¿Es la ética la disciplina más importante de todas?
Juan Ramón González Ortiz

revista nivel 2
Un hombre lleva solo más de veinte años en una isla. Un día, mientras está escondido, avista a otros hombres, como él, pero, espantado, comprueba que son caníbales.
Llegan a esa isla para hacer sacrificios humanos y regalarse con los cuerpos de las víctimas.
Una mañana, en el año veinticinco de su estancia, ese hombre, llamado Robinson Crusoe, contempla cómo esos caníbales arriban con dos prisioneros. Uno de ellos logra huir. Robinson, acude en su defensa y mata a los dos perseguidores que estaban a punto de capturarlo.
Y ahora llegamos a lo que el filósofo Levinas establece como el punto crucial en el instante, en el acto, del conocimiento: Robinson lo llama “Viernes” y le enseña a dirigirse a él como “amo”. Lo toma como criado. No se esfuerza en preguntarle su nombre. No. Se desinteresa de su profunda realidad. Digamos, que desprecia el hecho de que ese hombre es “otro”. El otro. Ni siquiera cuando se lo lleva a Inglaterra, se interesa por su cultura particular, o por sus ideales, o por su religión, pues lo hace cristiano.
“Te llamarás Viernes”: este acto expresa el olvido del otro, la inconsciencia hacia el otro así como la justificación de la violencia sobre el otro si, por un casual, este no aceptase el nombre que nosotros le queremos imponer.
Este es el punto básico del que nace la premisa de la ética: el pensamiento no ha de partir de la concepción del ser, o sea, del sí mismo, sino del acontecimiento básico e inevitable de la vida: la relación. El otro. Es decir: el pensamiento ha de partir de la ética. Ética frente a ontología, ontología frente a ética.
Por supuesto, la Filosofía se ha situado en el punto de vista del ser, en la ontología.
En el pensamiento de oriente también pasa lo mismo: el ser, su autoconciencia y sus modos de percepción son el punto central de su re¬flexión. Podríamos decir, incluso, que en Oriente llega un momento en su historia en el que casi no existe la preocupación por la ética, problema que, al contrario, siempre ha estado muy presente en Occidente. Sin embargo, la ética en China es muy precoz, pues ya se forjó con el mítico Lao Tse, y posteriormente con Confucio, que pertenece al final, del período de los Reinos Combatientes. Tras este, Mo Ti, algunos años después, profundizó en cómo seguir la voluntad del Cielo, verdadero origen de la concepción de la ética en China.
Casi toda la filosofía ha incurrido en la misma mecánica que Robinson: apropiarse de lo que en realidad no pertenece a la razón, sino que, al contra¬rio, está fuera de ella. Es decir: el sujeto pensante se cree dueño de lo que es otro. Porque a pesar de lo que pueda pa¬recerle a quien se adentre maravillado en el estudio de los grandes filósofos, en el conocimiento del mundo no hay ningún desinterés. No existe el deseo de comprender sin más ni más.
El deseo de comprender obedece a una voluntad de poseer y de erguirse frente al mundo. Existe un deseo teórico, una voluntad teórica de afirmarse por encima de lo exterior. La metafísica ha sido una forma de reducir esa realidad. Y lo mismo podríamos decir de cualquier otra forma filosófica de estudio.
Todos los principios que sigue la filosofía, como si esta fuera también una tecnología, conducen a una situación de hegemonía frente al mundo.
Siempre se trata de situarse por encima de lo que es diferente.
Pero esto no solamente existe en el pensamiento sofisticado y abstracto de los filósofos, sino que también surge en nuestro pensamiento más banal y más inmediato.
Se trata de doblegar la realidad, de doblegarla conceptualmente.
El filósofo franco alemán Emmanuel Levinas (bueno, en realidad era lituano, aunque vivió en Ucrania y en Estonia, estudió en Alemania con Husserl y Heidegger, y después se na¬cionalizó francés) comenta muy acerta¬damente que la filosofía sirve para pen¬sar el mundo, pero siempre a partir de la primera categoría: la categoría del ser. Incluso en el hecho del enamoramiento, lo que enciende la hoguera de ese amor romántico no es la realidad en sí misma sino la idea que nosotros nos hemos forjado de esa persona.
Así pues, la filosofía ha matado la realidad. Llamar “Viernes” a un desconocido significa ignorar que ese otro ser se encuentra más allá de nuestras categorías.
En el origen de todo, está el pensamiento que se apropia de lo que es y de lo que no es, o lo que es lo mismo, de lo que es real o no lo es. Al apropiarme de la realidad, hago que las personas desempeñen un papel que ya no es el suyo, sino el que yo quiero, interrumpiendo su devenir, e incluso su sustancia.
El logos, es decir, la razón, el ser, la propia conciencia, es el tribunal que dicta lo que es realidad admisible y lo que no lo es. Conocer y dominar es una y la misma cosa.
¿Cómo se viviría si renunciáramos a este conocimiento objetivo? No lo sé. Pero creo que la mística es, precisamente, eso mismo.
Hemos de plantear un nuevo punto de partida de todo. Estamos en un momento de crisis abismal en el que conviene revisarlo todo, sobre todo lo que siempre se ha dado por supuesto: desde la teoría de los contagios, hasta la teoría de la evolución ¿Por qué los sagrados principios de la ciencia no se pueden también someter a la crítica más feroz, tal y como hizo Descartes o Husserl?
El origen de nuestro pensamiento no ha de ser el conocimiento teórico de la realidad. El ser. Sino la relación con el otro. La ética.
Si Robinson en vez de decir, “te llamarás Viernes”, hubiera intentado decir, “¿cómo te llamas?”, habría salido del campo del ser (y, por tanto, de la onto¬logía) entrando en el campo de la ética. Entonces hubiera modificado el mundo. Porque modificar la filosofía es modifi¬car el mundo.
Si desplazamos el hecho desde el ser propio (que es el que construye la realidad) hasta la apertura (ética) hacia el otro, que es quien construye el mundo, estamos edificando un pensamiento completamente nuevo y diferente. El otro en tanto que otro y no en tanto que representación de mi conciencia o de mi voluntad.
Esta visión es algo profundamente transformador.
La filosofía clásica, la que siempre se ha seguido, da igual en qué época o país, se basa en que el ser humano es concien¬cia, intelecto. Sin embargo, no es la ca¬pacidad intelectiva la que construye la vida, sino el encuentro con el otro. La ética, el hecho moral, es la primera filo¬sofía básica del ser humano, pues es in¬soslayable el contacto intersubjetivo y responsable. Se trata del otro en tanto que otro, y no en tanto que un yo mismo desnaturalizado.
La ética, en el esquema de la filosofía clásica, surgía como una reflexión nacida por igual del principio del ser y del análisis de la realidad. Esta ética casi siempre estaba vinculada con la famosa afirmación de “trata a los demás como quieres que te traten a ti, o “no hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti”.
Sin embargo, con Levinas, la ética es la filosofía primera. Surge de sí misma. Y de nada más. Lo ético es lo primero que hay que pensar en filosofía.
La ética acepta lo que el pensamiento ontológico, centrado en el ser, rechaza por absurdo. Lo básico humano es el pensamiento ético, y no el pensamiento metafísico. La ética es previa a lo empírico y a lo metafísico.
La ética posee una fuerza inconmensurable, que no precisa de nada para sustentarla. Por ejemplo, cuando digo “tienes que respetar al otro porque es igual que tú, o porque si no lo haces no habrá convivencia, o porque todos somos hijos de Dios, o porque…”, ya estoy cayendo en la trampa del ser. No hay “porque”. No hay explicación, ni puede haberla. Porque si un buen día llegara un experto político (de esos que hay tantos) o un buen discutidor y con su palabra demostrase la falsedad de ese “porque”, ¿qué pasaría entonces? ¿Ya no habría que respetar al otro? ¿Sería lícito matar, aplastar y torturar?
El hecho ético es básico, y anterior a todo y no puede tener condiciones o explicaciones.
El ser ha de asumir la responsabilidad de que el otro también es. El otro ha de entrar en el ser esencial, y de este encuentro nace la ética. Una ética nueva.
A esta nueva ética dedica Levinas sus dos obras maestras: “Totalidad e infinito” y “De otro modo que ser, o más allá de la esencia”.
El sujeto arrastra la tremenda carga del ser. Es el contacto con el otro es lo que le despierta de esa subjetividad, provocando su despertar completo, y además su posicionamiento en la existencia.
De la comprensión atemporal del mundo que es propia del ser, la irrupción del otro lanza al ser a una determinada situación en el tiempo.

Enmanuel Levinas (19061995)
Porque el tiempo nace a partir de la relación con aquello que no permite ser comprendido.
A todo esto, Levinas le llamaba la “fenomenología de la alteridad”. Es decir, el sujeto se define por el encuentro con algo sustancial y diferente a sí mismo: el encuentro con el otro.
La primera consecuencia de esa irrupción es el fin del ser. Es decir, la muerte. Es el fin del “heroísmo del sujeto”. Porque la muerte siempre irrumpe como algo externo, exacta¬mente igual que el otro.
El otro no es un alter ego. No. No es otro sujeto como yo con el que yo me pueda identificar por simpatía. No. Es otro porque no es como yo. Es irreductible e incomprensible para mí. Es infinito, porque queda fuera de mi pensamiento. Si mi pensamiento lo pudiera convertir en un juego de mi razón, entonces el otro sería un concepto, y se transformaría de nuevo en yo mismo, y ya dejaría de ser el otro. No puedo encerrar al otro. No lo puedo filtrar, como he hecho con toda la realidad a mi alcance.
Ulises expresa la astucia y la inteligencia. Regresa al hogar y recupera todo cuanto pertenece a su ser. Retorna con muchas experiencias y recuerdos. O sea, con más pensamientos. Ulises es, por tanto, el símbolo de la razón.
Sin embargo, otra figura mítica, Abraham, simboliza lo otro. La aventura del pensamiento ético. El patriarca sale definitivamente de su tierra, sin la intención de retornar jamás. Su partida representa el abandono del pensamiento y de la astucia. Es decir, de la ontología, para volcarse en lo exterior, en lo des¬conocido, en lo distinto. Mientras que Ulises representa lo Mismo, Abraham es lo Otro.
Ulises es la filosofía, el ser, la ontología, el control del mundo (incluida la violencia sobre este). Abraham es, sin embargo, la ética.
La ética, en conclusión, está por encima de toda filosofía, y por supuesto de toda ontología, de toda ciencia y de toda disciplina.
Este hallazgo de la filosofía de Levinas produce en nuestras mentes un cortocircuito de tal intensidad que, si no tenemos miedo de profundizar en él, es capaz de transformar nuestras vidas radicalmente a partir de un único y sencillo acto de voluntad y pensamiento. El acto, el momento en el que asumimos la visión trascendente del otro.

Juan Ramón González Ortiz

 

 

 

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