Un
suceso de abba Macario
Juan Ramón González

Cuando yo moraba en Escete, dos jóvenes extranjeros se presentaron
junto a mi cueva. Uno era mayor que otro. Tenía la barba cerrada
y dura mientras que el otro aún carecía de ella. Me
dijeron, “¿Dónde está la casa de abba Macario?”
Y yo les dije. “Estáis en su casa ¿Qué queréis?"
Y el mayor me respondió: “Hemos oído hablar de ti y
queremos morar junto a ti.” Y, apenas dijeron esto, cayeron de rodillas
ante mí hundiendo la frente en el agrietado suelo. Yo me fijé
en que eran jóvenes y en que tenían aspecto de ser delicados,
pues aunque era innegable que llevaban caminando semanas, y aun meses,
no tenían la piel seca y dura, quemada por el sol y arrugada
por el frío. Les dije entonces: “No creo que seáis aptos
para vivir en este lugar”. El mayor, levan-tando la vista hacia mí,
me dijo: “Si no quieres instruirnos, nos iremos de aquí a cualquier
otro lugar donde hallemos a otro que quiera inspirarnos”. Entonces
recapacité, y me dije que no podía negar la santa enseñanza
a unos seres tan ino-centes y tan puros. Simplemente pensé
que el sufrimiento y la dureza de la vida en el desierto les haría
abandonar. “De acuerdo, les dije, pero primero tenéis que haceros
una celda para estar cerca de mí. Pensad que por aquí
cerca no hay cuevas”. Les di una vieja hacha que aún guardaba,
el pan que ya tenía cocido para toda la semana y algo de harina.
“Cavad en el suelo, junto a aquellas peñas, derribad las palmeras
y fabricad troncos, amasadlas con el barro de los pantanos y vivid
ahí mismo”. Después, sacando hojas de palmera, les enseñé
a torcer sus fibras entrelazando sus filamentos. Y les dije: “Haced
cuerdas así, cestos y tejidos. Vendedlos en el campamento y
podréis obtener harina, leche cortada y sal para vivir. También
podréis haceros esteras para dormir e incluso mantos”. Al acabar
el día, los dos amigos saludaron con mucha reverencia y se
fueron. Yo me retiré al interior de mi cueva para pasar la
noche.
Pasaron tres años. Durante todo ese período de tiempo,
los dos amigos no vinieron ni una sola vez a visitarme. Ni una sola
vez.
Y yo me decía a mí mismo: “¿Cómo es posible
que esos, que vinieron de lejos para verme a mí, y que viven
tan cerca, nunca hayan venido hasta aquí y que solo salgan
de vez en cuando, en total silencio, para ir a la iglesia del poblado?”
Entonces oré sin desmayo a lo largo de una semana y guardé
ayuno. Al cabo de esos diete días, decidido a encontrar la
verdad, salí yo a buscar a los dos ami-gos. Cuando llamé
a su puerta, me abrie-ron en silencio y me invitaron a orar con ellos.
Habiendo orado, nos sentamos en el suelo y el más joven puso
en el centro un paquete de hojas de palmera. Empe-zamos todos a trenzar
cuerdas. Siempre en silencio. A una señal del más adulto,
el joven se levantó y preparó la humilde mesa. “Cenemos
ya”, dijo el mayor. Mientras el joven iba a buscar el odre de agua,
el otro preparó con la harina una papilla para los tres. Comimos
y bebi-mos. Hicimos el último rezo y, siendo ya tarde, les
comuniqué si podía quedarme a dormir en su celda. Me
tendieron una de las dos esteras, mientras los otros dos se acomodaban
en la única estera que quedaba libre.
Cuando todo quedó oscuro, levanté mi mente a Dios para
que me revelara sus obras. Entonces el cielo se abrió de par
en par, y como si fuera de día, una claridad celestial inundó
la choza. Creyendo que yo dormía, los dos hermanos se levantaron
y empezaron a rezar. Yo lo veía todo con los ojos del corazón
y estaba maravillado. Un impresionante ángel del Señor,
con una espada de fuego, trazaba un círculo ardiente en torno
a los dos amigos para que los enemigos de Dios, semejantes a negras
moscas, no se acercasen a los dos monjes. Cuando el menor oraba, a
cada palabra que pronunciaba una lengua de fuego salía de su
boca y ascendía al cielo. Pero cuando lo hacía el mayor,
una cuerda de fuego salía sin interrupción y subía
hasta lo alto. En eso supe que el mayor era aún más
perfecto, y que el menor todavía luchaba contra los ataques
del maligno.
Os confieso que en toda mi vida he visto tal maravilla. Nunca vi tanta
de-terminación ni almas tan sedientas.
Pasé toda la noche contemplando este prodigio. Poco antes del
amanecer, los dos amigos se acostaron y durmieron muy brevemente.
Cuando por fin me despedí de ellos, les dije: “Por favor, hermanos,
rogad por mí”.
Algún tiempo después, alguien vino a decirme que una
pareja de ermitaños jóvenes, que vivían cerca
de mí, había muerto. Primero murió el mayor,
traba-jando en el palmeral. Unos días más tarde, murió
el otro, solo en la cabaña. Ambos fueron enterrados en cualquier
lugar, ninguna lápida guarda sus nom-bres y el polvo del desierto
tapa ahora sus bocas y sus ojos.
Desde entonces, cuando viene alguien a visitarme y me pide un consejo
o un modelo o una norma, yo les llevo a la celda vacía, y les
digo: “Aquí vivieron los mayores santos que he conocido nunca.
Pídeles a ellos que te inspiren”.
Juan Ramón González Ortiz