La conciencia búdica
Juan Ramón González Ortiz

REVISTA NIVEL 2

Antes de nada, hay que decir que la noción de plano búdico nos es del todo incomprensible ¡Cómo podríamos describir un lugar en el que operan seis dimensiones! Imaginemos una célula, un ser que solo vive en un universo de dos dimensiones. No podría entender, por más que lo intentara, el concepto de una tercera dimensión. Ahora, nosotros, seres de tres dimensiones, remontémonos a una existencia en la que los fenómenos se producen en seis dimensiones. Es algo inimaginable. A pesar de todo, los maestros de la Teosofía han hecho un esfuerzo inusitado por explicarnos algo (sin lugar a duda, una mínima parte) de lo que es la conciencia búdica.
Al llegar a este plano se experimenta, se percibe, de forma inequívoca y firme que todos los seres humanos son uno. Que la humanidad es una comunidad fraterna y espiritualmente unida. Pero esto no es mera teoría, ni tampoco una afirmación poética o literaria. No. Es una experiencia verdadera e innegable. Lo primero que todos los maestros destacan en el plano búdico es la conciencia de unidad. Es decir, que en el plano búdico no hay diferencia entre uno mismo y todos los demás. En este nivel desaparecen los aspectos que nos separan y nos enfrentan a los otros. La conciencia personal se extiende hasta constatar, pero no de manera teórica sino con toda claridad, que la propia conciencia incluye a la de todos los demás. Que la conciencia se extienda y abarque la conciencia de los demás significa que esta conciencia percibe, siente, sabe y conoce lo que está en las mentes y en los corazones ajenos como si esas ideas o pensamientos fueran suyos y propios. Este es el verdadero sentido de la palabra simpatía. Un ser que logre vivir en conciencia búdica no solo percibe a todos los seres como si fueran él mismo, sino que también percibe que todas las cosas, bienes y recursos que posee individualmente pertenecen por igual a los demás.
Krishnamurti expresó en cierta ocasión la sublime realidad de esta conciencia: “Había un hombre reparando la carretera, y yo era ese hombre. También era el pico que él sostenía, y la piedra misma que estaba rompiendo, y la tierna hoja de hierba era mi propio ser y también el árbol que estaba junto al hombre. Yo estaba en todas las cosas, o, más bien, todas las cosas estaban en mí. Tanto las animadas como las inanimadas”.
Solo un iniciado con este tipo de conciencia puede vivir la afirmación de que la separatividad es “la gran herejía”. Los demás podemos aproximarnos intelectual o afectivamente a esta idea, pero no la hemos vivido con la misma certeza que una persona que mora, aunque sea temporalmente, en la conciencia búdica. En los niveles superiores del plano astral principian muchas de las ideas del plano búdico, puesto que el plano astral es un reflejo disminuido del plano búdico. El plano búdico es preciso desarrollarlo a través de los dos planos intermedios, o sea, el mental y el causal, y, desde luego, es algo más que un plano astral glorificado y depurado de toda contaminación y turbulencia.
Que un ser humano se sienta unificado con el resto de la humanidad no quiere decir que sienta hacia el resto de los seres humanos el mismo amor que nosotros sentimos hacia nuestros más íntimos objetos de amor. De ninguna manera, esta persona ha desarrollado un amor que no tiene nada que ver con el nuestro. Es un amor del que no tenemos ninguna referencia actualmente.
En el plano búdico es imposible la separatividad, sin embargo el nivel máximo de unidad no se logra hasta llegar a la cima de las cimas, que es el plano átmico. Un ego que posea la conciencia búdica percibe que todo son reflejos de una única y real conciencia. Entonces comprende que “tú, yo y aquello es una y la misma cosa”. No se trata de reconocer la realidad de la divina conciencia en todo lo que nos rodea. Porque cuando un ego que no ha realizado la conciencia del plano búdico conoce a otro ego, reconoce en éste su matriz divina. Pero en el nivel búdico no hay ningún tipo de reconocimiento porque un ser humano de esta altura ES su conciencia búdica. Es decir, no se trata de que haga un ejercicio de comprensión para con el otro yo, sino que percibe sus móviles, y sus actitudes mentales, como si fueran suyos (aunque él no actúe nunca de forma idéntica). Por eso es imposible el orgullo personal, pues no hay sentimiento de poseer ideas o cualidades propias. Una persona así se da cuenta de que esas ideas y cualidades son comunes a toda la humanidad.
Unirse a todos los demás seres humanos implica también la unión con la conciencia de los criminales y de los seres más destructivos del mundo. Evidentemente, un iniciado de esta altura experimenta las angustias, el dolor, el horror y la ambición de estos seres. Es, por tanto, imposible, culpar a otro porque ya no hay diferencia con el otro. Incluso el asesino o el corruptor se perciben como parte de un mismo, de tal manera que el impulso primero es ayudarle y no castigarle o exponerle al odio general.
Nos podemos dar cuenta, entonces, de que cuando una persona se ha elevado al plano búdico, al unificarse con todos posee la experiencia de todos. Un ego así no huye del sufrimiento sino que continuamente, por doquier, recibe el impacto del dolor de la creación. Así como de su gloria. Llevado por su deseo de ayudar, esta persona arropará con su corazón y su conciencia a todas esas personas que sufren aliviando, un tanto, sus sufrimientos. El plano búdico permite conocer cualquier realidad desde el interior, y no desde el exterior como sucede con las dimensiones inferiores. Esto permite conocer a la vez desde adentro, desde fuera y desde todos los puntos de vista. Para un ser de este tipo todo lo interior del cuerpo está desnudo y expuesto. Por eso dicen los maestros que “se conoce desde dentro”, y se observa como si fuera parte de uno mismo. Este tipo de conocer exige una absoluta inexistencia de egoísmo. La más mínima partícula de egoísmo impide este proceso. Blavatsky nos recuerda que “Budi es el canal por el cual el conocimiento divino alcanza el Ego. También es conciencia divina y el alma espiritual, que es el vehículo del Alma”.
Si un iniciado así desease comprender por entero a otro ser humano, elevaría su conciencia al nivel búdico descubriendo la conciencia del otro, que forma parte de la suya propia. Entonces, esa persona, podría hacer que su propia vibración interior entrase en el deseado nivel de conciencia de la otra persona, y así vería y sentiría desde dentro lo que exactamente ve y percibe el otro.
Actuar así no supone una merma de la individualidad propia puesto que desaparece por entero la posibilidad de separatividad. Con respecto a su propia conciencia, el iniciado sigue con su conciencia personal, única, pero que también incluye dentro la de los demás. Todo esto es demasiado incomprensible para nosotros, que vivimos en un estado de separación permanente y en el enfrentamiento o, al menos, en el rechazo, si no en el desprecio, de muchos de los que nos rodean. Tal vez un esfuerzo de la intuición logre revelarnos la verdad que palpita en todas estas líneas. A los ojos de la conciencia búdica cualquier ser humano toma el aspecto de una entidad de la que brotan continuamente rayos de luz, a semejanza de una estrella. Por tanto, el ser humano no es algo cerrado, sino que irradia hacia los demás.
La energía de Budi es el PRANA, o Ki, o CHI, que entra por el chakra del corazón, que también representa el principio búdico. La energía búdica está naturalmente presente en los demás cuerpos. La energía de Budi se derrama sobre el mundo y toma el aspecto de una tela o red dorada que abarca personas, las cuales, a su vez, tienen su particular red de energía interna. Es decir, que existe una red extensísima de energía que reúne a todas las demás redes particulares de energía. De tal manera que, seamos o no conscientes, todos los seres humanos estamos reunidos y ligados por una tupida red de vida que, en su conjunto formaría un único ser humano. Y lo mismo, pero a una escala mucho mayor, podríamos decir de los planetas que conforman nuestra cadena solar. La infinita extensión de la conciencia búdica es tan grande que no está sujeta a las limitaciones físicas que taran la vida del ser humano. Así, en el nivel búdico es posible conocer simultáneamente pasado, presente, futuro. No solo eso, sino que si un iniciado deseara saber dónde está tal persona, no tendría ningún problema en hacerlo, tal es el grado de unidad absoluta con los demás seres humanos. De la misma forma que solo hay una humanidad, y un solo Amor, solo hay una única Belleza. Y desde la hierba más ínfima que resiste contra el viento huracanado como hasta la montaña más grandiosa que podamos ver en este planeta, todo es expresión y manifestación de la misma Belleza. Lo mismo podríamos decir de la Belleza que se ha manifestado con las palabras, los sonidos, los pinceles, …, sigue siendo la realización de una Belleza percibida remotamente por el corazón humano. La conciencia búdica será el campo de desarrollo de la sexta raza raíz, aunque ya en nuestra quinta subraza de la quinta raza están naciendo individuos con este estado de conciencia. Durante la sexta y séptima subrazas aún nacerán más. Las personas que nacen con esta conciencia no dudan entrabajar con los individuos de pensamientos más contrarios, estableciendo entre todos ellos una armonía y una unidad inquebrantables. Son capaces de amoldar y de deshacer las diferencias de carácter y de ideas que enfrentan a los seres humanos. Una vez que el grupo se ha constituido, son capaces de hacer que cada uno encuentre su lugar, su lugar característico, el que les es propio según su constitución interior, el lugar donde todos pueden rendir su plena potencialidad. Personalmente, no tengo ninguna duda que el sentimiento de unidad será uno de los sentimientos más fuertes y poderosos en el próximo futuro, en la misma medida en que ahora mismo el separatismo, el odio y la desunión constituyen una de las principales fuerzas de la humanidad.

 

Juan Ramón González Ortiz

 

 

 

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