La soledad en el centro de la crisis espiritual
Por Juan Ramón González Ortiz

 

REVISTA NIVEL 2

“Oh, enjambre de abejas.
Oh, árbol del mango.
Oh, luz de la Luna.
Oh, pájaros.
A todos os suplico un favor:
Si veis a mi Señor blanco como el jazmín,
llamadme,
y decidme dónde está”.

Cuando surge,… , no, cuando surge no. Cuando estalla de la búsqueda espiritual, todo acaba por tierra, puesto patas arriba.
A veces el disparador es una enfermedad. A veces es un accidente, o una experiencia cercana a la muerte.
A veces, una relación amorosa tan intensa y tan renovadora que algo nuevo surge en un nivel transpersonal.
También puede ser una relación sexual, capaz de iniciar una profunda transformación espiritual.
No me refiero al surgimiento o al descubrimiento de la espiritualidad. No. El inicio del despertar espiritual es siempre gradual, transformador, curativo, fluido y suele ser relativamente fácil de integrar. Provoca una gran sensación de confianza y las nuevas experiencias se ven como grandes oportunidades de cambio.

No trataremos aquídel inicio de ese proceso. Aquí hablamos de la emergencia espiritual.Y eso es algo arrollador.Es una tormenta repentina, una crisis súbita, imprevista y avasalladora. Se trata de la crisis que sucede de la noche a la mañana, ajena a nuestros deseos, a nuestra planificación y a nuestro control. Se trata de la crisis que nosarroja a una situación de peligro real y de potencial locura.
La emergencia espiritual es siempre dramática: la psique se activa y retornan los viejos y traumáticos recuerdos y las pasadas experiencias.

Cuando estalla lo espiritual se produce abruptamente una fractura con la antigua percepción del ser y del mundo. Se producen nuevas experiencias, que son muy desafiantes porque no se integran en absoluto en el mundo plano y cuadriculado de la normalidad.
La emergencia espiritual, en resumen, es un tremendo desafío, y una verdadera guerra
emocional.

No nos dábamos cuenta de que, en mitad de nuestra común y vulgar vida normal, algo venía empujando por detrás de nosotros sin que le prestáramos ni atención ni importancia, y, de repente, la presión interior hace estallar todo el delicado equilibrio de nuestra gastada vida corriente, y se adueña de nosotros, de nuestra voluntad, de nuestros afectos y de nuestra mente.

No sabemos nada de la vida del alma, no hemos establecido ni el más mínimo contacto con el plano del alma, por eso no éramos conscientes de su situación y de que cuando el alma decide pronunciar su palabra, todo cae por tierra como si fuera un castillo de naipes.
Todo cae: no se salva la familia, ni la posición social, ni el dinero atesorado, ni nada.
Jung se preocupó mucho de esta situación y llegó a la conclusión de que el pequeñoego humano contiene mucho más que materiales inconscientes de tipo individual o personal. Jung habla de un “inconsciente colectivo”, que almacena todos los recuerdos y la herencia cultural de toda la humanidad desde tiempos antediluvianos. Este fondo inconsciente es siempredramático, oscuro, denso, impenetrable para la razón y la única forma de acercarse a él es por medio de lo “numinoso”, es decir, de lo irracional, de lo místico, de aquello que nos trasciende en todos nuestros planos. Las experiencias con esta dimensión adquieren siempre el color de lo sagrado, de lo que es radicalmente otro, de lo diferente, de lo visionario, …. Como decíamos antes, de lo numinoso.
Precisamente eso es lo que ocurre en la emergencia espiritual: algo antiguo, ancestral, y cargado con una fortísima emoción espiritual sale a la superficie, y entonces, no hay palabras que puedan describir esa experiencia. Quien la padece llega a tener la impresión de que su zozobra en el mar de la vida es inminente, siente una inquietud inenarrable y también siente el hecho de que por fin todo lo inconsciente que llevaba dentro de sí se ha hecho consciente.
Muy frecuentemente, casi siempre de hecho, estas emergencias, o crisis, como se quiera llamarlas, suceden de forma espontánea y por causas desconocidas.

La primera experiencia que relatan los que atraviesan una emergencia espiritual es la inmanencia de Dios: el universo es una manifestación de la divinidad y los límites entre ella, el mundo, el universo y nosotros mismos son totalmente ilusorios e inexistentes.


En palabras de Krihnamurti:
“Había un hombre reparando la carretera, y ese hombre era yo mismo. Y yo era también el pico que él sostenía. Y la piedra que él estaba rompiendo era parte de mí. Y la tierna hoja de pasto era mi propio ser, y el árbol junto al hombre era yo. Casi podía sentir y pensar como el hombre que reparaba la carretera. Podía sentir el viento pasando a través del árbol, y a la pequeña hormiga sobre la hoja de hierba. Lo pájaros, el polvo y el mismo ruido eran parte de mí. Justo en ese momento pasó un auto a cierta distancia de mí, y yo era el conductor, la máquina y las llantas. Y conforme el auto se alejaba de mí, yo también me alejaba de mí mismo. Yo estaba en todas las cosas y todas las cosas estaban en mí: las cosas inanimadas, las animadas, las montañas, el gusano y toda cosa viviente…”
Toda la creación aparece sostenida por esa energía de Dios, que es inseparable de Él mismo.
Naturalmente, los médicos llaman a esto “psicosis”. No podía ser de otra manera. Para la medicina esta experiencia es una enfermedad. De hecho, los médicos expresan su asombro y su incomodidad cuando estas crisis suceden en personas cultas, inteligentes y emocionalmente maduros.
Para la medicina actual, misticismo equivale a psicopatología. Por tanto, hay que someter a esas personas a una rutina de medicación con hipnóticos, relajantes, antipsicóticos, antidepresivos, ansiolíticos, …. Y tambiéncon psicoterapia, se me olvidaba.
No es de extrañar que el que atraviesa una encrucijada como esta, a pesar de que es consciente de que está a punto de encontrar algo valiosísimo, viva su situación como “la noche oscura del alma”.


De todas las características más notables de la súbita emergencia espiritual, hay una que destaca sobre todas: la soledad. La absoluta soledad espiritual.


“Mejor que encontrarse
y aparearse todo el tiempo,
es el placer de aparearse una sola vez
tras haber estado muchos años separados.
Cuando Él está lejos,
yo no puedo esperar para verlo.
Él arrasó mi carne.
Estoy hecha para Ti.
¿Cuándo te tendré
entre mis manos?,
¿cuándo estaré con Ély a la vez sin Él?,
mi Señor blanco como el jazmín”.


La soledad es el componente más identificable cuando explota la emergencia espiritual. Puede llegar a ser un sentimiento enloquecedor y totalmente alienador.
Frecuentemente, el que experimenta la brusca y repentina crisis espiritual, no ha oído de nadie que haya pasado por esta misma situación. Por tanto, en el convencimiento de su anormalidad, busca la soledad y el apartamiento.
Otros que están pasando por la emergencia del espíritu describen que son las experiencias de los demás, las que provocan el aislamiento.
La verdad es que al volverse muy activo y reactivo todo el mundo interior, uno siente que no necesita para nada el contacto con los demás. Bastante tiene con su propio mundo recién descubierto.
Es natural que la persona se desconecte del mundo exterior, mundo en el que todos vivimos en la vaciedad, despreciando los valores del alma, muy cercanos a la realidad de ser auténticos “sepulcros blanqueados” como dice el Evangelio.
Es tal soledad del que pasa por este momento psicológico que, de veras, piensa que nadie jamás ha sentido ni experimentado lo que él siente. La fuerza de las emociones es tan abrumadora, de tal intensidad, que piensa que ni siquiera un psicólogo o un psiquiatra están en situación de entenderlo.
Sienten que algo anda muy mal dentro de sus cabezas y saben que nadie va a comprenderlos. Ahora, imagínate, querido lector, cuando el psiquiatra después de escuchar a un ser humano así, lo cataloga de enfermo delirante y le prescribe una generosa dosis de benzodiacepinas….
Imagínate, pues, cómo aumentará la sensación de soledad y de extrañeza de un a tal persona tras una sesión psiquiátrica, la cual, irónicamente, ha sido concertada no para ir contra él, sino para ayudarlo.
Durante la crisis espiritual existe cierta sensación de muerte inminente. Y no vale de nada haber tenido una relación intelectual con la mística o con la espiritualidad. Haber leído a Castaneda, o a San Juan de la Cruz, o haber leído los Cantos de Milarepa. No, todo eso no vale de nada. Tampoco sirve haber probado, anteriormente, el peyote o el LSD.
No vale de nada se doctor en Teología o en Antropología.
La crisis espiritual no tiene curación a través de los estudios. Si así fuese esa crisis sería mentira. La crisisdel alma tiene que ver consentirse fuera, desconectado, de Dios, desconectado de nuestro núcleo más íntimo y profundo. Entonces, descubrirnos que las lecturas que uno habíahecho no son sino materiales exteriores, algo exclusivamente académico, y sin relevancia de ninguna clase.
La emergencia espiritual no tiene nada que ver,absolutamente nada con la indagación espiritual previa o con una vida dedicada a la meditación y al estudio espiritual.
Albert Michael Wensbourgh,delincuente, drogadicto,ladrón violento, mafioso, persona extremadamente peligrosa, con catorce añosa sus espaldasde estancias en cárceles inglesas de máxima seguridad, en plena noche invernal, recibió en su celda la visita de “un ángel”. Así lo cuenta él. A la mañana siguiente era tal su santidad que los presos acudían espontáneamente a confesarse con él y a pedirle consejo. La dirección de la prisión, impresionada por el inexplicable cambio, dejó que cumpliera el resto de la condena en un monasterio benedictino, donde murió. Y esto sucedió en los años 90. Y está ampliamente documentado. O sea, que no es ninguna leyenda medieval.


La emergencia espiritual existe. No es una bella mentira.
Generalmente, quien experimenta la súbita crisis espiritual tiene la sensación de estar solo, a medianoche, en un promontorio rocoso, sintiendo a sus pies el mar enloquecido, mugiendo salvajemente. Nadie lo acompaña. Está completamente solo bajo el cielo.
Todos hablan de que cada una de las células del cuerpo están en un absoluto estado de terrible soledad.
Se trata, como vemos, de una soledad alienante, destructora, que empapa la totalidad del ser. No hay huida ni entretenimiento posible. Es algo más hondo que la idea que tenemos de abandono. Es algo así como “estar más allá del abandono”. Es el abandono de los abandonos. Es el aislamiento de los aislamientos.
Una sensación parecida es la que nos transmite el Evangelio cuando Cristo, traspasado en la Cruz, ora intensamente al Padre y le dice, “
“Padre, ¿por qué me has abandonado?”

Es la hora más oscura del ser humano. Es un sentimiento terrible en el que no existe relación con nada de los que nos rodea. Nada puede darnos apoyo ni consuelo ni comprensión. Y, por encima de todo, hay que soportar una tremenda sensación de abandono divino. Eso es lo más duro: la constante y dolorosísima sensación de sentirse rechazado por Dios
Esta sensación es algo tan amargo que no puede haber consuelo de ningún tipo, ni por parte de familiares ni por parte de profesionales bien intencionados.
Cuando se desciende a este nivel de soledad el mismo universo se vuelve absurdo y carente de sentido. La actividad humana, entonces, parece algo alocado, frenético y triste, como el ir y venir de los codiciosos roedores entre la basura o entre los escombros en un vertedero municipal.
No hay orden en el cosmos, ni fuerza espiritual en el mundo que le dé sentido al todo.
Ni siquiera el suicidio es la solución, pues los deseos de realizar el llamado del espíritu son tan fuertes que la muerte prematura queda descartada.
¿Cuánto puede durar este estado? Días, meses, o años… Depende de las características de cada uno.
Cuando al final, desaparecen las tinieblas y la soledad se extingue, es tanta la recompensa y la alegría que ya no queda ni rastro de las heridas del pasado.
Es “la cena que recrea y enamora”.
Cuando se extingue el dolor y el espíritu alcanza la casa del Padre, es tal el gozo y el éxtasis que no caben palabras que puedanexpresarlo.


El santo de Ávila lo expresó mejor que nadie:


Quedéme y olvidéme,
el rostro recliné sobre el Amado,
cesó todo y dejéme,
dejando mi cuidado,
entre las azucenas olvidado.

Juan Ramón González Ortiz

 

 

 

 

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