¿Qué vía espiritual elegir?
Por Juan Ramón González Ortiz

 

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Lo primero que hay que decir es que hay tantos caminos espirituales como discípulos hay.


También hay que tener claro que existen tantos instructores como practicantes. Muchos de los que andan por ahí, revestidos con la majestad del maestro, no siempre tienen la sabiduría ni las capacidades para que un discípulo pueda caminar de su mano, sobre todo en un campo tan peligroso como es el de Kundalini Yoga.
La gran mayoría de estos instructores mantienen que la vía que ellos han elegido no solo es la más sagrada de todas, sino que es la única verdaderamente válida. Y esto es así ya se trate de Hatha yoga, o del Laya yoga, o del yoga devocional (Bakti), o de la vía que sea.
Un verdadero maestro nunca se expresará en estos términos, pues su consciencia es a la vez inclusiva y sintética. Es decir, tiene en cuenta todas las vías y utiliza la síntesis de todas las ramas del único camino verdaderamente existente.
El verdadero maestro adapta las vías a cada uno de los discípulos que se acercan a él, pues todas las vías son correctas si son correctamente seguidas.
Por regla general, la existencia del alma en el seno de la forma, a través de miles de encarnaciones, nos llevará, naturalmente, hasta los pórticos del estado de aspirante. Pero cuando llegue el momento de entrar en el sendero de la liberación, por medio del proceso acelerado llamado “iniciación”, será necesario e indispensable que ese discípulo siga una técnica tradicional reconocida, da igual que se llame yoga, o que tenga otro nombre diferente en otra religión.
Un individuo cualquiera elegirá una u otra rama particular del yoga según sean sus tendencias heredadas del pasado, según sea su grado de despertar y según sea su karma particular. Este individuo que así ha elegido una cierta rama pensará que los otros caminos son menos útiles y menos eficaces que el suyo.
Esta forma de pensar origina críticas mutuas y disputas entre las escuelas, del tipo de “tal o cual escuela tiene más valor que otras”.
Así, por ejemplo, entre los vedantistas (que practican el Jnani yoga), el Kundalini yoga es una vía inferior, mientras que esta es la vía suprema para los shivaítas de Cachemira.
Como siempre, hay que estar en el punto medio.
Consciencia y forma. Espíritu y materia. Estas dos parejas son las dos expresiones fundamentales de la vida única, la cual se manifiesta en todas las formas vivas.
El ser humano tiene muchos vehículos de manifestación, pero esencialmente es una triplicidad. Es Espíritu y Materia mantenido con Vida por un Alma anímica y consciente.
En las técnicas de liberación, los sabios del pasado han utilizado especialmente estos dos principios: energía y consciencia. La energía, que anima y la forma; y la consciencia, que le confiere su propósito, o finalidad.
En la vía de la energía están incluidos el Hatha yoga, el Tantra, y el Kundalini yoga. Estos métodos son de naturaleza psico fisiológicos. E implican profundamente no solo al cuerpo físico sino también al cuerpo vital.
Pero todo es diferente para el que ha escogido la liberación por medio del aspecto consciencia. Este método no es ni mucho menos el más fácil o cómodo, pero es considerablemente menos peligroso. Desde esta perspectiva, el practicante no concede sino muy porca importancia a su envoltura carnal. Su objetivo es más bien el contrario: desidentificarse de todos los vehículos, empezando por el cuerpo físico. Sin embargo, el cuerpo físico posee sus leyes, y no hay que despreciarlo. Precisamente por esto, el adepto que tiene que actuar en el mundo en el que se encuentra, con independencia de la vía que haya elegido, escogerá en primer lugar el Karma yoga, pues en este yoga la acción se lleva a cabo con un total desapego hacia sus frutos. Esta actitud mental a través de la acción física prepara el camino para el Raja yoga, en el cual el control de la mente (chitta) es fundamental. Esto conducirá al discípulo, tal vez, al Jnani yoga o yoga del conocimiento del Ser.
Por supuesto que es muy raro que estas elecciones sigan patrones tan precisos. En cada encarnación, los seres humanos pueden encontrar uno o varios métodos que los llevarán a la etapa siguiente.
El llamado Bakti yoga, representa la síntesis armoniosa de las dos grandes corrientes: la de la forma y la de la consciencia. El Bakti yoga consiste en la adoración de los atributos de un Dios encarnado (o Avatar) con su nombre y su forma. Esta adoración ha de ser puramente mental, pero implica también la utilización del aspecto forma a través de los rituales, los cuales utilizan los cinco sentidos para el acto de adoración al Señor.
Sathya Sai Baba nos dice:
“La devoción es esencial para realizar el estado de consciencia divina, pues lo que busca es despertar el conocimiento de la divinidad en uno mismo. Sin embargo, pensar en Dios para logar bienes materiales y obtener confort, no es devoción. Considerar y experimentar Sat Chit Ananda en uno mismo es una verdadera prueba de devoción”.
De hecho, el Bakti yoga debería de estar detrás de cualquier práctica espiritual, pues es el medio de cultivar y de expresar el amor (o prema) por el cual, y en el cual, pueden desaparecer todas las oposiciones de la mente, particularmente el egoísmo. Algunos maestros de Bakti yoga han escrito, incorrectamente, que los karmis, los jnanis y los yoguis no pueden alcanzar la liberación final por sus yogas, sino solo por el Bakti yoga. Precisamente con esta actitud, esos maestros muestran una intolerancia que niega el valor redentor al yoga de la devoción y del amor. Esta actitud es la antítesis del despertar del fuego sagrado, que es un fuego divino, inclusivo y unitario. Una vía yóguica es eficaz no por ella misma, sino que más bien es eficaz en la medida que se corresponde con el plano espiritual de despertar alcanzado por la persona que la practica en el momento adecuado. Existe una ley que no admite excepción alguna. Se trata de la ley inmutable del movimiento que va desde lo bajo hacia lo alto, desde la oscuridad a la luz, y, sobre todo, de lo formal a lo informal. Esto nos explica por qué el Bakti yoga, que es una vía poco peligrosa y aconsejable para un gran número de personas, llegado el momento, ante el instante supremo de la liberación, ha de ceder su puesto al Jnani yoga, cuya cima es la experiencia impersonal de lo Absoluto.
Ramakrishna Paramahamsa, un gran bakti, decía:
“Continuamente tengo el deseo ardiente de adorar al Señor de tantas maneras como pueda. Y, sin embargo, ese deseo de mi corazón jamás se sacia ¡Deseo adorarlo, con ofrendas de flores y frutas, deseo repetir su santo nombre en la soledad, deseo meditar sobre él, deseo cantar sus himnos, deseo danzar en la alegría del Señor! Los que dicen que Dios no tiene forma llegarán a él, igual que los que dicen que Dios tiene formas. Las únicas cosas necesarias son la fe y el abandono de uno mismo”.
Esta actitud que nos describe el gran bakti es, simplemente, la actitud del jnani, que siempre se sitúa más allá de la forma y de lo sin forma. También en su forma de comportarse en el mundo, está más allá, fuera del mundo.
El más bello ejemplo de esta actitud de verdadero conocedor nos lo da Adi Shankaracharya, que también es un gran bakti: para alcanzar la liberación se debe pasar de la adoración de la forma del Señor a la fusión con su conciencia absoluta o sin forma.
También Ramakrishna debió de hacer este cambio, y lo hizo por medio de un realizado vedantista llamado Totapuri:
“El hombre desnudo (Totapuri) me ordenó separar mi espíritu de todos los objetos y sumergirme en el seno de Atman. Pero, a pesar de todos mis esfuerzos, no podía atravesar el reino del nombre y de la forma, y conducir mi espíritu al estado incondicionado. No tenía ninguna dificultad en desapegar mi espíritu de todos los objetos, con una sola excepción: la forma tan familiar de la muy radiante Madre Bienaventurada, esencia de la Consciencia Pura, que aparecía ante mí como una realidad viva. Ella me cerraba el paso al más allá. Intenté muchas veces concentrar mi espíritu en las enseñanzas del Advaita, pero cada vez que lo intentaba la forma de la Madre se interponía. Desesperado, le dije a Totapuri; “Es imposible. No puedo elevar mi espíritu al estado incondicionado para encontrarme cara a cara con el Atman”. Y él me respondió severamente: “¿Cómo que no puedes? ¡Hazlo!”. Mirando alrededor, Totapuri encontró un trozo de vidrio, y lo cogió. Entonces hundió su punta en mi entrecejo y me dijo, “¡Concentra tu espíritu en esta punta!” Empecé a meditar con todas mis fuerzas, y tan pronto como la graciosa forma de la Madre Divina se me apreció, utilicé mi capacidad de discriminar como si fuera una espada y la hendí por la mitad. Y de repente ya no quedó ningún obstáculo ante mi espíritu, el cual voló de inmediato hasta más allá de todas las cosas condicionadas. Y me perdí en el Samadhi….”


Por Juan Ramón González Ortiz

 

 

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