La
teoría de las crisis (I)
por Juan Ramón González Ortiz

No
hace falta ni siquiera salir a la calle para percibir el decisivo
momento histórico al que estamos asistiendo. La palabra “crisis”
se repite una y otra vez cuando se intenta describir la actual situación.
Por doquier recibimos el impacto de quienes proclaman la crisis sanitaria,
la crisis financiera, la crisis de producción, la crisis social,
la crisis económica, la crisis democrática, la crisis
migratoria, ….
Ahora bien, ¿qué es una crisis?
Una crisis no es un problema, ni siquiera un problema muy grande.
Un problema no plantea un cambio. Un problema es algo que plantea
una solución. Eso es todo. Sin embargo, la crisis es el momentode
tensión en el que aparece la necesidad de un cambio total,
absoluto, radical. La crisis no se puede ignorar. Nadie puede obviar
la realidad de la crisis del COVID- 19. Un problema, sí que
se puede orillar, e incluso pasar por alto. Pero la crisis no.
Podríamos decir también que un cúmulo de problemas
sin resolver desembocan, inevitablemente, en una crisis.
En el momento en que estalla la crisis, todas las limitaciones que
nos rodean (un sistema económico injusto, un sistema sanitario
caótico, un sistema industrial colapsado y un sistema democrático
demencial) actúan como un muro defensor frente al ímpetu
de la crisis. Lo estamos viendo ahora mismo, en esta crisis provocada
por el COVID- 19, la gente, y los gobiernos se aferran a lo pasado,
a lo que ya está derrotado, a lo que ya es caduco, como única
manera de capear el temporal. Y esto es un error. El peor de los errores,
porque la crisis contiene en sí misma una profunda revelación,
y hay que contar con ella si se quiere proseguir hacia delante.
Si nuestros actos miran hacia el separatismo, hacia el ego y hacia
valores fraudulentos, la derrota es segura. Una crisis es un momento
de desafío supremo.
Todas las crisis que ha enfrentado la humanidad, tanto de forma individual
como colectiva, han sido crisis provocadas por los obstáculos
que la propia humanidad fue dejando a sus espaldas a lo largo de su
pasado, y que ahora estrangulan todo crecimiento del alma.
Hay tres leyes que son fundamentales en el avance de la humanidad:
1. Ley del Progreso, que se manifiesta en la marcha hacia la transmutación.
2. Ley de la Unidad, que se manifiesta en la búsqueda de la
inclusividad y en el sacrificio del propio interés.
3. Ley de la Inofensividad, que se manifiesta como derecho a vivir
por parte de todo ser humano, sin convertirse uno en obstáculo
para el desarrollo y expansión de cualquier persona.
Cuando estas leyes son transgredidas sin cesar durante ciclos y ciclos
históricos, se crean elementos que cortan todos los puentes
hacia el florecimiento de la divinidad que hay en nosotros.
Toda crisis tiene tres aspectos:
• La crisis nos deja desamparados y en un estado de total indefensión,
por eso nos recuerda nuestra divinidad. Es decir, que la crisis nos
despierta.
• La crisis nos revela la clave de nuestro tiempo presente y de nuestro
pasado. Es decir, que nos da el estímulo y el impulso para
superar el tremendo momento histórico que estemos viviendo.
• La crisis nos permite conectar con una energía ilimitada
que aprovisiona nuestro espíritu y que nos trae a la mente
el esquema de nuevas formas. Es decir, que la crisis nos lleva más
allá, hacia el camino de la Unidad. Porque, en un universo
regido por el segundo rayo, la Ley de la Unidad tal vez sea la ley
más importante en el Cosmos, desde este punto de vista, el
separatismo es la máxima infracción y locura contra
el Corazón del Cosmos.
Una
vez que se desencadena la crisis solo hay dos comportamientos posibles:
La
respuesta.
La reacción.
Responder significa cooperar y unirse, sumergirse en esa conciencia
nueva que entra con la crisis.
Reaccionar es oponerse, rechazar frontalmente la crisis, friccionando
contra ella. La reacción crea situaciones terribles que pueden
llegar a provocar la destrucción de la sociedad, e incluso
del planeta.
Lamentablemente, podemos compro- bar que, con motivo de esta nueva
crisis, la reacción es la forma, la única forma, que
plantean los gobiernos y la sociedad.
El Cosmos destruye muchas veces, sin que en ello haya nada malo. A
veces esa destrucción puede llegar a ser violentí- sima.
Nuestro planeta Tierra ha pasado numerosas veces por extinciones en
las cuales la vida ha estado al borde de su desaparición. En
la Gran Extinción del Pérmico desaparecieron el 95 %
de las especies marinas y el 70 % de las especies de vertebrados terrestres.
Pero, a pesar de tanta severidad, el propósito de las grandes
crisis no es otro que el de hacernos volver al corazón místico
de nuestro Ser y que nos empeñemos en la reunificación
con el Espíritu y con el Cosmos.
Las crisis nos ponen en situación de verdadero peligro para
despertarnos del momento antinatural en el que vivimos y que así
podamos suprimir todos los obstáculos. Las crisis nos fuerzan
a eliminar lo viejo, lo gastado, lo obsoleto.
Al ponernos en situación de peligro, la crisis nos proporciona
un punto de anclaje con respecto a nuestro devenir personal, porque
vivimos en la superficie de la historia, nos dejamos vivir y nos dejamos
arrastrar por los acontecimientos y los hechos. Y así, como
en el interior de una neblina densa, van pasando años y años
de nuestra vida…. Hasta que, de repente, la crisis nos obliga a tomar
conciencia de la situación en la que vivimos. Si nos imaginásemos
que para las crisis hubiese una tabla, semejante a la que mide la
intensidad de los terremotos o la dureza de los minerales, que oscilase
desde 0 hasta 5,5, las crisis sanitarias, en su conjunto, ocuparían
un nivel de 3,5. A causa de que la mayoría reaccionamos, en
vez de responder, la crisis sanitaria puede exacerbarse aún
más, afectando a los órganos sexuales, al corazón,
… Pero si la energía de la respuesta fuese la que prevaleciese,
entonces se descubrirían nuevos métodos de sanación.
Una crisis de 5,5 sería una catástrofe tan honda que
la Tierra quedaría vacía y desierta, sin vida de ningún
tipo, idéntica a lo que hoy en día es la Luna. Como
vemos, no hay otra alternativa posible que absorber la tensión
que generan las crisis. A veces, una crisis surgida del mismísimo
Corazón de nuestra galaxia no afecta gran cosa a la humanidad
de nuestro planeta, pero sí que podría afectar de forma
importan- tísima a los animales, o a ciertos animales, y a
ciertas plantas, o a la totalidad de los reinos animales y vegetales,
y minerales.
Konstantin Razumov
Maternidad (Impresionismo ruso)
Una señal inequívoca de que la humanidad no está
encarando la crisis desde el punto de vista de la respuesta es el
decaimiento de la vida moral y el desastre en las formas artísticas,
que ya no buscan la belleza sino más bien al contrario. Las
crisis también nos afectan de manera individual y particular.
Todos nuestros viejos esquemas, nuestras ideologías personales
(de izquierdas, de derechas, religiosas, materialistas, ateas, …)
sufren el golpe de la conmoción, porque la crisis llega hasta
el centro mismo del plano mental y allí nos obliga a percibir
que lo que creíamos que eran nuestros ideales no son sino prejuicios,
ideas llenas de vanidad, de ego y de soberbia. La lucha entre la persona
y el impacto de la crisis en sus ideas personales es tan fuerte que
muchas veces se percibe como malestar, inquietud, desazón,
bipolaridad e incluso depresión. Las antiguas formas de pensamientos
o son destruidas de inmediato, o bien, en caso de que resistan y luchen,
se produce una agonía y una inestabilidad interminables. Las
crisis también provocan alteraciones en el cuerpo etérico
y sus centros, y todo lo que afecta al cuerpo etérico arrastra
también al cuerpo físico. Si no se logra el reajuste
frente a la presión de la energía de la crisis, se pueden
generar en el cuerpo problemas extraños y erráticos
que la ciencia no puede tratar satisfactoriamente. También
hay que aclarar que, en la vida de muchos seres humanos, con independencia
de que a estos les alcancenlas crisis exteriores de las que hablamos,
llega un momento en el que se produce la llamada crisis del discipulado.
Esta crisis es totalmente interior y mística. Consiste en que
el ser humano, tras considerar su vida mundana como un fracaso y un
desgaste, vuelve su rostro hacia la Torre de Marfil como punto señero
y como única orientación de su vida. A partir de aquí,
se va produciendo un cambio sustancial en todo. A su vez, este cambio,
acarrea crisis en su ambiente social, familiar, y laboral, pues puede
ser que, en su trabajo, o en su familia, esta persona haya sido distinguida
con importantes beneficios o inversiones.
Orientarse hacia la Torre de Marfil siempre provoca fuertes fricciones
y borrascas. Pero esto es inevitable, pues el que elige el camino
del discipulado tiene en la vida un propósito del todo diferente
al que tienen los demás, sus valores no concuerdan con los
valores mundanos y, además, sus ideas casi siempre contradicen
las de los demás. Iniciar el camino del discipulado exige pagar
un alto precio. Gran parte de la agitación y de la inseguridad
que zarandean nuestro mundo, está provocada, precisamente,
por la acción de estas personas que buscan el camino del discipulado,
o que ya habitan en él. Cada vez en mayor número, estos
aspirantes, y discípulos, ahondando en la crisis, lo destruyen
todo: el espejismo progresista y el espejismo conservador, el espejismo
de los religioso y de lo antirreligioso, el espejismo de ciertas formas
de educación,el espejismo de la inercia y de la hipersensibilidad,
todos los espejismos provocados por la vanidad, y, sobre todo, el
criminal espejismo separatista. Y así aumentan la intensidad
de la crisis. Podríamos decir que la tremenda presión
introducida por los grupos de discípulos y por los grupos en
la periferia del discipulado, es uno de los factores que más
contribuye a aumentar la tensión de la crisis.
El
camino que va hacia la plenitud de la Conciencia no es más
que un camino lleno de crisis (cada vez más profundas) y de
victorias sobre las crisis.
La victoria sobre la limitación de la crisis nos abre la puerta
a una crisis subsiguiente. Porque a cada expansión de la conciencia
sucede un desplazamiento contra el plano en el que se vive, a la vez
que se produce una atracción magnética hacia el plano
superior.
Evidentemente, puesto que no estamos solos in hac lacrimarum vallis,
junto con la conmoción de la crisis surgen por doquier las
personas que nos muestran cómo aprovechar las crisis, cómo
tener confianza y cómo lograr que las crisis nos transformen
de seres simplemente humanos en seres universales.
El secreto de la crisis es la cooperación. Como no queremos
cooperar, porque en el fondo no queremos cambiar, nos hemos puesto
todos de acuerdo para elegir a un líder que cambie la sociedad
y la estructura de todo, pero sin tener que cambiar nosotros, lo cual
es imposible. A esto le llamamos democracia.
La cooperación no es solo de seres con seres sino que es un
esfuerzo de seres con fuerzas. Cooperación es una relación
que hace posible que lleve a cabo un plan y que se cumpla un designio.
La cooperación es necesaria cuando surge un desafío
y camina siempre hacia la unidad. Y si en cualquier momento prepondera
uno de los elementos, enseguida se autocorrige para restablecer de
nuevo la unidad y la igualdad de todas sus partes. Cooperación
y armonía se relacionan íntimamente. La falta de cooperación
implica la desarmonía más total. La enfermedad es una
falta de cooperación, y por tanto de armonía, de las
diversas partes del cuerpo entre sí y con el todo. Todas las
enfermedades introducen desarmonía y falta de relación
con el organismo. El cáncer introduce rivalidad y sepulta la
exigencia de cooperación.
El cáncer tiene un comportamiento muy semejante al que tienen
los organismos nacionalistas y separatistas, introduciendo el odio
en la estructura de los países, y órganos.
Y lo mismo diríamos de cualquier trastorno psicológico
y social.
Ahora bien, cooperar exige un propósito, una meta. Si no, no
tiene sentido cooperar ¿Cuál es nuestra meta?, ¿cuál
es el fin hacia el que deberíamos de tender? ¿En verdad
cooperamos con las fuerzas de la luz, o simplemente todo esto es para
nosotros una aventura espiritual?
Cooperar implica siempre dos dimensiones: cooperar con la dimensión
jerárquica vertical a la que pertenecemos y en la que nosotros
no somos sino simples peones, y cooperar con nuestoa plano vital horizontal,
es decir, con la Naturaleza. Cuando educamos a los jóvenes
en la necesidad de ser personalidades triunfadoras les estamos metiendo
en el alma el principio de la división, del separatismo y de
la negación de la cooperación. Ese es el principio del
cáncer. Toda nuestra moderna educación se basa en asegurar
siempre que prevalezcan los más capaces, los más inteligentes,
los más ricos, los mejor informados, y los que tienen más
recursos. La gente no comprende que somos una unidad. Es como si en
un cuerpo humano muy enfermo, el bazo, o el riñón quisieran
salvarse solos, por su cuenta, sin contar para nada con los demás
órganos y sistemas a los que pertenecen. O como si los dedos
quisieran independizarse de la mano. Y la mano del brazo.
La cooperación horizontal, la que tiene lugar en nuestro plano,
es siempre con la naturaleza, que es algo a nuestro nivel.
Pero la cooperación vertical, se efectúa por tracción
directa de la Jerarquía que está sobre nosotros. Igual
que nosotros inspiramos a todos los seres que están por debajo.
Existe toda una cadena de maestros, discípulos y aspirantes
que van tirando de nosotros. La Jerarquía tiene muchos antakaranas
y sistemas de comunicaciones para mantener vivo el avance.
Nunca
olvidemos que el destino de cada uno de los planos y reinos del planeta
Tierra viene determinado por el grado de respuesta o de reacción
con respecto a la crisis que experimentan. Esto es válido para
todos los reinos y sus jerarquías. Las conmociones tienen diferente
valor en cada plano. Es posible que haya energías críticas
que solo se perciban intensamente en determinado plano, por ejemplo,
en el plano causal o intuitivo. Entonces, aunque parezca mentira,
las energías entrantes van menguando a medida que atraviesan
los restantes planos de la realidad, de tal manera que cuando lleguen
al plano físico ya estén notablemente disminuidas.
A
nivel estrictamente personal, el ser humano tiene tres grandes crisis
en su vida:
• La crisis de la individualización.
• La crisis de la reorientación
• La crisis de la iniciación.
•
Las crisis de origen cósmico
Las crisis no solo están provocadas por acumulaciones kármicas
de problemas y de decisiones anteriores, sino que también existen
crisis generadas a partir del mismo Corazón Místico
del sistema cósmico. De forma intencionada, planificada y cíclica,
el Corazón Cósmico pone en marcha una serie de cambios,
que afectan desde el último átomo hasta la galaxia más
gigantesca que podamos concebir.
El
origen de estas cíclicas crisis pertenece a la sabiduría
del Corazón central. Nuestro zodíaco recibe una onda
de conmoción cada 25.000 o 26.000 años. Esta conmoción
es transmitida desde el Corazón Místico del Cosmos al
Corazón del Sol y desde aquí nos llega a nosotros. De
nuevo tenemos dos posibilidades: o nos alineamos con la crisis, absorbiéndola
y asimilándola, o reaccionamos frente a ella, provocando fricción
y creando desastres en todos los reinos. Hay conmociones que ocurren
cada tres billones ciento diez mil cuatrocientos millones de años
(sí, querido lector, has leído bien: cada tres billones
de años), otras cada ocho mil seiscientos cuarenta millones
de años, otras cada doscientos cincuenta mil años, otras
cada veinticinco mil años, otras cada treinta años,
otras cada once años, otras cada tres años. Por motivos
que desconocemos, cada tres billones de años, o cada 8 mil
millones de años, el Corazón de nuestro Cosmos produce
una ola gigantesca que entra en el espacio como si fuera el oleaje
de una marea. Esta ola impacta contra todos los cuerpos que para nosotros
constituyen lo que llamamos “el espacio”. Las conmociones zodiacales
se producen cada doscientos cincuenta mil años, y también
cada treinta años. Las conmociones procedentes del Sol se producen
cada once años, y todos los días en el amanecer. Simultáneamente,
existen conmociones procedentes de Shamballa cada ciclo de veinticinco
años, o cada vez que sea preciso para el bien de la humanidad.
Los Grandes Iniciados reciben estas conmociones, y responden a ellas
diariamente.
Salvo en casos muy excepcionales, la energía de estas crisis
no llega a nosotros ni en toda su fuerza, ni en su total pureza. La
intensidad de estas conmociones es peligrosísima y además
podría ser usada en toda su potencia para fines destructivos.
Por eso existen mecanismos reductores. La contaminación existente
alrededor del planeta también actúa como mecanismo que
modifica la pureza, las altas frecuencias y el alto voltaje de las
ondas provenientes del Corazón Cósmico. Quienes respondan
a estas conmociones expandirán sus almas, se purificará
su naturaleza física, emocional y mental, y tomarán
una iniciación. Quienes reaccionen, padecerán trastornos
e inducirán conflictos sociales. En el instante de la crisis
comprendemos la realidad de nuestros dos aspectos interiores. Uno
es el aspecto divino, el otro es “su mecanismo”. Esta simple revelación,
de la que todos hemos oído hablar y de la cual hemos leído
muchas cosas, hasta que no la vivimos es irreal para nosotros. Y esa
vivencia completa tiene lugar durante la crisis. Esta revelación
interior es una verdadera conmoción, una verdadera crisis.
Por eso se dice que nosotros somos los que creamos las crisis. La
crisis nos muestra la realidad de lo que es. Tal vez pensemos de nosotros
mismos que somos los mejores seres humanos sobre el planeta, o que
somos muy puros, muy amigables, honestos y servidores. Pero cuando
viene la crisis contemplamos cómo todo esto se derrumba y entonces
adquirimos la verdadera dimensión de lo que somos.
Una crisis es una batalla cuya finalidad no es dar muerte a nadie
sino más bien producir Belleza, Libertad, Amor, Justicia y
Gozo.
Imaginémonos una amplia espiral cada una de cuyas vueltas es
muy amplia. En el momento en el que esa espiral ya se eleva para entrar
en el nivel superior, en ese momento, sucede la crisis.
• La séptima espiral, la inferior, la que se mueve a ras del
suelo, se centra en superar el “ojo por ojo”.
• La sexta espiral, es el campo de ejercitación de la cooperación,
del mutuo sacrificio y de la mutua confianza.
• La quinta espiral, es el terreno en el que aprendemos a ejercitar
la tolerancia, la conciencia del grupo, la comprensión y el
permanente sentimiento de gozo.
• La cuarta espiral ya nos abre el camino de revelaciones superiores:
es el terreno en el que conocemos el Plan y cooperamos en establecer
es Plan en la Tierra.
• La tercera espiral, es el terreno en el que aprendemos a cooperar
con todos los reinos de la naturaleza y encontramos el camino para
retornar al Hogar Supremo.
• La segunda espiral, acarrea el ingreso en dimensiones muy superiores.
• La primera espiral, expresa el destino último de toda la
humanidad.
En la actualidad de nuestra crisis, los dirigentes y líderes
permanecen anclados en campos en los que se ejercita el combate más
primario y elemental que hay: resolviendo el problema de la crisis
con respuestas de hace cientos de años.
La victoria solo podrá obtenerse:
• Por la meditación
• Por el control de los deseos y de los impulsos.
• Eliminando de nuestra naturaleza el separatismo, los celos, el odio,
la vanidad, la venganza y el temor (en el fondo, todas estas son manifestaciones
del ego).
• Auto observándonos sin cesar.
• Preguntándonos continuamente: ¿qué estoy haciendo?,
¿cuál es el fin de mi vida?, ¿estoy ahora mismo
dormido o despierto? Nadie podrá ganar la batalla externa si
primero yo no gano en mi batalla interna.