Los elementales de la naturaleza aérea: los silfos
Por Juan Ramón González Ortiz

revista nivel 2
Leadbeater opina que los elementales del aire, o sea, los silfos, son la cumbre evolutiva de todos los restantes tipos de elementales de la naturaleza. Nuestro autor opina que en los silfos confluyen todas las demás líneas de desarrollo de todos los espíritus elementales, tanto terrestres como acuáticos. Efectivamente, los silfos están por encima de la naturaleza física pues actúan a través de una forma astral.
El Maestro Tibetano nos dice en Fuego Cósmico:
“Un ejemplo muy interesante de la interpenetración de toda la materia viviente de la creación puede verse en la atmósfera que en¬vuelve nuestro planeta, la cual contiene:
a. Humedad, o esas esencias vivientes que son los elemen¬tales líquidos.
b. Sustancia gaseosa, o esas vidas que están vinculadas a todas las esencias ígneas y volátiles, resultado del calor.
c. Materia etérica, o las categorías más inferiores de los devas de los éteres.
La conjunción de esta importante triplicidad produce lo que respiramos y aquello en lo que vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser. Para el estudiante reflexivo el aire está lleno de sím¬bolos, pues constituye una síntesis y el puente entre los estratos superiores e inferiores de la manifestación”.
Respecto a la parte gaseosa, la cual es una forma de triplicidad agua fuego aire, y que representa todo u proceso de transmutación, el Maestro Tibetano nos explica que
“La parte gaseosa se encuentra en la atmósfera interpenetrando la materia densa y llenando en gran parte las cavernas interiores del planeta. El parecido microscópico con la Gran Vida del planeta se evidencia en el hecho de que ambas formas sólo son envolturas o armazones externos que protegen una “bóveda” interna; ambas formas son huecas, tienen sus extremos positivo y negativo, sus polos por así decirlo, llevándose a cabo en su inte¬rior muchas cosas que afectan a las evoluciones externas”.
En cuanto a los silfos, Leadbeater nos revela (en El lado oculto de las cosas) que:
“Su inteligencia es mucho más alta que la de las especies etéricas, y bastante igual a la del humano medio; pero aún no han logrado una individualidad reencarnante permanente. Debido a que están mucho más evolucionados antes de separarse del alma grupal, pueden entender mucho más sobre la vida que un animal, y así sucede a menudo que saben que carecen de individualidad y están ansiosos de obtenerla. Esa es la verdad que se encuentra en todas las tradiciones ampliamente difundidas del anhelo del espíritu de la naturaleza por obtener un alma inmortal. El método normal para que alcancen esto es mediante la asociación y el amor con miembros de la siguiente etapa que está por encima de ellos — los ángeles astrales.

Un animal doméstico, como el perro o el gato, avanza a través del desarrollo de su inteligencia y su afecto, que es el resultado de su estrecha relación con su amo. Su amor por ese amo no solo lo lleva a hacer esfuerzos decididos para comprenderlo, sino que las vibraciones del cuerpo mental del amo, que constantemente tienen lugar en su mente rudimentaria, lo despiertan gradualmente en actividad cada vez más y más grande; y de la misma manera su afecto por él despierta a cambio un sentimiento cada vez más profundo. El ser humano puede o no decidirse formalmente a enseñar algo al animal; en cualquier caso, incluso sin ningún esfuerzo directo, la conexión íntima entre ellos ayuda a la evolución del inferior. Finalmente, el desarrollo de un animal de este tipo se eleva al nivel que le permitirá recibir la Tercera Emanación, también llamada la Tercera Oleada de Vida, y así se convierte, entonces, en un individuo plenamente constituido y se separa de su alma grupal. Ahora, todo esto es también exactamente lo que sucede entre el ángel astral y el espíritu del aire, excepto que, para ellos, el esquema generalmente se lleva a cabo de una manera mucho más inteligente y efectiva. Ningún humano de cada mil piensa o sabe nada sobre la verdadera evolución de su perro o de su gato; menos aún comprende el animal la posibilidad que se encuentra ante él. Pero el ángel comprende claramente el plan de la naturaleza y, en muchos casos, el espíritu de la naturaleza también sabe lo que necesita y trabaja inteligentemente para lograrlo. Por lo tanto, cada uno de estos ángeles astrales generalmente tiene varios silfos unidos a él, aprendiendo con frecuencia de él y siendo entrenados por él, pero en cualquier caso disfrutando del juego de su intelecto y retornándole su afecto. Muchos de estos ángeles son empleados como agentes por los Devarajas en su deber de distribuir el karma; y así sucede que los espíritus del aire a menudo son subagentes en ese trabajo, y sin duda adquieren un conocimiento valioso mientras ejecutan las tareas asignadas a ellos. El Adepto sabe cómo hacer uso de los servicios de los espíritus de la naturaleza cuando los requiere, y hay muchas tareas que puede confiarles”.
Los grandes silfos son los agentes ocultos del desplazamiento de los continentes. Estos obran junto con los elementales de los continentes físicos y junto con el fuego. Los temblores de tierra y la alternancia de polaridad en nuestro planeta son algunas de sus actuaciones. A pesar de que la vía normal de progreso para un espíritu de la naturaleza consiste en alcanzar la individualización asociándose con un ángel, hay entidades que no siguen esta norma. En el silfo, la intensidad afectiva de este hacia el ángel es el factor principal de transformación. Existen casos completamente extraordinarios en los que este afecto está dirigido hacia un ser humano. Estos casos son muy infrecuentes, pero cuando suceden y cuando el amor es lo suficientemente fuerte como para conducir a la individualización, separa al espíritu de la naturaleza de su propia línea de evolución y lo acerca a la nuestra, de tal manera que ese ego recientemente desarrollado, encarnará no como un ángel sino como un ser humano.
Leadbeater nos dice:
“Alguna tradición de esta posibilidad se encuentra detrás de todas las historias en las que un espíritu no humano se enamora de un hombre y desea con gran anhelo obtener un alma inmortal para poder pasar la eternidad con él. Al alcanzar su encarnación, un espíritu de este tipo suele ser un humano, de tipo muy curioso, cariñoso y emocional, pero rebelde, extrañamente primitivo de ciertas maneras, y absolutamente sin ningún sentido de responsabilidad.
A veces ha sucedido que un silfo se sentía fuertemente atraído por un hombre o una mujer, pero puesto que no alcanzaba la intensidad de afecto necesario para asegurar la individualización, se esforzó por obtener una entrada forzada en la evolución humana al tomar posesión del cuerpo de un bebé que acababa de morir, justo en el momento en el que lo dejó su dueño original. El niño parecía recuperarse, ser arrebatado de las mismas fauces de la muerte, pero es probable que se mostrara muy cambiado en su disposición, y probablemente molesto e irritable como consecuencia de la restricción desacostumbrada de un cuerpo físico denso. Si el silfo fuera capaz de adaptarse a ese cuerpo, no habría nada que le impidiera retenerlo a lo largo de una vida de longitud normal. Si durante esa vida lograra desarrollar un afecto lo suficientemente ardiente como para cortar su conexión con su alma grupal, a partir de entonces reencarnaría como un ser humano de la manera habitual; si no, él volvería, al concluir esa vida, esa vida realmente humana, a su propia línea de evolución. Se verá que en estos hechos tenemos la verdad que subyace en la tradición ampliamente difundida de las criaturas suplantadas por otras, que se encuentra en todos los países del noroeste de Europa, en China, y también, se dice, entre los nativos de la vertiente del Pacífico de América del Norte”.
Los elfos, que forman parte del grupo de los elementales del aire, son como pequeñas copias de seres humanos. Más o menos tienen la altura de una mano humana. Algunos son muy bellos, otros son totalmente desproporcionados. Todos ellos se desplazan a una gran velocidad. Viven en los bosques, junto a las flores, parecen verdaderas libélulas. Les atrae sobremanera la dulce luz del Sol y los perfumes.
Hodson dice de ellos:
“Dan la impresión de que están complemente equipados con una piel, bien ajustada, de una sola pieza, la cual reluce débilmente como si estuviera mojada. En relación con el resto del cuerpo, sus pies y sus manos son grandes, fuera de las proporciones corporales. Sus piernas son delgadas. Las orejas, carnosas, acabadas en una punta hacia arriba, o en forma de pera. La nariz es puntiaguda. Y la boca ancha. No tienen dientes ni morfología alguna en el interior de la cavidad bucal y, hasta donde yo he podido observar, no hay lengua. El conjunto entero parece, pues, hecho de gelatina. Rodeándolos, igual que el doble etérico rodea a una forma física, se percibe una luz verdosa, muy semejante a la luz de un vapor químico”.

 

 

 

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