¿Por qué fue destruida la Atlántida?
Juan Ramón González Ortiz
revista nivel 2

De la película The day after tomorrow.

Personalmente siempre he creído que la emergencia de muchas de las nuevas enfermedades psíquicas, conductuales y mentales que afectan a la humanidad proviene de la afluencia, desde el exterior y desde el interior, de unas nuevas energías dinámicas. Este conjunto de energías, de una intensidad nunca vista, nos ha trastornado y ha supuesto para nuestros cuerpos y mentes un verdadero “tour de force”. Hemos tenido que hacer, a veces inconscientemente, un grandísimo esfuerzo adaptativo como si de verdad nos acostáramos en el lecho de Procusto. En efecto, he estado trabajando con jóvenes durante toda la vida y he visto cómo poco a poco dolencias que no eran comunes antaño iban copando de padres angustiados las salas de espera de los centros educativos, y los consultorios de psicólogos y psiquiatras juveniles. Hablo de los síndromes de Asperger, del autismo, de las alergias de todo tipo, de toda clase de hipersensibilidades, de enfermedades autoinmunes, del trastorno de hiperactividad, del trastorno de déficit de atención, de las depresiones refractarias a los tratamientos,… Por no hablar de incomprensibles manías, comportamientos, costumbres y actitudes sociales en la juventud actual, y también en muchos adultos. Llegados al punto crítico de evolución en el que está nuestro planeta y a las puertas de que nuestro Logos planetario tome una nueva iniciación, todo en la Tierra se revoluciona. No solo la actividad solar se ha intensificado (siendo, por tanto, el mayor causante de nuestro cambio climático) sino que otras constelaciones, otros planetas e incluso los propios Maestros de la Jerarquía han elevado las tasas vibratorias de los rayos que se vierten sobre la humanidad. Esto no tiene nada que ver con el surgimiento de una nueva religión, pues, concluida la Era de Piscis, se acabó la era de las religiones. Esto tiene que ver, más bien, con una elevación de la consciencia propia y de la consciencia cósmica. Y ya sabemos que la energía es el vehículo de la consciencia. Estas energías que han aumentado sus frecuencias vibratorias, y otras energías nuevas que afluyen, junto con otros rayos o subrayos que poco a poco se van retirando, han sacudido a muchos países y a muchas regiones de diversos países, alterándolos sustancialmente. Que conste que en muchos casos estos paroxismos se deben a la densidad de esos pueblos y a la nula capacidad de aceptar las exigencias estas nuevas energías. También está la labor de los magos negros, que ha subvertido la convivencia logrando crear un egregor que ha secuestrado las mentes de muchas personas. En la afluencia de estas nuevas energías que se precipitan incontenibles sobre nosotros no hay ninguna amenaza ni ningún propósito de castigo.



De ninguna manera. Estas energías no solo son beneficiosas sino que son la promesa cierta de que está surgiendo un nuevo planeta Tierra. Pero no puede haber renovación sin eliminación de lo viejo y caduco. Es preciso purificarse. Purificación quiere decir que todos nuestros cuerpos inferiores, fundamentalmente nuestro cuerpo astral, han de elevarse a la tasa vibratoria o a la nota musical que pronuncia el alma. Eso es purificarse. En este sentido es fundamental la voluntad espiritual del Sol.
En esta fase de transición nos sentimos algo perdidos ante el surgimiento de esas nuevas enfermedades de las que antes hablábamos, ante el aumento del número de jóvenes de educabilidad difícil, ante el aumento de la violencia, de las depresiones endógenas, de la pasión por los placeres y por los entretenimientos, ante el aumento de la pública mostración de las emociones y los ritos más indeseables,… Si la hipocresía, el separatismo, la adoración del dinero, las bajas vibraciones y la ambición siguen triunfando, el impacto de todas estas energías será tremendamente destructivo.
Esta intensificación es necesaria para alcanzar un nuevo plano de consciencia, ya que si no hay cambio de nivel en la energía que envuelve a la conciencia no puede haber cambio de conciencia. La Jerarquía interna y el Logos solar han decidido aumentar la vibración de la energía sutil que rodea al ser humano, y a todo el planeta, para iniciar a la humanidad en un plano de consciencia más elevado.
Esto se está haciendo muy lentamente, y de forma muy calculada, pues de no ser así ya hace tiempo que el planeta con su humanidad se hallarían en una situación insoportable. Gracias a este aumento paulatino en la vibración de todas estas energías espirituales, el ser humano ha accedido a nuevos descubrimientos científicos que tienen que ver con la apertura a nuevos planos de conciencia. Esta energía es algo así como un catalizador, un acelerante, que nos lleva a una nueva existencia. Pues la misión de esta energía dinámica es objetivar un plano de conciencia que todos intuimos que existe.
Esta energía es lo que perturba a muchos millones de individuos que aún no son lo suficientemente adaptables, ya sea porque sus cuerpos y mentes rechazan este aflujo de energía que empapa al mismísimo plano etérico del planeta, o ya sea porque por su constitución, son demasiado sensibles.
Esta situación que he tratado de explicar en el mundo actual es lo que pudo haber pasado en la Atlántida. Y vuelvo a repetir: “es lo que pudo haber pasado”, pues no pasa de ser una suposición a partir de la situación actual y a partir de lo que nos cuenta Blawatsky sobre la Atlántida en el tomo III de La doctrina secreta.




A lo largo de todas las razas, se delineó un plan que consistía en que cada una de ellas tenía que desarrollar un determinado cuerpo. Esto tiene que ser así pues el autoconocimiento y el esplendor de la consciencia exige el pleno desarrollo de sus componentes. En consecuencia, a través de las razas se tuvo que implementar paulatinamente uno a uno todos los cuerpos del ser humano.
La primera raza raíz, la Polar, era totalmente espiritual, nacieron directamente a partir del cuerpo etérico de los Pitris Barishad. Fueron los “Autogenerados”.
La segunda raza, la Hiperbórea, también era de tipo espiritual, y, al menos una parte de ellos, son llamados en los Puranas “Los nacidos del sudor”. Estos seres para reproducirse exudaban al exterior de su cuerpo un líquido; posteriormente, se fue formando una especie de bolsa la cual se fue densificando y en la cual nacían nuevos cuerpos. Por su naturaleza aún etérea, no quedó ninguna huella de su existencia. Su aspecto es inimaginable para nuestras actuales mentalidades. Eran seres inmensos, provistos de un único sentido, el oído.
La tercera raza, la Lemuriana, tenía que desarrollar el cuerpo físico.
La cuarta raza, la Atlanteana, debía de desarrollar el cuerpo de deseos.
La quinta, la nuestra, la actual, la raza Aria, tiene que desarrollar la mente.
La sexta raza, desarrollará el plano del alma. En ella la mayoría de la humanidad adquirirá la iluminación.
La séptima raza, desarrollará el aspecto Espíritu y la unión de todos los principios con él.
Cuando debutó la raza atlante, había que lograr en esa fase el desarrollo y crecimiento del cuerpo astral. En consecuencia, hubo que centrarse en desarrollar este constituyente. Y para eso había que incrementar la energía en ese punto para que se cumpliese esta finalidad. Se trataba de que la humanidad atlante fuera consciente de un nuevo nivel y de que lo desarrollase. Esa humanidad atlanteana tenía que promover este plano y centrarse en él. Es decir, esos humanos tenían que ser conscientes de ese nivel, desarrollando la capacidad de auto observación para tomar decisiones que afectasen a ese plano. Eso no quiere decir que ellos estuviesen gobernados o mediatizados por ese plano. Al contrario.
A lo largo de los siglos, la humanidad atlanteana aumentó la preeminencia del nivel astral, llevándolo a su máximo desarrollo y alcanzando los logros más puros y bellos en lo relativo a este nivel. Esos frutos logrados por esa humanidad son imperecederos y siguen vibrando e iluminando a las humanidad.

La Jerarquía hizo un gran esfuerzo por sacar adelante su plan, y, de la misma manera, que en el actual momento ha vertido un nuevo tipo de energía en la humanidad y en el campo etérico de la Tierra, insufló entonces una nueva y poderosa energía.
La humanidad atlanteana, en posesión de unos poderes nuevos, fue adquiriendo cada vez más y más orgullo. Y no quiso aguantar la presión, a pesar de que ya tenían plenamente conseguida la capacidad de decidir y valorar. No eran inconscientes, ni ciegos, en ese plano. Hay que tener en cuenta que cuando la Jerarquía planetaria, o lo Logos extraplanetarios, se deciden actuar sobre todo un pueblo o una raza, no se pueden descartar los individuos débiles, o los incapaces, o los renuentes, o los retardatarios, o los adversarios. Actúan sobre la totalidad de la masa. Y muchos individuos de este tipo se vieron sumidos en nuevo nivel de energía, y no desearon aplicar ningún tipo de restricción o de control. Como siempre se trata del problema de acceder a un poder extraordinario cuando no se está estar dispuesto a ser responsable de él.
No fueron los grandes sacerdotes, ni los iniciados aquellos por cuya causa se perdió esta raza. No. Recordemos que, según Leadbeater, la Mónada que después habitaría el cuerpo de Krishnamurti, fue Sumo Sacerdote atlante en esta civilización. Los grandes iniciados y los grandes guías de las razas, asistidos por las fuerzas del espíritu, nunca han fallado. Ha sido el pueblo, incapaces de seguirlos, los que han echado mano de creencias menos exigentes y más cómodas. Las energías que fueron vertidas por la Jerarquía, desarrollaron las capacidades de toda aquella humanidad. Y esos seres humanos, cuando descubrieron que podían manejar esas fuerzas, y que por tanto ya no necesitaban la ayuda ni la luz de los grandes sacerdotes, fueron los que acabaron con la civilización atlanteana. A esto se le unió la guía de los sacerdotes menos avezados y menos puros, que habían alcanzado una grandísima competencia en el mundo de la magia, y decidieron seguir el camino que llevaba a su propia exaltación y disfrute.
Cuando una civilización, o un pueblo, o una raza comienza a separase del objetivo que se le ha asignado, los maestros de sabiduría empiezan a hacer los planes para abandonar a esa humanidad. Recogen los talismanes sagrados, las palabras sagradas, el punto focal de manifestación divina, y desaparecen.
En el fondo, cuando una energía poderosa afluye sobre la humanidad, eso significa que van a desarrollarse tanto los aspectos divinos como los aspectos más sombríos. Los maestros conocen estos riesgos, pues saben bien que las mentes humanas son como las mentes infantiles. También los maestros saber perfectamente qué parte de la humanidad puede fracasar y qué parte puede evolucionar.

Por eso la evolución humana, hasta ahora, no es una línea ascendente y recta, como nos gustaría a todos, sino que sigue una línea ondulante hacia arriba en la que se suceden etapas de ascenso y de decadencia, pero en el momento del ascenso la humanidad se remonta a niveles muy altos, de tal manera que cuando se llega a una etapa posterior de decadencia, nunca se desciende tanto como en la etapa negativa anterior.

En fin, antes de acabar quiero volver a insistir que la Jerarquía proyectó una energía particularmente intensa para que el cuerpo astral se desarrollara en esa nueva humanidad, pues de lo contrario el camino hacia la autoconciencia quedaría cerrado. Porque el cuerpo astral es necesario para la capacitación de la mente. Ese fue el inicio del desastre de la Atlántida. Posteriormente vendrían muchos, muchísimos otros factores. Muchos atlantes se salvaron del gran cataclismo, pero cuando una civilización desaparece y sus talismanes y palabras sagradas son retirados, los miembros supervivientes de esa civilización no pueden remontarse a los niveles de sus épocas doradas.
He querido desarrollar aquí, en estas líneas, cuál pudo haber sido el principio de todo, cómo se fraguó la tormenta, como se gestó el fin de la Atlántida.
Que quede claro que La Atlántida no es el pequeño vestigio mencionado por Platón. De lo que nos habla Platón es de un resto, degenerado, del enorme continente original, el cual hacia la mitad del Mioceno se fraccionó en siete grandes islas, hace más o menos cuatro millones de años.
La Atlántida acabó como todos sabemos:
“Y el Gran Rey de la Faz Resplandeciente, el jefe de todos los de la faz amarilla se entristeció al ver los pecados de los de la faz oscura.”
De Shamballa partió una orden: “Todos los que han aceptado someterse a las leyes divinas se salvarán, los demás morirán engullidos”.
“La hora ha sonado, la negra noche pronta está.
Que se cumpla su destino. Somos los servidores de los Grandes Cuatro (los cuatro Dioses kármicos). Que vuelvan los Reyes de la Luz”.
El Gran rey dejó caer su Faz Resplandeciente y lloró…
Cuando los Reyes se reunieron ya había comenzado el movimiento de las aguas…”

Juan Ramón González Ortiz

 

 

 

 

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