El
más allá de la muerte en animales y plantas
Juan Ramón González

La diferencia fundamental entre animal y ser humano es que el animal
no posee cuerpo causal. Cada ser humano tiene su propia y preciosa
alma, pero no así cada uno de los animales o de las plantas.
En la especie humana, un alma ocupa un cuerpo. Pero en los animales
y en las plantas un alma ocupa un determinado número de
cuerpos, de animales o plantas. Los animales muy avanzados, por su
colaboración con los humanos, siguen sin poseer cuerpo causal,
sin embargo sí que están ya muy individualizados.
Cuando muere un animal, tras una corta estancia en el plano astral,
esa sustancia que en ellos se podría denominar alma se funde
en la llamada alma grupal, que suministró y proveyó
de almas a todos los individuos de esa especie. Esa alma grupal está
formada por materia mental cargada con la energía del Logos.
El alma grupal en el animal fue anteriormente alma grupal en un grupo
de vegetales, y mucho antes fue alma grupal en un conjunto de minerales.
Como fruto de las experiencias pasadas bajo la envoltura mineral y
vegetal, el alma grupal ha avanzado y se ha especializado aún
más. “Especializado” quiere decir que el alma grupal está
plenamente dedicada a tan solo un determinado grupo de especies de
animales, o plantas. Y también quiere decir que el alma grupal,
por tanto, tiene adscritas ciertos ejemplares, y nada más.
Supongamos que existen doscientos linces ibéricos, cada uno
de ellos posee una parte, una ducentésima parte, del alma grupal.
Pero, a diferencia del ser humano, esa alma no le pertenece, mientras
que al humano sí. Por eso, después de la muerte, cuando
el cuerpo astral del animal se desvitaliza y muere, esa sustancia
que denominamos alma retorna al reservorio original de donde partió.
La muerte de un animal se parece a retornar de nuevo a un depósito
de agua un vaso completo de líquido que llenamos al principio.
Si tomáramos un vaso de agua y lo coloreáramos, cuando
devolviéramos esa agua al depósito principal, esa agua
también se coloreará, si bien, el color se disolverá
por igual en toda la masa de líquido. Con esto queremos decir
que todas las cualidades que un animal logra en vida después
las aporta al total de la mente de la especie, beneficiándose
todos los demás ejemplares de esa cualidad. Imaginemos que,
por lo que sea, un animal particular destaca en su capacidad
para guiar a los demás, o en el hecho de ser madre y cuidar
de la camada, a su muerte, esas características se incorporarán
al patrimonio común y en adelante todos los demás ejemplares
poseerán un parte de esas novedades. Esas cualidades irán
muy diluidas y serán, evidentemente, débiles.
Las experiencias repetidas una y otra vez por los animales de un grupo
forman lo que denominamos instinto. Es decir, esas conductas son propiedad
común de todos los ejemplares de ese grupo porque están
fuertemente incorporados al alma grupal. Pero no van impresas en la
herencia genética, como pretende la ciencia, sino que es algo
mucho más hondo: van impresas en el depósito común
mental, en el alma grupal.
Esto explica por qué aunque un pato se críe entre gallinas,
nada más nacer irá a nadar, o que una cabra aunque
nazca entre ovejas siempre que pueda trepará a rocas y árboles.
Una vez que el “alma” de ese animal o planta ha retornado al alma
grupal, ha de volver a la reencarnación. El perro, o la flor,
nacerán en esa especie, o en otra subdivisión de esa
especie, así hasta que alcancen el don de la conciencia propia
e individualizada. El don del alma, la chispa divina surgida de los
hornos de Vulcano; el alma, joya más brillante que un arcoíris
en el azul del cielo, como una hebra de oro tendida al viento de la
Historia, y que es hija de los mismísimos dioses olímpicos,
…
Juan
Ramón González