Los
elementales del elemento fuego: las salamandras.
Por Juan Ramón González Ortiz

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Los elementales del elemento fuego son infinitos, pues se encuentran
presentes en todos los elementos de la tierra. Por eso, como ya dijimos
en su día, los Agnichaitas implican la totalidad de la sustancia
en el plano físico.
Generalmente los elementales, esas pequeñas vidas, del elemento
fuego se conocen como salamandras. Este grupo puede dividirse en cuatro
categorías, según el color que les es propio: salamandras
rojas, naranjas, amarillas y violetas, las cuales se encuentran muy
próximas a los devas violetas del cuarto éter.
Estas pequeñas vidas continuamente son usadas por toda la especie
humana. Esas vidas son tanto la llama en la cerilla que prende en
el cigarro como la llama en el quemador de la cocina que calentará
la comida. Cotidianamente entramos tantas veces en contacto con los
elementales del fuego que, por eso mismo, perdemos de vista su realidad
y su existencia. Quien tenga la visión de lo oculto los verá
muy frecuentemente en las inmediaciones de las chimeneas.
Su categoría disminuye proporcionalmente a la intensidad y
a la potencia del fuego que arde. Entre esa llamita azulada que arde
humildemente en el centro de un brasero y el cegador estallido de
un relámpago hay mucha diferencia de personalidad y categoría.
Todo cuanto ven los astrónomos con sus poderosas lentes no
son sino momentos de la vida de estos grandes seres de fuego: las
estrellas, los planetas, los soles,… Estas vidas de fuego producen
todos los fenómenos que la ciencia investiga, ya sea el paso
de un resplandeciente cometa o el gigantesco estallido de una súper
nova.
Es muy interesante constatar que los elementales del agua son usados
para combatir contra los elementales del fuego.
Estas fuerzas antagónicas provocan numerosos accidentes. En
el futuro, el agua, al igual que las espumas carbónicas, y
los demás productos, serán sustituidos por mantras,
o bien por máquinas que emitan ciertos sonidos.
Las salamandras, como ocurría con los silfos, son muy difíciles
de describir pues siempre están es perpetuo movimiento. Sin
embargo, si hacemos un acto de voluntad podemos fijar sus formas durante
un milisegundo, pues sus cuerpos son la llama en sí misma,
detrás de la cual se esconden.
En Japón, y en la India, se coloca un fuego central sobre el
altar, por medio del cual se evocan las fuerzas del fuego, evocando
a la vez al fuego que arde en el ser humano. Las salamandras superiores,
entonces, purifican, estimulan y alimentan el fuego oculto en el ser
humano.
No es raro ver en las ceremonias hinduistas o en las prácticas
del budismo esotérico japonés cómo mientras el
sacerdote eleva sus mantras y ejecuta los mudras el fuego surge impetuoso
de súbito, entonces no es infrecuente que se pueda adivinar,
a veces muy claramente, entre las llamas, una salamandra, relacionada
con la divinidad elegida personalmente: Fudo Myo O, el bodishatvaKannon,
o bien Dainichi.
Existen filmaciones de los yamabushis, o monjes practicantes del Shugendo,
pasando por una alfombra de fuego, en el festival que estos realizan
periódicamente, en Japón.
En una de estas filmaciones, realizada en Nagano, se ve perfectamente
cómo cuando el maestro yamabushi entra en la hoguera todas
las llamas, repentinamente, se levantan y se dirigen hacia él,
esto hasta tal punto es así que el maestro desaparece sumergidopor
entero bajo las llamas que le superan. Incluso se puede ver el pánico
en el público que, aterrorizado ante el espectáculo,
se pone en pie, pleno de angustia. Sin embargo, no pasa nada: las
llamas parecen que lamen la cara del maestro, que no siente nada y
que es indiferente al horror del público. Las salamandras del
fuego estaban perfectamente contenidas por la potencia de los mantras
y el fuego no podía nada contra ese hombre. Una vez que las
llamas se serenaron, tras el maestro, uno tras otro, fueron pasando
por la alfombra de fuego todos los demás monjes, con total
seguridad.
Cuando los elementales del fuego predominan en ciertos caracteres,
se dan tipos cuya psicología y cuyo comportamiento son muy
llamativos. Esto sucede también en los animales e incluso en
las plantas. Por ejemplo, los cactus retienen agua porque en ellos
predominan los elementales del agua, mientras que en las plantas muy
perfumadas predominarán los elementales del aire.
De las plantas en las que predominan los elementales del fuego se
suele extraer un aceite que protege contra el calor del fuego y contra
las quemaduras. Este aceite altera o trasmuta hasta cierto punto a
los elementales del fuego, pero no tanto como para hacerles perder
las características de su actividad.Los gobernantes de los
elementales del fuego son los serafines. Démonos cuenta de
que el fuego se halla presente en la constitución de muchísimas
manifestaciones y realidades de la vida, igual que sucede con los
otros elementos. Por ejemplo, entre los animales, el león y
el carnero son animales constituidos en una gran medida por elementales
de fuego. Entre los planetas, el Sol y Marte. En cuanto, a la estación,
el verano. En cuanto al punto cardinal, Oriente. En los metales, el
oro y el hierro. En las piedras, todas aquellas que son brillantes
y ardientes.
En el alma, el fuego se expresa en la facultad del entendimiento.
La virtud moral que se relaciona con el fuego es la justicia. Su sentido,
la vista. Y el principio humano correspondiente al fuego, el Espíritu.
El humor que le es propio es la cólera. Y el demonio que le
corresponde es Samael.
Puesto que los elementales del aire son antagonistas de los elementales
del fuego, entenderemos por qué no hay que soplar sobre los
cirios o las velas que arden en las ceremonias religiosas o en los
ritos sagrados. Basta con ahogar la llama, privándola del aire.
Si durante nuestra meditación encendemos siempre una vela,
el pequeño elemental que alimenta nuestra vela, volverá
cada día a la misma hora que meditamos para animar nuestro
cirio o nuestra vela. Si hacemos esto así, ese mismo elemental
acabará convertido en nuestro “amigo familiar”. Al acabar la
meditación, por tanto, no debemos soplar la vela, pues esa
es una manera muy violenta de despedir a nuestro amigo. Hay que despedirle
muy dulcemente haciéndole volver suavemente al mundo subjetivo,
por eso basta con privar de aire a la llamita que arde.
Más datos acerca de los elementales del fuego, han sido dichos
en el artículo en el que tratamos los Agnichaitas.