Lares, Manes, Penates, Larvas
Por Juan Ramón González Ortiz

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Como siempre, es Blavatsky la que nos proporciona la clave acerca de la irresoluble confusión acerca de estos términos muy presentes y muy importantes en la religión romana: lares, manes, larvas y penates. Los cuales, a su vez, se solapan con otras entidades llamadas Lemures, Umbras, Númenes, dioses Indigetes y dioses Novesensiles.
“Demasiados autores no consideran que los numerosos cambios de lenguajes, las frases alegóricas y el absoluto secreto que los antiguos místicos, que tenían la obligación de no divulgar los santos secretos, han podido despistar a traductores y estudiosos” (Glosario teosófico).
Los romanos distinguían un mundo celeste, morada de los dioses, un mundo terrenal (que era el “mundus”), y el mundo del más allá (o “Tártaro”, puesto que Tártaro era hijo de Caos y hermano de la Noche). Al Tártaro pertenecía un espacio intermedio, los Campos Elíseos, lugar de felicidad en el que las almas esperaban una nueva encarnación). También había otro espacio perteneciente al Tártaro: el Hades, también llamado Orco y Averno.
La religión romana tenía una ordenada jerarquía relativa al mundo de los muertos. Ovidio, que había sido iniciado en los misterios de Mitra y que, según algunos estudiosos, fue desterrado por Augusto por haber revelado secretos iniciáticos en sus Metamorfosis, expresa a las mil maravillas esa jerarquía en cuatroversos que se le atribuyen (y que Lucrecio pone en boca de Enneius) los cuales resumen el secreto de la vida humana con una maravillosa concisión:
“Bis duo sunt homini: Manes, caro, spiritus, umbra.
Quatuorista, loci bis duo suscipiunt.
Terra tegit carnem, Tumulum circumvolat Umbra,
Orcushabet Manes, Spiritus astrapetit”.
Es decir:
El ser humano tiene cuatro realidades: Manes, carne, espíritu, sombra.
Estos cuatro ocupan cuatro lugares.
La tierra cubre la carne, la sombra revolotea alrededor de la tumba,
los infiernos reciben a los Manes, el Espíritu llega hasta los astros.
La propia Blavatsky se refiere a estos versos en Isis sin velo para explicar la jerarquía espiritual y el camino del ser humano más allá de la muerte.
Vamos, a continuación, a ir desglosando uno a uno, estos conceptos tan parecidos y tan diferentes. Empecemos por los Manes.

Manes
Esta palabra siempre iba puesta en plural, incluso cuando se refería a un único difunto.
Para Blavatsky, los Manes eran los dioses bondadosos. Eran espíritus procedentes del Kamaloka, o esfera astral, y de los deseos. Lo que los antiguos romanos llamaban sombras eran solo las envolturas vacías de los difuntos. No eran, por tanto, las almas de los difuntos, como podrían afirmar los espiritistas o los médium actuales. Estas sombras eran deificadas en la religión popular romana. Este culto a los antepasados encubre un culto a los pitris o deidades creadoras de todo cuanto existe.

Dentro de esas jerarquías creadoras, están también los antepasados de las familias, que son los que crearon y alimentaron el linaje. Incluso el Bagavad Gita se refiere a la necesidad de hacer ofrendas funerarias a los antepasados, hasta la tercera generación, los días de luna nueva.
Según Ovidio, los Manes son muy fáciles de contentar: prefieren la piedad antes que las ricas ofrendas. Estos cultos tenían lugar del 13 al 21 de febrero, durante las festividades llamadas “parentalia”, pues los “parentes” eran los antepasados.
Durante las parentalia, los descendientes, hijos, o nietos, etc. se reconocían como continuadores de un Parente, o de varios Parentes. Esta ceremonia era la Parentatio. El Parentes, en su pequeña escala material, era también un dios creador, menor, por supuesto, y por eso se le rendía este pequeño acto de vasallaje.
Está documentada la existencia de una raíz indoeruropea *ma1 con el significado de ´bueno´. Esta raíz está presente en Manes y también en palabras como mañana, madrugar, madurar, prematuro,…
Otros estudiosos derivan la palabra Manes de Mania, pues Varrón se refiere a Larvas y a los Lemures como hijos de una misma madre, nombrada por él como Mania, aunque también tenía diversos nombres como Lara o Larunda.
Inicialmente, en los primeros siglos, los Manes eran propiamente las almas de los difuntos, ni buenos ni malos, en principio, pero que deben ser venerados para asegurarse la quietud.
Cuando los espíritus familiares manifiestan protección y cuando nos favorecen con su presencia fueron llamados, posteriormente, Manes. Y se los veneraba como las deidades protectores de la familia y del hogar. Su presencia quedaba simbolizada en el fuego del hogar.
Sin embargo, cuando estos espíritus provocaban el desasosiego, la inquietud y cuando atraían desgracias sobre esa familia, pasaban a denominarse Larvas.

Larvas y Lemures

Al igual que los manes, las Larvas estaban muy próximas a los hogares de los vivos, por eso las Larvas podían retornar del más allá para reclamar algo a los humanos. Algo a lo que creían que tenían derecho. Las Larvas eran temibles, para los romanos eran una verdadera plaga, y su nombre los llenaba de terror. Estas Larvas solían ser espíritus de personas especialmente malvadas y crueles, suicidas, criminales, acreedores que, evidentemente, ya no podían demandar al deudor, etc.
La mención de las Larvas es tan terrible que incluso se omite este término en las obras de los grandes autores. Así Virgilio evita emplear esa palabra cuando Eneas desciende a los Infiernos. O cuando Tito Livio nos cuenta la espantosa y cruel historia de la muerte de Virginia, emplea la palabra Manes para referirse a su vengativo fantasma. Ni siquiera Ovidio en su extraordinario catálogo de festividades romanas, los Fasti, usa la palabra “Larvae” sino que emplea expresiones de cierta vaguedad construidas en torno a Manes o a Lemures.



Hay que decir que la primera Larva fue el propio Remo pues regresó para pedir venganza a sus padres, el pastor Fáustulo y a Aca Laurentia. Por eso mismo, Rómulo instituyó las festividades de las Lemuria. Estas fiestas se celebraban enciertos días impares (9, 11 y 13) de mayo.
En esos días, el pater familias se enfrentaba a los terrores nocturnos repitiendo por la noche nueve veces “Salid, manes de mis padres”, y lanzando nueve veces habas negras por detrás de su espalda, tocando agua y haciendo sonar los bronces temeseos para calmar la furia y la inquietud de los espíritus errantes, o de las larvas ofendidas, o la tristeza de los suicidas o la ira de los jóvenes muertos antes de tiempo.
Si bien en las Parentalia eran los vivos los que buscaban relacionarse con en el mundo de los muertos, en la Lemuria eran los muertos los que irrumpían en el mundo de los vivos.
La naturaleza de las Larvas era la maldad y no siempre necesitaban un motivo adecuado para ejercer su atormentadora actividad.
En una comedia de Plauto, la Aulularia, un personaje, Euclión, nos muestra que muchas veces la causa de la locura entre los ancianos es la acción de las Larvas. “Larvado” era el sujeto poseído por estos espíritus malignos. Las Larvas eran los “kakodaimones” de los antiguos griegos, o sea, los “dáimones malos”.
Progresivamente, las Larvas dejaron de tener forma y naturaleza humana, y ya no se representaron como almas de los difuntos sino como simples seres infernales siempre implicados en el desarrollo de la locura (y en la antigüedad clásica la depresión era una forma de locura) o en los suicidios. Séneca recoge el sentimiento común de que las Larvas eran seres demoníacos con la misión de castigar y perseguir a los muertos en el infierno. De hecho, “ser entregado a las Larvas” era el peor destino que podía esperar a un difunto.
Séneca en una de sus cartas, nos dice que las niñeras asustaban a los niños con las Larvas: ”nadie es tan niño para temer al Cerbero, o a las tinieblas o al vestido de huesos desnudos que portan las larvas”.
Puesto que las festividades dedicadas a conjurar a las Larvae eran denominadas Lemuria, muchos pasaron a llamar a las Larvas, Lemures.
Pero para algunos estudiosos, la acción de los Lemures era aún más maligna que la de las Larvas. Muy poco se sabe de los Lemures, sobre todo porque a nivel popular, se estableció una auténtica confusión entre unos y otros términos, de tal manera que acabaron siendo entidades idénticas.
Curiosamente, esos bellísimos animales exclusivos de Madagascar y bautizados con el nombre de lemures fueron denominados así por Linneo, naturalista y verdadero humanista, en su Systema naturae (1758). No hay duda de que el cultísimo Linneo relacionó a estos tímidos animalitos con los Lemures romanos por los chillidos que lanzan por la noche, sus enormes ojos brillantes e inmóviles y la vida nocturna de estos delicados animales.


Princesa Sirilla, The Witcher, Netflix.

Umbra
Era la Sombra, o fantasma, de un ser humano, la cual se vincula a la Tierra. La sombra es el resto de vitalidad aún sin disolver, que permanece mecánicamente en la Tierra vagando alrededor de la tumba, atraído aún por el recuerdo de las sustancias físicas y aún movido por la energía del deseo. La Umbra de los romanos es el “eidolon” de los griegos, el doppelgänger, la contraparte vital o la sombra del ser humano. Algo así como lo que, en el hinduismo, o, mejor dicho, en la literatura teosófica, se llama el Linga Sharira. Esta contraparte está formada y organizada fundamentalmente por materia eterizada. Esta materia es el origen y la fuente de la vitalidad y corresponde al llamado PRANA, en la terminología hindú. Puesto que el deseo es la fuerza que mueve y conecta a la casi totalidad de los seres humanos se podría decir que en el Linga Sharira, se consolida según el deseo siendo ambos entremezclados la fuerza que pone en actividad, más o menos inconscientemente, la vida del planeta Tierra.
Blavatsky nos explica, y lo que dice es válido para el concepto de Umbra:
“El Linga Sharira, como se ha dicho antes, es el vehículo del Pra?a y sustenta la vida en el cuerpo. Es el reservorio o la esponja de la vida, que la recoge de todos los reinos naturales circundantes, y es el intermediario entre los reinos de la vida pránica y la vida física. La vida no puede pasar inmediata y directamente de lo subjetivo a lo objetivo, porque la naturaleza pasa gradualmente de una esfera a otra, sin superar a ninguna. El Linga Sharira sirve como intermediario entre el Pra?a y Sthula Sarira (cuerpo psíquico o cuerpo emocional).”

Lares
Eran los dioses de los lugares, es decir: las divinidades de los lugares habitados por los seres humanos. En numerosos autores se confunden con los Manes, con las Larvas, con el Genio y con los Penates. Un verdadero lío.
Otros dicen que los Lares eran las divinidades personales que cualquier romano siempre llevaba a título particular consigo.
Actualmente, se tiende a pensar que los Lares son los primeros y poderosos antepasados romanos, posteriormente divinizados. De hecho, existían los llamados “Lares Publici” que eran los gloriosos antepasados de la ciudad de Roma. Por tanto, si los Lares publici eran antepasados, los Lares privados también debían de serlo, pero a título personal o íntimo.
Marciano Capella lo redacta de forma inequívoca: “Aquellos que en su vida pasada fueron personas honestas, una vez muertos se transforman en los lares de hogares y ciudades”. Existían especialmente tres tipos de lares: los Lares Familiaris, que eran los genios tutelares de las familias, al completo, y por eso también abarcaban a los esclavos. Se custodiaban en el Lararium. Los Lares Parvi, que eran pequeños ídolos utilizados para la adivinación y los augurios. Y los Lares Praestites, que eran los solemnes guardianes de la ciudad de Roma y que eran solamente dos: Rómulo y Remo. Vigilaban las murallas de Roma y tenían su sede en un viejo altar, en lo alto de la Via Sacra.

Al igual que pasaba con la palabra Manes, los Lares siempre se utilizan en plural, a pesar de que existía esa palabra en singular.
Además de estos tres tipos, existían otros tipos de Lares:
los Lares Vialis, que eran los Lares de una barrio o de un terreno, y se veneraban siempre en un templo edificado en una encrucijada de calles o bien en esa determinada propiedad. Las fiestas de los barrios eran celebraciones a los Lares particulares de esas calles y grupos de viviendas. Esas festividades eran las Compitalia.
Romulo, Tito Tacio, Aca Laurentia, y demás personalidades antiguas eran los gloriosos Lares de Roma, los llamados Lares Publici.
Existían también los Lares Rurales, los Lares Quadrivii y los Lares Permarini, que eran los Lares protectores de los viajes por mar.
La creencia en los Lares expresaba el convencimiento de que el alma de los antepasados ilustres, rectos, heroicos y esforzados poseía una energía espiritual eterna que no se gastaba jamás y que podía ser invocada para que estuviese permanentemente cerca, comoayuda para los familiares.
Por eso Julio César se jactaba de ser descendiente de Venus. Ese parentesco es el que invocó César, cuando un bárbaro cimbrio, por encargo de unos rivales, se introdujo en su casa con ánimo de matarlo.Y César, mirándolo directamente a los ojos, le peguntó, “¿Pero sabes a quien quieres matar?”. Y el asesino, no pudiendo soportar la pregunta, huyó de inmediato.
Los Lares eran entidades muy positivas y benéficas y, por tanto, eran muy importantes y se honraban en las fiestas y aniversarios más importantes del año.

Los Penates
Su verdadero carácter no está del todo claro. Seguramente, los romanos cayeron en tal confusión con todas estas divinidades tan perecidas entre sí, que no las diferenciaban del todo. Los penates eran las divinidades protectoras de la casa. Su nombre procede de “penus”, o ‘despensa’. Pues su función consistía en velar por el bienestar general de todos los miembros de la familia. Eran los dioses de la intimidad de la casa. Sus funciones se solapaban con las de los Lares, Los Manes y con la propia Vesta. Para algunos estudiosos, Penate viene de la palabra “penetrale”, es decir, ‘el lugar más retirado de la casa’, en el sentido antedicho de intimidad.
Cada ciudad tenía sus propios Penates. Los de Roma eran venerados en un templo en la colina Velia. Los Penates de Roma estaban representados por dos jóvenes sentados, y armados con lanzas.
En el templo de Vesta se custodiaban los sagrados Penates de Troya, que Eneas trajo hasta Italia salvándolos así de caer en las manos de los griegos. El hecho de que Roma poseyera los Penates de Troya, fue la causa de que Pirro declarara la guerra a Roma pues que los romanos tuviesen estas deidades, significaba que Roma era la continuadora de Troya, y Pirro como buen griego, debía proseguir la guerra hasta la destrucción completa de esa segunda Troya.


Casandra resiste a Ayax agarrándose al sagrado Paladio de Troya.

Los Penates traídos de Troya eran verdaderos talismanes de poder. El rey Ilus fue cegado tan solo por tocar la imagen de Palas, el llamado Palladio, tal vez el objeto más sagrado llevado a Roma por Eneas desde Troya. El Palladio (del cual los griegos robaron una copia falsa) es el verdadero símbolo de los Penates romanos. El talismán sublime y sagrado.
Tanto es así que cuando el emperador Constantino, en Bizancio, consagra como capital del Imperio a Constantinopla, manda que, para garantizar la legitimidad de la ciudad como Nueva Roma, se depositen objetos de culto cristianos en la base del Palladio, que fue traído desde Roma.
Incluso los propios cristianos practicaban el culto a los Penates dentro de los cultos de la religión cristiana. Finalmente, Teodosio prohibió la veneración a los Penates. El Palladio estaba guardado en la parte más profunda y hermética del templo de Vesta, donde solo podía entrar la Vestal máxima, y nadie más.
Numina
Numina es el nominativo plural de Numen. Es la manifestación del poder que surge de los dioses. De hecho, la palabra en genitivo, Numenis, suele acompañar el nombre propio de un dios: por ejemplo, el Numen de Júpiter, Numenis Iupiter. Es decir, equivale a decir“la Voluntad, la Potencia o el Poder de Júpiter”. Sería el equivalente a “sumo poder”. Inicialmente, el Numen era el poder divino vinculado no a un dios específico sino a los fenómenos naturales: el relámpago, el trueno, el viento huracanado, etc.
Dioses Indigetes
Eran el equivalente a los devas en las creencias del hinduismo. Animan todas las cosas que existen en el mundo y se los podían invocar. De hecho, indigitare quiere decir ‘llamar por su nombre’, es decir, ‘invocar’. Estos dioses eran la forma de vida interior de todos los objetos. Estos dioses podían ser utilizados para las prácticas mágicas con el fin de producir los fenómenos deseados.


Para muchos estudiosos son los dioses originales de la religión romana.
El acto de invocar abarca a todos los dioses, por tanto, todos los dioses pueden considerarse Dioses Indigetes. Según esto, cada deidad tendría su nombre especial, por el cual deberían de ser invocados. Su nombre particular y especial. Esos nombres permanecían en el secreto más absoluto.
La ciudad de Roma también tenía su verdadero nombre, su nombre secreto, esotérico, que garantizaba su seguridad. Se castigaba con la pena de muerte revelar el verdadero nombre de la ciudad de Roma.
Hoy en día hay varias hipótesis acerca del verdadero nombre de la Ciudad, pero siguen siendo hipótesis. No podemos menos que admirarnos de la fortaleza del juramento que realizaron todos los senadores y sacerdotes y pontífices de no manifestar nunca el nombre oculto de Roma.
Existían también los Dioses Novesensilis, que eran los dioses nuevos, de países conquistados y cuyas divinidades eran incorporadas a la religión romana. El ejemplo máximo de esto es Mitra, divinidad que acabó siendo extraordinariamente popular en toda Roma.
Al apoderarse los romanos de las divinidades extranjeras, las desactivaban como dioses enemigos y rivales, poniéndolas de lado del pueblo y de la nación romana. Los romanos tenían una manera de desposeer al enemigo del favor de sus dioses y era atraérselos a su bando mediante un rito llamado Lectisterio. En esta ceremonia se preparaba un banquete y se invitaba a los dioses extranjeros, cuyas imágenes ya habían sido colocadas en los lechos, a participar en el ágape.

Conclusión
Roma tenía un culto a los muertos como jamás lo tuvo ninguna otra religión occidental.
El Cristianismo rompió definitivamente con el culto a los difuntos, pues en la religión cristiana solo hay una única festividad dedicada a los muertos, y que fue instituida muy tardíamente, en el siglo X. En esa festividad cada uno conmemora a los difuntos que les son propios y nada más. Nada que ver con ese complicadísimo culto a los antepasados que dispensaban los romanos.
Desde este punto de vista, el Cristianismo fue algo nuevo, refrescante y revolucionario.
Para el Cristianismo, los muertos están muertos, y ya está.
Si alguien quiere protección tiene a su servicio a innumerables santos y ángeles e incluso a Dios Padre y también a Cristo.
En la Antigua Roma, el culto a los muertos y a los antepasados era una verdadera religión dentro de la religión. Con sus sacerdotes especializados, sus días especiales, sus templos, etc., etc. De hecho, las festividades más importantes del año eran las relativas al culto a los muertos.
En el cristianismo, vivir y morir es solo una cuestión temporal, pues Dios está continuamente con nosotros. La vida es un breve paseo por este lado del mundo, en espera del ansiado retorno de la Casa del Padre.

 

 

 

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