El
Concilio de Nicea
Juan Ramón González Ortiz

Este año de 2025 se cumplen los mil setecientos años
de la celebración del Concilio de Nicea, actual ciudad de Iznik
(junto al Bósforo), en Turquía.
Para acabar con la extensión de las ideas de Arrio y con el
malestar causado por los motines organizados por sus seguidores, y
detractores, el emperador Constantino, aconsejado por el célebre
Osio, obispo de Córdoba, convocó un concilio de obispos.
El
primer concilio universal o “ecuménico” donde se iban a reunir
por fin la “pars orientalis” y la “pars occidentalis”. Este se celebró
en el palacio de verano del emperador, en Nicea de Bitinia.
Comenzó el 20 de mayo del 325 y terminó el 25 de julio
del mismo año. La mayor parte de los obispos asistentes procedía
del Oriente; de Occidente, solo unos seis, dos representantes del
obispo de Roma, un cartaginés, un calabrés, un galo
y el obispo de Córdoba, Osio, que ejerció como presidente.
El total de participantes entre 250 y 300; a 220 los conocemos por
sus nombres.
El desarrollo del concilio, lo conocemos muy bien, gracias a la presencia
del gran historiador de la Iglesia, Eusebio de Cesarea (263?-339),
el cual propuso como modelo el símbolo bautismal, o Credo,
de su diócesis. Fue aceptado por todos, a excepción
de Arrio y de dos obispos libios que fueron excomulgados al rechazar
el llamado “Credo de Nicea".
Este concilio, como vemos, no solo preparó el primer cisma
de la cristiandad sino que marcó profundísimamente nuestra
religión a perpetuidad.
Tras más de mil años de Nicea, todavía no se
han apagado sus ecos, muchos problemas teológicos y doctrinales
que se suscitaron en Nicea todavía siguen desquiciando a la
Iglesia Católica y a las iglesias ortodoxas.
Si se quiere comprender por qué se separaron las iglesias orientales
de la joven iglesia romana, hay que estudiar antes un poquito.
Concluido el período de las feroces persecuciones, concretamente
la última, con el emperador Diocleciano a la cabeza, todo iba
razonablemente bien para la nueva religión hasta que de repente
vino Arrio.

Arrio estableció la diferencia sustancial entre el Padre y
el Hijo. Arrio (256 - 336 d.C.), que fue sacerdote cristiano en Alejandría
desde el 311, desarrolló lo que hoy se conoce como subordinacionismo.
Esta palabreja significa que, efectivamente, existe una subordinación
real dentro de la Santísima Trinidad.
El paso siguiente, y natural, era negar la divinidad del Hijo, pues
es de naturaleza inferior a la naturaleza del Padre.
El Hijo era “poiema” o cosa hecha, criatura. Ello afectaba también
al Espíritu Santo e implicaba que las personas de la Trinidad,
salvo el Padre, tienen un comienzo en el tiempo y, por tanto, no son
eternas. En consecuencia, esta es una manera de introducir la Trinidad
en la Historia y de privarla de unidad sustancial.
Para Arrio, el Hijo es una criatura creada, que no ha existido siempre.
El único que es eterno y absolutamente trascendente es el Padre,
que es el “agénnetos”, o inengendrado. Hay una diferencia de
sustancias marcada por el comienzo en el tiempo y por la eternidad.
En su obra “El Banquete” o ???e?a, es decir, Zaleia o Thaleia, trasliterado
como Thalia, Arrio nos dice que hubo un momento en el que el Padre
no era Padre;

“El
Dios no siempre fue Padre; sino que alguna vez el Dios estaba sin
ser Padre y más tarde se hizo Padre. No siempre existió
el Hijo; porque habiendo sido hechas todas las cosas de la nada, siendo
todas las cosas criaturas y obras, también el Verbo del Dios
fue hecho de la nada, y alguna vez no existía.”
Como
vemos, El Verbo es ad extra del Padre y constituye para Arrio un segundo
dios.
No hay igualdad entre las personas divinas. Por eso la respuesta de
Nicea fue tan contundente.
Sin embargo, antes de atender a la respuesta de Nicea, hay que fijarse
en otra cuestión de Arrio que tiene importancia. Se trata de
la mutabilidad del Verbo, el Hijo. Porque el Verbo no solamente no
es eterno para el arrianismo, sino que está sujeto al cambio.
Se transforma. En este punto es donde la perspectiva transhumanista
del Verbo coincide con la arriana:
“Por
naturaleza el Verbo está sujeto a mudanzas, como todos, pero
siendo dueño de sí, es bueno mientras lo quiere. Si
lo quiere, puede cambiar como nosotros, ya que es mudable por naturaleza.
Por eso, previendo Dios que él había de ser bueno, le
ha preferido dándole esa gloria que, como hombre y por su virtud
ha tenido posteriormente”.
Es
decir, que El Hijo, es la primera de todas las criaturas. Pero según
Arrio no se puede exponer la relación entre el Padre y el Hijo
de modo materialista; por otra parte, consideraban al Logos una hypóstasis,
una persona o manifestación, distinta y subordinada al Padre,
pero unida a Él en el plano dinámico del actuar.

Nos dice Arrio en una carta a Eusebio de Cesarea,
“El Hijo no es inengendrado y de ningún modo tampoco es parte
del inengendrado ni deriva de un sustrato (lo que Arrio llama sustrato
es la naturaleza, o la sustancia, del Padre); pero por voluntad y
decisión del Padre ha comenzado a existir antes de los tiempos
y de los siglos. Y antes de haber sido engendrado, o creado, o definido,
o fundado, no existía. El Hijo tiene un principio, mientras
que Dios es sin principio. Esto es lo que afirmamos, en cuanto que
no es parte de Dios ni viene de un sustrato. Por todo ello somos perseguidos”.
La
temeridad y el error de Arrio estaba en la incomprensible incoherencia,
en el terrible galimatías, de situar la generación en
un espacio/ tiempo intermedio entre la eternidad del Padre y la temporalidad
que comienza con la creación. el Hijo comienza a existir «antes
del tiempo y de los siglos», porque El Verbo tiene un principio,
es creado, no es eterno como Dios.
Incluso el arzobispo Leadbeater confesó que al menos, por una
vez, la razón estaba de parte de los católicos romanos.
Nos referíamos hace un momento a esta teoría como una
sorprendente incoherencia cuando quiere mantener al Hijo como Dios
total, aun habiendo dicho de él que no es eterno.

Personalmente,
yo ceo que Arrio sucumbió a su propio galimatías entre
«engendrado» y «creado».
Con esta postura Arrio niega la divinidad del Hijo. Para él,
el Hijo es la del intermediario cosmológico, el demiurgo, tal
y como lo emplea Platón en el Timeo, así como los neoplatónicos.
En griego antiguo, tener la misma sustancia se dice HOMOOUSIOS (el
diptongo OU se lee como U), pues OUSIA significa ‘esencia’ o ‘sustancia’,
y HOMO equivale a ‘igual a’ o ‘idéntico a’. Esta era la palabra
clave. Podríamos decir que tal vez es la palabra más
importante en toda la historia de la Iglesia.
Homoousious significaría ‘de la misma sustancia’. Heteroousious
sería ‘de una sustancia diferente’. Hay una palabra más
que es importante en este contexto: homoiousious.
¡Ah, la i!, ¡su majestad la i! Esa i lo cambió
todo.
Fue algo así como un extraordinario juego de prestidigitación.
Sin embargo, la i existente en la palabra HOMOI, significa ‘PARECIDO
A’, ‘SEMEJANTE A’, y si le agregamos el lexema OUSIA, ‘sustancia’
cambia el significado de la palabra HOMOOUSIOS a otra palabra con
el significado "de una sustancia similar".
Decir que Cristo- Jesús era homoiousious con el Padre, es decir
que era de una "sustancia similar". Naturalmente, era "divino"
pero no de exactamente la misma manera que el Padre era divino. Algo
así como “un segundo Dios” (deuterós zeós), al
estilo de la mitología griega.
En respuesta, un obispo llamado Atanasio insistió en que Cristo
era homoousious con el Padre, o sea, de la "misma sustancia",
el mismo tipo de ser. En otras palabras, El Hijo es divino de la misma
forma que el Padre lo es.
San Juan en su Evangelio, comienza afirmando la unidad de Padre e
Hijo: “En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba
con Dios, y el Verbo era Dios”.
En Filipenses2, 6, también se nos dice: “siendo por naturaleza
Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a que aferrarse”.
Finalmente, en Colosenses 2,9: “Toda la plenitud de la divinidad habita
en forma corporal en Cristo”.

En definitiva, para Arrio el único que permanece siempre Dios
es el Padre; el Hijo y el Espíritu, son hypóstasis o
personas degradadas, y están configuradas en el orden de las
criaturas, anteriores a las demás, más elevadas, pero,
al fin y al cabo, siempre criaturas, ya que
«las sustancias del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo
están, por naturaleza, divididas en partes, son ajenas unas
a otras, están separadas entre sí, son diferentes y
no participan unas de otras».
Cómo acabó el Concilio de Nicea
Inicialmente Arrio y sus partidarios contaban con las simpatías
del mismísimo emperador Constantino. Pero la minúscula
representación de obispos occidentales logró lo que
parecía imposible: defender la igualdad del Hijo con el Padre.
Se elaboró un texto doctrinal, o símbolo, sobre la base
del símbolo bautismal que usaba la Iglesia de Cesarea. El resultado
fue el famoso Credo de Nicea, que todos nos aprendimos de memoria
siendo chicos y que recitábamos en misa los domingos. Este
Credo, todavía conserva en su original redacción en
griego, la palabra mágica de HOMOOUSIOS:
homoousios tou Patrou (“de la misma naturaleza que el Padre”).
Todos los Padres Conciliares, excepto dos obispos, tres contando a
Arrio, ratificaron ese Credo, el llamado Símbolo Niceno, el
19 de junio del año 325.
Arrio
fue desterrado y se condenó su doctrina, y se adoptó
como símbolo de la fe cristiana el credo niceano.
Sin embargo muchos fieles orientales quedaron muy resentidos por esta
“victoria” del leve grupo romano, y el deseo de separarse de la comunión
con la iglesia romana empezó a apoderarse de sus mentes y de
sus corazones preparando así el inevitable Cisma de Occidente.