Cuatro
modos de orar
Por Juan Ramón González Ortiz

Van pasado los años, y a un año le sucede otro aún
peor, el tiempo parece que se acelera y las fuerzas me abandonan…
Me gustaría ser un martín pescador para volar libre
sobre la flor de la s olas… Pero, ¡ay!, esto no puede ser, y
lo único que cabe hacer es contemplar cómo somos llevados
hacia la desembocadura de nuestras vidas, en la playa del silencio.
Antaño era capaz de improvisar una definición sobre
cualquier concepto filosófico que me propusiesen. Ahora soy
absolutamente incapaz de hacer eso mismo. Me he vuelto bastante tonto.
Y lento. Empiezo a pensar y de repente me cercan los escollos y las
olas del mar embravecido de las digresiones. Y al final guardo silencio
incapaz de poder dar una definición universal que contente
a todos, incluido yo mismo, y que lo contenga todo.
Hace poco me pasó esto mismo que os cuento con la palabra “oración”.
Un practicante de “mindfulness” me pidió una definición
de oración. Rápidamente, me di cuenta de que eso superaba
mis posibilidades. Tras pensar en silencio un rato, me declaré
vencido y confesé mi incapacidad, ante el asombro de la otra
parte que ya tenía varias definiciones a punto en la punta
de la lengua.
¿Qué es rezar?
¿Quién me lo puede decir?
¿Lo que yo hago es rezar?, ¿o es oírme a mí
mismo cómo me devano?
¿Solo hay una manera de rezar?, ¿o hay tantas como seres
humanos?
¿La oración tiene que acarrear sensaciones, pensamientos
y emociones?
¿La oración tiene que desarrollar contenidos?
¿MI oración y la de Santa Teresa de Jesús, tienen
algo en común?
¿Qué es lo más importante de la oración?,
¿acaso las palabras, la mente, el cuerpo, la contemplación,
…?
En fin, si yo tuviera que seleccionar una definición de oración,
me quedaría con una de la santa de Ávila, Santa Teresa
de Jesús: “la oración es una mirada sencilla lanzada
al cielo”.
Propongo
ahora cuatro formas diferentes de orar que son practicadas por el
cristianismo oriental, la hesequía, verdadero tesoro de mística
y transformación.
Orar
como un pescador
Según la hesequía, una forma de orar consiste en orar
en un profundo silencio con una carencia total de objetivos
“Un hermano llegó donde estaba el anciano Moisés. Tenía
gran deseo de hablar con él. Pero el anciano no le dejó
hablar nada. Se limitó a decirle: “Vuelve por donde has venido.
Ve y siéntate en tu celda, y tu celda te enseñará
todo”.
Para los Santos Padres, sentarse solo y en silencio en la celda es
una actividad importantísima: “No necesitas hacer nada piadoso.
Ni orar. Ni ayunar. Quédate en la celda y no permitas que
tu cuerpo salga de allí. Lo importante es que no huyas. Sopórtate
a ti mismo ante Dios tal y como eres”.
“Siéntate media hora, no tomes ningún libro. Ni siquiera
la Biblia. No medites. No repitas mentalmente ningún versículo
ni determinada palabra. Tu tarea es simplemente sentarte ante Dios,
y observar lo que pasa, exactamente igual que los pescadores cuando
esperan a que el agua a su alrededor se calme para poder ver, a través
de las aguas claras, cómo suben los peces”.
Orar como una montaña
“Siéntate. Siéntate como una montaña, con la
solidez imperturbable de una cadena montañosa. Eres piedra.
Eres enorme. Enorme y pesado. Inconmovible. Imperturbable. No te
afectan los siglos ni las actividades de los humanos, ni mucho menos
los pensamientos. No existen los pensamientos. No existe la mente.
Solo la solidez y la grandeza. Eres como el monte Sinaí. Cuando
todo tú seas una montaña de roca, Dios podrá
construir su templo en ti”.
Orar
como una amapola
“Gira hacia el sol, hacia la luz. Desde lo más profundo que
hay en ti, vuélvete hacia la luz. Haz de ello el mayor deseo
de tu cuerpo de amapola, de tu carne de amapola, de tu savia. Estás
clavado en el suelo, como una humilde florecita, pero puedes volverte
hacia la luz divina de lo alto. No te hacen falta ojos, ni manos,
ni pensamiento. No puedes actuar. No tienes corazón, ni mente,
ni nervios ni pulmones. Tan solo eres savia y aspiración. Haz
que ese volverse hacia la luz sea la aspiración de toda tu
savia, que te da la vida. Recibe la bendición del silencio
y de la luz que te envía no el sol físico del cielo,
sino el sol central espiritual”.
Orar
como un océano
“Las olas van y vienen en la superficie de los mares, pero las praderas
submarinas están en quietud. En ellas no hay movimiento alguno.
Como las olas, los pensamientos se atropellan y su espuma nos asfixia.
Pero en el fondo del mar todo sigue inmóvil. La existencia
es este océano angustioso, poblado de olas enormes. Mira ahora
cómo desde las profundidades todo está siempre en paz,
aunque la superficie se agite amenazadoramente. Ánclate en
el fondo de la llanura, quieta y vacía, mientras contemplas
las innumerables olas que se suceden unas a otras. Junto a ti están
la luz, el silencio y la paz profunda. Experimenta esa paz profunda
e inconmovible como el verdadero espíritu de Dios”.
Juan
Ramón González Ortiz