Agarta
Juan
Ramón González Ortiz

Ninguna enseñanza específica sobre Agarta ha sido públicamente
revelada. Sin embargo, bajo la cubierta de alusiones más o
menos veladas, los sabios sí que nos han transmitido algunas
indicaciones, algunas confirmaciones, muy escasas.
El Maestro Tibetano intencionadamente da poquísima información
sobre el tema de Agarta. En Fuego Cósmico nos dice:
“En las entrañas mismas de la Tierra existen seres de una naturaleza
especial que se asemejan bastante a la evolución humana. También
tienen cuerpos particularmente groseros, y podrían ser considerados
como netamente físicos, en la manera en la que entendemos este
término. Habitan en colonias o grupos, con un sistema de gobierno
adaptado a sus capacidades, en las cavernas centrales situadas a muchos
kilómetros por debajo de la corteza terrestre. Su trabajo se
relaciona estrechamente con el reino mineral y son los que gobiernan
a los agnichaitas de los fuegos centrales. Sus cuerpos están
formados de tal manera que pueden soportar una gran presión.
No necesitan una circulación tan libre de aire como los humanos
de la superficie y no sufren por el gran calor que reina en el centro
de la Tierra. Poca cosa se puede decir de estas existencias, pues
se relacionan con las partes menos vitales del cuerpo físico
del Logos Planetario y, en el nivel del microcosmos, se corresponden
con los pies y las piernas en el ser humano. Son uno de los factores
que hacen que la actividad progresiva del planeta sea posible ”.
Inicialmente tenemos el testimonio de Hermes Trismegisto, que afirmaba
que la forma del mundo es la de una Tierra hueca. Tenemos también
el testimonio del Maestro Philippe de Lyon. El 28 de diciembre de
1894 este gran taumaturgo declaró:
“¿Queréis saber lo que hizo Jesucristo desde los once
hasta los treinta años? Se han perdido sus huellas. En esos
años, él descendió a las entrañas de la
Tierra. Allí hay un mundo que aún no conocéis
pero que conoceréis algún día. El aire que se
respira es de otro tipo. Jesucristo allí tuvo una dura tarea.
Fue muy meritorio llevar su religión a la mayor parte de esos
seres, puesto que también allí había quienes
no le comprendían ”
Al contrario de lo que dice el Panchen Lama, el Maestro Philippe,
alude a un pueblo intraterreno medio, es decir, poco evolucionado.
Más adelante veremos que, de hecho, este mundo interior es
idéntico al mundo exterior. Allí existen evoluciones
muy primitivas, y también fraternidades de nagayoguis, es decir:
adeptos e iniciados. Entre los dos extremos evolutivos vive un pueblo
idéntico al nuestro, aunque, parece ser, menos numeroso.
Este reino subtrerráneo no está formado solamente por
algunas criptas, grutas o túneles. No. Es un verdadero e inmenso
reino en el que vive todo un pueblo, llamado Agarta en Oriente. A
excepción de las informaciones erróneas y fantasiosas
de Saint Yves d’Alveydrey de René Guénon, ningún
miembro de la Jerarquía jamás ha revelado nada, oficialmente,
sobre este tema. Esto tiene que quedar clarísimo. Por lo tanto,
tenemos que dejar de lado todas las informaciones, ya sean inspiradas,
especulativas o imaginarias.
Agarta, según lo poco que nos han revelado las tradiciones
hindúes y tibetanas, es un espacio situado bajo la corteza
terrestre. Posee dimensión física y etérica.
El aire que se respira allí es muy diferente del que respiramos
en la superficie. Sus habitantes tienen la capacidad de vivir en un
ambiente magnético tan extremadamente potente que sería
insoportable para la mayor parte de los seres humanos no preparados
en el plano físico. En el Tíbet, el gran tantra que
prepara al yogui para entrar en esta región es el Kalachakratantra.
El Tíbet no es, ni mucho menos, la única región
que relacionada directamente con el reino de Agarta. Las siete ciudades
más sagradas de la India están en relación con
el mundo subterráneo interior. Parece ser que en una cierta
época las entradas que unían ambos mundos eran bien
conocidas y estaban perfectamente localizadas. Se dice que estos túneles
se encontraban en las capas menos espesas de la corteza, y se suponía,
por tanto, que debido a esto la luz del mundo interior penetraba y
se irradiaba por el túnel, impregnando al mundo superior. Muchas
veces estos túneles fueron sellados en su entrada mediante
la construcción de un santuario, que controlaba así
el acceso al túnel de modo que solo unos pocos elegidos podían
utilizarlo. Estas ciudades se llaman “mokshapuri”, es decir, ciudades
en las que la liberación puede obtenerse más fácilmente
que en cualquier otra parte debido a la proximidad de los dioses.
Nuestra Biblia también parece mencionar este mundo intraterrestre.
En el Apocalipsis, que es una compilación reciente de los principios
escritos en el Libro de Enoc, San Juan nos dice:
“Y oí a toda criatura que hay en el cielo, y en la Tierra,
y debajo de la Tierra y en el mar, a todos en la creación,
que cantaban” (Apocalipsis 5, 13 14).
La Tierra como cualquier forma viva posee un eje de rotación
con su polo superior y su polo inferior. En el ser humano el polo
superior es el centro coronal, que se asimila a lo que es divino.
Y el opuesto es el centro coxígeo, que representa todo lo que
se opone al polo superior, es decir, el plano material. Lo mismo sucede
en el globo. Los dos emplazamientos están en los dos polos,
Norte y Sur. El primero es el monte Meru, o Sumeru, y el segundo el
Patala.
La palabra sánscrita para designar infierno es “patala”, que
etimológicamente tiene muchos significados pero solo dos son
importantes. Uno de ellos es filosófico y el otro es geográfico.
Patala quiere decir “lo que está bajo los pies” (pada: pie).
H. P. Blavatsky hace muy bien en remarcar que esto puede relacionarse
perfectamente con las antípodas, y las antípodas del
Polo Norte es el Polo Sur. El humano primitivo en sus primeras reflexiones
asoció lo que estaba bajo sus pies a la consciencia terrestre
y animal, y lo que estaba por encima a la consciencia celeste. Sin
embargo no siempre el cielo es fuente de paz y la Tierra no siempre
es fuente de sufrimiento. Si reflexionamos convenientemente sobre
esto nos daremos cuenta de que el Meru o fuerza positiva del prana
es el complemento necesario del Patala o fuerza negativa. Sin estas
dos fuerzas, la inspiración y la expiración del globo
no tendrían lugar y la existencia sería imposible. Entre
los dos polos hay un gran misterio: el mundo subterráneo, reflejo
inmediato de nuestro mundo exterior. Veamos ahora lo que nos explica
La doctrina secreta sobre los lokas y los talas. Esta obra nos dice
lokas y talas son unos el reflejo de otros, y que también sucede
lo mismo en las jerarquías que los componen. El mundo subterráneo
se transforma, así pues, en el reflejo inmediato del mundo
exterior, y puesto que esto siempre funciona de la misma manera la
humanidad exterior debe tener su opuesto en una humanidad interior.
Los talas que se encuentran por encima del Patala son planos sutiles
y en ellos se localizan las existencias dévicas o elementales.
Y al contrario: a medida que nos acercamos al Patala tenemos la impresión
de que estamos llegando a un estado tan grosero y tan denso que el
sentido etimológico de Patala cobra todo su sentido: “antípodas”.
H. P. Blavtasky nos dice que se trata de
“La esfera de los animales irracionales, que no tienen ningún
sentimiento salvo el de su propia conservación y el de la satisfacción
de sus sentidos. También es la esfera de los seres humanos
de intenso egoísmo, ya estén despiertos o dormidos.
Cuando Narada visitó el Patala, al ser condenado a renacer,
contó que allí la vida era muy agradable para “los que
nunca habían abandonado su lugar de nacimiento”. Vivían
allí muy felices. Este es el estado terrestre y se corresponde
con el sentido del olfato. Ahí también se encuentran
los Dugpas animales, los elementales de los animales y los espíritus
de la naturaleza ”.
Tal y como podemos constatar, ese mundo no tiene nada de paradisíaco,
al menos en apariencia pues este mundo posee una doble realidad, ya
que es el mundo de un pueblo primitivo al mismo tiempo que la morada
de una fraternidad de nagas yoguis. Juan Ramón González
Juan
Ramón González Ortiz