Vida
mística y vidas uterinas
Por Juan Ramón González Ortiz

Había acabado
ya mis estudios en la Facultad, cuando, aquel verano, cayó
en mis manos el libro de Marie Bonaparte sobre la vida y la obra de
Edgar Allan Poe. Eran unas pésimas fotocopias, hechas en un
papel de muy mala calidad. Aún las guardo. Ese extraordinario
libro despertó en mí una idea que hasta entonces era
ini maginable dentro de mis cortas enten dederas: la realidad inapelable
de que existe una memoria psíquica relacionada con la vida
fetal y el trauma del nacimiento. Según el psicoanálisis
clásico, tal vez, el origen de la angustia radique en esas
tempranas experiencias. Tengamos en cuenta, además, que al
trauma del nacimiento le sigue de inmediato, el aún más
terrible trauma de la separación.
Pero también resulta, para mí, mucho más asombroso
que los relatos místicos e iniciáticos recojan vivencias
y expresiones relativas al hecho de la nacimiento físico o
a alguna de las fases de la vida intrauterina.
Lo prenatal está profundamente anclado en nuestra psique y
en nuestra cultura. De hecho, morir no es sino la imagen invertida
de nuestro nacimiento, pues todas las religiones afirman que morir
es un renacer.
Freud en su obra Inhibición, sín toma y angustia nos
explica que el coito es la única garantía de reunificación
con la madre. Ferenczi nos comenta en Thalasa, que en el coito es
todo el ser, toda la persona, y no una única parte del cuerpo,
quien regresa al claustro materno.
Groddeck escribe que
“toda nuestra vida, sin que nosotros lo sepamos, está gobernada
por el deseo de retornar al seno materno. La perpetua insatisfacción
del ser humano procede, en lo más hondo, de la imposibilidad
de satis facer cabalmente dicho anhelo”.
En fin, si hay un lugar de no tensión y permanente felicidad
ese es el seno materno. Seguramente, el principio del placer que rige
toda nuestra vida y todas nuestras elecciones también surge
de la vivencia de la vida prenatal.
Freud avanzó más en esta teoría, y en su extraordinaria
obra Tótem y Tabú, y en Más allá del principio
del placer, enuncia la suposición de que Eros (como opuesto
a Tánatos, que es algo más que la muerte) es, entre
otras cosas, todo aquello que nos ofrece un reposo como placentera
recompensa. Porque Eros va más allá del simple dormir,
que es algo muy primario, transformándolo.
Tantas experiencias hemos acu mulado en nuestra vida prenatal que
cuando nacemos somos ya ancianos, ¿verdad? Esas experiencias
no se borran en el instante del parto, sino que quedan almacenadas
para siempre en el in consciente. Casi nadie sabe que viaja con tal
bagaje de experiencias, pero este material que llevamos hundido, se
pultado, en muestra psique resurge continuamente, ante multitud de
estí mulos, de muy variadas maneras.
En el arte también se expresan estos impulsos, por ejemplo,
en Adiós a las armas, de Hemingway, o en el cine en Taxi Driver,
película de Scorsese.
Exactamente igual que una iniciación es un parto sublimado
y transfigurado por una energía nueva y diferente, así
lo son también las catedrales, copias de las cuevas, que prolongan
el estadio prenatal, en las que tenían lugar los cultos a Deméter,
Mitra, Cibeles, … La catedral se eleva por encima de la caverna. Es
una caverna construida conscientemente por el ser humano, es como
un útero repleto de luz, en cuyo hueco central, acogedor y
silencioso, sigue durmiendo el misterio de la vida germinal y del
parto.
Stanislav Grof propone tres patro nes de comportamiento durante los
diversos estadios de la vida fetal. El primero de estos patrones se
refiere a la larga estancia en el claustro materno. Se trata del “Universo
amniótico”. El segundo, tiene que ver con la inmi nencia del
parto. Y el tercero con el parto en sí mismo.
Primer patrón de vida fetal
Este patrón representa la unidad absoluta, en todos los niveles.
La unidad “desde adentro”. No hay separación sujeto objeto.
Es el estado de “éxtasis oceánico”. Sería algo
así como la vida nirvánica, o la vida en los planos
del alma. Es una especie de conciencia búdica, pero limitada
a dos personas: feto y madre. Es la sensación extraor dinariamente
intensa de estar em briagado de sentimientos positivos.
Existe la sensación de flotar en el espacio, “solo en la inmensidad,
como un astronauta en la noche espacial”, según decía
el verso de Ernesto Car denal. Para recuperar esta sensación
el niño deseará después que le cojan en brazos,
y que le mantengan flotando en el aire.
Todas estas sensaciones aparecen universalmente en investigaciones
bajo hipnosis, o con preparados psicodélicos, o simplemente
con regresiones cons cientes. Los monjes tibetanos poseen ejercicios
para el desarrollo de la memoria que permiten, tras una práctica
intensa y prolongada, recuperar los recuerdos de las primeras horas
de vida, e incluso de los momentos del parto.
Segundo patrón
de vida uterina
En este segundo
patrón se añaden experiencias nuevas. La experiencia
de la angustia, la claustrofobia y la ex periencia de la succión.
Algo perturba la dicha silenciosa de la vida intrauterina. En primer
lugar, ocurren cambios quí micos, y luego empiezan unas ame
nazadoras y molestas contracciones musculares. Entonces surge una
sen sación nueva: la ansiedad. Hay un pe ligro no identificado
que acecha y la percepción de que algo terrible es inminente.
La ansiedad es vista como la succión de alguien que cae en
un torbellino y es arrastrado hacia el fondo de forma implacable.
Esta experiencia de terrorífica succión desarrolla la
per cepción de que lo que antes era un lugar paradisíaco
ahora es una cárcel.
Esta patrón corresponde a la primera etapa de las contracciones.
El cuello del útero aún está cerrado con fuerza,
y el feto comprende que no hay salida. Es la angustiante situación
que describe Poe en El relato de Arthur Gordon Py mm, cuando Arthur
se oculta durante días en un rincón de una bodega, quedando
finalmente atrapado en ella y abriéndose paso al exterior con
muchísimo esfuerzo.
En las terapias psicodélicas, los participantes hablan de estar
enjaulados, totalmente atrapados, experimentado una inenarrable tortura
que se mani fiesta en una atroz y mortal angustia.
También se tiene la impresión de que, si la situación
se prolonga, la locura destruirá nuestra vida.
Muchos místicos hablan de atravesar un estado así durante
días, o meses y hasta durante años. San Juan de la Cruz
experimentó tor mentos enloquecedores con unas características
muy semejantes a esta matriz psicológica. Él lo llamó
“la noche oscura del alma”. El místico destaca la sensación
de bloqueo total, de indefensión y la imposibilidad de salir
de este horrible estado. Incluso a veces, se experimenta la vida espiritual
como definitivamente perdida. Los santos hablan de que les sobreviene
una total ceguera, no solo para lo espiritual sino para todo lo que
es humano.
Gran parte de la llamada “Filosofía del absurdo” bebe sus fuentes
en esta angustiosa vivencia. Jean Paul Sartre destacó la terrible
experiencia que tuvo en una sesión con mescalina, sesión,
por cierto, mal dirigida, que le llevó a revivir contendidos
de este segundo patrón de vida uterina. Tal parece que la aproxi
mación desesperanzada y “sin salida” que ofrece la filosofía
existencialista coincide del todo con la atmósfera in fernal,
oscura y constrictiva del segundo patrón de vida fetal.
Tercer patrón
de vida uterina
Se trata del parto. Las con tracciones, que ya se iniciaron en el
anterior patrón, ahora prosiguen, a una escala mayor, mientras
tanto el cuello del útero se va abriendo más y más.
Aumenta el horror de la succión. El feto es forzado a entrar
en el canal del parto. Experimenta terroríficas presiones,
y un cierto nivel de asfixia. De repente se encuentra luchando ciegamente
por su supervivencia. En esta fase casi tiene contacto con una serie
de materiales desconocidos: mucosidades, líquido amniótico,
sangre… Es una lucha titánica, desesperada.
El feto ha de echar mano de su instinto tanático, ha de ser
agresivo, sádico. El niño que carece de este potencial
tanático desarrollará después, tal vez, una psicología
decididamente introvertida, y frecuentemente será in capaz
de descargar la tensión vital que vaya acumulando.
En las descripciones o en los relatos de las pruebas iniciáticas
nos encontramos parecidas experiencias. Se nos habla de sobrecogedoras
fuerzas energéticas que recorren todo el cuerpo del héroe.
A veces, coincidiendo con estas iniciaciones, la naturaleza entera
se pone de parto, como queriendo dar a entender que la iniciación
de un ser humano es también una iniciación para todo
el resto de la crea ción: erupciones volcánicas, rayos
y truenos, tempestades en altamar…. Recordemos que, en la crucifixión
de Cristo, un terremoto sacude Jerusalén y el cuarto Velo del
Templo se rasga. A veces, en el relato de algunos santos, también
se nos puede hablar de terribles batallas, batallas titánicas,
entre el Bien y el Mal, los ángeles y los demonios, o la Luz
y la Oscuridad.
Cuando se analizan estos momentos tan agobiantes, los investigadores
nos hacen ver que las personas afectadas manifiestan escenas de una
crueldad increíble e inimaginable: suicidios vio lentísimos,
masacres atroces, desmembramientos, ejecuciones en masa, interminables
sacrificios humanos del tipo que practicaban los aztecas,…. También
se relatan frecuentemente prácticas sexuales aberrantes y sado
masoquistas, violaciones, incestos, abusos, canibalismo y necrofilia.
Sin embargo, en los relatos de iniciaciones místicas se nos
dice que el candidato, aunque sufre dolores físicos y sensación
de peligro extremo, está lleno, henchido, de sentimientos de
piedad, de bene volencia hacia todo el género humano, incluso
desea rescatar a sus propios torturadores, los cuales le hacen blanco
de deseos anti naturales, de disfunciones eróticas y perversiones.
Se trata en este caso de un parto superior, un parto hacia la luz.
En los dos casos, en el nacimiento físico y en el nacimiento
místico a una nueva vida, se vive una situación de muerte.
No en vano incluso Cristo, en el Monte de los Olivos, siente ansiedad
ante la violencia que le aguarda. En el nacimiento físico se
apela a las fuerzas del sadismo y de la lucha para so breponerse
a tan crítica situación. El feto se carga de tensión
para descargarla más tarde en el mundo exterior. En el nacimiento
que trae la iniciación mística no hay lucha, ni impulsos
tanáticos, sino más bien todo lo contrario: abandono.
Cesación de la lucha y certidumbre total de la propia muerte.
El que va a ser iniciado admite su derrota y el fin de su existencia.
Aun así, existe la confianza en el cumplimiento de la propia
misión.
El tema del parto como instante de muerte, temor y agresividad también
pervive en la literatura asociada a los cultos orgiásticos,
magia negra, in vocación de entidades malignas, brujería
y magia de la naturaleza. Es natural que sea así, pues en estos
casos se trata de una iniciación, pero no hacia la luz o hacia
la vida, sino en la sombra y hacia las fuerzas de la materia. En numerosos
escritos sobre ceremonias de satanismo se celebran ritos en los que
un candidato experimenta una especie de simbólico alumbramiento.
Natural mente, en estos ritos satánicos se amalgaman perversiones
sexuales y verdadero dolor físico. Y más de una vez
han finalizado en la muerte física de alguno de los participantes.
Según Stanislav Grof, las personas que han llevado a cabo terapias
regresivas, cuando se refieren a estos momentos del parto, hablan
de escenas inundadas de montones de despojos, sistemas de aguas residuales,
aguas pútridas, pilas de excrementos, o imágenes repulsivas
de materiales en descomposición. Es el encuentro íntimo
con la existencia biológica.
Al aproximarse la resolución del parto, la experiencia se va
suavizando. En las personas con terapia, aparecen visiones de Cristo
camino del Calvario, siendo humillado por todos. Los más cultos
realizan la visión de Osiris o de Perséfone.
Justo antes del parto aparecen la experiencia del elemento fuego:
el fuego destruye una forma reduciéndola a la nada. A menudo
la madre, en este estadio siente que la zona del parto le arde. El
feto va liberando la energía y la tensión que han dominado
su cuerpo hasta ahora mismo.
En las terapias regresivas se tiene conciencia de una liberación
de energía semejante a la explosión de una bomba atómica.
A esta consciencia se le llama pirocatarsis.
Los místicos llegados al final de su proceso, emplean la imagen
del Ave Fénix.
Cuarto patrón
de vida fetal
La propulsión
a lo largo del canal del parto va llegando a su fin. El parto concluye
con el estallido de toda la energía acumulada. El llanto rabioso
es el grito de triunfo. Ahora viene la relajación. El cordón
umbilical es cortado y el bebé se enfrenta a una nueva vida
en solitario, como ser totalmente autónomo.
Una luz blanca, o dorada, res plandeciente, llena de miles de tonos
nunca vistos, envuelve a ese cuerpecito de luchador que surge por
la abertura de la madre. Es el gran momento de la descompresión
y del grito de victoria. Hay un sentimiento de expansión y
de renacimiento.
Este momento, en la iniciación mística, es la vivencia
del éxtasis, tras haber remontando el mundo infernal. Es la
experiencia de la renovación, pero en una escala superior.
Es el segundo nacimiento, el que nos transforma en verdaderos Hijos
de Dios. Es el rapto extático. La epifanía.
Es el momento de la redención personal, social y cósmica.
Todo se ha purificado y todo es nuevo.
Oh, tú Luz, Luz de mi vida.
Como en el ojo de una aguja,
así quiere enhebrase en ti la larga mirada mía,
antes de que te sustraigas, eternamente blanca,
a través del purísimo azul del cielo.
Juan Ramón González Ortiz