El
sendero de la Navidad
Por Juan Ramón González Ortiz

Viene el invierno…. Todo se con trae, se cierra, y la Vida se introvierte.
El inicio del Invierno coincide, más o menos, con el Nacimiento
del Niño Dios. Es por eso que el Invierno está lleno
de una tremenda energía interior, la energía de la Nochebuena.
Es la estación en la que surge el Principio Crístico.
Es la estación que principia con la alegría desbordante,
es la estación del mirar hacia adentro. Es la estación
de la regeneración, pues en ninguna otra está presente
esta fuerza con tanto poder. A mí, personalmente, es la estación
del año que más me gusta. En estos días, me invade
una bárbara alegría. Como cuando era estudiante y por
estas fechas retornaba a mi casa para pasar las vacaciones de Navidad.
Volvía a mi casa, al hogar, junto a una mesa bien abastecida,
junto a mi madre. Mi madre ya tenía preparados para mí
los mazapanes, el turrón y una copita de vino moscatel… En
los hogares de aquel entonces, solo había dos turrones: el
blando y el duro. Nada más. Recuerdo el telegrama azul que
enviaba antes de ir a casa: “Llego a las nueve de la noche. He aprobado
todo”. No hacía falta más. Aquellos telegramas que enviábamos
al norte, al sur, al este, al oeste,… Aquellos telegramas en los que
latía tantísima emoción comprimida en unas pocas
palabras…. Aquellos ino centes telegramas nos precedían a todos
los que viajábamos en Navidad, como si fueran los angelicales
heraldos precur sores de nuestra llegada. Cuando bajaba el último
peldaño del tren, en la estación, bullía. Todo
era ruido, vendedores de lotería, prisas. Soldados que iban
y venían de permiso, otros estudiantes, como yo, emigrantes
que venían de lejanas tierras, … En el aire vibraba una sensación
cercana al milagro. Luces por doquier. Todo era un delirio vertical
de luces. Era el inconsciente apetito de luz que se despierta en Navidad:
“Y la luz resplandeció en medio de las tinieblas”. Yo me acercaba
hasta la Gran Vía, alargando aún más el camino
hasta mi domicilio, pero es que quería ver las luces de mil
y un colores, parpadeando en la noche como si fueran luciérnagas
húmedas. Recuerdo el resplandor de aquellos días juveniles
y todo aquella sencillez mística se agolpa ahora en mi corazón
y siento que no sabía lo feliz que era, porque no me daba cuenta
de ello pues la felicidad solo vive en el más descarnado pre
sente. Así es: la felicidad trasciende al tiempo, por eso solo
nos damos cuenta posteriormente de que entonces éramos felices.
Todo aquel pequeño trabajo de purificación que se llevaba
a cabo en las familias, ¿cómo olvidarlo?, ¿verdad?
Cantar villancicos junto al Portal de Belén, culminar con la
estrella de los Magos el abeto bendecido, esperar a la Santa Noche…Esperar.
Esperar. Todo ese poder vibratorio nos encendía el alma y nos
levantaba por encima de las cosas vulgares y domésticas. Yo
sentía, literalmente, que las fuerzas de la Muerte y de la
Materia caían fundidas y derrotadas ante la tremenda alegría
y la increíble potencia de la espera de la Nochebuena. Un día
hasta me imaginé al Buen Jesús destruyendo a los mis
mísimos dioses de la Muerte, a los que me veía representados
como Hades y como el gran Caronte.
La atmósfera psíquica de toda la sociedad, en general,
también se depu raba sometida a la emocionada espera, a las
oraciones, a los cantos, a la tan bella decoración y al brillo
de la mágica y anhelada estrella, símbolo de la Casa
del Padre. Una luz de color de oro teñía las calles
y todo se transfiguraba. En el aire flotaba la sensación de
una gloria inminente… Recuerdo también que to da la naturaleza
participaba en la espera de la Navidad: los que teníamos pájaros
adornábamos la jaulita de los canarios, o de los divertidos
periquitos, como era mi caso, y hasta poníamos algún
detalle navideño a nuestras fieles y pacientes mascotas. En
mi casa vestíamos con tres pajaritas a nuestras tres gatas:
Axa, Fátima y Marién. Estaban guapísimas.
El festival de la Navidad pertenecía al mundo, no solo a los
seres humanos, por eso los otros tres reinos también participaban
en él.
“Jesús, el dulce, viene…
Las noches huelen a romero…
¡Oh, qué pureza tiene la luna en el sendero!”
Cuando, por fin, llegaba la Noche Santa, se elevaba el ritmo vibratorio
de la Tierra y todo vibraba en una nota más nítida y
más alta. El Cristo Cós mico abducía nuestras
mentes, y se adueñaba de todo el Universo y su Palabra resonaba,
poderosa y fuerte, dentro de nuestros corazones. Durante esas horas,
sentíamos, oíamos dentro de nuestras almas la Vida del
Universo.
En la densa y fría oscuridad de la noche, la Luz celestial
caía como una chorro de oro sobre nuestras torpes cabezas.
Los Mundos Espirituales, y los Ejércitos Angélicos,
se revelaban por un instante, y percibíamos que por un momento
hasta las Puertas del Santo Tem plo permanecían abiertas, para
que pudiéramos echar un vistacito.
Las Navidades eran la vivencia de la calma y de la paz, y, para los
que vi víamos fuera, era la ocasión de renacer y de
volver de sentir el almo refugio de nuestras casas. Para mí
la Navidad era experimentar la Fraternidad y la Puri ficación.
En aquella dulce ilusión, no necesitaba ninguna lectura mística
ni religiosa. Me bastaba con sentir la Fuer za de la Luz divina que
por doquier nos avasallaba porque, incontenible, cho rreaba, palpitaba
por todas partes, y salía a nuestro paso. Era tan bello el
Sol de invierno…. Algo potente y espiritual atravesaba toda la sociedad.
Todas las actividades y todos los trabajos se vestían con esa
luz interior, porque a todos nos alcanzaba la fuerza de la Iluminación.
Todos éramos iluminados por una intensa bendición. Todo
era perfecto y sencillo. Todo era suave, exquisito, tierno. Brillante
y luminoso. Mientras la alegría espiritual subía a los
cielos, la vida terrestre se paralizaba, como congelada, en un canto
unísono: “Gloria a Dios en las alturas”. El misterio de la
Navidad estan poderoso que San Pablo lo escogió como nota de
su doctrina: “Dejad que el Cristo nazca en vuestros corazones”.
Querido lector, que la fuerza pu rificadora de la Navidad transforme
tu corazón en un lirio fragante, bello y blanco, sin enfermedad
y sin vejez. Que, en la Nochebuena, el Sol de Media noche te guíe
hasta la reluciente aurora de la Vida en Cristo.
“Hoy, en este día,
os ha nacido, en la Ciudad de David,
un Salvador”.
Palacios, catedrales,
tienden la luz de sus cristales
insomnes en la sombra dura y fría…
Mas la celeste melodía
suena fuera…
Celeste primavera
que la nieve, al pasar, blanda, deshace,
y deja atrás eterna calma…
¡Señor del cielo, nace
esta vez en mi alma!