Cómo conoció Blavatsky al coronel Olcott
por Juan Ramón González Ortiz
(gonzalezortiz2001@gmail.com)

 

revista nivel 2


Quien la palabra del Maestro anhele,
de Sus mandatos póngase en escucha.
Entre el fragor de la terrena lucha,
y la escondida Luz atento cele.
Sobre el inquieto y mundanal gentío,
del Maestro atisbe la señal más leve,
y oiga el susurro que Su voz eleve
del mundo entre el rugiente griterío.

Los estudiantes de Teosofía nos sentimos maravillados por la figura y la presencia de madame Blavatsky. De hecho, he conocido gente que rezaba a la fundadora de la teosofía, cosa que no sé si le hubiera hecho mucha gracia a la tan extraordinaria pionera del esoterismo cuando habitaba este despojo mortal.
No solo son sus escritos, inagotables fuentes de sabiduría como no hay otra en un nuestro planeta, o su vida, la más misteriosa que hay junto con la del maestro Jesús, sino sobre todo es su personalidad la que más nos asombra.
Cuando se habla de Blavatsky no hay palabras que puedan describir lo que ella fue y lo que ella significó para el mundo. Porque con Blavatsky todo cambió. Las palabras se quedan cortas. Muy cortas. Con Krishnamurti sucede también algo parecido, si bien en otro orden de cosas. Porque a diferencia de K., la vida de la maestra rusa fue un paroxismo de idas, venidas, viajes, hechos portentosos, escritos, artículos filosóficos, artículos sobre hermetismo y religión, cuentos literarios, la Biblia del esoterismo, … todo ello redactado deprisa y con mucha penuria, problemas judiciales, líos y denuncias, escándalos sociales, habladurías, …. Desde su infancia, su vida estuvo en peligro en distintas ocasiones, por ejemplo, fue gravemente herida en la batalla de Mentana mientras apoyaba la causa de Garibaldi en Italia. En un viaje de Alejandría a Grecia, el barco en el que viajaba explotó, y sobrevivieron solo 17 pasajeros de los 400 que estaban a bordo. En el momento de su bautismo, el sacerdote y otras personas sufrieron quemaduras, pero ella no. Cuando estaba en Constantinopla, se ganaba la vida montando caballos en carreras de obstáculos, y se cayó accidentalmente de uno de los caballos, sufriendo las consecuencias por el resto de su vida (parece ser que esta caída le ocasionó la “anteversión del útero”. Ella mismo dijo acerca de esta lesión: “No he podido nunca mantener relaciones con un hombre, porque me falta algo, y en su lugar tengo una especie de pepinillo retorcido”).
En fin, la vida de Blavatsky fue una verdadera revolución. Si no hubiera sido la persona que fue, solo hubiera valido para que muchos años después, una vez muerta, algún familiar dijera de ella en la cena de Nochebuena, “¿te acuerdas de esa abuela lejana que tuvimos, que era aristócrata rusa, y que se casó dos veces, y que dio cuatro veces la vuelta al mundo y que poseía poderes mentales?” De Blavatsky solo podríamos decir una cosa: que lo fue todo. Hablaba más de veinte idiomas, fue una consumada pianista (discípula de Moscheles, llegó a tocar con Clara Schumann), la mejor de las médium que ha habido, atravesó en un carromato el medio Oeste americano, naufragó frente a la costa griega, en Spetsai,…Quiero contar en este artículo, cómo se conocieron los dos fundadores de la Sociedad Teosófica (ST), para ofrecer una breve muestra, tan solo una partícula, de cómo era la personalidad de madame Blavatsky y en qué condiciones le tocó vivir, al menos durante la fundación de la ST.

Quiero dejar constancia de que en España tuvimos un gran seguidor, nuestro primer gran seguidor, de Blavatsky. Se trata de Mario Roso de Luna, autor de una extraordinaria biografía de Blavatsky: Una mártir del S. XIX: Helena Petrovna Blavatsky, fundadora de la Sociedad Teosófica. También conoció a Annie Besant, y tradujo numerosas obras de Blavatsky.
Empecemos con el coronel Olcott.
Vaya por delante, antes de nada, la opinión que Blavatsky tenía de Olcott, pues continuamente leo, por doquier, que las relaciones entre ambos eran tirantes o que, al menos, pasaron por muy malos momentos. Y eso no es cierto: “Olcott es sincero y completamente honesto. Él es incapaz de traición o de mentira traviesa... Su devoción a la sociedad no es igualada por nadie, ni siquiera cercanamente... podría buscarse en el mundo entero una y otra vez y no encontrar a alguien con más lealtad para sus amigos, más veracidad a sus palabras, o más devoto a la práctica real de la Teosofía... Unidos por lazos inquebrantables de trabajo en común, el trabajo del Maestro, teniendo confianza y lealtad mutua, y un sólo objetivo en vista, nos mantenemos o caemos juntos… ¿Están seguros de que podría existir algún otro líder más santo?” Olcott era Leo, nació en 1836. Bien pronto quiso dedicarse a la agricultura científica y racional y, a tal efecto, estableció una especie de explotación modelo cuyo rendimiento, y fama, se extendieron por todo el mundo. A los veintitrés años de edad, le fue ofrecido por el Gobierno de Grecia el cargo de Director de Agricultura Científica en Atenas, cargo que no aceptó pues él no quería trabajar para un país o un gobierno en particular sino para toda la humanidad. Su interés en la igualdad y en la abolición del monstruoso sistema de la esclavitud lo llevaron a alistarse en el ejército del Norte, al principio de la cruel Guerra de secesión, en 1861. Bien pronto, sus superiores conocieron la honradez y la total integridad de Olcott, por eso le asignaron la tarea de detectar fraudes en el suministro de armamento y munición. En reconocimiento de su dificultosísimo trabajo, fue recompensado con el ascenso a coronel y también fue nombrado Comisionado Especial del Departamento de Guerra, y todo esto antes de los treinta años. Después de la Guerra vino el desengaño, tanto en lo profesional (nunca llegó a ser un abogado estelar), como en lo material (sus finanzas eran, simplemente, modestas), como en lo familiar (el matrimonio, a pesar de tener cuatro hijos, no fue feliz y acabó en divorcio). Debido a la amargura de su situación y a su incierto futuro, Olcott volvió los ojos a lo espiritual. Y empezó por lo más llamativo, y por lo que más estaba de moda entonces, en aquellos años: el espiritismo. Ya de joven se había interesado por el mesmerismo, por la curación espiritual y por las manifestaciones espiritistas en casas abandonadas y lugares remotos y oscuros. Además, sabemos que se relacionó con círculos masones. De hecho, durante el ahorcamiento del activista abolicionista John Brown, Olcott fue señalado como espía, lo cual equivalía a una condena a muerte, salvándose de las sospechas y del castigo tras invocar su pertenencia a la masonería. En 1874, en un popular periódico dedicado a comentar hechos espiritistas, Banner of Ligh, Olcott leyó un curioso caso que estaba sucediendo por aquel entonces en una granja de Chittenden, en el estado de Vermont. Dado que Vermont estaba cerca del estado de Nueva York, donde vivía nuestro hombre, este hizo las maletas y se fue para allí. La familia Eddy al completo padecía una epidemia de manifestaciones psíquicas.




Los tres hijos (dos varones y una niña) así como la madre, levitaban sin más ni más. Los espíritus se aparecían allí como querían, golpeaban las mesas y se materializaban.
Uno de los hijos, William, rentabilizaba su don protagonizando sesiones a las que asistían los lugareños. Se introducía en un armario y desde allí forzaba la aparición de varios espíritus: tres mujeres piel roja, Honto, Aurora y Estrella Brillante, varios hombres muertos hacía poco, y dos niños muertos de una señora que siempre asistía al espectáculo. Algunas de estas apariciones hablaban, otras no decían nada, dos de estos espíritus luchaban entre ellos a espada.
A veces, William cedía el puesto a su hermano Horatio, que tenía un “espíritu guía” llamado George Dix. Este espíritu se reía del público asistente y contaba historias ridículas y de mal gusto. Horatio, en la oscuridad de la sala, traía desde el trasmundo a un conjunto entero de indios pieles rojas que tocaban una canción contemporánea de moda.
Cuando Olcott vio todo esto se quedó atónito, de una pieza. Especialmente, cuando en la fantasmagórica oscuridad un espíritu le besó con sus helados e invisibles labios.Siguió acudiendo más días y días, dispuesto a dilucidar si había algún engaño.
El 14 de octubre de 1874 una extraña señora, un tanto estrambótica, le estaba esperando. Era Blavatsky.
Estando en Londres, los maestros (tal vez Morya), le solicitaron a ella que acudiese a EE UU. La hermana de Blavatsky, Vera, escribe lo siguiente: “En junio [de 1873] ella se encontraba en París, donde había tratado de permanecer durante algún tiempo, cuando repentinamente recibió una carta –«una recomendación que no tenía el deseo ni la posibilidad de resistir», como ella nos explicó en su correspondencia– de uno de sus maestros del Lejano Oriente para que se dirigiera a América”.
La buena fortuna quiso que estando Blavatsky en Nueva York leyera los artículos que Olcott escribía puntualmente para el periódico Daily Graphic, también de Nueva York, que estaba muy interesado en esta historia.
De la misma manera que Olcott acudió a Chittenden debido a una crónica que había leído en un periódico, así también le sucedió a Blavatsky con el periódico para el que escribía nuestro coronel.
Desde luego, no había personalidades aparentemente tan opuestas que Blavatsky y el coronel Olcott. Blavatsky era una verdadera aristócrata.
Por parte de madre pertenecía a uno de los más altos linajes de Rusia. Mientras que Olcott era un hombre absolutamente vulgar en cuanto a sus orígenes.
La vida de Blavatsky a partir de este su segundo viaje a EE UU cambia radicalmente, pues hasta entonces había sido una vida de sobresaltos, llena de anécdotas excepcionales e inauditas: había trabajado importando plumas de avestruz, había dormido en el sarcófago que está en la cámara central de la Gran Pirámide, se relacionó con magos expertos en vudú en Nueva Orleans, incluso vivió siete años en el Tíbet (un oficial inglés recordaba haberla detenido en un puesto fronterizo),…
Cuando Blavatsky llegó a Nueva York no sabía muy bien hacia dónde tenía que tirar. Con mucho esfuerzo se mantenía cosiendo bolsos y monederos. Por lo menos hasta que llegó una pequeña herencia de su padre que la sacó del apuro.

Esta herencia ya la había consumido en el momento en que conoció a Olcott, fundamentalmente por una desgraciada inversión en una granja de gallinas. Todos los que la conocieron en aquel entonces destacan la fortísima sensación de poder y de autoridad que emanaba de ella. Su apariencia era muy chocante, y para colmo llegó a pesar más de cien kilos. Sus ojos eran lo más llamativo. Nunca sabremos exactamente de qué color eran, pues unos dicen que grises, otros que azulados, otros que gris azulado, otros que azul celeste,….
Cuando se encontró con Olcott por vez primera llevaba puesta la camisa roja de garibaldina. Fumaba sin parar, y los accesorios para el tabaco los llevaba dentro de una bolsa de piel de animal que le colgaba del cuello. Su pelo era rizado y fuerte era como el de una oveja de lana. Los dedos los tenía cubiertos de anillos, varios de ellos con piedras verdaderas. Alguien dijo que el conjunto total de su figura semejaba “un paquete, brillante y mal compuesto”.
El sexo le era totalmente indiferente y hablaba de él con la misma naturalidad con la que podía hablar de cualquier otro tema. Era un tanto ruidosa, le gustaba el humor vulgar, y no se molestaba por nada ni por nadie, aunque la atacasen o la criticasen directamente. Olcott, por el contrario, era perfectamente normal, incluso algo aburrido. Pero volvamos a la historia principal.
Una vez que conoció a nuestro coronel, en Chittenden, Blavatsky quiso también demostrar sus poderes y pidió disponer de una sesión para presentar sus habilidades de médium. Como no podía ser de otra manera, Blavatsky barrió a todos sus competidores: materializó a su tío, a dos siervos rusos, a un mercader persa y a un guerrero kurdo. Blavatsky quería demostrar además que el verdadero médium no permanece pasivo en manos de las fuerzas del más allá, sino que su conciencia siempre se muestra activa y es la que dirige el proceso.
Para Blavatsky, establecer contacto con los muertos era una simpleza sin ningún valor. Ella decía que lo importante era permanecer siempre en íntimo contacto con los Maestros.
Uno de los periodistas que asistía a las sesiones, Douglas Home acusó a Blavatsky, de fraude y engaño. Indiferente a todo, nuestra autora puso fin a sus demostraciones y abandonó Chittenden con Olcott, para acudir a Filadelfia donde había trascendido una serie de fenómenos espiritistas aún mayores. Concretamente, todo sucedía en la casa del matrimonio Nelson Holmes. Incluso en estas manifestaciones del más allá, estuvo implicado Robert Dale Owen, el hijo de Robert Owen, el utópico socialista y empresario reformista inglés. Precisamente, el hecho que Robert D. Owen fuera, presuntamente, estafado en el trascurso de una de las sesiones no hizo sino aumentar aún más el eco de estas materializaciones espiritistas.
Olcott se dedicó en cuerpo y alma a estudiar la verdad de aquellos sucesos y determinó que no había en ellos ningún engaño. Sin embargo, esto sucedió demasiado tarde para la señora Holmes, la médium, que tuvo que ser internada en un manicomio en el que murió poco después. Acabada la investigación, Olcott y Blavatsky retornaron juntos a Nueva York ya convertidos en verdaderos amigos. En “compinches”, que era la palabra que Olcott usaba para referirse a su amistad. Durante el viaje, el coronel inventó muchos motes para Blavatsky, pero solo sobrevivió uno: HPB.

La relación siempre fue totalmente asexual. Inicialmente, en Nueva York, vivían en pisos separados. El apartamento de Blavatsky debía de ser un verdadero monumento a la confusión y a la excentricidad: había un pájaro mecánico, una estatua dorada de Buda, alfombras por todas partes, lagartos disecados, montones de libros y papeles, …. Pero el culmen de todo, la guinda encima del pastel, era un enorme mandril disecado, puesto en pie, vestido con gafas, chaqueta, cuello de camisa y corbata. El simio, bajo el brazo, como si fuera un profesor que acude a una conferencia, portaba un ejemplar del Origen de las especies, de Darwin.
¿Acaso era una crítica a la ceguera de la ciencia materialista?, ¿acaso era la representación de que la distancia que hay entre el mono y el humano es la misma que media entre la ciencia y la verdadera Sabiduría?
Fue precisamente durante esta estancia en Nueva York cuando Blavatsky se casó por segunda vez, transformándose en bígama pues no estaba divorciada previamente de su primer marido. Los motivos de este segundo matrimonio son muy oscuros e incomprensibles. Blavatsky nunca daba razones de nada ¿Tal vez buscaba algo de bienestar económico y de seguridad? El caso es que se casó con el georgiano Michael Betanelly. Para colmo, Blavatsky se hirió en una pierna y la infección subsiguiente progresó rápidamente. El médico que se hizo cargo de nuestra autora no vio otra salida que la amputación. Blavatsky decidió tratarse a sí misma y se curó definitivamente aplicándose (que el lector me perdone) una cataplasma de “cachorro de perro”, tal y como recomendaba Francis Bacon en uno de sus libros. Tras la curación, se rompió el matrimonio de común acuerdo. Durante todo este tiempo, Blavatsky era una más del inmenso panorama de los médium y de los espiritistas que poblaban los EE UU de costa a costa. No fue fácil su lucha por darse a conocer pues el ambiente era de una competencia durísima. Blavatsky empezó publicando Isis sin velo. Olcott observaba cambios sorprendentes en la letra de Blavatsky, como si un maestro se apoderase su cuerpo para escribir, o como si realmente lo hubiese escrito ese maestro, mientras la escritora dormía. Blavatsky también recurrió a la“biblioteca pública astral” que le facilitaba todo tipo de obras, incluso las que estaban en bibliotecas y no se difundían (un caso de estos es el de cierto libro no editado cuyo manuscrito reposaba en la Biblioteca Vaticana, el propio bibliotecario llegó a escribirle a Blavatsky para preguntar cómo se lo había montado nuestra autora para poder consultar ese libro sin saberlo él).
Olcott, cuando llegaba al apartamento de nuestra autora rusa, la encontraba muchas veces con la mirada puesta en el espacio, como si leyera textos en el aire o como si buscara ahí las citas. Han sido muchos los que han querido comprobar la exactitud de esas citas y estas coinciden asombrosamente con las versiones impresas.
El 7 de septiembre de 1875, en el apartamento de Blavatsky estaban reunidas unas cuantas personas. Alguien estaba pronunciando una charla sobre el canon de la proporción en Egipto. Acabada la conferencia, se inició un animadísimo debate que muy pronto se centró en el espiritismo. Cuando la cosa estaba más viva y movida, el coronel Olcott se puso en pie, y comentó que todas aquellas ideas eran tan interesantes y tan importantes que todos los presentes debían de constituir una sociedad para estudiarlas. Todos votaron unánimemente a favor de la propuesta. Los miembros propusieron a Olcott como presidente y este propuso a Judge como secretario. El nombre definitivo se aplazó para la reunión del 13 de septiembre. No sabían qué nombre darle. Sonaron nombres del tipo Egipcia…., Hermética…., Rosacruz….. Finalmente, uno de los miembros hojeando un diccionario encontró la palabra “teosofía”, palabra que ya existía en los textos de los neoplatónicos, e incluso en el Renacimiento. La palabra les encantó a todos. Y así, ese 13 de septiembre de 1875, nació, de esta humilde, modesta y bella manera, la Sociedad Teosófica.

 

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