LOS PIES DE MAO
por Juan Ramón González Ortiz

(gonzalezortiz2001@gmail.com)

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¡Cuánto le gustaba el mar al joven Mao Tse Tung! Pero, sobre todo, lo que más le gustaban eran las audaces y malhumoradas gaviotas.
A veces, vibrando, sonriendo, cerraba los ojos y echaba a volar en sus sentidos dormidos un delirio vertical de pájaros marinos, morados, grises, fugaces, ...
¿Qué honda melancolía lloraba permanentemente en su corazón silencioso?

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¿Por qué se escabullía a solas para contemplar el último rayo tibio de sol violeta en las tardes eternas y hermosas de junio?
¡Qué inundación de colores, olores, aromas, cantos serenos, en las nubes lentas, en los blandos horizontes, en los melocotoneros infantiles y contentos!
¿No sientes cómo el mar llama a tus ventanas?, ¿no sientes su limpia claridad? ¡Allí!, ¡allí está el mar!
Querido lector, ¿dónde está el niño que tú y yo fuimos hasta hace poco?

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Por fin estalló la guerra y vino la sangrienta revolución. Otra más en la historia brutal de los hombres y las mujeres.
Mao acompañaba a su ejército, pero de golpe sintió que necesitaba alejarse, y permanecer solo y en silencio. Un viejo medio ciego, le condujo hábilmente río abajo, y, mientras remaba no dejaba de reírse, silbando con su boca desdentada, “Así que, ¿vais al encuentro de los que galopan sobre las grullas azuladas?”. Mao estaba bastante molesto, pues para el adulto inflexible y duro que era todo eso eran supersticiones. “Oh, no, qué va, quiero simplemente caminar por aquellos bosquecillos. Eso es todo”
Cuando Mao quiso darse cuenta de dónde estaba, ya hacía tiempo que había anochecido.


¡Crepúsculo rizado y delirante en la tarde de agosto!
Apenas distinguía las higueras en cuya compañía había estado mirando cómo navegaba el último racimo de nubes doradas. Escuchó el río; siguiendo sus orillas podría volver al campamento. Pero no, estaba perdido. Continuó andando. Las ramas caídas, el agua fina y redonda, ... Por fin escuchó la voz airada de los lejanos guardias rojos recitando con voz oscura y amarga sus poemas. En aquella arborícola llanura de madreselvas trepadoras, decidió tenderse un momento. Pero ¿qué era ese bulto erguido junto a él?
Mao se levanta. Es un viejo colosal, miserable y pellejudo. Parece una milenaria y monstruosa escultura en madera. Una escultura cubierta de hongos secos, mordida con rabia por las lágrimas de un ofuscado imaginero. Parece un Quijote, un Quijote tullido y muy feo.
No es el Gran Antepasado del que nos hablan los poemas huecos y engañadores. Es alguien enorme, que lleva en sus ojos la oscuridad de siglos y siglos de llorar.

¿Quieres algo de comer o beber, virtuoso anciano?
¡Oh, no, todopoderoso joven! Hace ya tres o cuatro días que comí.
Entonces, ¿quieres venir conmigo al campamento para que, por lo menos esta noche, los mosquitos no te despellejen?
¡Oh, no!, generoso joven, estoy oyendo vociferar a tus amigos algo que dicen ser poemas tuyos y me parecen bastante malos, además hay mucho ruido. Y, además, me llevo bien con los mosquitos.
¿Quién era ese viejo mítico que andaba cubierto de raíces colgantes, pólipos ennegrecidos, moluscos y tiras de cuero secas como si llevara cosida al pecho una armadura tártara?

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¿Quién era ese viejo tallado, mordido, por el relincho desesperado de una gubia atormentada? ¿Quién era ese viejo que se alimentaba de un vaso semanal de leche cruda, sin cocer?
¿Te parecen malos mis poemas?
Bueno, no me hacen mucha gracia. Pero lo peor no es eso, lo peor es que te pasarás toda la vida hablando de la sombra de los objetos sin llegar a hablar nunca de los objetos.
Por favor, anciano, ilústrame con tu sabiduría.
De acuerdo, valeroso joven. ¡Quítate ya las botas!
Asombrado, Mao desató sus zapatos embarrados; después, se quitó los calcetines. Los colocó junto a sus botas formando un arco iris de lana.
Mira tus pies.
Eran unos pies enjutos, amarillos en la noche, grises contra el cielo azul, indóciles. Al levantarse Mao, se escuchó el ruido duro de sus plantas al pisar la hierba tierna.
Un poco avergonzado de verse así, miró al anciano. También se había descalzado... Pero sus pies estaban llenos de bondad y de fuerza. Eran unos pies distintos, ligeros como una mariposa, calientes, abiertos como la boca de una carpa o de un salmonete. No aplastaban la hierba. Cuando se movían, ondulaban como un eco por encima de las rosas y las piedras oscuras. Aquellos pies sanos y nuevos acariciaban en un estallido de vida el agua pura que se mecía en lo alto de los lirios.
Nunca supo por qué lo hizo, pero Mao cayó de rodillas junto al anciano y le tomó la mano.

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Y así se quedó, quieto, detenido, inmóvil, junto al viejo brillante, en un grupo escultórico sin lágrimas asalariadas ni retóricas. Y, sin saber por qué, Mao le besó la mano. Sí. Le besó la mano. Le besó la mano... Y se quedaron los dos un momento, parados, quietos en la historia sangrienta de los hombres y las mujeres.
Cuando los guardias rojos fueron a buscarle, le encontraron durmiendo descalzo. Sólo con él, la luz abierta y cenital de la luna.

¡Oh, la mar! La mar espantosa y triste; la mar mimosa; la mar humeante que dice: " ¡toma, y aliméntate de mí! "; la mar abundante, alegre y roja; la mar fuerte y comestible, ...

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Cuando por fin enfermó, Mao tenía ya los 72 años. Entonces fue cuando llegó el insomnio. Y con él, los recuerdos. ¡Cómo olía la tierra mojada en los campos de su niñez!, ¡cómo miraba su hijo recién nacido, infinito y callado, este mundo asombroso aquella tarde lluviosa en la que nació!
¡Cómo le tocó llorar después al padre cuando la guerra se lo destruyó una tarde invernal!
Su cuerpo triste y perforado quedó prendido de las ramas de un naranjo. Cuando lo rescataron olía a flores y azúcar ...
Absorto y crepuscular, Mao se ha hecho niño.
"La Gran Armonía“.
"La Gran Armonía" repite una y otra vez mientras deambula errático por los interminables pasillos de su ciudadela. De vez en cuando, se le oye algo así como " ¡qué tonto he sido!" También, de vez en cuando, dice, “¡cómo olía su cuerpo!"

 

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Habla desde el fondo de su razón, ¡pero no está loco! Se ríe y, de súbito, despierta a uno de sus sirvientes, no para que le haga té, sino para contarle cómo caía la nieve sobre las aspas de aquel viejo molino de viento forrando las maderas de un tejido más blanco y suntuoso que el resplandor del jazmín. ¡Qué desilusión cuando ve que el criado bosteza!
Mao, el cruel Mao, vive en un mundo de campanillas, risas de niños, primaveras vitales, ladridos y cacareos, el sol del verano en las rendijas de su persiana, aquella niña amable y pálida con la que le casaron a los trece años, ... Llora al recordar las lágrimas de los burros cuando el acemilero les pegaba con su vara de cerezo mojada, ....

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Todos se burlan del presidente, le toman por un viejo chalado y estrafalario. ¡Qué saben de él!, ¡cómo pueden hablar así!
¡La claridad, la claridad del mar! El mar, el mar sencillo, más limpio que un cristal en la lejanía.
Mao babea, quieto, dulce, encendido. Llama a una de sus concubinas y le pide un masaje suave en los pies. Caen las zapatillas al suelo. ¡Qué es esto!, ¿qué pies son estos? Son fuertes y tostados, son unos pies de varios siglos de antigüedad, altos como lenguas de fuego, deslumbrantes. La hierba pequeña y eterna del jardín, y la arena generosa, se entregan a sus plantas con el entusiasmo de una danza universal. ¡Cómo reían aquellos pies durante la siesta de oro! ¡Cuando el presidente anda, se mueven como las aguas interminables que brotan de un manantial! Van y vienen como un aleteo de mariposas. Esos pies bajan volando hasta el suelo sin aplastar el perfume de las peonias ni el canto de los gorriones.

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Mao sonriendo, se acerca a la concubina y le dice muy bajito:
Este es mi secreto.
La mujer no entiende, queda agria y ni se molesta en devolver al anciano el gesto amable.
Pero no pasa nada porque Mao ya se ha acostumbrado...
Lector, querido lector, deprisa, ponte en pie ahora mismo, de un salto, abre tus ventanas de par en par. ¿Escuchas?, ¿escuchas el rumor lejano? Nunca me cansaré de esta armonía.
¿Dónde está el niño que hasta ayer mismo tú y yo fuimos?

 

 

 

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