La
cadena terrestre a la luz de la Teosofía (III)
Juan
Ramón González Ortiz

Y
ahora, tras la séptima raza marciana, finalmente, en esta cuarta
ronda, la oleada de vida llega al globo terrestre.
La cuarta ronda está especialmente destinada al desarrollo
del principio del deseo. En la quinta ronda deberíamos de desarrollar
sobre todo el intelecto. A pesar de todo, en esta cuarta ronda la
inteligencia tuvo un impulso enorme con la venida de los Señores
de la Llama. Por lo tanto, estamos actualmente una ronda completa
adelantados con respecto a donde deberíamos estar.
A continuación, voy a resumir muy brevemente la evolución
de las razas sobre la Tierra pues es sobradamente conocida por todos
los estudiantes de esoterismo. Además, hay muchísima
información y muy fácilmente disponible sobre este aspecto
de la historia de nuestro globo.
Durante este cuarto globo, el planeta Tierra recapitula las tres rondas
precedentes para dar ocasión a todos los rezagados de reincorporarse
rápidamente a la corriente general de evolución.
Al principio del período del globo D, de nuevo, los Señores
de la Luna descendieron a nuestro globo para preparar los vehículos
que iban a ser habitados por los seres humanos. Estos Barhishads separaron
de su cuerpo etérico una sombra o “chayya” que se transformó
en la semilla que contenía en sí misma todas las capacidades
para el ser humano. En otras palabras, estos Pitris, mediante un acto
de su voluntad, duplicaron sus cuerpos etéricos, materializando
de hecho un doble etérico, que se tornó permanente cuando
estos dioses salieron de ellos. Tras esto, los Barhishads los animaron
con su propia energía. El Sol ayudó también con
su energía pránica.Y también en estos esfuerzos
cooperaron los Espíritus de la naturaleza.
Aquellas formas eran enormes, filamentosas, asexuadas, flotaban pasivamente,
como fantasmas gigantescos, sobre los océanos ardientes. Oscilaban,
se agrupaban en grandes e indefinidas colonias. Estas entidades no
eran humanas, pero en ellas entraron los que después serían
los seres humanos. Blavatsky nos dice que eran “sombras sin sentido”.
El fuego era su elemento, pues eran inconscientes del agua. Su reproducción
era fisión o por brotes.
Esta fue la Primera raza de nuestra cuarta ronda. La raza Polar. Fueron
llamados Los Padres, Los sin huesos, La raza de los dioses, Los autogenerados,
... Son el segundo Adán. Esta primera raza repitió la
Primera ronda.
Cuando estuvo maduro el tiempo, los Espíritus de la naturaleza
construyeron en torno a esas sombras unas especies de “conchas” rígidas
en el exterior. De tal manera que lo que en la Primera raza era externo,
ahora era interno. Así nació la segunda raza, que repitió
las circunstancias de la Segunda ronda.
La primera raza se fue fundiendo y convirtiéndose en lo que
a partir de ahora será la Segunda raza. La Hiperbórea.
Estos seres tenían un escaso sentido del goce o del dolor venido
desde afuera. Podían articular algunos sonidos débiles,
sonidos plenos, como las vocales. Inicialmente, no poseían
evidencias de sexo, como en la Primera raza. También eran seres
filamentosos, de contornos arbóreos y de formas inestables.
Fluctuaban, se deslizaban, ascendían, bajaban, en medio de
una naturaleza esplendorosa, juvenil, rebosante de gigantescos árboles
y helechos.
Sin embargo, poco a poco, la reproducción llegó a hacerse
imposible, pues la concha exterior se iba endureciendo más
y más, con lo cual ya no podían dividirse ni sus brotes
podían expandirse. Con el paso del tiempo, los pequeños
cuerpos eran expulsados a través de sus poros como si fueran
gotas de sudor, viscoso, opalino, que crecían y se endurecían
gradualmente. Por eso, a estas nuevas criaturas, se las llamó
“Los nacidos del sudor”. Con el curso del tiempo empezaron a aparecer
leves señales de sexualidad en algunos ejemplares, y los cuerpos
mostraban dentro de sí el esquema de los dos tipos de órganos
sexuales. Eran andróginos.
A partir de las formas “sudadas” por estos humanos, los Espíritus
de la naturaleza forjaron los mamíferos.
En esta raza, los Barhishads del globo D de la cadena lunar introdujeron
una gran cantidad de entidades atrasadas que sirvieron de guías
a los rezagados. Muchos de estos rezagados ingresarían posteriormente
en la primera subraza de la Tercera raza (la lemuriana), como su tipo
más bajo. Se les llaman los “Cabezas ovoides”.
La quinta, la sexta y la séptima subrazas de esta raza ya tenían
un aspecto humano, al menos más humano que las anteriores subrazas.
La última subraza fue la que erigió las estatuas de
la Isla de Pascua.
En nuestra tercera raza raíz (la lemuriana) se repitió
todo cuanto acaeció en la tercera ronda, fundamentalmente sus
dos aspectos más notables: la materialización de los
vehículos físicos y la división en sexos. La
división en sexos tuvo lugar a lo largo del Período
Secundario, en el mesozoico. Se pasó del inicial estado asexuado
y de la reproducción por el sudor, a la lenta división
de sexos, al estado ovíparo, y de ahí al estado vivíparo.
Cumplida esta fase, se hizo un notable y grandioso esfuerzo por consolidar
la nueva humanidad y colocarla definitivamente en el camino del avance
espiritual: durante la tercera raza tuvo lugar uno de los acontecimientos
más grandiosos que se ha producido en la historia de nuestro
globo: el descenso de los Señores de la Llama.
Esta hueste infundió la chispa de la mente, el fuego divino
de la mente en toda aquella humanidad primitiva. Despertaron así
la inteligencia en el amente ser humano.
Los Señores de la Llama no tomaron cuerpos lemurianos porque,
sencillamente, no podían. Construyeron cuerpos parecidos, más
idealizados, en materia totalmente distinta, pues no estaban sometidos
a la vejez.
Hacia la mitad de la vida de Lemuria un cambio climático acabó
con todos los restos de individuos de la Segunda raza que aún
quedaban.
En las subrazas tercera y cuarta algunos Barhishads encarnaron en
la Tierra. Moldearon formas de una belleza casi divina. Eran gigantescos.
Fueron llamados los Andróginos divinos. Bajo la guía
de estos reyes e instructores, estas subrazas construyeron poderosas
ciudades y enormes templos ciclópeos.
En la cuarta subraza por fin aparece la forma nítidamente humana.
Era una subraza de color negro, y descendían de los egos amarillos
y rosados venidos del globo B de la cadena lunar.
Las formas del globo A de la cadena lunar, de color anaranjado, se
negaron a entrar en las formas humanas, por considerarlas muy rudimentarias,
y tuvieron que ser ocupadas por otras mónadas de clase inferior
(entidades que emergían del reino animal). La consecuencia
fue que todo el adelanto que se había ido consiguiendo en el
proyecto de las rondas y las razas se perdió de golpe. Esas
formas cayeron en un atraso aún peor, hasta tal punto que llegaron
a cohabitar con formas animales. Blavatsky se refiere a este momento
de nuestra historia como “el pecado de los amentes”. De aquí
derivan los monos pitecoides. Con esos monos, los atlanteanos, en
la cuarta raza, renovarán, con plena responsabilidad esta vez,
el pecado contra la naturaleza. Y el resultado serán los monos
antropoides.
El karma del grupo anaranjado consistió en que fueron obligados
a encarnar en cuerpos aún más burdos y toscos. Se convirtieron
en una raza retrógrada, pero muy hábil. Continuamente
chocaban con el orden común, lo que les ocasionó gran
sufrimiento. Unos pocos de ellos, en la Atlántida, se convirtieron
en los Señores de la Faz Oscura. Incluso ejemplares de este
grupo de los anaranjados subsisten hoy en día. Son turbulentos,
agresivos, independientes y separativos. Leadbeater dice de ellos
que “deben ser puestos en la horma”.
Acabada la cuarta subraza, los Barhishads de los globos A, B y C de
la cadena lunar llegaron para ayudar al Manú en la fundación
de las subrazas quinta, sexta y séptima. En estas subrazas
los Barhishads funcionaron como reyes y altos iniciados. El aspecto
de los lemurianos fue cambiando: su único ojo central fue cediendo
paso a los dos ojos. También se fue retirando el ojo en la
parte central de la cabeza. La estatura de un lemuriano era gigantesca.
Algunos ejemplares medían cuatro metros y medio. Su fuerza
era prodigiosa, su capacidad para el trabajo físico, luchar,
correr, saltar estaba a años luz por encima de la nuestra.
En Lemuria existió la primera logia espiritual iniciática
de nuestro globo. Sin embargo, no fue concebida para los lemurianos
sino que se instituyó para ayudar a las entidades que vinieron
de Venus para ayudar directamente a la evolución de la Tierra.
A la raza lemuriana, le sucedió la poderosa raza atlante. La
mayoría de los habitantes de nuestro planeta siguen, hoy en
día, perteneciendo a esta raza.
Tras varias tentativas con la cuarta subraza de la raza lémur,
el Manú de la cuarta raza se decidió por fin por la
séptima subraza lemur. De este grupo salió la primera
subraza atlante, la subraza Ramoahal. Esta raza entró en la
existencia hace unos cuatro o cinco millones de años.
Durante la tercera subraza atlanteana, la Tolteca, tuvo lugar la degeneración,
la hechicería y la interrupción total de la conexión
con la Jerarquía del planeta. Al retirarse cualquier principio
espiritual, o meramente superior, de la vida de los habitantes de
esta subraza, la animalidad más inimaginable se afirmó
de forma generalizada. Finalmente, hace unos ochocientos mil años,
advino la primera y terrorífica catástrofe que desgarró
y sepultó bajo al mar a una gran parte de las tierras atlanteanas.
Seiscientos mil años después de la catástrofe,
fue necesaria una segunda pues la magia negra y la perversión
habían crecido hasta un nivel peligrosísimo. Posteriormente,
de la mano del emperador Oduarpa, Señor de la Faz Negra, renacieron
las artes oscuras. Las prácticas mágicas produjeron
una horripilante serie de seres deformes, aberrantes, monstruosos
y salvajes. Se materializaron también seres astrales, feroces
y crueles, llenos de lujuria. Finalmente, se entabló una gigantesca
guerra en la que participó el mismísimo Manú.
Oduarpa fue muerto, pero reencarnó de nuevo. Ante tanta maldad,
se promulgó la orden de destruir los territorios de la Atlántida.
Solo subsistió la isla de Poseidonis. Esto ocurrió en
el año 75.025 a. C. En el año 9.564 a.C. Poseidonis
era tragada para siempre por las aguas del mar.
Tras la siguiente subraza, la Turania, vino la quinta subraza, la
Semita, cuyos representantes actuales son los judíos. Inicialmente,
el Manú seleccionó esta subraza como el núcleo
del cual iba a surgir posteriormente la quinta raza, la Aria.
Finalmente, tras la subraza akkadiana, llegó la séptima
subraza, la mongólica. Esta es la última subraza atlateana
y está hoy en día en plena fuerza. De hecho, una gran
mayoría de habitantes de este planeta pertenecen a esta subraza.
A la raza atlanteana, le siguió la raza aria. Formidable civilización
creada por el Manú Vaivasvata. Esta raza todavía está
en su juventud, pero ya domina el mundo.
Si el punto central de un esquema planetario es la cuarta cadena,
la cuarta ronda, el cuarto globo, la cuarta raza y la cuarta subraza,
podemos decir que ya estamos saliendo del punto central para encaminarnos
hacia la ronda ascendente, puesto que estamos en la cuarta cadena,
cuarta ronda, cuarto globo, pero ya estamos en la quinta raza y quinta
subraza.
Retornamos hacia lo alto después de millones y millones de
años de descender hacia los globos físicos.
Según indicaciones de sabios y estudiosos ya están naciendo
individuos de la próxima sexta subraza.
Y pronto nacerá la sexta raza raíz, presidida por otro
Manú.
Juan Ramón González Ortiz