Los
registros akáshicos a la luz de la Teosofía
Juan
Ramón González Ortiz

No hace muchos días, me detuve, sin otro motivo, en una librería
de la localidad en la que resido. Se trataba de una librería
especializada en esoterismo. En el caso de todos estos comercios,
al arrimo del esoterismo, también florece ahora la adivinación,
las terapias psíquicas más extrañas, el vegetarianismo
más peculiar, el culto a la naturaleza, la sistemas de curación
más peregrinos que uno se pueda imaginar, el tarot en todas
su variedades, y demás disciplinas que poco o nada tienen que
ver con el esoterismo. Uno de los temas que más abundantemente
vi representado fue el de cómo capacitarse para poder leer
los anales akáshicos. Parece ser que esta es una disciplina
tan sencilla que cualquiera puede estar preparado en algunos días.
Uno de esos libros prometía que en pocas semanas uno ya estaría
en disposición de poder asistir al asesinato de Julio César,
o a la pasión de Cristo, o contemplar a Napoleón, melancólico,
sentado en un promontorio de Santa Elena, lanzando piedrecitas al
Océano Atlántico.
Me pareció todo esto tan demencial, tan frívolo y un
sinsentido tan grande, que, estudiante de Teosofía como soy,
me propuse escribir un artículo para comentar de qué
estamos hablando cuando hablamos de registros akáshicos ¿Acaso
sabe la gente a qué nivel hay que remontarse para poder leer
estos anales? Por supuesto que no lo sabe, pero ¿puede ser
que ni tan siquiera lo sospechen?
La Teosofía clásica ha explicado suficientemente el
término de registro akáshico. Gracias a estos autores
podemos saber lo que es cierto y lo que no lo es, pues los grandes
teósofos escriben con tal claridad que no hay espacio para
las dudas o las imaginaciones.
Leadbeater se quejaba, ya en su época, de que mil y una personas
afirmasen tener acceso a los anales akáshicos. También
se quejaba de que aún más gente anhelaba ponerse en
contacto con estos registros para curiosear la historia oculta del
planeta, así como el destino del planeta Tierra y de todo el
Sistema solar. Y esto era en pleno siglo XIX ¿Qué diría
ahora el gran Leadbeater si viese que leer en los anales akáshicos
es uno de los pasatiempos favoritos de la llamada “new age”?
La verdad es que si queremos saber qué son estos registros
no hay más que acudir al gran triunvirato de la Teosofía:
Blavatsky, Leadbeater, Annie Besant.
Con estos autores de la mano estamos protegidos contra cualquier mixtificación.
Por supuesto, yo no tengo ninguna experiencia en el campo de los anales
akáshicos, por tanto, cediendo el protagonismo a estos tres
autores, vamos a intentar avanzar en medio de la confusión.
En primer lugar, habría que corregir el término, pues,
aunque es cierto que estos registros se leen en el akasha (porque
todo, absolutamente todo, está contenido en el akasha) pero
no forman parte del akasha.
Aún peor es el término de “luz astral”, pues estos registros
están, verdaderamente, muy lejos del plano astral.
Es cierto que en los niveles astrales pueden existir vistazos, resplandores,
cuadros incompletos de escenas, pero estos no son sino un reflejo
de las verdaderas imágenes.
En general, akasha equivale a decir cualquier tipo de materia no sólida
ni visible, abarcando desde Mulaprakriti hasta el mismísimo
éter físico.
Puesto que akasha es la materia del plano devachánico, o plano
causal, y es en ese plano en el que uno puede ponerse en contacto
con estos registros, tal vez por eso se ha creado al término
de “anales, o registros, akáshicos”.
La Teosofía entiende que en los registros akáshicos
está la solución a todos los problemas de la humanidad.
Así de claro y de sencillo.
Para entender qué son estos registros nos tenemos que remontar
a la creación de nuestro universo. Nada más y nada menos.
Un ser elevadísimo, inimaginable, por nosotros, un Logos, decide
crear un sistema. Entonces forma primero todo ese sistema en su mente,
tal y como hacemos nosotros cuando emprendemos cualquier proyecto.
Nuestro primer paso sería diseñar la estructura en nuestro
espacio mental y, acto seguido, empezar a añadir elementos,
y relaciones entre esos elementos.
Exactamente igual actúa un Logos: forma un plan, un sistema
en evolución con la totalidad de sus cadenas planetarias, sus
ciclos y sus sucesivos globos.
El Logos, en el plano mental que le es propio, crea un sistema hasta
en sus más mínimos detalles. Llegado este punto, imaginémonos
de qué tipo de plano mental estamos hablando. No tenemos ni
idea de cómo es la capacidad y la profundidad de la mente de
un ser de estas características. Pero nada parecido a nuestra
pequeña medida y a nuestro escaso entendimiento. Cuando ese
ser objetiva esa creación en su plano de pensamiento, se produce
la creación. Desde ese plano del pensamiento irán descendiendo,
a su momento, todos esos elementos que han nacido a la vida objetiva.
La Teosofía insiste en que no solo ese sistema del que hablamos
ha sido creado por un Logos, sino que todo ese mismo sistema forma
parte indeleble de ese Logos. Sería su prolongación
física. Por tanto, la energía que fluye a través
de esa manifestación física es la propia energía
del sistema que, a su vez, es la energía del Logos. Se trata
de una unidad total, absoluta, pues como dice San Pablo:
“Querría que lo buscasen a Él, a ver si, al menos a
tientas lo encontraban; aunque no está lejos de ninguno de
nosotros, pues en Él vivimos, nos movemos y existimos"
(Hechos 17, 2728).
Tengamos
en cuenta que todo cuanto sucede en nuestro sistema, o en nuestro
plano, es algo que también está sucediendo, más
o menos simultáneamente, en la conciencia de ese Logos.
Esto
quiere decir que los anales akáshicos son su memoria. Su propia
memoria. Y su mente
Esa memoria está tan inmensamente lejos de nosotros que solo
podemos acceder a ella por medio de algún tipo de reflejo o
de proyección suya, pues ese diseño atraviesa todos
los planos subsiguientes. Y ese reflejo, o esos reflejos, proyectados
en la pantalla de un plano inferior, es lo que nosotros podemos leer,
habida cuenta de la imposibilidad de remontarnos hasta la mente de
ese Logos.
Como ya hemos dicho al principio, el plano astral es uno de los planos
en los que se proyecta este diseño. Naturalmente, esa proyección
es extraordinariamente imperfecta e incluso está por completo
desnaturalizada. Y esto es así porque lo que vemos en el plano
astral es un reflejo de otro reflejo. Pensemos en cómo el agua
de un estanque desfigura y empaña cualquier reflejo de la realidad,
pues no olvidemos que el agua es el símbolo material equivalente
al plano astral. Incluso cuando esa agua está tranquila y en
calma todo lo más que podemos esperar es ver en una superficie
plana, de dos dimensiones, un cuadro de formas que se pintó
en, al menos, tres dimensiones. Ahora imaginémonos que esa
superficie está recorrida por el viento, o por un huracán,
¿qué reflejos podremos ver? Imaginémonos que
en medio de estos vientos embravecidos podemos ver un trozo de escalera
o la copa de un árbol, ¿de qué nos valdrá
este pequeño fragmento, o, incluso, un fragmento aún
mayor? Serán precisas muchísimas horas de visualizar
fragmentos para completar algo parecido a una escena. Y, tal vez,
eso no se logre nunca pues el plano astral por su definición
es inestable, líquido y movedizo, y siempre está más
o menos agitado, y, en consecuencia, tiende a la alucinación.
No sepuede confiar en el plano astral ni en las percepciones hechas
en este plano. Es más: nosotros, pobres mortales, ni siquiera
tenemos la capacidad de saber si lo que estamos presenciando es cierto
o no.
En los planos causales la cosa cambia por completo. Ahí los
registros son exactos y precisos, y de una tal claridad que nadie
puede equivocarse al emprender su lectura.
Por ejemplo, supongamos que tres clarividentes acceden en el plano
causal a determinada información. Los tres verán lo
mismo y obtendrán idéntica información. Sin embargo,
es cierto que cada uno observará alguna parte especialmente
importante o llamativa para él. Pero los tres contarán
la misma experiencia y el mismo contenido. Habida cuenta de que lo
visto y experimentado en esos planos no puede comunicarse por medio
de palabras físicas.
Efectivamente, ¿cómo contar cosas ocurridas en un plano
superior en el lenguaje propio de un plano inferior? De la misma manera
que un artista necesita años y años de estudio y de
práctica en la disciplina de la perspectiva, el modelado, las
sombras, etc., para poder plasmar en un lienzo de dos dimensiones
un paisaje que realmente posee tres, así también ocurre
con el investigador clarividente: es precisa una larga educación
antes de poder trascribir en las palabras propias de un nivel inferior
todo cuanto se ha visto o percibido en un nivel más alto.
También hemos de tener en cuenta que cualquier relato de una
experiencia tenida en los planos causales no se aproxima ni remotamente
a la experiencia en sí misma. Sería algo así
como describirle el mar, con todas sus sensaciones, a una persona
que jamás lo haya visto: ¿cómo hacerle partícipe
del movimiento de las olas, de la variedad de colores, del permanente
aroma de su frescura, de las gaviotas que van y vienen, dejándose
ir, sobre la flor de las olas?
Así pues, es muy difícil trascribir al plano físico
lo visto en el plano devachánico. Y aún será
más difícil sin consideramos que estas experiencias
se han traído dos veces, pues primero han tenido que extraerse
del plano mental superior, y después desde el plano astral,
porque la memoria forzosamente tiene que pasar por ahí para
descender al plano físico.
Los maestros de la Teosofía insisten una y otra vez en la total
incapacidad del lenguaje para expresar lo vivido en el plano causal.
Pensemos que en el plano astral la realidad posee una dimensión
más, la cuarta dimensión. La idea de la cuarta dimensión
nos es incomprensible. A no ser que directamente hayamos visto de
qué se trata. Entonces sobran las palabras. Sin embargo, ¿cómo
expresar clara y distintamente esto con las palabras corrientes de
nuestro lenguaje? Pero, resulta que cuando nos elevamos a los planos
devachánicos, o causales, aún se añade otra dimensión
más: la quinta dimensión.
¿Nos imaginamos la dificultad que supone moverse desde la quinta
dimensión a la tercera dimensión, en la que moramos?
Hemos comentado más arriba que los llamados registros akáshicos
se pueden considerar como la memoria del Logos. Así es, pero
en realidad es muchísimo más que eso.
La realidad es que ese Logos, en su conciencia, la cual está
por encima del plano devachánico, al menos en el plano búdico,
no distingue pasado presente y futuro. Y además no se halla
limitado por la necesidad del espacio o del tiempo. En su conciencia,
pasado, presente y futuro están simultáneamente presentes
en él. Por tanto, todo lo que ha sucedido en el pasado y todo
lo que sucederá, está sucediendo instantáneamente
ante él, ante sus ojos, digámoslo así.
En verdad, esto es imposible de comprender.
Cuando contemplamos, en el silencio de una noche, la Estrella Polar,
no caemos en la cuenta de que su distancia a nosotros es de cincuenta
años luz, lo cual quiere decir que lo que estamos viendo ahora
mismo es el estado de esa estrella de hace exactamente cincuenta años.
Si mañana mismo, esta estrella se volatilizase, durante cincuenta
años la seguiríamos viendo.
Si viviéramos en la Estrella Polar veríamos el presente,
en esa estrella, pero cuando mirásemos a la Tierra, simultáneamente,
veríamos también nuestros juegos infantiles de hace
cincuenta años. Es decir, las cosas habrían pasado ya,
pero las veríamos ya cincuenta años después.
Digamos, pues, que esta es la lógica, o la perspectiva, del
Logos, su omnisciencia: todo cuanto ha sucedido desde el principio
del mundo está sucediendo instantáneamente ante los
ojos del Logos, de la misma manera que, desde el punto de vista de
la Estrella Polar, las cosas pasadas están sucediendo ahora
mismo, ante nuestro ojos, en este mismo instante.
Aún es más difícil comprender cómo o de
qué manera el futuro participa y está presente en toda
esta visión de conjunto. Pues desde el momento en el que el
Logos objetiva todo este diseño mental ya no hay posibilidad
de futuro, pues solo puede haber presente. Si esto es cierto, ¿existe
el libre albedrío?, ¿o solo hay predestinación,
y todo es fatalidad?
El Logos contempla el resultado de cada acto e incluso la influencia
del mismo en círculos cada vez más y más anchos
hasta afectar a un sistema entero. Es decir, el Logos ve las acciones
de todas las causas que actúan, así como los efectos
que introducen.
Los dos conceptos son ciertos, fatalismo y libertad, y existentes
a la vez, los dos tan enlazados que pareciera que se confunden íntimamente.
El intelecto espiritual solo admite el libre albedrío; mientras
que el intelecto común, la predestinación, o fatalidad.
Por desgracia, el intelecto concreto y racional es más poderoso,
pues el intelecto espiritual aún lo tenemos muy poco desarrollado,
por eso el fatalismo lo reconocemos instantáneamente.
Donde la mente inferior ve fatalidad, la mente superior ve libre albedrío.
El libre albedrío solo se descubre cuando se examina la realidad
desde planos superiores.
Ruego encarecidamente al lector que medite largo y tendido sobre este
problema, pues el problema de la libertad es el más radicalmente
humano.
Personalmente,
tengo que decir que este es un tema que siempre me ha obsesionado,
y que, de todos los temas que pueden caber en el llamado ocultismo,
es el que aún más me sigue interesando. Sin lugar a
dudas, la libertad fue el tema, el único tema, de toda la filosofía
de Krishnamurti. Y fue el tema de la libertad el que a mí me
llevó hasta Krishnamurti.
Verdaderamente, el ser humano común casi no tiene voluntad,
se halla en las manos de su karma. Para este ser las circunstancias
lo son todo, digamos que carece de libre albedrio: las circunstancias
le traen y le llevan, primero dice una cosa y después otra.
Eso es todo.
No sucede lo mismo para el ser humano desarrollado, aunque en él
el peso del karma es decisivo, pero este le afectará de forma
muy diferente al humano común.
Podríamos decir que la psicometría es una facultad de
relación que tiene que ver con los anales akáshikos.
La psicometría consiste en que una determinada persona, al
ver, observar o tocar una partícula de materia o un objeto,
puede tener conciencia no solo de cuántos poseedores han tenido
ese objeto, o de cómo eran estos, sino de las vicisitudes de
ese objeto.
Igualmente ocurre con los libros o con las lecturas. Basta con tocar
un libro, y un maestro instantáneamente no solo conoce al momento
la realidad de su autor, su pensamiento y sus elucubraciones sino
también a todos los comentaristas y polemistas que han contestado
o comentado a ese autor. Es decir, que un maestro sin ningún
esfuerzo puede llegar a saber de ese tema más que el propio
autor o que cualquiera de sus continuadores.
Personalmente creo, que la única manera que tenemos de conocer
los sucesos de la Atlántida, o la vida de las primeras rondas,
o, aún más, las evoluciones de las anteriores cadenas,
por ejemplo, es por medio de los anales akáshicos.
La visión de los registros akáshicos permite también
la autoexploración acerca de quién fue uno mismo en
vidas pasadas. Comentaba Leadbeater, entre divertido y molesto, que,
en la ST, había ya cuatro María Estuardo, dos Cleopatra
(“antepasado no muy deseable ciertamente”, dice el propio autor) y
muchos más Julio César. Algún otro afirmaba ser
Homero, y otros varios eran Shakespeare. El descrédito y la
burla que esto supone para tan alta actividad del espíritu
es evidente. Causa pena y mucha tristeza saber de cosas así.
Leadbeater insiste en que “el ocultismo es la apoteosis del sentido
común”, y que no todas las visiones que a uno le salen al encuentro
son visiones de los registros akáshikos.
El escepticismo ha de ser una de las reglas de oro del esoterismo,
porque si uno busca explicaciones ocultas a todo, puede que acabe
rompiéndose el equilibrio interno y el sentido común,
que siempre hay que defender. Ponernos en la tesitura de considerarlo
todo como mágico o maravilloso no nos hace mejores ni más
sabios, ni siquiera mejores servidores.
Estemos en guardia contra esos libros, esos cursillos, esos videntes
que juran y perjuran que para ellos acceder a los archivos akáshicos
es tan fácil como para nosotros, vulgus populus, ir a la playa
en un fin de semana. En casi todos ellos hay ego e infantilismo.
En fin, mi propósito inicial era simplemente ofrecer la respuesta
de la Teosofía a la pregunta, ¿”de qué hablamos
cuando hablamos de registros akáshicos”?
Juan Ramón González Ortiz