El Infierno de Dante,

por Juan Ramón González Ortiz
“¡Oh, vosotros los que entráis,
abandonad toda esperanza!”

Autor: Gustavo Dore

 

 


Las puertas del Infierno:
“Por mí se va a la ciudad doliente,
por mí se va al dolorido reino,
por mí se va entre la perdida gente”.


Recuerdo que, de chico, cuando éramos alumnos en el colegio, entreteníamos nuestros momentos de ocio buscando en La Divina Comedia los tormentos que urdiera la imaginación de Dante. Para nosotros La Divina Comedia era solamente el canto del Infierno. El resto de los cantos, simplemente, no existían. Alguien intentó leer el canto del Cielo, y nos dijo que era aburridísimo, insoportable. Todos desconfiábamos de los santos y de tanta bondad.
Los curas y los profesores habían dividido todas las aulas en dos grupos que competían entre sí por las mejores puntuaciones: romanos y cartagineses.

Toda mi vida fui cartaginés. Motivo para ser aún más bestia y desaforado. Adoraba al audaz y feroz Aníbal. Nuestra existencia era bárbara, nos gustaba la brutalidad y la fiereza. Por eso, el Infierno de Dante era una de nuestras lecturas preferidas. Además, era muy variado y sorprendente. Todos aquellos sádicos castigos estimulaban nuestra capacidad de asombro y la infantil maldad que llevábamos dentro. Nos imaginábamos a los curas y profesores despellejados, abrasados, eviscerados, caminando con la cabeza en la mano, a guisa de farol, ….
Volver a escribir sobre el Infierno de Dante es para mí no solo un gozo, sino también volver a vivir. Volver a vivir, como antes, como siempre, como cuando era un tierno niño y quería ser como Aníbal porque el mundo de los adultos siempre me dio miedo.

Desde luego, en Occidente al menos, el Infierno arquetípico que ha traspasado los siglos es el de Dante. No hay nada parecido en toda la excelsa y prodigiosa historia de la literatura europea. Nadie lo hizo mejor que él. Ni Homero, ni Virgilio, ni Drythelm, el monje de la abadía de Melrose, si bien cuando este tuvo su visión aún no era religioso, ni mucho menos, … Para mí el ordenado y geométrico Infierno que describe Dante solo es comparable al bestial y caótico Infierno que el Bosco nos pinta en sus tablas.
En Dante se encuentra el punto de unión entre las concepciones populares del Infierno, con sus suplicios burdos y crueles, y la concepción teológica del mismo. Dante une lo irracional popular con lo racional y filosófico del infierno. Y también une lo clásico y mitológico con lo cristiano, sintetizando en un poema los elementos formativos de toda la cultura medieval y occidental. Y esta es una de las razones de su éxito.
Hasta entonces, los Infiernos eran una pesadilla compleja, llena de horror, con una extraña geografía recorrida por ríos, cordilleras, caminos, lagos, etc. Todo era crueldad y castigos, nada más. La confusión llenaba esas descripciones y no había ningún orden ni ningún sentido en la pintura de aquel mundo. También había una fauna infernal, formada por dragones, serpientes, monstruos repulsivos y escamosos. Y, sobre todo, no había ninguna relación de causa efecto entre el castigo y el pecado cometido.
Sin embargo, Dante, que era abogado, no siguió esa tradición. El infierno de Dante está presidido por el orden y por la ley. A tal crimen tal castigo. Dante estructura, organiza y detalla. Su infierno es una geometría del horror. Pero geometría, al fin y al cabo. Se trata de un embudo hacia abajo, formado por círculos concéntricos, hay entradas y salidas, pasillos, salas suplementarias, señalizaciones, guardianes, se puede viajar a pie o en barca, o sobre un centauro, o en la mano de un ser gigantesco; el tiempo, además, trascurre de manera precisa y lógica.
Dante construye su obra teniendo a la vista un modelo gigantesco y pormenorizado hasta en sus elementos más nimios. Tal vez todas esas divisiones, subdivisiones, salas, bolsas, etc. proceden del mismo espíritu clasificador de Santo Tomás.



Es el mismo racionalismo tomista el que late en el Infierno de Dante. Tanto la Suma Teológica como el Infierno son dos enormes construcciones mentales llevadas a cabo con el mismo rigor e idéntico interés y preocupación por el detalle.
Dante, y esto es un logro extraordinario, es el primero que separa el Purgatorio, como espacio intermedio entre el Cielo y el Infierno. Hasta él, nadie había intentado esa ruptura.
Se accede al Infierno atravesando un vestíbulo en el que están los cobardes y los indecisos. Puesto que en vida estos no supieron comprometerse con nada, ni bueno ni malo, ahora han de correr eternamente tras un estandarte vacío, en blanco, mientras miles de insectos y gusanos los atormentan sin cesar. En los cinco primeros círculos, llamado Infierno superior o exterior, están los que pecaron a consecuencia de la incontinencia, en orden de menor a mayor gravedad. Para Aristóteles, incontinencia es: “El hombre incontinente es aquel que obra de acuerdo con el apetito y contrariamente a la razón, y manifiesta su incontinencia cuando su conducta está regida por el apetito, de suerte que el incontinente obrará injustamente al obrar de acuerdo con su apetito”.
Podríamos decir que estos han pecado por dejarse arrastrar negligentemente por sus malas pasiones y por su falta de voluntad.
En el primer círculo están los paganos virtuosos y los infieles no pecadores. Es el Limbo. Sus moradores no sufren tormentos de ningún tipo, simplemente sufren con la permanente separación de Dios. Es un lugar semejante a las impalpables llanuras de asfódelos de la mitología griega. Dante lo describe como un lugar hermoso, repleto de prados verdes. Allí está Homero, Sócrates, Horacio, César y hasta el propio Virgilio. Incluso Saladino, modelo de caballero guerrero, también está en el Limbo.
En el segundo círculo, los impúdicos y los lujuriosos. Ahí está la reina Dido, Aquiles, Paris y la bella Helena, …
En el tercero, los sibaritas y los glotones.
En el cuarto, los avaros, los acaparadores y los derrochadores.
En las cenagosas marismas de la laguna Estigia, despedazándose unos a otros, moran los coléricos, en el quinto círculo.
Tras la laguna Estigia, entramos en el Infierno inferior, donde penan los que han pecado por voluntad, “positivamente”. Y no por incontinencia. Es decir, aquellos cuya intención y deseo era pecar de manera activa. Esta parte del embudo consta de cuatro círculos. Al igual que los anteriores, con sus subdivisiones.
Puesto que los siguientes círculos son concéntricos (en realidad los son desde el primero), a partir de ahora los restantes círculos están cercados por los muros de la infernal Ciudad de Dite. Dite es un nombre equivalente al de Plutón, o Hades, y procede de la degeneración de la construcción latín Dis Pater. En el sexto círculo están los herejes, los ateos y todos los negadores de la vida más allá de la muerte. En el sexto círculo están los herejes, los ateos y todos los negadores de la vida más allá de la muerte. En el séptimo, los violentos.


Allí está el gran Alejandro Magno, hundido hasta los ojos en un río de sangre hirviente. Es el río Flegetonte. La entrada a este círculo está vigilada por el Minotauro. Los violentos están divididos en varios grupos: los que atentaron violetamente contra su propia vida o contra sus propios bienes, los violentos contra el prójimo, ya sea contra sus personas o contra sus bienes, los violentos contra Dios (los blasfemos), los violentos contra la naturaleza (los homosexuales) y los violentos con el dinero (los usureros).
Tras atravesar la Gran Barrera, que es el apocalíptico acantilado que Dante y Virgilio han de salvar con la ayuda del gigante Gerión, casi en el centro del Infierno, está el octavo círculo, allí moran los fraudulentos, culpables de “los pecados del lobo”, es decir, cometer fraude con personas que nunca nos entregaron su confianza. Al igual que pasaba con el círculo anterior, este círculo está subdividido también en diversas “bolsas”, todas ellas concéntricas, separadas por murallas y escalonadas en sentido descendente. Son diez bolsas: la de los seductores (y proxenetas), la de los aduladores y propagandistas (sumergidos en pozas de excrementos humanos, tomen nota los políticos y sus voceros), la de los simoníacos (la simonía es comprar y vender dignidades espirituales), la de los adivinos (astrólogos, falsos profetas y hechiceros), la de los políticos corrompidos, la de los hipócritas (con una “sub bolsa” para los miembros del Sanedrín que condenó a Cristo), la de los ladrones, la de los consejerosengañadores, la de los que siembran el odio y la acusación enfrentando a los seres humanos entre sí (aquí, Dante, ve a Mahoma, y a su primo Alí), la de los falsificadores. Esta última bolsa se subdivide en cuatro nuevas bolsas: la de los falsificadores de metales(o sea, alquimistas), de moneda, de personas (imitadores) y de palabras (falsos juramentos).
Llegamos al noveno círculo. Está rodeado de gigantes, y ocupa el centro del planeta Tierra. Es el círculo de los traidores y de todos los que han pervertido la confianza que las personas depositaron en ellos. Existen cuatro bolsas concéntricas: traidores a sus padres, como Caín; traidores a su patria, como Antenor, que fue quien entregó Troya a los griegos; traidores a sus huéspedes, como Tolomeo, y traidores a sus bienhechores, como Judas, el traidor por antonomasia. Los traidores están congelados en el lago del Cocito. Cuanto más grave fue su traición a tanta más profundidad están.
En el centro de este círculo, en el centro exacto del lago de hielo, está el mismísimo Satanás. Es un ser colosal, enorme, cubierto de pelo. Hacia él apunta todo el gigantesco embudo del Infierno. Concretamente, todo confluye en su ombligo.
Satanás está sumergido en hielo hasta la cintura. El terrible agitar de sus alas crea un viento tan helador que lo congela todo. Tiene tres caras. Con la de en medio, despedaza una y otra vez a Judas Iscariote.
Un camino oculto en lo más terrible del Infierno lleva al otro hemisferio y permite ascender hacia el monte del Purgatorio. Situado en las antípodas de Jerusalén.




Además de esta asombrosa organización, Dante introduce muchísimos detalles de su propia vida.
Sin embargo, lo más sorprendente de Dante, ya lo hemos dicho, es haber juntado lo mitológico y clásico con lo cristiano, así como el Infierno teológico con el Infierno popular. El aspecto popular se refuerza con la redacción de la obra en lengua vernácula y no en latín.
Dante conocía todas las tradiciones infernales y todos los viajes al más allá, protagonizados por santos, místicos y ascetas. Nuestro poeta supo juntar lo maravilloso y lo popular de estas narraciones con unos profundos conocimientos teológicos, fundamentalmente, debidos a Santo Tomás, cuya obra Dante había estudiado con mucha dedicación.
Dante era un verdadero erudito, y no solo Santo Tomás es quien le proporciona la base ideológica, también Aristóteles está muy presente. Además, hay detalles que pertenecen a una tradición simbólica que surge con los pitagóricos, e incluso con los órficos, y que Dante conocía. Por ejemplo, el uso del número nueve, que es múltiplo del tres, el número de la Trinidad. O el hecho de que los nueve círculos infernales sumados al Vestíbulo nos den como resultado el diez, número que expresa la completitud y la perfección de un ciclo. O que los cantos del Infierno sean treinta y tres…
En el Infierno, se nos deja muy clara la postura tomista de que el castigo es una consecuencia a una elección propia. Por tanto, la sanción es tan inherente a la falta como lo es el calor con respecto al Sol. Es decir, que el castigo no proviene de un juicio condenatorio exterior, sino que pertenece al propio pecado, estando ambas realidades íntimamente unidas, igual que en una moneda no podemos separar una de sus caras de la otra.
En el canto decimocuarto, situado en el séptimo círculo, Capaneo se jacta de su tremenda arrogancia contra Zeus y cómo,i ncluso en el infierno, este le sigue desafiando y le grita que le castigue más y más porque él nunca dará su brazo a torcer. Entonces Virgilio se dirige a él, diciéndole:
“¡Oh, Capaneo, tu castigo es simplemente tu propia rabia, que no cesa nunca! Ese es tu castigo. Tu mayor castigo. Ningún castigo como la rabia que te consume!”
Lo mismo sucede con los avaros y los derrochadores, que empujan enormes rocas chocando continuamente unos contra otros. No hay castigo, sino que tal es la naturaleza de su elección, o de su pecado. Es decir, tal y como son en vida, son tras su muerte.
Los coléricos se desgarran entre ellos a dentelladas fieras, en la laguna Estigia. Puesto que en vida rechazaban la piedad, en la muerte siguen siendo tal y como eran en la vida.
Los herejes, que conocían la verdad, pero que se obstinaron en su propia teoría, arden en sepulcros abiertos.
Los ladrones, que despojaban a los humanos de sus cosas, ahora son despojados de todo: son sombras mordidas por atroces serpientes. Así como antes, estos no distinguían lo mío de lo tuyo, ahora ni siquiera tienen identidad y se transforman en otros seres, por ejemplo, Buoso se transforma en Francesco, el cual a su vez se transforma en lagarto.

Los consejeros engañadores, por ejemplo, que han seducido a los que les escuchaban a cometer injusticias están envueltos por una llama tan intensa que no se les puede ver, y la extremidad de esa llama es lo que ahora les sirve de lengua. En una de esas llamas está envuelto Ulises.
Los que sembraron discordia enfrentaron a padres contra hijos, y a amigos contra amigos, esto es como separar la cabeza del resto del cuerpo, por eso Bertrand del Born, ha de andar con su cabeza cortada cogida por los cabellos: “De este modo son dos en uno”.
Los gigantes a la entrada del noveno círculo tienen un profundo sentido simbólico. Son las imágenes del orgullo, las fuerzas irracionales del individuo y de la sociedad, las fuerzas primitivas prestas a descontrolarse en cuanto se presenta la circunstancia. Son las fuerzas que transportan todos los valores egoístas, ya sean valores egoístas individuales o colectivos (por ejemplo, el separatismo). Efialto, Nemrod y Anteo yacen por tierra. Representan la rabia, la estupidez y la vanidad.
Tradicionalmente, el fuego ha sido siempre el elemento clásico del sufrimiento infernal. Sin embargo, en el noveno círculo Dante renueva la perspectiva del relato infernal e introduce el frío como elemento máximo de daño y de horror. El hielo representa la maldad en sí misma, la frialdad del egoísmo y la absoluta parálisis espiritual. Al terror del hielo se le suma el espanto del silencio y la inmovilidad total. El pavor llega a su cima cuando imaginamos todos los cuerpos de los condenados atrapados en el hielo, casi petrificados, en un silencio eterno, permanente.
Ese foso helado, esa laguna, el Cocito, es el estremecimiento supremo, porque intuimos que el frío es aún más horrible y más satánico que el fuego, en cuyo brillo y movimiento hay algo divino.
La concepción cristiana del Infierno de Dante es innegable y es su base y su arquitectura, por supuesto. Pero los elementos clásicos son abundantísimos. De hecho, el guía es Virgilio, que ya nos narró cómo es el Infierno cuando Eneas hubo de descender a él. También son de origen clásico los ríos: Aqueronte, Flegetonte, la laguna Estigia, … También entre los condenados hay muchos, muchísimos, personajes clásicos: Pirro, Alejandro Magno, Bruto y Casio (ambos en el noveno círculo), Julio César, Curión (su consejero, que fue quien le aconsejó cruzar el Rubicón y que ahora habita en el octavo círculo del Infierno), …
La verdad es que los nombres son lo de menos, dan lo mismo César o el papa Clemente V, lo que se trata es de condenar el pecado, las personas no importan. Las personas, sus nombres, son imágenes, o símbolos, o bien contribuyen a crear un fondo variado y novelesco, …
También Dante nos ofrece una genial síntesis antigua y moderna, clásica y medieval de los pecados. El poeta sintetiza las ideas aristotélicas, ciceronianas y cristianas sobre el pecado. Aristóteles, por ejemplo, diferenciaba conductas de incontinencia, conductas de malicia y conductas de bestialidad. Las específicamente humanas, puesto que en ellas entra la razón, son las conductas de malicia.

Cicerón añadía a esto la distinción entre conductas de violencia y conductas de fraude. Todo esto lo recoge Dante, el cual combina las clasificaciones, obteniendo tres categorías de pecados: pecados de incontinencia (cuatro clases), pecados de violencia (cinco clases) y pecados de fraude (dos clases).
Otra genialidad de nuestro poeta es la creación de ese Vestíbulo previo al Infierno. En él se hallan los dubitativos, los indecisos, los que jamás se decidieron a favor en contra de algo o de alguien. Los que jamás se comprometieron a favor del bien o del mal. Los tibios de los cuales nos habla el Apocalipsis: “Por cuanto eres tibio, ni frío ni caliente, te vomitaré de mi boca”.
Virgilio le explica a Dante: “Los cielos los rechazan porque no fueron lo suficientemente buenos, y el profundo Infierno no los admite por no ser lo bastante malos”.
Para Dante esta masa de gente vulgar y mediocre constituye la mayoría del género humano. Al identificarlos con los pusilánimes y acomodaticios nos está dando una clave sobre la realidad de la humanidad. Este atiborrado vestíbulo está lleno de indecisos, cobardes y de gente sin ningún ánimo ni espíritu para luchar.
Tras el Vestíbulo, hay otro lugar intermedio: el Limbo. Se trata de un lugar, o de un estado, más bien, reconocido oficialmente por la Iglesia. Es cierto que no sufren, pero su situación encierra también el tormento del desconocimiento y de la falta de la visión divina. Virgilio no se revela contra esta situación, que implica una vida eterna sin esperanza. Virgilio explica que simplemente nació antes del cristianismo. Eso es todo. En ese Limbo está Galeno, Eneas, Hipócrates, Heráclito, la bella Camila, tal como la describe el propio Virgilio, Euclides, Séneca, …
Sin embargo, en lo que se refiere al pecado de la carne, Dante se aparta de la línea seca de la ortodoxia cristiana de entonces. Dante libera su alma de poeta y de enamorado. Para Dante cuando el pecado de la carne va unido a la pasión amorosa sincera, es el pecado más tolerable de todos. Los amantes célebres están el segundo círculo, sufriendo un castigo relativamente leve: son zarandeados de aquí para allá por un viento impetuoso que no les deja ni un instante de descanso, “igual que los estorninos cuando son arrastrados por un viento de tempestad en el helado invierno”. Muchos comentaristas dicen que es el castigo más ligero de todos.
Esa comprensión no existe para la homosexualidad. A los homosexuales los agrupa junto a los usureros. Estos hacen fértil algo que es estéril, como es el dinero. Mientras que aquellos (los homosexuales) hacen estéril algo que es fértil, como es el instinto de la naturaleza.
El Infierno de Dante es, en fin, una obra tan impresionante como un edificio, o cualquier otra obra plástica física, grandiosa y de una elevación espiritual que supera cualquier obra actual. Dante señala el nacimiento de una concepción creíble y a la vez mística del Infierno.
Con el Infierno, se culmina una tradición que ya había empezado hace miles de años antes, en el poema de Gilgamesh. Dante realiza una construcción perfecta, una verdadera catedral gótica, una perfecta catedral en la que une el mundo grecorromano con el mundo cultural occidental del momento, al mismo tiempo une también lo popular con la elevación teológica cristiana, compendiada en la Suma Teológica de Santo Tomás.
En verdad, El Infierno de Dante fue un punto de llegada y, al mismo tiempo, un punto de partida y de lanzamiento hacia una realidad nueva que todavía no se ha agotado.


 

 

 

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