| Sobre
la creación literaria y las novelas Lo más maravilloso de escribir, como de todas las actividades creativas, es que sea un acto totalmente espontáneo y libre. Escribir no es una obligación, es el resultado de un estado de euforia, y en otras ocasiones la necesidad de expresar los malos momentos por los que hemos pasado a lo largo de la vida. En muchas ocasiones una novela comienza con una simple idea, que puede surgir mientras se pasea o incluso mientras se lee un texto. Hay veces que nos llega esa sugerencia, y, como mucho, la apuntamos en algún papel que ni recordamos dónde lo hemos guardado. Pero si hace ya varios años que no hemos escrito una historia, o si es nuestra primera aventura literaria, surge la imperiosa necesidad de desarrollar esa idea. Expresado así parece extraño que una simple idea genere trescientas páginas de texto… Está claro que no todos los pensamientos pueden engendrar gran multitud de frases… si el creador no dispone dentro de su mente de suficiente material imaginario. Ideas fecundas pueden ser, por ejemplo, la relación del microcosmos con el macrocosmos, el contacto de unos astronautas con un planeta etérico, la lucha entre magos blancos y magos negros, un viaje en el tiempo, la reencarnación… Normalmente, el segundo paso es la creación de un personaje que habla en tercera persona, pero que en realidad es uno mismo y su entorno. Y entonces empieza el momento mágico de creación literaria. La página está en blanco, hay un instante de duda o de espera y por fin el escritor, podríamos llamarle también el creador, inicia su canto de creación… dando nombre a su primer protagonista: Mario tenía siete años, era un niño travieso… En este caso, el material mental va a ser extraído de alguna experiencia del propio escritor, incluida alguna escena que se desarrolle tal y como le habría gustado que hubiese ocurrido en su infancia. Muchos
días jugaba con su vecina, Marta. Apenas era consciente de
que su corazón se alegraba con la compañía de
la niña. En uno de los capítulos iniciales ya tiene que hacer referencia a lo mágico… por ejemplo... no se daban cuenta de que alguien les estaba observando, era el propio Mario que había viajado desde el futuro para contemplar su propia niñez. Este pequeño truco suscita en el lector la clave para que, lo que podría haber sido una simple novela, tenga la magia de viajes en el tiempo. Luego, todo se va desarrollando más o menos afortunadamente. Hay creadores literarios que son unos fenómenos y llevan en volandas al lector, y otros, los aficionados, apenas somos capaces de que alguien termine de leer nuestra novela. Pero… lo verdaderamente importante es que el escritor se sienta feliz desplegando sus propias ideas, otorgando a los personajes sus propias palabras, que han sido dictadas por antiguos y vividos momentos de tristeza, alegría, sabiduría, estupidez, amor, odio etc. Conforme el escritor de una novela va desgranando los personajes, se da cuenta de que él es quien impone el karma hasta el final. Un protagonista no puede hacer tal o cual cosa, si el autor desea mantener las riendas de un destino final. Si justa o injustamente se le imponen a alguien unos hechos muy lamentables, tal vez ese protagonista no pueda resurgir de sus cenizas. Por lo tanto, las dosis de bien y de mal tienen que estar medidas, pues de lo contrario, la novela no sería creíble. En muchas ocasiones el novelista termina un capítulo, sabe cuál será el final del libro, pero se queda en blanco… y no encuentra el siguiente paso a dar. No debe preocuparse. Después de un pequeño paseo, incluso a veces cuando se despierta por la mañana, se le ocurre el siguiente capítulo. Los pasos, los capítulos van surgiendo por sí mismos, como una consecuencia natural del origen y del objetivo final. Si el escritor de la novela tiene la osadía de escribir sobre una época que no conoce, tiene que procurar no hablar de sitios o edificios en concreto. Si lo hace, ya puede invertir varias horas, incluso días de investigación para afirmar algo en su novela y que esté de acuerdo con la realidad. Puede indicar que el protagonista estuvo internado en un hospital del siglo XVII, pero si se le ocurre hacer referencia a uno en concreto que existe actualmente, ya puede empezar a dilucidar el año de la construcción, si se quemó o no… entonces, de escribir una novela por placer, se convierte en un pequeño suplicio… Hay veces que el placer de escribir regala algún premio excepcional. En ocasiones el escritor de una novela llega a contemplar el conjunto de sus personajes y su entorno como un mundo en el que él mismo como creador no está en ningún sitio en concreto y en todos a la vez. De una forma humana se llega a entender la antigua frase: Todo en Todo. Es por un breve segundo, pero el creador se da cuenta de que sin estar, él está en cada partícula de su mundo imaginado, y los protagonistas de ese mundo no saben nada de él. Para
comenzar a escribir no es necesario ser un experto, sólo hay
que tener la ilusión de expresarse a través de sus propios
hijos literarios… Dicho de otra forma, escribir una novela es un acto,
libre y bello, de creación mágica.
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