|
¿Por
qué me siento solo cuando estoy rodeado de gente?
Juan Ramón González Ortiz

Edward Hoper 1932
La
soledad de corazón justo cuando más nos rodea la multitud
es un sentimiento que todo el mundo ha experimentado alguna vez.
Es un sentimiento de total desconexión.
Uno de los mayores solitarios que ha navegado por los océanos de
la literatura, ha sido Dostoyevski, que fue un solitario total.
Su
madre murió prematuramente, y su padre, médico y alcohólico,
muere, debido a su mal carácter, a manos de los campesinos de su
propiedad de Darovoie. El joven Dostoyevski tenía entonces dieciocho
años. Y todo esto le hizo introvertirse aún más.
Uno de los personajes más inmortales que supo crear, verdadera
quintaesencia de la soledad, es el personaje principal de su juvenil novela
“Noches Blancas”, en la cual el novelista no nos dice el nombre
del protagonista. Simplemente le llama el narrador o el héroe.

Ya en la primera noche, tras su encuentro ocasional con la inolvidable
Nastenka, el héroe le confiesa a la jovencita que se está
muriendo de soledad.
Yo también de joven he sido un atormentado, un soñador terriblemente
solitario, fuera de todo, incapaz de encajar en cualquier ambiente. Como
reacción me encerré en una monstruosa soledad. Deambulaba
los domingos por los polígonos industriales, vacíos y espectrales,
para no encontrarme a nadie, salvo a los alcohólicos derribados
por el suelo, en los cuales leía la misma enfermedad del alma que
la mía. También de vez en cuando me encontraba con gente
muy peligrosa, boxeadores locos, ex luchadores borrachos, mendigos esquizofrénicos,
…
Siempre me dejaron en paz. Cosa que no harían años después
los agentes sindicales, o los representantes del gobierno, o los profesores
de la universidad.
Internet, contra lo que pudiera creerse, aún ha exacerbado más
ese sentimiento de soledad entre la multitud.
Naturalmente, todas las acciones ante la pantalla ocurren a solas, por
eso es tan contradictorio que estando a solas exista una amistad digital.
Sentirse
acompañado, bien considerado y apreciado, en el mundo digital,
se manifiesta a través del símbolo llamado “like”.
Así, la diferencia en la Red entre compañía o soledad
depende del número de likes o comentarios que obtengas. El que
solo obtiene uno, o ningún like, se percibe a sí mismo como
un ser tan abandonado como el protagonista de la novela de Dostoyevski.
Si bien Internet es un entorno propicio para la desolación, no
lo es menos que la ciudad, porque las grandes ciudades, en sí mismas,
en su misma constitución, son el terreno más abonado que
hay para el sentimiento de soledad.
Nadie como el pintor Edward Hopper supo plasmar la soledad urbana. En
su obra “Habitación en Nueva York”
vemos a un hombre abstraído, ausente del todo, postrado ante el
periódico, mientras su mujer se apoya aburrida en el piano, donde
toca una sola tecla. Esa nota aislada simboliza el estado interior de
la mujer, que se siente como una nota sola, es decir, sin armonía
ni acompañamiento alguno.
Olivia Laing en su obra “The Lonely City: Adventures in the Art
of Being alone”, nos dice que la ciudad es el espacio más
solitario que hay para un corazón humano, pues en la ciudad “la
soledad no es necesariamente lo mismo que el aislamiento físico,
sino más bien la falta o deficiencia de conexión, relación
estrecha o afinidad (…) Aunque parezca extraño, ese estado
puede alcanzar su apoteosis en medio de la multitud”.

Esa falta de afinidad de la que habla Laing, puede provocar dos respuestas:
o melancolía, o soberbia. Aunque lo más común es
una mezcla de ambas: “No le importo nada a nadie, pero jodeos todos
porque a mí el mundo me importa una m…”
Foto; Joyce Carol Oates
Hay un áspero y oscuro poema a la soledad de Joyce Carol Oates
titulado, Nighthawks, ‘Noctámbulos’, que contiene un
intranquilizador y entristecedor final:
“Está pensando que es el hombre más afortunado del
mundo.
Entonces, ¿por qué no es más feliz?”
Los literatos que han desarrollado este tema y que han llegado a cimas
muy altas, por ejemplo Kafka, Poe, Dostoyevski, Amiel, Pascal, etc., tienen
la solución al problema de por qué nos sentimos tan desolados
cuando estamos rodeados de mucha gente, en un espectáculo deportivo,
o en un recital, por ejemplo, o en un concierto, …, y nos ofrecen
una conclusión inequívoca:
el deseo de sentirse arropado por los demás oculta la desconexión
con uno mismo.
Así como las personas con conflictos internos sin resolver tienden
a estar en guerra con el mundo y a crear relaciones tóxicas, cuando
te conoces hasta en tu faceta más sombría, te aceptas, lo
cual cuesta muchísimo, y hasta te amas tal y como eres, dejas de
necesitar que te arrope la multitud, o cualquier otra “tirita”
social. Sentirse solo entre la multitud, entonces, ya no tiene sentido.
Cuanto más pacífica y correcta es la relación de
uno consigo mismo, más fluida, menos problemática, conflictiva
y difícil será entonces nuestra relación con los
demás.
Fíjate, querido lector, qué solución tan fácil
y evidente tenía ese angustioso problema que nos hacía setirnos
como el mismísimo Werther.
El problema es que nadie mira dentro de sí. La solución,
pues, es mirar dentro de sí,
Recibe mi sincero y fraternal abrazo.
Juan Ramón González Ortiz
|