gran maestro
(O Senséi, en japonés).
En cuanto al maestro Ueshiba, MoriheiUeshiba, ha sido lisa y llanamente
el mayor maestro de artes marciales que ha habido nunca. Con él
llega a su culminación el Budo. Tras su experiencia de iluminación
fundó el arte marcial más completo y difícil
que hay: el Aikido. Las historias de Ueshiba son todas asombrosas
y parecerían mentira si no fuese porque aún queda gente,
mucha gente, que lo conoció (pues murió en el año
de 1968) y porque además hay muchas filmaciones suyas combatiendo
o dando explicaciones.
Sin más, cedo la palabra a su alumno Gozo Shioda.
Una
vez, un oficial del Departamento de Municiones del Ejército,
junto con nueve militares, vino a visitar el Dojo de Ueshiba.Allí,
todos conocieron el maravilloso arte del Aikido. Ueshiba hizo también
una extraordinaria demostración.
Estas personas, además, eran inspectores de armas. Comprobaban
todas las nuevas armas, sobre todo las miras. Sus habilidades de tiro
eran, como poco, de nivel olímpico. Percibí que todas
las veces que disparaban a cualquier blanco siempre acertaban.
O Sensei, durante el trascurso de la visita les dijo, “Las balas no
me pueden alcanzar”. Yo, ya había oído la historia de
que cuando Ueshiba estuvo en Mongolia, evitó las balas que
contra él habían disparado los soldados de una brigada
de caballería. Pero, en esta ocasión, la frase que acababa
de decir hirió profundamente el amor propio del oficial inspector.
Y este dijo:
• ¿El señor tiene la certeza de que las balas no le
tocarán?
• Efectivamente, las balas no me tocarán.
• ¿Entonces al señor no le importará demostrar
esa habilidad?
• Si, por supuesto, no hay problema.
Todos confiaron en la palabra de O Sensei y allí mismo eligieron
una fecha y un lugar, que fue el Centro del tiro del Ejército,
en Okubo, para comprobar la veracidad de las palabras de Ueshiba.
Previamente, los oficiales prepararon un documento para descargar
al Ejército de la posible muerte de Ueshiba. El documento fue
impreso y depositado en la Corte Marcial. Ueshiba también firmó
otro escrito declarando que nadie interpondría, posteriormente,
denuncias de responsabilidad contra el Ejercito.
Por fin llegó el gran día. O Senséi fue conducido
en un coche hasta la zona de tiro de Okubo. Yo estaba también
presente. El señor Yukawa formaba parte de los acompañantes.
La esposa de Ueshiba estaba muy preocupada y llena de ansiedad. Hasta
el final estuvointentando que O Senséi cambiara de idea, pero
este, a cada intento, le respondía con suavidad: “Todo va bien,
nunca me alcanzarán”.

Yo estaba muy inquieto. Y el Sr. Yukawa también. Entre los
dos decidimos que se estaba acercando el momento de hacernos cargo
de los preparativos del funeral….
Llegamos al área de tiro. Y allí nos esperaba una desagradable
sorpresa. Yo esperaba que hubiese un solo tirador apuntando a O Senséi,
sin embargo, había un pelotón de seis hombres expertos
dispuestos a disparar contra él. La mejor distancia paradisparar
a una siluetahumana es deveinticinco metros. Y a esa distancia se
habían colocado.
Ueshiba muy tranquilamente llegó al lugar en el que iba a hacer
de blanco.
“¡Por amor de Dios!”, pensaba yo, “¡pero qué va
a poder hacer este hombre!”
¡Preparados!
¡Apunten!
¡Fuego!
Las seis armas dispararon al mismo tiempo. Una nube de pólvora
lo envolvió todo.
Entonces, sin entender nada de lo estaba pasando, vimos a uno de los
tiradores volando por los aires.
¿Qué había pasado?
Todos estábamos desconcertados.
Antes de que pudiéramos comprender, vimos que Ueshiba estaba
de pie, detrás de la fila de seis tiradores, riéndose
con ganas mientras mesaba su larga barba.

Nadie conseguía aclararse con lo que había sucedido
ahí mismo, delante de nuestros ojos.
No había palabras para expresar la estupefacción y el
choque que todo eso nos había producido. Yo mismo, que conocía
ya de antemano a O Senséi, me había quedado sin palabras.
Los seis tiradores, que eran inspectores, no andaban muy convencidos
pues no eran conscientes de lo que había pasado, y le pidieron
a Ueshiba si podían repetir de nuevo “el experimento”
“Oh, si”, respondió O Senséi con absoluta indiferencia.
Yo estaba mudo de espanto.
En ese momento, me juré a mí mismo que no despegaría
los ojos de la figura de Ueshiba y que prestaría toda la atención
del mundo a lo que estaba a punto de pasar.
Pero incluso prestando toda la atención de la que yo era capaz
no logré entender nada ni siquiera llegué a comprender
el movimiento de Ueshiba.
Contemplar a Ueshiba frente a pelotón de fusilamiento fue algo
que me puso los pelos de punta.
Los tiradores se concentraron en la figura de Ueshiba y, otra vez
más, dispararon contra él.
Y, exactamente como en el tiro anterior, todo volvió a suceder
de la misma manera.
Esta vez, en el momento del disparo, me fijé en que Ueshiba
recorrió, instantáneamente, la distancia de veinticinco
metros y arremetió a dos de los seis inspectores. Eso fue algo
que me dejó atónito. Era inexplicable. A menos de que
se tratase de una de las “Técnicas de Dios”.
Cuando retornábamos, aproveché para preguntarle cómo
consiguió hacer aquello.
Y Ueshiba me respondió: “Antes del disparo, un instante antes
de tirar del gatillo, en el tirador surge un resplandor, algo así
como una bola dorada. La bala sale después. Por eso es tan
fácil esquivar la bala. Los seis no tenían la capacidad
de disparar exactamente a la vez, a pesar de estar todos juntos y
de estar entrenados para hacer fuego al unísono. Todos emplean
un tiempo ligeramente diferente. Solo tuve que ir hacia el que iba
a disparar primero. Ese resplandor dorado, en verdad,hace un estruendo,
un ruido,espectacular. Justo después de ese ruido, empecé
a correr. Tienes que correr como un ninja, bajando la espalda,todo
el dorso, dando pequeños y cortos pasos. La bala vendrá
después, cuando yo ya esté corriendo, a mitad de camino”.
O Senséi me dijo que el tiempo transcurrido entre ese resplandor
dorado y el disparo de la bala es un intervalo relativamente largo.
Sin embargo, para los que vivimos, desde afuera,ese increíble
acontecimiento, todo sucedió a tal velocidad que no nos llegamos
a hacer una idea clara del suceso, ni muchísimo menos.
“Dios me ha dicho que soy necesario en este mundo y que quiere que
viva. Mi periodo de purificación todavía no está
acabado, y por eso aún no puedo morir. Cuando ya no sea necesario
en este mundo, los dioses dejarán que siga mi camino en el
otro lado”.
O Senséi estaba muy convencido de lo que decía. Pero
nosotros no entendíamos nada de todo lo que él nos decía.
Yo fui testigodetodas estas cosas que he contado y son realmente verdad.
El maestro cazador
Uno de mis conocidos, el Sr. Sadajiro Sato, era un cazador en la prefectura
de Yamanashi. Era un verdadero maestro de armas. Normalmente, los
cazadores disparan a los faisanes cuando estas aves van a posarse
en el suelo. En ese momento, su velocidad es, aproximadamente, de
200 km. por hora. Si el faisán es alcanzado en plena cabeza,
caerá directamente en el suelo. Pero si es alcanzado en el
cuerpo, caerá más lejos, a veces incluso puede recorrer
una distancia bien larga.
Está claro, que un cazador que se precie intentará siempre
acertar en la cabeza. Lo cual es muy difícil. Pues bien, el
Sr. Sato acertaba siempre en la cabeza, siempre, en todos sus tiros.
La verdad es que era un maestro de maestros.
Un día le conté al Sr. Sato la historia del fusilamiento
de O Sensei. “Muy bien”, dijo, “pero no podría evitar un disparo
mío”. Y me dijo muy confiadamente, “Una cabeza humana es mayor
que cualquiera de las cabezas de pájaro en las que acierto
sin ningún problema. No me imagino fallandoese tiro”.
Apenas dijo esto, el Sr. Sato, decidió bajar de las montañas
con la intención de visitar a Ueshibay proponerle el reto.
O Senséi aceptó el desafío.
Dicho y hecho. Ueshiba se sentó en seiza en el punto más
distante del dojo. El Sr. Sato aguardó, y una vez que O Sensei
se arrodilló, encaró el arma para disparar.
Cuando ya iba a tirar del gatillo, Ueshiba gritó, “¡Alto!
Ni yo mismo podría evitar ese disparo. No hay ninguna distorsión
en sus pensamientos y, además, realmente, tiene el propósito
de acertarme. Yo no podría evitar un arma manejada por un hombre
así. Es VD. un verdaderomaestro “.
Así acabó el reto y el Sr. Sato se volvió muy
feliz para sus montañas.
Nos os podéis imaginar lo que me impresionó este mágico
suceso.
El Sr. Sato era un maestro de armas, y Ueshiba tuvo la capacidad de
reconocerlo. Esto demuestra que un maestro verdadero puede reconocer
fácilmente a otro maestro.
¡Qué suerte tuve de poder vivir el precioso momento en
el que dos maestros se desafiaron entre sí!