La meditación en el Islam
Por Juan Ramón González Ortiz

 

 

El Corán insiste repetidas veces en el valor de la meditación. Un versículo se ha hecho especialmente celebrado: “Una hora de meditación vale más que las que las buenas obras realizadas por las dos especies que pesan (humanos y ángeles)”.
Meditar es dar ocasión a los sentidos internos para que estos se desarrollen por sí mismos. Lo importante es retirar la atención de la mente de las cosas sensibles o secundarias para permitir que la estructura espiritual interior del cuerpo se imponga naturalmente.
La meditación es el único recurso para comprobar que Lo Sagrado no es ni una entelequia estúpida e inalcanzable ni una mentira. Es “el ojo del corazón”, una vez cesa la tiranía de la mente. A este respecto, San Juan de la Cruz escribía “la más fuerte conquista en oscuro se hacía”. El estado de meditación es, precisamente, el que permite trascender la separación entre creador y criatura, o entre sujeto y objeto, al contemplar una misma única sustancia diseminada por doquier y comprender que esta sustancia es la base común de todo lo creado. Pero esto no es panteísmo, aunque inicialmente pudiera parecerlo, pues el Islamaunque afirma la inmanencia de Dios afirma también la inexistencia de la creación.
Además del bloqueo de la mente, el espíritu se encuentra obstruido por la hipocresía y por la insinceridad. Al Alawi, en su autobiografía, nos describe el proceso y la práctica meditativa merced ala cual sus facultades espirituales se desarrollaron permitiéndole obtener una nueva comprensión de todo, de toda la realidad.
Una intuición, de base cordial, se fue desarrollando en él por encima del lento avanzar de la razón:
“Me encontré dotado de una comprensión completamente diferente, comprendía las cosas por anticipado, antes que el sheik, que nos enseñaba, hubiera terminado de hablar. Comprendía más allá del sentido literal del texto. Mi comprensión anterior no podía ser comparada con la que ahora tenía, y la profundidad de esta se acentuó hasta tal punto que cuando alguien recitaba un pasaje del Corán, mi espíritu se proyectaba para penetrar el misterio de su significación con una rapidez sorprendente, en el mismo instante de la recitación”.
A tal disciplina que nosotros llamamos meditación, los hindúes le llaman Dhyana. Y, al igual que en el hinduismo, en el Islam empieza por la concentración, o atención total. Nuri, que meditaba tan intensamente que parecía una estatua de carne y hueso, confesó haberse inspirado en ungato que acechaba una ratonera.
Continuamente se citan casos de ascetas y de sabios cuyas meditaciones eran tan hondas que las moscas entraban y salían de sus bocas y narices como si estos fueran cadáveres. Se decía incluso, que, si un diablo se acercaba a un meditador, sufriría las mismas convulsiones y dolores que él inducía a los que poseía.
De la misma manera que el Corán desciende de Dios al ser humano, este ha de realizar el camino contrario. La palabra revelada desciende por amor, y el meditante ha de ascender también por amor.
Se ha de iniciar la meditación, meditando sobre el Corán, como si el propio Profeta estuviese ahí mismo, ordenándolo. Luego, posteriormente, el meditador, se coloca en lugar del Profeta recibiendo la orden de boca del arcángel Gabriel. Después se coloca junto al arcángel Gabriel, escuchando la Palabra que sale que de la boca de Dios. Finalmente, la cuarta etapa trascurre junto al mismísimo trono de Dios, pero en el propio Dios, en su Sublime Esencia Santa.
En el Islam no se concibe mediador alguno entre el ser humano y Dios, al revés de lo que pasa en el Cristianismo, en el que Cristo afirma: “Nadie va al Padre si no es por mí”. A pesar de esto, las circunstancias de la ascensión mística en ambas religiones son muy parecidas:
• Corán= Evangelios.
• El Profeta= Cristo.
• Gabriel= El Verbo.
• Allah= Dios.
Esta reabsorción en Dios, esta metamorfosis en Dios tiene por nombre teomorfosis.
La posibilidad de llegar, en el curso de ejercicios espirituales muy intensos, a una contemplación verdadera es un momento privilegiado, hijo de la Gracia divina. Estos momentos de contemplación alientan y alimentan al místico en el sendero.
De la iluminación cada vez más espléndida, el místico se eleva a la contemplación de los atributos divinos, para acabar fundiéndose en la propia Sustancia divina irradiada a todas partes, como elbrillo sobrehumano de los rayos del Sol.
En el Corán se afirma que el éxtasis es la única forma de relación válida con Dios. El ascetismo, la purificación, el amor, etc. no son sino “comentarios” a este sendero.
Desvanecerse, morir, emocionarse, sentir, oír, gustar, embeberse, ausentarse, experimentar atracción, emocionarse, embriagarse,…Tales son las denominaciones como en la literatura musulmana mística se denominan los profundos estados contemplativos. Fana (anulación) y Sama (audición) son los términos fundamentales en la meditación musulmana.
La cima de la meditación es la desaparición de la noción de haber alcanzado el cese del pensamiento o lo que es lo mismo: el desvanecimiento de la mente. Esto se llama fana al fana, y constituye el pórtico de baka, o la permanencia inacabable en Dios.
Estos conceptos se asemejan a los conceptos hindúes de nirvana y de paranirvana.
Nadie puede llegar por su propio esfuerzo a este estado, es necesario un relámpago en el corazón delser humano.
No olvidemos que la vida contemplativa no es sino el logro de la vida meditativa, en el marco de una incesante lucha por la transformación moral y el cese del pensamiento alocado e inquieto.
Sari Al Sakati opinaba que si en el más alto grado de meditación fuese herido o despedazado con espadas no se enteraría de nada, tanta era su absorción en el Espíritu. Abu l’ Khayr fue amputado de un pie gangrenado mientras meditaba y no sintió nada, ningún dolor.
Según el Corán, a pesar de los estados de éxtasis, más o menos profundos, uno no ha de considerase al margen de las obligaciones de la ley externa.
Existe la llamada ley del arcano (ketman) que obliga a mantener en silencio y en la discreción los pensamientos, visiones o experiencias cuando estos puedan ser malinterpretados por el pueblo. Curiosamente, lo contrario pasa entre nosotros, donde parece que todos compiten por ver quién ha tenido más visiones, sueños conscientes, luchas contra espíritus malos, viajes astrales, entrevistas con Maestros o experiencias tenidas en cuerpo astral.
Sohrawardi, “el arcángel purpúreo”, será acusado de kafir (descreído) por faltar a esta norma, considerándose al margen de la ley externa, al menos eso es lo que decían sus acusadores. Idéntico será el caso de Al Hallaj. Y ambos morirán martirizados.
Solo en contadísimas ocasiones, los místicos del Islam atentaron públicamente contra los mandamientos de la ley divina.
Sin dudar, la práctica meditativa más destacada en el Islam es el dikr, o invocación.
Dikr equivale a la plegaria perpetua en el corazón, que se resume en tener a Dios siempre presente, en todo momento, repudiando de todo lo que no sea Él. Algo idéntico a la oración del corazón tal y como la enseña el practicante del relato de “El peregrino ruso”. Esta técnica consiste en el persistente repetir de una oración muy breve, o incluso de una palabra, hasta que esta se apodere de todos los recursos del monje. La oración del corazón está presente en todo el hesicasmo ortodoxo.
A veces, dikr se traduce por memoria, recuerdo, mención, evocación o rememoración.
A parte de la plegaria ritual (o salat), que es obligatoria, el dikr consiste en repetir el Nombre de Dios hasta que el devoto se llene con su Esencia, pues esa Esencia está contenida en el Santo Nombre.
El dikr comienza con la lengua, pero continúa con el corazón, cuando ya la lengua se ha agarrotado y no puede articular sonidos. Entonces es cuando el corazón empieza con la pronunciación del Santo Nombre.
Nuri nos lo explica con estos versos:
“Quisiera invocarlo sin cesar, tal es la intensidad de mi amor por Él,
pero, ¡oh, sorpresa!, la invocación desaparece en el éxtasis.
Pero, ¡mayor sorpresa aún!, el éxtasis también desaparece en la proximidad, en la lejanía”.
El dikr va transformando al ser humano.
Titus Burckhardt, en su obra “La doctrina sufí de la unidad”, nos dice acerca del valor de la Palabra, o del Nombre, el cual contiene dentro el mundo y toda la Sabiduría: “el ser humano no puede concentrarse directamente en el infinito. Sin embargo, sí que puede usar el símbolo del infinito, y así alcanzar el propio infinito. Una vez que el sujeto individual se ha identificado con el Nombre, la Esencia divina se manifiesta espontáneamente”.
Abundan en el Corán los versículos relativos al dikr y a su eficacia:
• “Invocad a Nuestro Señor con humildad y secreto. E invocadlo con temor y con deseo, la misericordia de Dios está próxima”.
• “Son de Dios los nombres más hermosos, llamadle por ellos”.
• “¿Acaso no se apaciguan los corazones con la llamada a Dios?”
Dikr no es sinónimo de repetición hasta el desmayo. No. Dikr es repetición consciente. Junayd nos dice:
“Aquel a que dice “Dios” pero no hay visión interior es un impostor”.
El maestro espiritual, con su autoridad, será el que prescriba las recitaciones según el grado de avance espiritual del discípulo.
Las más de las veces se suelen emplear versículos del Corán, o letanías con los Nombres de Dios, o poemas, o fórmulas mágicas. O bien puede ser el tawhid, que es la proclamación de la fe en el Dios único, Creador de todo el Cosmos, Gobernante de todo en solitario, sin compañero en su dominio de todo: “No hay más dios que Allah, Él es uno, y no hay nadie igual a Él”.
A veces, el dikr se aúna a música y danza, y también a ejercicios respiratorios, semejantes a los de pranayama hindú, por ejemplo, entre los naqshabandis.La respiración es una fuente de alimentación, y por tanto también de desarrollo de los niveles superiores.
Jami decía:
“Es el momento absoluto en el cual la identidad personal se funde con el Uno. Ahí radica el secreto último de la respiración”.
El dikr se ha de prolongar en cualquier acto cotidiano. Repitiendo una y otra vez, uno llega a percibir que toda la realidad no es sino una unidad esencial. De esta experiencia, nace la proclamación básica del Islam, la vivencia de que todo es uno y de que todo es Dios: “No hay más dios que Allah”.El dikr no es ninguna cantinela adormecedora. Es una repetición que ahonda en el espíritu y cuya práctica concede, como un rayo en una noche de invierno, la experiencia repentina de la unidad esencial de todo cuanto ha sido creado.
Todas las religiones tienen algo parecido que fija poderosamente la única Verdad en el espíritu del practicante. Los lamas tibetanos usan el poder del mantra, los budistas el “nembutsu”, los hinduistas usan el yapa, los católicos el rosario, los ortodoxos la plegaria del corazón,… Incluso es posible que el vocablo SUFÍ derive del sonido SSSSSSUUUUUUUUFFFFFFFFFF usado como mantra, o dikr.
“No es el dikr el que me ha extasiado.
Tú eres el que me extasías”.

 

 

 

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