Qué diablos pasa con el amor?
Por Juan Ramón González Ortiz

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Acudimos una sala de proyección de películas, y constatamos que el tema principal de la filmación que se exhibe es el amor. Encendemos el sonido de nuestra radio, y escuchamos la primera canción, seleccionada al azar, y constatamos, de nuevo, que el amor es el punto focal. Tomamos un libro de poemas, lo abrimos por cualquier página, y, ¡oh, sorpresa!, se centra en la expresión del amor
¿Qué diablos pasa con el amor?
Y, aún mejor, ¿qué diablos es el amor?
Confieso que, para mí, cuando era joven el amor era ni más ni menos como esa fantástica cueva del Venusberg que nos pinta Richard Wagner con un indescriptible arte musical.
¿Alguien sabe qué es el amor?
He hecho esa pregunta a diversos conocidos míos. Y todos manifestaron cierta desesperación, e incluso cierta irritación, por tener que pensar, pues en este mundo que habitamos a nadie le gusta ponerse a pensar, y mucho menos sobre un tema tan abstracto y tan poco productivo…
Unos, muchos, decían que el amor es sacrificio.
Otros decían que el amor es creación.
Otros, que el amor es el máximo esfuerzo moral hecho en pro de alguien, ….
En fin, todo eso está muy bien. Pero eso no es el amor. Eso son estrategias para llenar tu vida, pues a la vida hay que darle un sentido, está claro.
Una cosa es qué es el amor y otra muy, pero que muy diferente es cuáles son las estrategias para compatibilizar amor y vida. O cómo disolver un azucarillo en el café de la vida para que la bebida se torne toda ella y en todas sus partes dulce y suave.
Cuando decimos que el amor es sacrificio no estamos diciendo qué es el amor. Por ejemplo, al decir la palabra “sacrificio” referida al amor no estamos sino manifestando la gigantesca manipulación que la historia, los pensadores y los clérigos han hecho de la palabra amor: alguien contrapuso “amor maduro” a “amor pasajero, o amor infantil, o amor caprichoso”, y ese alguien decidió que el amor maduro es el verdadero amor, y que se caracteriza por el sacrificio y por la seriedad, yademás por la unión constante y permanente.
Opino lo que he dicho antes: cuando uno habla de amor maduro no está hablando de amor sino de una cierta estrategia de vida, de una estructura de vida que cree que conducirá a una valiosa realización vital. El amor es amor. Y nada más. No puede haber un amor maduro, y un amor menos maduro. Igualmente, si el amor equivaliese a “sacrificio”, entonces al amor se le llamaría “sacrificio”, y no es así.
Hablamos en nuestra vida de amor libre, o de amor comprometido, o de amor adulto, …. Parecemos grandes expertos.



Y, sin embargo, no somos capaces de definir lo que es amor. Eso no nos pasa con la palabra “libertad”, que todo el mundo define con bastante exactitud. Y resulta que amor y libertad están muy cerca, pero somos incapaces de dar ese pequeño salto de una palabra a otra. En medio hay un vacío que nos provoca vértigo….
Todo se solucionaría si miráramos dentro de nosotros y buscáramos la vivencia del amor que atesoramos en nuestro interior. Cerremos los ojos y recordemos cuando éramos unos jovencitos sencillos, ilusionados, y, tal vez débiles, frente al mundo, y nos enamorábamos perdidamente.
Después, al crecer, intentamos “gestionar” (permítaseme la palabreja, tan de moda en la jerga de los políticos y politicastros) esos juveniles sucesos. Entonces nos erigimos en jueces de nuestra propia vida, y de la de los demás, y acudimos al campo de nuestras experiencias armados con la lanza del psicoanálisis lacaniano, la daga de la desconstrucción, el sable de la simbología cultural, la bayoneta del retorno al útero, y la súper bomba atómica que todo lo arrasa de la cosmovisión feminista,….
De nuevo, todo eso no son sino estrategias de aproximarnos a un hecho de vida. Otra vez lo mismo.
Esas interpretaciones tampoco son el enamoramiento, y mucho menos el amor.
Yo propongo que definamos el amor, el amor humano, y que, al menos, intentemos definirlo a partir de las primeras experiencias del amor que tuvimos, que necesariamente fueron de amor romántico, pues por ser las primeras fueron las más descondicionadas, libres y frescas que tuvimos.
Cuando éramos jóvenes, un buen día el amor estalló en nuestras vidas. Y lo cambió todo. El amor irrumpió como el caballo de Atila, pero en sentido positivo: nos proporcionó una vida superior. El amor romántico nos regaló una felicidad tan sublime que nos parecía que, a cada instante, estábamos acariciando el cielo. Nada nos importaba.
Ningún condicionamiento es respetado por el amor juvenil. Y, de golpe, resulta que hasta nos volvemos sabios. Y verdaderos filósofos.
Las divisiones sociales dejan de afectarnos y no nos sentimos concernidos ni por las izquierdas ni por las derechas, ni por ser inglés o anti inglés,…
El amor romántico no pide permiso ni presenta cuáles son sus razones. No calcula ni mide. Se trata de un amor que llena por completo la vida entera desde el primer segundo del día hasta el último ¿Cómo el amor entre los adultos puede estar tan compartimentado y ser tan ritual? Para un adulto existe un espacio y un tiempo para ejercer el amor, otro espacio y otro tiempo para la profesión, otro para los pasatiempos,…
En el amor romántico, vida y amor son perfectamente compatibles, no así en la vida de los adultos, en la que frecuentemente vida y amor son irreconciliables.
Todo en la vida de los adultos está sometido al control de las normas, de las reglas, al poder de los contratos, de las excepciones, ….
Es algo horrible.

Pero el amor juvenil no respeta las normas, las ignora, y eso es porque, simplemente, tiene otra noción de las cosas, de su orden y de su importancia relativa. El amor romántico se sitúa a tal altura que todo lo demás es desdeñable. Incluso el tiempo. Porque el amor romántico se instala más allá del tiempo.
El amor romántico se centra en la experiencia de la eternidad. Se centra en el más allá del tiempo. Es la única situación en la cual, verdaderamente, vivimos el presente. Más bien, podríamos decir que el amor nos introduce en un presente interminable. Tal vez habría que ir más lejos y decir que, bajo el amor, el tiempo queda en suspenso, de tal manera que ya no lo experimentamos. El tiempo se ha detenido, tal y como decía Shakespeare en aquellos versos que tanto gustaron a Aldous Huxley. Decir que el amor nos sumerge en un tiempo que dura toda la eternidad es, en sí mismo, una contradicción, pues eternidad y tiempo no tienen nada que ver.
La dimensión atemporal del amor no tiene nada que ver con que este tenga que durar toda la vida. No. Nada que ver. El amor es un estado de vida fuera del tiempo. El amor no es un compromiso con lo temporal, pues el amor niega el tiempo.
El amor nos lleva fuera de las limitaciones de lo temporal.
El amor rompe con todo lo que es intelectual, rompe con el dinero, con el parentesco, con la expresión de lo que es moral.
El amor nos lleva a otra realidad, fuera del tiempo, fuera de las normas sociales, fuera del conocimiento racional, fuera de lo hipotético, fuera de lo objetivo. El amor es lo nouminoso. Lo nouménico, o lo nouminoso, es aquello de lo cual no tenemos ningún conocimiento, salvo una intuición meramente metafísica.
Según lo dicho, ya podríamos definir el primer rasgo distintivo del amor:
El amor nos instala en lo nouminoso.
Nos lleva a lo que está más allá del espacio y del tiempo.
Sin embargo, aunque lo nouménico rompe con muchos contextos de pensamiento y vida, nos acerca a algo tan sublime como la vivencia de la Verdad, la vivencia de la suma Belleza, la vivencia de la Justicia.
Y estos también son valores nouménicos pues están fuera de la coordenada espacial y objetiva.
La entrada de lo nouménico en nuestras vidas siempre es contradictoria, conflictiva y profundamente trastornadora. De hecho, los amantes jóvenes siempre son tenidos por locos, e incluso los amantes son examinados como “amentes”.
El amor es la puerta de entrada a lo nouménico.
Pero también podemos experimentar estos valores sin la mediación del amor.
En cualquier momento podemos palpitar con el sentimiento de lo nouménico: la contemplación de un paisaje en primavera, o leer “Los bandidos” en la cima de una montaña, o dejarse congelar por el resplandor bello y pálido de la Luna, o escuchar “Lohengrin”, o la Sinfonía Pastoral.

Con lo nouminoso sucede que nosotros ya no somos nosotros. Sentimos que vivimos al margen de todos los convencionalismos sociales, educativos, familiares, … Todas las instrucciones para vivir se volatilizan, y nosotros, enamorados, nos quedamos de golpe sin la receta tradicional para cocinar la vida….
El amor interrumpe toda lógica, cualquier lógica. Es muy curioso que los amantes se perciban, ambos, como una unidad y que, a la vez, sin embargo, cada uno ellos, por cuenta propia, sin contar para nada con el otro, sean capaces de desprenderse de todas sus trabas, y de todos sus prejuicios sociales. Romeo deja de ser Montesco y Julieta una Capuleto. Ser Montesco y ser Capuleto era la esencia de sus almas. Ser Montesco y ser Capuleto lo era todo. Y de repente, los dos olvidan lo que son, y no encuentran ningún problema en amarse. Porque el amor libera y a la vez vincula.
Lo repetiremos otra vez: el amor, fundamentalmente, libera. Para los enamorados, sus condicionamientos son una miserable esclavitud. Sin embargo, depender el uno del otro, no es percibido como ninguna esclavitud.Para todos lo que rodean a los enamorados no hay sino una mutua esclavitud, pero los amantes al vincularse destruyen todo cuanto los esclaviza: posición social, religión, posición económica, raza, orígenes e historia familiar,… El amor conquista de un golpe todos los Derechos Humanos, esa primorosa Declaración que tardó cientos de años en lograrse y cuyo despertar ya se inició en la antigua Grecia.
Cuando el amor libera, libera nuestras conciencias, no nuestros entornos sociales, históricos o físicos, que permanecen sin cambios. Es decir, Romeo sigue siendo Montesco, pero esa realidad le es totalmente indiferente. La frase “ser Montesco”, para él está muerta y no tiene significado. Romeo continúa siendo Montesco, pero ya no depende para nada de esa relación. Es un hombre libre. Podríamos decir que Romeo y Julieta han escapado a su destino, y se han rehecho por completo.El amor los ha vaciado de todo lo que era añadido, y sin embargo no han dejado de ser las mismas almas que eran antes. Lo cultural, lo psicológico, lo ideológico, lo social, todo lo que les había sido dado y en cuya elección no habían participado ha quedado suprimido de un plumazo. El amor no solo nos libera de lo que la sociedad y la tradición han superpuesto a nuestra conciencia, sino que el amor nos libera de la tiranía interior de nuestro pequeño ego, neurótico, cruel y enloquecido. Cuando nos enamoramos de veras, ya no nos caemos ni bien (pues hay gente que opina muy bien de sí misma) ni mal.
Tanto el que se atormenta a sí mismo, el heautontimorúmenos, como el que se adora a sí mismo, cuando se enamoran, se sienten libres del sí mismos. Libres de todos esos trucos egoicos, de todo ese interminable monólogo interior que trama el pequeño yo, libres de todos esos recursos conceptuales del ego, de todos esos síntomas, de todos esos movimientos,…. El amor, en definitiva, nos libera de nosotros mismos, y nos permite dejar de ser ese yo pequeño y agotador. Yo creo que ya podemos enunciar el segundo rasgo distintivo del amor:
El amor es absolutamente liberador.


El amor invierte el currículum, si se me permite hablar en términos académicos. Es decir, borra en un momento la identidad social y exterior que ha costado tanto construir. El amor te desnuda. Sin embargo, los amoríos iniciados en las redes sociales no borran esas identidades vitales forjadas a base de estudios, títulos, éxitos. Más bien, al contrario, porque las redes sociales permiten construir otra identidad, aún más falsa y engañadora que la anterior.
En este caso, es un amor que no desnuda, sino que viste y disfraza.
Para el ser humano la desnudez viene teñida de muy importantes valores culturales. Es el estado en el que nacemos, por tanto, la desnudez es la situación de la máxima candidez y de la total inocencia. Pero también es la circunstancia más visible del pobre, del prisionero, del atormentado. Es la situación de Adán y Eva tras haber comido de la manzana. Por eso, la desnudez expresa también la total vulnerabilidad.
Los amantes se desnudan de todas las maneras posibles, por dentro, por fuera,….
Ahora todos los avances en depilación y las exigencias de que hombres y mujeres, pero mucho más estas últimas, vayan depilados hasta el último vello de sus cuerpos ha hecho que hasta la desnudez sea totalmente artificial, falsa, y que no pase de ser un escaparate, o un vestido más.
Con todo esto quiero decir, que el enamorado no huye de quedarse desnudo ante la otra persona. Busca quedarse expuesto, a la intemperie, vacío, sin ese odioso currículum que parece que es el perfecto resumen de nuestras vidas. Sin nada. En el vaivén de un trapecio lanzado a toda velocidad, sabiendo que abajo no hay red alguna…..
Ahora asumamos el riesgo que supone desnudarse de todo ante alguien. Significa desandar todo lo andado, pues la sociedad precisamente nos ha enseña lo contrario, y nos fuerza a ello. El amor nos cambia, y sin embargo el amor hace que el enamorado nos ame con todos nuestros defectos. Es decir, nosotros cambiamos, pero al otro no le interesa que cambiemos pues nos ama tal cual somos.
Pero como el amor es reciproco hace que los dos cambien, aunque ninguno de los dos desee el cambio del otro.
El amor te desnuda ante el otro. Y te obliga a decir: “Aunque yo no fuera yo, también te amaría”.
Es decir:
El amor no huye ni se retrae ante el riesgo de vivir y de existir como enamorado.
Sería una tontería decir que el amor nos lleva a romper con el mundo. No. No es así. Simplemente suprime la dependencia que experimentamos con respecto a las sujeciones que el mundo ha establecido en nuestra alma y en nuestro cerebro.El amor es lo más liberador que hay. ¿Acaso si cerráis los ojos y recordáis vuestros primeros enamoramientos no experimentabais esto mismo? ¿No os sentíais como Prometeo? El amor, en definitiva, sobrepasa todos los umbrales. El amor no es un paréntesis en la vida, sino que es al revés: el amor pone la vida entera, y la muerte, en un paréntesis.
Por ejemplo, Artemisa, la esposa del rey Mausolo, sátrapa de Caria, y también de algunas ciudades griegas, mandó que las cenizas de su esposo, reducidas a un polvo finísimo, fueran disueltas en agua, bebiéndoselas a continuación.


El amor no da tregua ni con la muerte. Al contrario que pasa con las heridas del cuerpo, las heridas de Venus, como las llama el poeta romano Lucrecio, no hacen sino agrandarse y sangrar más con el paso del tiempo. Los enamorados desconocen por qué se aman. Simplemente, eso ocurrió. El amor es una fatalidad tan grande que se podría decir que no hay gente con menos libertad que los enamorados. Y, sin embargo, como hemos visto, el amor libera, expurgando el alma y limpiando el intelecto.
Fue un filósofo neoplatónico del renacimiento italiano, Marsilio Ficino, quien comentó que el amor consigue en un instante todo lo que las leyes y las ciencias quieren lograr, o sea, la mejora y educación del corazón humano, apartándole de las cosas negativas. En nuestra disquisición del amor no hemos hablado todavía de la fidelidad. Efectivamente, ese tema no tiene nada que ver con el amor. Ese tema fue un añadido que lograron introducir los clérigos, confundiendo amor – sexo matrimonio. Y confundiendo también lo que es castidad. En fin, un lío fenomenal. Que dos personas se comprometan a pasar su vida juntos, sorteando todos los Scyllas y Caribdis de la existencia tiene mucho mérito, es algo digno de ser enaltecido. Pero eso no tiene nada que ver con el amor. También es cierto que ambas cosas pueden ir juntas. Pero no es obligatorio, ni mucho menos. Con respeto a la fidelidad, ¿puede haber dos eternidades a la vez? No. Es imposible. Porque dos seres eternos, o tres, o cuatro, se limitarían el uno al otro. La única manera de estar enamorado simultáneamente de dos o tres personas sería verlas a todas como una sola. Personalmente, creo que esto es dificilísimo. Casi imposible. El amor está muy por encima de la vida que vivimos, porque la eternidad que encierra el amor lo destruye todo, y lo primero que destruye es lo que es temporal, o sea, nuestra vida entera.El amor es como un Niágara al que se le forzase a entrar en el estrecho cauce de la vida. Pero sí que puede haber sexo con dos o tres personas. En el sexo tratamos con cuerpos. Eso es otra cosa. El sexo puede ser cosa de varios, de muchos, pero el amor solo puede ser cosa de dos.
Platón, en El Banquete, nos proporciona una clave importantísima para entender la realidad del amor. Platón explica que la primera manifestación del amor es la búsqueda de la unidad. Concretamente nos dice: “Desde hace tanto tiempo el amor de unos hacia otros es innato, y eso restaura la antigua naturaleza, porque vuelve a hacer uno de dos, sanando así la naturaleza humana”.
Platón explica que los dioses separaron los cuerpos humanos que, en la antigüedad, tenían los dos sexos en sí reunidos. De hecho “sexo” procede del latín “sectus”, que quiere decir ´corte´ (recordemos la palabra “sección”, “seccionar”,…) Sigue diciendo Platón: “Cuando esos cuerpos se encuentran con la mitad de sí mismos, entonces maravillosamente impresionados por la afinidad, el afecto y el amor, no quieren ya separarse los unos de los otros ni por un momento. (..) Y si se apareciese Hefesto con todas sus herramientas y les dijese: si realmente queréis esto, yo puedo fundiros y soldaros en uno solo, de tal manera que viváis como si fuerais uno y cuando muráis también en el Hades seáis uno de lugar de dos´. Entonces, al escuchar esas palabras, ninguno de los dos se negaría, porque por fin han escuchado lo que en realidad anhelaban desde hace tiempo:

llegar a ser uno solo, juntándose y fundiéndose con el amado. Porque la razón de eso es que nuestra antigua naturaleza era como se ha descrito y nosotros estábamos íntegros. Amor es el nombre para expresar este deseo y esta persecución de la integridad”. O sea, que el amor “vuelve a hacer uno de dos”. Ahora bien, Platón, de quien hay que sospechar que seguramente también tendría algún romántico amor juvenil, se olvidó de un detalle esencial, necesario, que hace que el amor sea diferente a todo movimiento de afecto. El enamorado persigue sin duda la unidad, pero no quiere que desaparezca la otredad del amante. Quiere unirse al amado, pero no quiere que esa unidad destruya la diferencia. Ansía vincularse al otro, pero sin sacrificar la identidad personal. En boca de Hegel, “el amor es el vínculo del vínculo y del no vínculo”. Eso quiere decir que el amor siempre es un triángulo. El Uno, el Otro, con sus identidades mantenidas, y la Unidad. Los amantes quieren fundirse, pero sin que el otro deje de ser el otro. Es decir, hay amor cuando hay libertad. Sin embargo, la completa fusión, el total volcado de uno en otro, y de otro en uno, con la desaparición de las partes individuales, suele ser la principal característica del matrimonio. Al fundirse totalmente con la otra persona, el amado, o la amada, dejan de ser ellos mismos. Y así se quedan vacíos, del todo y de todo. He conocido muchos matrimonios en los que los dos cónyuges han acabado pareciéndose físicamente. También he visto muchos matrimonios en los que ambos cónyuges gesticulan igual e incluso tienen el mismo tono y timbre de voz. El amor es la dependencia y la fusión entre dos independientes. Porque el amor respeta la total independencia, las peculiaridades, esos rasgos propios que son la sal de la vida y de la sociedad. De hecho, el amor se fusiona con ellas, con todas ellas, pero sin destruirlas. Una dependencia entre independientes quiere decir que si se destruye la independencia se suprime el amor. Así pues, otra característica:
El amor busca a la vez la identidad y la no identidad. El amor busca la mismidad por medio del otro. El amor no quiere que el otro deje de ser el otro.
El amor, como vemos hasta aquí, es en sí mismo tan contradictorio y tan peligroso como caminar por un puente delgado como el filo de un bisturí. Identidad y otredad, libertad y esclavitud, dependencia e independencia, tiempo y eternidad,… Efectivamente, esto es así porque el amor es lo único que puede unir los contrarios. Podríamos continuar, y continuar, pero me conformo con lo escrito y analizado hasta aquí. Así pues, el amor es:
• Algo que nos transporta a lo nouménico, llevándonos a la eternidad, más allá del espacio y del tiempo.
• Es un movimiento absolutamente liberador y que se entrega a una visión heroica y esforzada del mundo y de la vida.
• El amor busca la unidad de los seres pero conservando su propia realidad y sus particularidades únicas.

“¡Déjame ser tu puta!”le escribía Eloísa al filósofo Pedro Abelardo. Pero este prefería las leyes, los latines, y la disputa de los universales. Y ya sabemos cómo se las hizo pagar todas el canónigo Fulberto.
Tal vez sea este uno de los mayores fracasos, el mayor fracaso, de toda la filosofía. Tal vez habría cambiado para siempre la historia de la filosofía.

Juan Ramón González Ortiz


 

 

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