Extranjero soy en tierra extraña
(Advena sum in terra aliena)
Por Juan Ramón González Ortiz

La palabra
‘extranjero’ aparece en el Nuevo Testamento, escrito todo él
en griego, como xenos, que significa ‘ex-tranjero’ y que se opone
a polites, ‘ciu-dadano'
Recordemos que una de las cosas que más atraía de San
Pablo era que se dirigía a los extranjeros. Porque en el mundo
antiguo ser extranjero era ocu-par una posición nada ventajosa.
Con-servamos una carta de alguien que es-cribe a su familia o a unos
amigos y les dice: "Es mejor para vosotros estar en vuestros
lares, cualesquiera que sean, que ser extranjero, en tierra extraña."
En la antigua Grecia, los extranjeros eran tolerados en reuniones
filosóficas, o de asuntos elevados. En esas sesiones, la cortesía
y la admiración superaban al desprecio por la condición
de extranje-ro. Pero en muchos otros foros y profe-siones no se aceptaba
ninguna partici-pación de ellos. Además, estaban some-tidos
a numerosas cargas y tributos, so-bre todo si eran ricos. Clístenes
introdu-jo incluso la necesidad de que todo ex-tranjero contase con
un protector. Asi-mismo, en Esparta periódicamente se los expulsaba.
Es decir, un extranjero frecuente-mente era despreciado por todos,
y so-lían ser el blanco de las burlas y las críti-cas
en las obras cómicas escritas para el teatro.
El propio Zeus era el protector de los extranjeros, porque subsistía
cierta desgracia en esa condición.
San Juan, en su Evangelio, introduce una maravillosa adaptación
de este tér-mino: los cristianos son extranjeros toda su vida.
Y ahí es donde yo quería llegar.
Los que esperamos tras la muerte, los que sentimos la nostalgia de
la casa del Padre, somos extranjeros en este mundo. Y este mundo es
para nosotros una tierra extraña. Porque nuestro mundo real,
el verdaderamente nuestro, el mundo en el que se levantó el
acta de nuestro nacimiento, es el mundo for-mado las anchas alamedas
del Conoci-miento de Dios. En definitiva, somos ciudadanos de la Ciudad
Angélica.
Este mundo no es ni nuestro hogar ni nuestra residencia. Por eso siempre
seremos individuos extraños, y siempre seguiremos el camino
que lleva a nues-tra Patria. Porque esa Patria nuestra es el hueso
de nuestra alma. Nuestro nú-cleo verdadero. Nuestro alodio.
Mientras el mundo sea mundo, no-sotros estaremos permanentemente buscando
“la escondida senda” que lleva a nuestro mundo.
Porque nuestra ciudadanía está en el alto cielo.
En griego clásico existía una maravi-llosa palabra:
PAREPIDEMOS. Y esta palabra designaba a las gentes que tem-poralmente
se establecían en un lugar.
Esta es la situación de todos los que esperamos y confiamos,
y de todos los que anhelamos el retorno a la casa del Padre.
Cuando Roma conquistó Grecia, muchos griegos se trasladaron
a la gran ciudad y, entonces, estos se llamaban a sí mismos
parepidemoi, así lo cuenta Polibio, él mismo ciudadano
griego y rehén de Roma durante diecisiete años.
Nosotros
somos esencialmente PA-REPIDEMOI, residimos en este tierra extraña
durante un corto tiempo, y siempre estamos pensando en volver a nuestra
Patria.
Nosotros estamos de paso en todas partes a las que vamos.
Nuestras raíces no están ni siquiera en lo que la gente
llama el hogar.
El gran Marco Aurelio así lo expre-saba:
“La vida es una milicia y una cor-ta estancia en tierra extranjera”.
Y de Anaxágoras se comentaba que, cuando se le reprochaba el
no entregar-se a los problemas políticos, decía seña-lando
el cielo: “Esa es mi patria y la venero por encima de cualquier otra”.
Y Epicteto, el estoico, que fue escla-vo en Roma, escribió:
“Los seres humanos actúan como viajeros, los cuales, yendo
de camino a su país, paran en una agradable fonda, y, como
esta les complace, se quedan allí
¡Humano, has olvidado tu pro-pósito y la razón
de tu viaje!; tú no estabas viajando hacia esa fonda, sino
a través de ella. Pero la fonda es confortable, y te detienes
ahí, quién sabe si para siempre ¡Cuántas
fondas y prados hay que son agradables y bellos!, pero sólo
son lugares de paso."`
Es decir, que el mundo no es otra cosa que una posada al borde del
ca-mino, en el que paramos un momento antes de reemprender el camino
hacia nuestro país.
Hagamos memoria y recordemos que, hasta los apóstoles, cuando
iban camino de Emaús, tomaron al mismísi-mo Cristo por
un extranjero pues juz-gaban que por su ignorancia, y tal vez desinterés,
de los acontecimientos loca-les no podía ser sino un extranjero
que estaba de paso.
En el lenguaje del Nuevo Testamen-to, extranjero equivale a peregrino,
pues el peregrino no acaba de interesarse por lo que le sale al paso
en su deambular.
San Cipriano, que fue uno de los que dieron forma al naciente cristianismo,
escribía:
"Debemos
considerar, hermanos, que hemos renunciado al mundo; y, mientras tanto
estamos viviendo aquí somos huéspedes y extranjeros,
que esperamos dar la bienvenida al día que nos lleve a cada
uno a nues-tro verdadero hogar, que nos arreba-te de aquí,
que nos desligue de los lazos de este mundo y que nos resti-tuya al
paraíso y al reino. ¿Quién de los que ha vivido
en tierras extrañas no se apresura a retornar a su país
natal? El que anhela volver a sus amigos desea con viveza la ayuda
de un fuerte viento que le ayude a abra-zar lo más pronto”.
El misionero y estudioso de la India, Alesander Duff contaba que cuando
lle-gó a la ciudad de Fatehpur Sikri, entró en la enorme
mezquita de dicha ciudad, y, entonces asombrado, encontró en
una pared una inscripción en lengua árabe que alguien
había hecho, y que decía:
“El mundo
no es más que un puente; tienes que pasar por él, pero
no edificar tu casa en él'.
Juan Ramón
González Ortiz