Adicción a la lectura y a la escritura.
Quintín García Muñoz

REVISTA NIVEL 2
Es inimaginable pensar que en un tiempo futuro no exista la palabra escrita, porque el día en el que no haya palabras dejará de existir lo que entendemos por Humanidad, puesto que desde el punto de vista del Logos Planetario, los seres humanos constituimos su centro laríngeo, así como la Jerarquía de Mentes Iluminadas constituyen su centro cardíaco, y Shamballa es su centro coronario.
Si algo curioso aprendí de la entrañable colaboración con mi amigo Xavier Penelas cuando escribimos el libro de UMMO, tras sus huellas, es que los ummitas cuando llegaban a la madurez perdían su capacidad de emitir sonidos. Y aunque pertenecían a una civilización más desarrollada que la nuestra, nosotros éramos capaces de cantar, de hablar, de crear a través del sonido. Es verdad que en alguna frase el Maestro Tibetano (Djwhal Khul) comenta que el OM emitido mentalmente es mucho más poderoso que cuando se hace físicamente, o que en el futuro nos comunicaremos por imágenes…
Es cierto que actualmente un libro casi se puede expresar exactamente gracias a las series de televisión, o si no lo hacen es porque en lugar de ser series de ochenta capítulos tendrían que ser de doscientos. Dicho de otra forma, un libro que se podría leer en cincuenta horas necesitaría, probablemente, doscientos capítulos si el espectador fuese capaz de resistir la lentitud con la que cada evento debería transcurrir para dar exacta explicación de todo lo que se necesitase transmitir, al evitar también los diálogos.
Para aumentar la rapidez, las imágenes deberían tener contenidos simbólicos, pero, ¿cómo se podrían explicar estos contenidos simbólicos si no a través de palabras que indicasen los conceptos básicos? Al final se necesitarían expresiones gráficas más cortas, pero necesarias para transmitir grupos de conceptos. Por ejemplo, la palabra “evolución” que ya en sí misma es una expresión de varias ideas, habría que representarla… no sé… por algo así >>… e involución… <<
Pero, actualmente, si los humanos no pudiésemos expresarnos a través de la palabra… explotaríamos ante tal esfuerzo de contención…
Así que… mientras la Humanidad represente el Centro Laríngeo del Logos Planetario… existirán las palabras… y la adicción al lenguaje hablado y escrito…
Tenía veinticuatro años aproximadamente, cuando un amigo francés y hombre sabio, probablemente relacionado con los extraterrestres, bien porque había sido abducido, en el buen sentido de la palabra, o tal vez porque había venido en alguna nave y lo habían insertado en algún cuerpo humano… ¿quién lo puede saber? me dijo: ¡Ah!, amigo. Es que cuando leemos un libro estamos en otro mundo.
Y yo nunca me había dado cuenta de tal cosa, que por otro lado es verdaderamente la esencia de la lectura y por ende de la escritura.
Tal vez esa frase indica la cualidad más esotérica del lenguaje.
Para un niño que haya sido educado en los años sesenta y setenta del pasado siglo, lo normal es pensar que los seres humanos somos un cuerpo físico, que según la religión tenemos un alma, que a saber dónde estará, y del que no podemos salir; que todos nuestros procesos mentales están en el cerebro, herméticamente cerrados, y que no son nada, sino relaciones neuronales. Resumen… las palabras, los conceptos… son resultado del mundo físico.
Paulatinamente, este pensamiento general, que ha servido de barrera ante los asaltos de las supersticiones de la cultura medieval, ha ido desapareciendo del ideario general con el riesgo de volver a ser dominados por otras ideas supersticiosas, y comienza a creerse de nuevo que las ideas y los pensamientos son “cosas físicas” como también expresaban en la antigüedad algunos sabios griegos.
Así pues, cuando hemos terminado de leer una novela que nos ha fascinado y sumergido en otro mundo, nos lanzamos con ansias renovadas hacia la búsqueda de otro libro que nos lleve a experimentar el placer de crear imágenes.
Y tal vez el hecho de crear imágenes es lo que diferencia el placer de leer del placer de ver. Si bien es verdad que cuando hemos visto una película, si nos ha gustado, también somos capaces de recordarla y reproducirla en nuestra imaginación, al menos parcialmente.
La consecuencia directa es: que alguien que se encuentre en otro mundo, bien a través de la lectura de un libro o de la visión de un espectáculo, tiende a reproducirlo y a crear el suyo propio.
Puede ocurrir que hayamos visto una película que nos ha entusiasmado, pero que en algunos aspectos nos ha parecido que debería ser de otra manera… y nos damos cuenta de que en verdad lo que queremos es escribir o producir nuestras propias obras. En ese preciso instante surge nuestro anhelo por crear un mundo imaginario que nos satisfaga verdaderamente y que se atenga a nuestros gustos y principios. Ha nacido un nuevo escritor o un nuevo creador de universos.
Y así, por causa del deseo, iniciamos la fabricación de un mundo en el que nosotros somos los dioses, los creadores, y a la vez actores. Y comprendemos que en nuestro universo todo está en todo.
Está claro que una vez terminada la obra, el autor de la misma ha visto satisfechas sus ansias de creador de mundos, y aunque cansado de tal proeza piense que será el único libro de su vida, pasados uno o dos años, esa necesidad de reconstruir un nuevo universo regresa a su mente y vuelve a encarnarse en nuevos personajes.
Para un escritor que no responda a ninguna obligación pecuniaria, ni a los intereses de sus supervisores, la creación de su mundo es un extraordinario acto de libertad que no tiene parangón con aquellos trabajos en los que alguien le dice lo que tiene que hacer.
Sus límites son él mismo. Sus creaciones definen su manera de ser, porque, salvo que desee enfermar al escribir algo contrario a sus principios, no infringe sus propias leyes. Puede diseñar personajes repulsivos, dejar que expresen su parte “negativa”, pero al final, todo se va adaptando en consonancia a su esencia más íntima, y el malvado paga el delito.
Escribir puede ser el resultado de algún sufrimiento, lo cual es una especie de sanación, pues expresa los traumas, desengaños y sinsabores que se han experimentado en la vida a través de los personajes y sus actos. Sin embargo, también puede devenir en la creación de algo que para el autor es insuperable según su esencia interna, un arquetipo. Probablemente, muchos escritores intentan reflejar en el papel el personaje perfecto, el modelo de hombre o de mujer que piensa que debe tener ciertas cualidades. ¿Quién no ha soñado con ser un humano fuerte, inteligente, que defiende la justicia ante los opresores, que lucha por la belleza, la bondad y el bien, y a la vez es capaz de sumergirse en las ciénagas del mal, que ya no le afectan porque ha sufrido demasiado durante mucho tiempo y le han convertido en acero?
Sería bueno recordar que escribir es crear mentalmente. Como norma general, las creaciones de materia astralmental no pueden salir del círculonosepasa del autor, pero en algunas ocasiones ha ocurrido que los creadores mentales han sido capaces de estructurar figuras de cierta densidad que viven durante algún tiempo en materia etérica, probablemente relacionada y originada por el escritor, fuera de sus propios círculosnosepasa.
Al escribir este último párrafo he recordado una antigua y extraña película titulada Remando al viento. Varios escritores, entre ellos Lord Byron y Mary Shelley, se reúnen para escribir una obra de terror, y ella, al final, crea Frankestein. Lo curioso de la película es que parece estar basada en hechos reales, y los propios creadores sufrieron alucinaciones, incluso vieron algunas sombras… Fuese lo que fuese, las creaciones mentales pueden ser positivas o negativas… Es la facultad que tiene el creador literario y, a la vez, su responsabilidad.
Para terminar, inserto unas palabras extraídas del libro La educación en la Nueva Era, de Alice Ann Bailey:
Leer, escribir y calcular, tres acciones que simbolizan en forma curiosa el total desenvolvimiento evolutivo de la raza.
La lectura reviste de formas a las ideas y está relacionada con el primer paso del proceso creador en el cual la Deidad, regida e impelida por una idea (personificando el propósito y el plan de Dios), convirtió esa idea en la sustancia deseada y la revistió de la apariencia externa necesaria.
La escritura simboliza el método por el cual se lleva a cabo el proceso, pero es, por supuesto, mucho más personal en sus implicaciones. La lectura concierne esencialmente a la comprensión de una idea determinada, mientras que la escritura, es curioso constatarlo, concierne a la consciente relación del propio individuo con las ideas; el empleo de las palabras al escribir, indica la medida de captación que posee el individuo de las ideas universales.
La aritmética –y la capacidad de sumar, restar y multiplicar– está relacionada además con el proceso creador y concierne a la producción de esas formas que gestarán adecuadamente la idea y la llevarán a la manifestación en el plano físico.
Puede considerarse que la visión abarca los niveles superiores del plano mental donde la idea es presentida y vista.
La escritura tiene una relación más definida con los niveles concretos del plano mental y con la capacidad del hombre para extraer y expresar a su manera las ideas visualizadas.
La aritmética tiene una relación definida con los aspectos subsiguientes del proceso y con el surgimiento de una idea que correlacionada con otra toma forma en el plano físico.
La visualización de la forma mental es un proceso que debe ser seguido por la apropiación de toda la energía que necesita la idea para ser efectiva o evidente, hablando en forma esotérica. Esto lo expresa el simbolismo de la aritmética.

 

 

 

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