La
banalidad del mal
o
Eichmann en Jerusalén
Juan
Ramón González Ortiz

En
1961, la filósofa Hanna Arendt, fue enviada por el The New
Yorker a Jerusalén para cubrir el juicio que se iba a celebrar
en Jerusalén contra Adolf Eichmann. Antes de seguir hay que
decir que Hanna Arendt siempre abominó de que la catalogaran
como “filósofa”. Ella decía que una cosa habían
sido sus estudios, y otra muy diferente el campo suyo, personal, de
trabajo en el que intentó proyectar toda su sabiduría
y su capacidad de reflexión, este campo de elección
fue el de la teoría política.
Los reportajes que escribió se reunieron en 1963 en un libro
titulado Eichmann en Jerusalén. Desde luego, fue su libro más
exitoso y tal vez el único que actualmente sigue siendo leído
por el gran público. Este libro, además, la indispuso
grandemente, y de forma permanente, contra la comunidad judía,
de la que formaba parte. Arendt se atrevió a tratar un tema
que aún hoy en día está casi prohibido, ya no
digamos en 1961: la participación y la colaboración
de los judíos en el exterminio a través de los “consejos
judíos”, una pieza insertada por Eichmann en la maquinaria
del genocidio.
Por supuesto, Arendt no se arrepintió de nada y nunca se retractó
de nada.
El subtítulo del libro contiene una expresión muy afortunada
y enigmática, que marca la clave de la obra: “Un reportaje
sobre la banalidad del mal”.

Hanna Arendt también se hizo archifamosa por haber sido, en
Marburgo, la jovencísima amante judía de Heidegger.
Este tenía los 35 años y estaba casado, ella tenía
dieciocho. Fue en 1924 y todo concluyó en 1926, a punto para
el monumental Ser y tiempo, de Heidegger.
Sobre todo, pero no exclusivamente, fue un amor intelectual.
Cuando en 1963 se publicó Eichmann en Jerusalén, la
conmoción fue total. Y al estruendo siguió lo que actualmente
se denomina “linchamiento” mediático. Y eso que en esa época
aún no existía el mundo digital, y el poder de los medios
de difusión de masas de entonces no aguantaría la comparación
con la desmedida y bestial fuerza que poseen ahora mismo.
El libro de Arendt fue todo un seísmo. La obra menos filosófica
de esta autora se acabó convirtiendo en la más leída
y discutida. Ni siquiera hoy en día se ha apagado la polémica
que se despertó con la publicación de este libro en
1963.
Sin embargo, Arendt abrió un abismo, justo bajo nuestros pies,
que ya nunca nadie podrá cerrar.
Desde que era una jovencita estudiante, Arendt percibió que
el problema del mal es uno de los problemas centrales de toda la vida
humana. Tras la Segunda Guerra Mundial, se dio cuenta de que el mal,
ni mucho menos, había sido superado, a pesar de la gran victoria
aliada.
Arendt, que también había estudiado teología,
siempre defendió que la superación del mal exige una
nueva forma de ser humano.
Arendt tomó de Kant una expresión que a casi todos sus
comentaristas y estudiosos pasó desapercibida: el mal radical.
Contra el que es muy difícil enfrentarse y vencerlo.
La aparición del mal radical es algo que pone fin a la supuesta
ingenua
teoría idealista de que las cualidades humanas van transformándose
y desarrollándose, sin más ni más, a través
de la historia.
El ser humano se abre paso hacia la luz a través de una lucha
titánica y feroz contra el mal y contra la maldad. Es una lucha
sin tregua, minuto a minuto, segundo a segundo. Nada se gana sin esfuerzo.
El Paraíso tiene que volver a ser reconquistado. Y, así,
tal vez algún día brote de nosotros algo digno de caminar
erguido bajo el sol del mediodía.

El concepto de mal radical kantiano, ella lo conjunta con el de la
banalidad del mal, pues el mal radical es compatible con esos individuos
normales que, sin saberlo, participan en el mal. Por eso es un mal
imperdonable por los supervivientes, porque es un mal extremo causado
por personas no conscientes del mal que ejercen, sino que cumplen
con diligencia una tarea asignada.
Al estudiar toda la trayectoria de Eichmann, Arendt se encontró
con unas circunstancias que desbordaban las capacidades jurídicas
de aquel proceso: Adolf Eichmann, SS Obersturmbannführer, teniente
coronel de la SS, no era ningún asesino. Ni un monstruo sádico
y brutal. Adolf Eichmann era un pequeño burócrata, un
hombrecito cumplidor, un eficaz funcionario al cual se le había
encomendado un trabajo administrativo.

Adolf Eichmann era un corriente y moliente funcionario, un vulgar
funcionario. De hecho, él mismo reconoció que “personalmente,
nunca tuve nada contra los judíos”.
“Entró a la cabina de vidrio a las 8.55. Sin aviso previo.
Sencillamente entró y se sentó. Alto, delgado, vestido
con un traje oscuro, camisa blanca planchada, corbata. Dos policías
silenciosos a los costados. Eso es todo. En la sala y la galería,
colmadas a más no poder, se impuso el silencio. No se escuchó
ninguna voz que clamara o gritara. Todos lo miran, se levantan, sacan
libretas, comienzan a anotar sin mirar lo que escriben. Él
está sentado como una estatua ¿Qué es eso?, ¿voluntad
férrea para permanecer en silencio o insensibilidad de quien
no comprende quién es? Todos lo miran como hechizados: israelíes
y americanos y europeos y asiáticos y africanos. Muchos son
compatriotas, los alemanes. Cinco largos minutos continuó ese
silencio ¿Tensión?, no ¿Conmoción?, no
¿Dolor?, no. Creo que soy parte de un caos silencioso que todavía
no se definió. Al apartar la vista de él por un momento
observo siete togas negras. Gente que me da la espalda. Cinco de nuestra
fiscalía, y dos de su defensa. Y el silencio continúa,
molestado por un murmullo, propio de un cabaret, de cientos de personas
que piden a sus instintos que no los traicionen”.
La afortunadísima expresión de “la banalidad del mal”aparece
casi al final. Una única vez. En la última frase del
libro, justo antes del epílogo:
“Fue como si en aquellos últimos minutos, Eichmann, resumiera
la lección que su larga trayectoria en la perversidad humana
nos había enseñado: la lección de la terrible
banalidad del mal, que desafía al lenguaje y al pensamiento”.
¿Pero quién
fue Adolf Eichmann?
Eichmann
fue el encargado de llevar a cabo la “solución final” del problema
judío. Bajo ese discreto nombre de “solución final”
se escondía lisa y llanamente una realidad demasiado brutal
como para referirse a ella sin maquillaje: el exterminio. A Adolf
Eichmann se le encomendó la identificación y el control
de cientos de miles, tal vez millones, de personas a las cuales se
pretendía exterminar.
Administrativamente hablando, era un trabajo enorme y agotador. Los
funcionarios tenían que identificar a la población judía
de casi toda Europa (España fue el país que más
judíos salvó en el interior de los países en
guerra) y controlarla, después había que desnacionalizarlos,
para lo cual se necesitaban contactos continuos y constante colaboración
con las autoridades locales, no solo del Reich sino también
de las áreas ocupadas. En algunos lugares colaboraban “en exceso”,
provocando muertes caóticas y descontroladas, y en otros eran
renuentes. Francia y Holanda colaboraron muy gustosamente. De hecho,
Ana Frank, y su familia, fueron denunciados por un ciudadano privado
holandés que, por cierto, cobró la pertinente recompensa
de manos de los nazis.
Después había que confiscar bienes y propiedades e inventariarlos
uno a uno. Por último, había que realizar el embarque
en trenes, cosa nada fácil pues los asuntos bélicos
eran prioritarios sobre cualquier otro uso no militar.
Como vemos un quebradero de cabeza y un verdadero desafío administrativo.
Y todo esto en un continente en guerra, lo que alteraba cualquier
plan a corto o medio plazo.

Eichmann era el motor de esta gigantesca telaraña administrativa
operada por miles de hombres y mujeres (pues también hubo innumerables
mujeres en puestos de funcionariado, como secretarias, mecanógrafas,
taquígrafas, …).
Tras una huida más o menos azarosa, desde Alemania hacia Génova,
Eichmann desembarca en Argentina en 1950 con el nombre de Ricardo
Klement. Poco a poco va sintiéndose cada vez más seguro
y cae en numerosas indiscreciones. Un vecino alemán, Lothar
Hermann, alarmado por las confesiones de este, aparentemente, anónimo
ciudadano escribe una larga carta a uno de los fiscales del proceso
sobre Auschwitz para poner este “caso” en conocimiento de alguna autoridad.
El fiscal, Fritz Bauer, silenció la información a su
propio gobierno, pensando que tal vez algún elemento filonazi,
dentro del gobierno alemán, pudiese alertar a Eichmann, y remitió
todos los datos, así como el nombre de Ricardo Klement, a las
autoridades israelíes de Colonia. A partir de aquí,
el Mosad empieza a diseñar la “Operación Finale”
El 11 de mayo de1969, Eichmann fue secuestrado por un comando del
Mosad. Evidentemente, el secuestro
constituyó una violación de la soberanía argentina,
pero a Israel la legislación internacional y el respeto a los
derechos de las naciones le trae sin cuidado.
Hanna Arendt estaba tan concienciada con su asistencia a las sesiones
de este juicio que incluso renunció a una beca de un año
que le había concedido la prestigiosa Rockefeller Foundation.
El 10 de abril de 1961 se abría el juicio. El auto acusatorio
comprendía 15 cargos relativos a crímenes contra el
pueblo judío, crímenes contra la humanidad, crímenes
de guerra y asociación a una organización criminal.
Siempre de la Ceca a la Meca, Arendt, no asistió a la segunda
parte del juicio. Sin embargo, recibía montañas y montañas
de información sobre el desarrollo de esta segunda parte que
finalizó en agosto de 1961. Se abrió, entonces, un proceso
de deliberación por parte del tribunal, el cual concluyó
el 15 de diciembre con la lectura del veredicto: muerte en la horca.
El 31 de mayo de 1962, Eichmann era ejecutado desnudo en la cárcel
de Ramla. Su cuerpo fue incinerado y las cenizas fueron diseminadas
en aguas internacionales sobre el Mar Mediterráneo.
La Exposición
de Arendt
Arendt no quiso centrarse en el perfil psicológico, o, más
bien, psiquiátrico de Eichmann. Esto era lo fácil. Y,
en el fondo, era lo que se esperaba de ella. Más bien, ella
optó por un análisis que contemplaba al acusado como
el centro geométrico del que partía una gigantesca
espiral de muerte. Para completar esta visión, Hanna Arendt,
necesitaba conocer las motivaciones del acusado.
Arendt sacó tres inmediatas conclusiones:
1. Este tipo no es un demente, ni está loco, ni es un monstruo,
insaciable y cruel, ni está poseído por el sadismo.
2. Este tipo no es un fanático ideológico, movido visceralmente
por el antisemitismo.
3. La adhesión de este tipo al nazismo no tiene nada que ver
con la pretendida moral superior del nazismo, situada más
allá del convencional bien y mal, o con la invocación
al superhombre y al nuevo arquetipo de ser humano que los nazis
quisieron establecer. Eichmann no es una personalidad culturalmente
exaltada, o ciegamente adherida a la pseudofilosofía aria del
nazismo.
Dicho con otras palabras: el perfil de Eichmann no encajaba con el
del típico carcelero nazi, o con el del jerarca nazi que se
recreaba en la deshumanización de todos los enemigos de la
Alemania nacionalsocialista.
Eichmann no era un torturador. Él era un organizador, algo
así la cabeza central de toda una compleja red de burócratas,
hombres y mujeres (pues las mujeres también participaron en
esto). El propio Eichmann reconoció en el juicio, que “el único
lenguaje que yo manejo es el lenguaje administrativo”. Es natural
que sea así, pues el lenguaje administrativo es un lenguaje
cómodo, porque no posee ninguna carga emotiva. Es un lenguaje
técnico y desnaturalizado. Es un metalenguaje. El término
de “solución final” nos garantiza una asepsia total para lo
que intentaba ser una carnicería inimaginable.
A Eichmann le resultaba extraño y confuso todo ese galimatías
de la ariosofía. Toda su vida en los cargos en ocupó
en el seno de la SS prescindió del enfoque filosófico
nazi.
La conclusión que enunció Hanna Arendt le resultó
sorprendente al mundo entero: el responsable del exterminio no era
ningún ser demoníaco, desesperado, espiritualmente deforme,
al estilo de Lady Macbeth, o de Heatcliff, o del inspector Javert.
¿Cómo un individuo culto, sensible, que en absoluto
odiaba a los judíos, melómano, buen padre de familia
pudo ser el motor del asesinato de millones de judíos?
Solo muy pocos de los lectores del libro tuvieron la necesaria sangre
fría para reflexionar sobre la banalidad del mal que nos propone
la autora. Lo original del enfoque de Arendt es que con ella el estudio
del problema del mal cambia de perspectiva y ya no se centra obsesivamente
en un supuesto arquetipo de personalidad. Es más, late en el
aire la terrible pregunta de si cualquier persona vulgar y común,
como tú y yo, querido lector, podría desempeñar
un semejante papel en una parecida circunstancia histórica.
Es tremenda esta pregunta. Porque no podemos huir de ella. Por eso
decía al principio de este escrito que Hanna Arendt abrió,
para siempre, un abismo junto a nuestro pies, o, mejor dicho, justo
debajo de nuestros pies. Un paso en falso, y caeremos en su interior….
Tal vez, tú y yo, lector, que no somos SS Obersturmbannführer,
podríamos haber sido uno de tantos que cayeron en la sima infinita
de la banalidad del mal.
Y esto es lo que captaron inconscientemente todos los detractores
de Hanna Arendt, que para ser un atroz gestor del crimen no hace falta
ser una bestia insaciable y desequilibrada. No. Que para ser el peor
de los humanos no hace falta cualidades especiales, ni haber sido
golpeado y humillado por padres y maestros desnaturalizados. No.
Eichmann no estaba solo. No llevaba a cabo su labor solo, sin ayuda
de nadie. Administradores, oficinistas, correctores, mecanógrafos,
… fueron necesarios. Y todos ellos sabían de qué trataba
su cometido. Y estos colaboradores necesarios también eran
padres y madres modélicos, y además cumplidores y trabajadores.

Esta es la banalidad del Mal: que los que se suman a la destrucción
y a la muerte son sujetos normales. Y eficaces. Que desempeñan
su trabajo al mismo tiempo que prosiguen con su vida familiar y personal
sin que el aguijón de su trabajo se les clave en el cerebro
o en el alma. Incluso muchos de ellos eran sinceramente religiosos.
Este es el desafío para nuestra razón. Porque el mal
es algo tan cotidiano que no solo nos hemos acostumbrado a él,
sino que incluso cooperamos con él. Y todo en el seno de una
sociedad que se llama “normal”.
Muchos de los que participaron en este crimen habrían rechazado
airadamente su participación en él si se les hubiese
exigido secamente. Yo no dudo de que ninguno de ellos no tuviese ni
la más mínima tendencia al crimen o gusto por el asesinato.
Y, sin embargo, cuando les tocó colaborar en la eliminación
de inocentes, respondieron con absoluta disponibilidad siendo, además,
diligentes y trabajadores en sus áreas de trabajo.
Y estos hombres y mujeres, absolutamente normales, no experimentaron
ninguna crisis de conciencia, ninguna tensión en el alma, ningún
episodio de ansiedad o depresión. En el tribunal de su conciencia,
no se percibían a sí mismos como colaboradores en el
crimen, sino como buenos trabajadores, competentes y esforzados, que
acudían a su trabajo en medio de la escasez y del horror, y
en medio de la inseguridad de los bombardeos.
Simplemente eran funcionarios que desarrollaban el trabajo que les
era asignado desde el poder. Eso era todo. Acabado su horario, regresaban
por entre las ruinas a sus domicilios para jugar con sus hijos, o
para ensayar una pieza de violín, o simplemente para descansar
y disfrutar de su tiempo libre.
Esto es lo que hace que el genocidio nazi sea tan atroz: que no hubo
problemas de conciencia porque los perpetradores se tomaron su trabajo
“como un trabajo más”. Todo era banal, casi trivial, casi mediocre.
¿Pero acaso Eichmann era idiota? ¿Es que no tenía
cerebro para enterarse de cuál era su cometido?
No. Es mucho más simple. Eichmann, el jefe, el inteligente
organizador, el calculador, el que tenía en su mente todas
las claves, todos los horarios, todos los medios, nunca se paró
a pensar. Porque pensar supone detenerse y reflexionar sobre la propia
experiencia. Y esta gente no quería ni podía detenerse.
Una inercia total los arrastraba, de la misma manera que una ola del
mar lleva en su interior, como prendidos, algas, maderos, moluscos
y hasta peces.
Lo único que se necesita es detenerse. Una vez que uno se detiene
fluyen las preguntas, las dudas y las reflexiones. No detenerse implica
alejarse y extrañarse de la vida del pensamiento, y ya no digamos
de la vida del alma.
Pensar implica mirar los hechos y dejarse interpelar por la propia
existencia. Por eso pensar es tan terrible.
Y lo que es peor, pensar no solo abre la puerta a uno mismo sino también
a los demás. Y puesto que pensar es un diálogo a dos
voces, ya sea con uno mismo o con los demás, puede pasar que
el que piensa adopte el punto de vista del otro y, aún es más,
que se identifique con la existencia del otro.
El propio Eichmann se encargó de repetir una y mil veces que
no mentía ni engañaba. Él estaba en armonía.
Y era cierto. Pero con salvedades. Porque inconscientemente, Eichmann
y todos los demás alemanes se habían parapetado inconscientemente
contra la realidad. Simplemente no se permitían detenerse para
pensar. No querían tener ningún hueco en su existencia.
Y al no pensar, desparece la conciencia. Y no solo dejan de pensar,
sino que dejan de echar en falta el pensamiento y la reflexión,
como si estos nunca hubieran existido.
Para todos estos alemanes, su trabajo profesional pertenecía
al campo básicamente neutro de la actuación laboral
bajo una jerarquía. Se trata de la famosa frase. “Eso no es
asunto mío”. Esta frase es fundamental porque lo significa
todo: significa tanto que no hay nada que responder ante una petición,
u orden, como que no hay representarse mentalmente la perspectiva
de la víctima.
Esta
fue la genialidad de Hanna Arendt: el hallazgo de la banalidad del
mal. “El nuevo tipo de criminal terrible y terroríficamente
normal”.

El mal es el conformismo, la ausencia de pensamiento, la normalización
de lo terrible, la racionalidad y la eficacia administrativa, la divinización
de la privacidad y del anonimato, …
No olvidemos nunca que el mal es lo más contagioso que hay.
Exactamente lo mismo pasó con los gulag soviéticos,
que Arendt condenó sin ninguna tibieza, o con los atroces holocaustos
comunistas en cualquier lugar del mundo.
Nunca olvidemos que el mal convierte al ser humano en sobrante, y
a la condición humana en superflua y se extiende como un hongo
en la superficie. Por eso puede arrasar el mundo.
Juan
Ramón González Ortiz