La
acedía
por Juan Ramón González Ortiz
(gonzalezortiz2001@gmail.com)

Todos hemos experimentado,
aunque sea de lejos, este estado: la acedía. Y también
hemos percibido que se trata de un atolladero, de una sima de la cual
hay que salir cuanto antes.
Es la peor de las enfermedades que puede contraer el aspirante espiritual.
Siempre he sentido terror por este terrible obstáculo y todavía
no sé si estoy definitivamente lejos de él.
Acedía es algo más que pereza, es algo más que
negligencia, es algo más que desánimo, es algo más
que llevar una vida repetitiva. Es todas estas cosas a la vez y también
algo más.
Una de las cosas que más nos desconcierta, es que en la acedía
no hay razones ni objetivas ni exteriores que nos provoquen esa sensación
de tedio, de fastidio y de permanente melancolía.
Cuando la acedía se instala en nuestro corazón, cuando
gotea en el manantial de nuestra vida interior, nos damos cuenta instantáneamente
de que ese sentimiento, si se prolonga, puede significar la muerte
de nuestra ansia espiritual, de nuestra sed de inmortalidad.
Ahora copiamos, plagiamos más bien, todos los términos
del inglés, que es un idioma tan limitado, y buscamos que nuestra
expresión se parezca a la de este idioma. Pero no debe ser
así, sobre todo para los que hemos heredado el idioma de Roma.
La última lengua sagrada. Escribir en inglés, o
traducir nuestro pensamiento al inglés es someterse a
la tiranía de una disciplina que nos es ajena, es someterse
a un modo de pensar que usa otras categorías mentales y éticas,
y que tiene otra visión del mundo. Acedía no es “dysphoria”,
o sea, disforia, ni “spleen”, ni “acidity”, ni nada parecido.
La acedía no es simplemente melancolía, ni masoquismo
espiritual, ni intranquilidad. No. Acedía es todo eso y además
es reprocharse y analizarse en un continuo y enloquecedor diálogo
personal. Y ese es el principal martirio que inflige: el tormento
de una estéril charla interior que no cede ni se apaga nunca.
Es una situación en la que no hay salida, ni siquiera en la
ociosidad o en los pasatiempos.
El que ha enfermado de acedía, es consciente de que este diálogo
es perturbador y también se da cuenta de que no tiene solución,
de ahí que el enfermo de acedía se abandone a los instintos
más destructores que hay, pues se da cuenta de que solo la
destrucción le puede reportar algo de silencio y de relajación
interior.
Ese diálogo entre dos interlocutores que no se escuchan lo
torna todo caótico. Todo es un laberinto.
Nada destruye tanto al ser humano interior que esta terrible dolencia.
El que ha enfermado de acedía piensa que, cambiando de entorno,
de lugar, o que renovando todo a su alrededor, renovará su
alma.
El novelista Joseph Conrad nos plantea una situación semejante
en su novela “La línea de sombra”, cuando el joven capitán
de la nave “Oriente”, queda durante más de dos semanas inmovilizado
en mitad del Océano Índico, sin vientos que muevan el
buque y sin corrientes que lo transporten. Toda la tripulación
enferma de fiebres. La situación es desesperante, angustiosa,
terrible, y el capitán no sabe cómo salir de esa parálisis,
en mitad del mar. Finalmente, solo, sin ninguna ayuda, tendrá
que ir más allá de la “línea de sombra” para
buscar el viento. Cuando, por fin, logra volver a tomar velocidad,
y navegar, puede alcanzar el puerto de Singapur. Tras arribar, el
joven capitán siente que, después de esta travesía,
la juventud, con todo lo que tiene de hermoso y fresco, y con toda
su fuerza ilusionadora, ha concluido para él.
La acedía se adhiere al corazón y hay que ser un verdadero
héroe para desarraigarla. Ni la huida, ni el humor, que en
otras ocasiones es un remedio tan poderoso y tan recomendado, pueden
romper esa cadena que aprisiona la vida de uno mismo.
La acedía se apodera de la totalidad de la vida e invade hasta
el último resquicio de la existencia: deja de haber pasatiempos,
o lecturas gratas, o asistir con gusto a espectáculos, o concurrir
con las amistades, incluso la naturaleza cansa y fastidia, porque
la acedia debilita y resta fuerza física….
Y, sin embargo, hay que salir de ese estado. Así no se puede
permanecer mucho tiempo. Entre otras cosas, porque el enfermo se
percibe a sí mismo como un río que ha dejado de fluir
hacia el mar y que, atascado, corre peligro de contaminarse completamente.
En primer lugar, hay que tomar la decisión de salir de ese
estado, de romper la barrera que obstruye la gran corriente de nuestra
vida.
Hay que retornar al trabajo diario, pero de forma mejorada. Hay que
renacer: poner en cada acto más conciencia, siendo más
conscientes de lo que hacemos, comportándonos como si de verdad
estuviéramos en presencia de nuestros maestros. Hay que renacer,
y ese deseo nos va transformando. No hay que buscar nada nuevo.
Hay que volver, pero de manera superior. Tal vez hayamos caído
en la acedía porque en la rutina hemos perdido la chispa divina
del fuego del Elíseo. Y eso ha sido culpa nuestra. En cuanto
uno se acostumbra a algo, ya no hay sorpresa ni admiración
y la acedía empieza a despuntar por el horizonte. He visto
gentes que vivían en paisajes increíbles, de ensueño,
y, sin embargo, para ellos ese paisaje ya no significaba nada y querían
marcharse a vivir al fondo de una gris y ruidosa ciudad. Simplemente
se habían acostumbrado a la belleza. Y eso es algo temible.
Para ellos la belleza era ya fealdad, como al principio de Macbeth.
Así pues, hay que seguir con nuestra práctica espiritual
cotidiana: la oración y la meditación. No hay otra curación
que acudir a lo anterior. Pero con fe y determinación.Volver,
pero haciendo el esfuerzo de retornar a la conciencia en cada acto.
Curiosamente, los expertos comentan que la evasión es peor,
pues siempre existe la tentación de transformar ese estado
de negligencia y de olvido de sí mismo en permanente, y la
evasión siempre es momentánea y por tanto no puede
eternizarse, ni siquiera prolongarse más de su tiempo natural.
Parece ser que en cuanto uno se decide a salir de ese estado, ya
hay una mejoría inmediata. El siguiente paso es volver a
emprender el mismo trabajo diario, pero con renovada atención,
con más atención, si puede ser, que antes. Porque la
atención sí que es curativa, pues fija el alma en los
niveles más exteriores de la realidad cotidiana y en el alma
no hay enfermedad ni duelo ni contradicción, y permitir que
aflore el alma es una de las claves para curar la acedía.
Llega un momento, en que el sujeto comprende que, en el fondo, somos
seres muy muy frágiles y que por eso hemos de auto vigilarnos
sin cesar. Una vez que se pasa por un bache así, se conservan
las huellas de esa travesía por el desierto para siempre, por
esta razón solo los que han padecido esta enfermedad son capaces
de diagnosticar y de ayudar a los que la sufren.
Salir del estado de la acedia es hacerse nuevo, es resurgir del barro
en el que uno se ha permitido caer. Retornar a la tranquilidad, tras
la acedía, exige replantearnos la sinceridad de todas
nuestras creencias y prácticas.
Aldous Huxley nos habla de un conocido suyo que experimentaba verdaderos
raptos de beatitud, o al menos eso decía él, cuando
meditaba, y que llegaba a un paz profunda y a una intensa conexión
con el yo superior. Sin embargo, este mismo después en su vida
ordinaria era un individuo guiado por el rencor y por el odio más
visceral, se entregaba a las venganzas más crueles, arruinando
totalmente a competidores suyos y a sus familias. Era una
persona temible, y era tal el terror que inspiraba que la gente por
no encontrarse con él cruzaba la calzada para cambiarse a la
acera opuesta, dejando que este paseara por su acera desierta.
Pues bien, el escritor inglés nos cuenta de este personaje
que al cabo de los años se lo encontró sumido en la
acedía más amarga y más terrible. Incapaz de
saber qué le pasaba, se entregaba a pensamientos llenos de
odio y de tristeza. Incluso abandonó los negocios, desentendiéndose
de todos sus negocios. Parece ser que acabó alcohólico.
La acedía es el tribunal donde se juzga si todo nuestro proyecto
y todas nuestras expectativas eran verdad no. Desde luego la acedía
no es la noche oscura del espíritu. Este último sentimiento
es mucho más bello y es totalmente místico, y, además,
es aún mucho más terrible que la acedía.
La acedía ataca también a monjes y a yoguis que se han
entregado a prácticas de forma mecánica. Lentamente,
su paciencia se va agotando, dejan de sentirse en contacto con la
fuente de la divinidad, y el esfuerzo diario de su práctica
les acaba pareciendo insuperable. Se van agotando, poco a poco.
Caen en la abulia, en el sinsentido…
Solo estamos a salvo si nuestro corazón es puro, si nuestro
deseo es aún más puro y si entre realidad y práctica
no hay contradicción. Vivir en la mentira es la forma más
segura de caer en la acedía.
“Sin consideración,
sin piedad, sin recato,
grandes y altas murallas en torno mío se levantaron.
Y ahora estoy aquí, desesperado.
En otra cosa no pienso: este destino devora mi espíritu;
porque afuera, yo aún tenía muchas cosas que hacer.
¿Por qué no me di cuenta cuando se iban construyendo
los muros?
Pero nunca escuché ni el ruido ni la voz de aquellos constructores.
Imperceptiblemente, ahora, he quedado encerrado, fuera del mundo”.