El
karma de los animales a la luz de la Teosofía
por Juan Ramón González Ortiz
(gonzalezortiz@gmail.com)

Todos nos hemos preguntado, en alguna ocasión, si la actividad
de nuestras fieles y divertidas mascotas, que prácticamente
no hacen otra cosa que disfrutar de la vida, genera algún tipo
de karma en relación con los animales que están sometidos
al trabajo, a la disciplina y a la cooperación con los humanos.
Muy pronto, en la vida, nos damos cuenta de que, igual que pasa en
el reino humano, los animales están sometidos a la misma incertidumbre:
los hay que viven en la abundancia, en la delicadeza, en la alegría
y en la seguridad, y los que hay que viven en el sufrimiento, en la
locura, en el miedo y en el hambre ¿Es que, acaso, los trabajos
y la vida de los animales les acarrea, en sus sucesivas reencarnaciones,
algún tipo de vidas kármicas?
Sí. Efectivamente, la vida de un animal acarrea contenidos
kármicos. Pero no en el sentido en el que el karma opera para
los humanos. Y, por otra parte, la compañía de los humanos
no siempre contribuye a aligerar ese karma o a proyectarlo de la manera
que es correcta.
Pensemos que, muy frecuentemente, el ser humano embrutece a los animales.
Por ejemplo, en muchos casos, hay actividades de caza que exigen que
los perros sean más furiosos y agresivos que el animal al que
se intenta capturar. Pensemos cuando se azuzan perros contra zorros,
jabalíes, venados, osos, e incluso contra felinos. A pesar
de que con estas actividades el perro desarrolle la astucia, la estrategia
de combate, etc. más le hubiera valido no haberse puesto en
contacto jamás con un ser humano. Ya que cuando muera esas
tendencias irán al reservorio común que constituye el
Alma de la especie, enturbiando el depósito del Alma común.
Todos los demás perros recibirán su tanto por ciento
correspondiente de esta agresividad y de este comportamiento salvaje
y brutal.
Igual ocurre con muchos perros llamados “de defensa”, que casi siempre
son “de ataque”, los cuales son entrenados en la agresividad absoluta
y en la intimidación.
Pero es que exactamente igual sucede con los perros vagos, ociosos
e indisciplinados, a los que el cariño de sus amos ha desfigurado
hasta el punto de que estos han llegado a olvidar las virtudes y las
cualidades que posee su grupo animal. Estos perros acaban transformándose
en animales totalmente egoístas, incapaces de ninguna destreza
o de evolucionar mínimamente.
En los dos casos la intervención del ser humano ha sido nefasta.
En ambos casos el ser humano ha abandonado al animal a sus instintos
más groseros y más inferiores, provocando que el Alma
grupal se resienta y generando mal karma para todos. En ambos casos
se ha reprimido la inteligencia y el afecto del animal, desarrollando
solo los aspectos más primarios de su interior.
Es natural que una humanidad embrutecida, como es por desgracia la
nuestra, haya educado durante siglos de la peor manera posible todo
el reino animal.
Un perro que encarna en una gran mansión, llevando una vida
de comodidades y al cuidado de una poderosa familia amante de los
animales, no está recibiendo la gratificación por ningún
comportamiento noble.
No: los animales no están individualizados. Al menos, todavía.
Eso quiere decir que no tienen karma individual. Por lo tanto, no
pueden merecer recompensas de ningún tipo. La masa monádica
de los perros (por citar a uno de los animales más avanzados
y más en contacto con nosotros) avanza en un nivel general,
grupal, con los logros, y los estancamientos, que cada animal aporta
al depósito común cuando acaba su vida.
Por supuesto, cada animal, cada perro (en este caso) participa en
el resultado general, para bien o para mal. Desde este punto de vista
podemos hablar de karma en el reino animal.
No olvidemos que la individualización, o, mejor dicho, la iniciación
de la individualización consiste en separarse, en romper definitivamente
con el alma grupal de la que, durante muchas encarnaciones, llevan
formando parte. Por tanto, no hay karma en el sentido usual de cosechar
el resultado de las acciones pasadas. Sin embargo, a veces, los animales,
se comportan de forma espeluznante unos con otros. No en lo relativo
a alimentarse unos de otros, sino en las peleas de unos contra otros:
por ejemplo, las peleas de los felinos entre sí, o entre ciertos
monos muy agresivos, o entre los toros salvajes, …. De nuevo, estas
manifestaciones brutales van tiñendo el karma grupal con el
color de un cierto mal karma que en el provenir empujará a
sus miembros a situaciones desgraciadas. Pero este mal karma no es
comparable al terrible karma que el humano crea cuando maltrata, tortura
o incita a un animal a ir contra otros o contra un ser humano.
El Maestro Tibetano nos comenta que en épocas muy remotas los
ataques de los animales hacia los seres humanos fueron tan brutales
y tan continuados, que la raza humana llegó a estar en una
absoluta inseguridad e incluso en constante peligro con respecto a
su evolución.
Gran parte de ese mal karma se libera ahora en el dominio del animal
por parte del hombre y sobre todo en la experimentación científica.
Vicente Beltrán Anglada, cuando hablaba de la supuesta superioridad
moral de los vegetarianos, nos decía que comer la carne de
un animal, debido a que esa carne atraviesa el cuerpo humano, comporta
que esas células animales son dinamizadas por el ser humano
y elevadas en su vibración. Quedando a disposición de
los espíritus creadores, para posteriores creaciones, un vehículo
de más energía.
Blavatsky escribía, finalmente, que los abusos que la raza
atlanteana, y también parte de la raza lemuriana, cometieron
con el reino animal fueron tantos y tan graves que desde entonces
el animal se retiró de la amistad con el ser humano y aprendió
a temerlo y al mismo tiempo a odiarlo. No tengo ninguna duda de que,
a medida que ascendamos por la escalera sin fin de la Sabiduría,
conoceremos y comprenderemos mejor más y más cosas de
nuestros hermanos del tercer reino. Cuando estemos en posesión
de las facultades superiores, entonces entenderemos el sistema del
karma y llegaremos a saber cómo éste gobierna los reinos
inferiores.
Juan
Ramón González Ortiz