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UN VIAJE AL CORAZÓN

DEL MISTERIO DE JESUCRISTO (1/4)

Jesús Zatón

 

Antes de que este libro fuera una colección de páginas encuadernadas, fue una inquietud, una pregunta susurrada en el silencio durante años. La figura de Jesús de Nazaret, que ha marcado a fuego el alma de millones de personas, se me presentaba como una paradoja viviente: el personaje más conocido de la historia y, al mismo tiempo, el más profundo de los desconocidos. Su rostro, tallado por dos milenios de arte, dogma y devoción, parecía ocultar más de lo que revelaba. Sentí entonces la necesidad imperiosa no de escribir otra biografía, sino de emprender una suerte de arqueología espiritual. Mi libro, El Misterio de Jesucristo, es el mapa de esa excavación.


El viaje no comenzó en los caminos de Galilea, sino en las bibliotecas, auscultando el revelador silencio de los historiadores de su tiempo, descifrando los ecos polémicos del Talmud, y sobre todo, escuchando las voces que la ortodoxia, en su afán de unificar, se esforzó por acallar. A lo largo de mi investigación, lo que descubrí no fue una verdad única y sólida, sino un fascinante espejo roto en mil pedazos, donde cada fragmento reflejaba un rostro distinto, una posibilidad diferente. Comprendí que el Jesús que hemos heredado no es una persona, sino un personaje; un extraordinario constructo literario y teológico tejido con los hilos de varias vidas y de un mito cósmico.


Mi primera gran sorpresa fue encontrarme con una sombra que se proyectaba desde un siglo antes.

 

Jeshu Ben Pandera

A medida que me adentraba en los estratos más profundos de mi investigación, una figura emergía con una insistencia casi fantasmal. No era el Jesús de los Evangelios, pero se le parecía de una forma tan asombrosa que me obligó a replantearlo todo. Era un eco, una prefiguración que resonaba un siglo antes. Su nombre, proscrito y difamado, es Jeshu Ben Pandera. Descubrirlo fue como encontrar un boceto original y detallado debajo de una pintura famosa; de repente, la obra final adquiere una nueva y desconcertante profundidad.

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Para encontrarlo, tuve que sumergirme en fuentes que la tradición cristiana ha ignorado o despreciado: las versiones no censuradas del Talmud babilónico, el Tosefta, y especialmente en la literatura polémica judía medieval como el Toldoth Jeschu. En estos textos, a menudo hostiles, se habla de un "Jeshu" (una forma del nombre hebreo de Jesús) que no vivió en tiempos de Poncio Pilatos, sino un siglo antes, durante el reinado de Alejandro Janneo (103-76 a.C.).


Los relatos rabínicos, aunque cargados de animosidad, dibujan un retrato con paralelismos sorprendentes con el Jesús evangélico:

 

1. El Origen Controvertido:

Al igual que el Jesús del Evangelio, se dice que su madre era Miriam (María). Sin embargo, los textos judíos insisten en que fue fruto de una unión ilegítima con un soldado romano o un hombre llamado Pandera (o Pantera). Esta acusación de bastardía, que persiguió al cristianismo primitivo (el filósofo Celso se hizo eco de ella en el siglo II), parece tener su origen en la historia de este primer Jeshu.

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2. La Conexión con Egipto:

El Talmud relata que Jeshu Ben Pandera huyó a Egipto, donde "aprendió la hechicería". Esta acusación de "magia" es, desde una perspectiva hostil, una forma de describir los milagros. Es fascinante que el Evangelio de Mateo también sitúe una parte de la infancia de Jesús en Egipto, aunque por motivos diferentes. La tradición esotérica, como la que recogen Steiner o H. Spencer Lewis, afirma que esta estancia en Egipto fue clave para su iniciación.


3. El Maestro y sus Discípulos:

A Jeshu Ben Pandera se le atribuyen cinco discípulos, cuyos nombres incluso se mencionan en el Talmud (Mattai, Nakkai, Netzer, Buni y Todah). Se nos dice que "sedujo a Israel" y lo "desvió", lo que, despojado de su carga negativa, significa que fue un líder carismático con un mensaje que desafiaba la ortodoxia de su tiempo.

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De la película La pasión de Cristo, de Mel Gibson


4.El Juicio y la Muerte:

Fue juzgado por el Sanedrín por herejía e incitación a la idolatría, y condenado a muerte. Según el Talmud, fue lapidado y luego "colgado de un madero" en la víspera de la Pascua. Aunque el método difiere de la crucifixión romana, la fecha y la naturaleza de la ejecución como un castigo público por un crimen religioso son notablemente similares.

¿Cómo fue posible la asimilación de su figura? Aquí radica una de las claves del misterio. Cuando la comunidad cristiana primitiva comenzó a dar forma a sus relatos orales y a ponerlos por escrito, décadas después de la muerte del Jesús de Nazaret, recurrieron a un acervo de historias, profecías y arquetipos. La figura de Jeshu Ben Pandera, un mártir y maestro cuya historia ya circulaba y que cumplía con muchos de los atributos mesiánicos, se convirtió en un modelo ideal.


La asimilación no fue, probablemente, un acto consciente de "plagio", sino un proceso orgánico de fusión. Las historias de ambos "Jesús" se entrelazaron en la memoria colectiva. Los hechos de la vida del iniciado del siglo I a.C. sirvieron para "rellenar" los vacíos en la biografía del maestro del siglo I d.C. Esto explicaría por qué algunos relatos evangélicos parecen anacrónicos o por qué la Iglesia primitiva tuvo que esforzarse tanto en construir una genealogía que conectara a Jesús con David, uniendo a un "Salvador" espiritual con un arquetipo de rey terrenal. La confusión era tal que ya en el siglo II, como apunta Rudolf Steiner, los propios polemistas judíos y cristianos confundían a ambas figuras.


Desde la perspectiva esotérica que desarrollo en mi libro, la misión de Jeshu Ben Pandera fue de una importancia capital. Él fue, con toda probabilidad, el "Maestro de Justicia" de la comunidad esenia de Qumrán. Los esenios eran los guardianes de una tradición iniciática que buscaba preparar a la humanidad para una nueva etapa espiritual.

 

 


La misión específica de Jeshu Ben Pandera fue doble:

Primero, revitalizar y purificar las enseñanzas esenias. Él fue el gran instructor que preparó a su comunidad, no solo con reglas de vida ascética, sino con una profunda sabiduría sobre los misterios del alma humana y del cosmos.


Segundo, y esto es fundamental, su misión fue preparar el vehículo físico para la encarnación del Cristo. La tradición esotérica sostiene que para que una entidad de la talla del Cristo Cósmico pudiera anclarse en la Tierra, se requería un linaje genético y un cuerpo físico de una pureza excepcional, algo que solo podía ser cultivado a lo largo de generaciones bajo una estricta disciplina espiritual, como la que practicaban los esenios. Jeshu Ben Pandera fue el arquitecto de ese proceso. Él fue el heraldo que preparó el camino, no solo predicando, sino trabajando activamente en la creación del "templo viviente" —el cuerpo de Jesús de Nazaret— que un siglo después estaría listo para recibir al Logos.

Así, Jeshu Ben Pandera no fue un rival de Jesús, sino su necesario precursor espiritual y biológico. Fue el ancla en la historia, el hombre cuya vida y sacrificio crearon la matriz sobre la cual se tejería la leyenda y, en última instancia, el drama cósmico del Jesús-Cristo que conocemos. Sin la sombra de este primer "ungido", el misterio del segundo queda, a mi juicio, incompleto.

Continuará

 

 

Jesús Zatón

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