| Lo
que la neurociencia ha descubierto sobre el dolor crónico
Lo que pretendemos con este artículo es hacernos eco del cambio de paradigma o enfoque que suponen los últimos avances en las neurociencias y que, desgraciadamente, todavía no han llegado a ser aceptados por muchos profesionales y, por consiguiente, no han alcanzado al gran público. En
efecto, nos referimos en concreto a los pacientes aquejados del denominado
dolor crónico, con el consiguiente perjuicio individual y social
que ello conlleva. En concreto, para entendernos, el dolor crónico
sería aquel que, en ausencia de lesión o enfermedad
que lo justifique, permanece de forma prolongada condicionando el
bienestar del paciente.
En este caso, todo comenzó por el caso de un familiar muy allegado aquejado de un dolor crónico que le tenía permanentemente en vilo. Mi pariente pasó meses, incluso años, peregrinando de consulta en consulta, fue sometido a múltiples pruebas específicas (del aparato digestivo en concreto) con resultado negativo y fue dado por imposible, ya que no aparecía en las mismas una lesión que justificase el dolor referido. Sin embargo, él estaba aquejado de un dolor que no respondía a los tratamientos analgésicos y hasta le producía insomnio, de modo que deterioró su calidad de vida. Finalmente, tras un largo peregrinaje por diversas consultas y sospechando que tendría un problema canceroso que no daba la cara, acabó en la consulta de una especialista de digestivo que le recetó un antidepresivo. El remedio y la pauta fueron exitosos al cabo de un cierto tiempo. De hecho, han transcurrido más de dos años y, sin necesidad de tratamiento psiquiátrico, el dolor no ha reaparecido y se han disipado todos los fantasmas y síntomas que le estaban amargando la vida; a él y a quienes estaban a su alrededor. Curiosamente, acaba de caer en mis manos un libro del Dr. Arturo Goicoechea, titulado “El dolor crónico no es para siempre” que describe con detalle el calvario por el que tuvo que pasar mi familiar y que cifra en un 20-30% el porcentaje de la población que padece dolor crónico sin que en la zona en que sienten el dolor se encuentre nada anormal. Esto nos podría llevar a la presunción de que se trataba de un “dolor psicológico”, concepto que es erróneo, según se nos explica en el citado libro. De cualquier forma, ese hecho despertó mi interés en el tema. Lógico, como veterinario, recibí una formación y he leído muchos libros y artículos que grabaron en mi mente la necesidad de que haya una lesión para que se produzca dolor. De hecho, según los textos científicos, la inflamación, en animales y en personas, por definición, se caracteriza por los siguientes signos: calor, color (rubor) y dolor. Visto lo cual, es normal que para mí y para la gran mayoría de profesionales se estableciera el principio de que “una lesión produce dolor y, de paso, sin lesión no hay dolor”. Pues bien, nada más lejos de la realidad en lo que respecta al dolor crónico como trataré de explicar.
Barranco de San Cristóbal, Huesca
Ermita de San Cristóbal, Huesca, España Conceptos
erróneos Como ya he señalado anteriormente, mi punto de partida era, como el de la gran mayoría de los profesionales, que un dolor ha de tener un correlato con una lesión. Esto, en caso de un trauma agudo, es evidente salvo en casos excepcionales que se consideran patológicos, conociéndose como insensibilidad congénita al dolor. Sin embargo, el dolor debe desaparecer transcurrido un cierto intervalo de tiempo, a no ser que la lesión se cronifique o incluso a pesar de ello. Es decir que un dolor crónico “si no va acompañado de lesiones evidenciables en la zona afectada” o es considerado falso o bien se achaca a somatización o causas psicológicas. Creo que nos entendemos. Este es el lenguaje y forma de pensar a los que estamos acostumbrados. De esta forma consideramos que el dolor proviene de la herida, traumatismo o lesión y que estos, los tejidos lesionados, se encargan de indicar al cerebro, mediante la señal de dolor, que algo no va bien. En este modelo, sin embargo, se admite que, a veces, puede haber lesión y no haber dolor. Por ejemplo, un cáncer en sus etapas en las que no ha dado la cara o traumatismos en situaciones de alto estrés que requieren la huida. Por otra parte, según este modelo obsoleto, pero ampliamente distribuido, podemos llegar a la conclusión de que a mayor grado de lesión, mayor dolor. En principio, creo que podríamos estar de acuerdo de que esto es así en un alto porcentaje de casos. Sin embargo, este planteamiento es completamente erróneo y es porque la Ciencia, al menos la oficial y predominante, nos ha contado la historia mal. Vamos a verlo.
Parque N. Ordesa, Huesca, España
Entonces
¿el modelo clásico es correcto? No exactamente. En realidad,
nuestro tejido agredido y lesionado (piel, huesos, articulaciones,
intestino, etc.) no produce dolor, sino que tiene lo que se denominan
receptores nociceptivos (los podemos asimilar a las sondas de los
aparatos electrónicos que detectan oscilaciones en variables
tales como temperatura, presión, etc. y que nos pueden indicar
si se sobrepasan los límites normales fijados, disparando una
alarma). Dichos receptores, que se encuentran en las terminaciones
nerviosas de diferentes estructuras o tejidos corporales, están
conectados con el cerebro a través de distintas vías
nerviosas. De hecho,
según nuestra velocidad de respuesta ante la agresión
puede que se limite a un reflejo de protección a nivel medular
y ni siquiera llegue al cerebro. Sin duda, muchos de los lectores
habrán tenido la experiencia de llegar a quemarse o pincharse
instantáneamente tras entrar en contacto con una superficie
muy caliente o punzante, al evitar enseguida el contacto, y quedar
solo en un susto. Quisiera aclarar que no es mi intención entrar
en detalle en estos procesos cuya comprensión me ha llevado
horas de lectura y de charlas. Sin embargo, no desanimarse, pues voy
a tratar de explicarme en lo esencial con unos ejemplos sufridos en
mis propias carnes.
Es decir,
dependiendo de la forma en que se conecten distintas regiones de su
cerebro. Comprenderemos, por tanto, que aquella la genera y establece
el cerebro y es independiente del sonido amenazante, estando ligada
a su interpretación.
Me encontraba
con mis compañeros de caminata a unas dos horas de un centro
médico. ¿Qué pasó? Mi preocupación
fundamental era que me curasen cuanto antes y que me pusiesen un tratamiento
antibiótico lo antes posible, dado el alto riesgo de infección.
Pues bien, no me mareé y me dispuse a hacer el camino de vuelta,
un barranco, a buen ritmo, siguiendo los pasos de mis compañeros
más rápidos. Lo prioritario era llegar a urgencias cuanto
antes. No sentí dolor y, afortunadamente, el desgarro no afectó
ni a vasos importantes ni a nervios motores. De modo que no hubo necesidad
de parar la hemorragia. En definitiva, mi cerebro supo interpretar
la urgencia y me llevó a sobreponerme y buscar una solución
para evitar males mayores, ahorrándome el dolor. La herida
era considerable y la situación preocupante. Por supuesto,
cuando en el centro sanitario me echaron el desinfectante, sentí
un dolor intenso; pero poco duradero.
¿Adónde nos lleva todo esto? Resumiendo,
las repercusiones de este nuevo paradigma son enormes. Se trata de
una verdadera revolución, como señala el Dr. Goicoechea
y como detallan Moseley y Butler en su libro Explicando el dolor.
En efecto, si el dolor crónico es una creación o la
interpretación que el cerebro hace de una amenaza, real o falsa,
hay que replantearse su abordaje. Como pacientes, estamos acostumbrados
a que los médicos nos den una receta o a que los fisioterapeutas
nos efectúen un masaje corporal o corrección para aliviar
o suprimir el dolor. En algunos casos, aceptamos incluso someternos
a una cirugía que conlleva serios riesgos. Sin embargo, los
avances en el conocimiento del origen y causas del dolor crónico
nos plantean que ese no tiene por qué ser el camino. Es frecuente
que, ante un dolor crónico, lo primero que hagamos es limitar
el movimiento, ya que tenemos miedo de agravar la lesión o,
simplemente, porque el dolor nos limita el movimiento. Pues bien,
lo aconsejable es ponerse en manos de un profesional bien formado
y actualizado en el tratamiento del dolor crónico que, desgraciadamente,
son escasos. Lo más probable es que, antes de empezar a maniobrar,
dicho profesional nos haga un historial exhaustivo que le ayudará
a interpretar de dónde puede venir ese dolor y qué base
anatómica o neurológica tiene. Aún en el caso
de que tengamos una lesión crónica, tipo artrosis, las
indicaciones del profesional pueden estar planteadas hacia el movimiento
(por lo general progresivo) y es posible que tengamos que vencer primero
la resistencia mental al movimiento que se nos ha inculcado durante
muchos años. También es posible que el proceso nos lleve
a una retirada de tratamiento farmacológico o a su notable
reducción, algo por lo que deberíamos estar agradecidos;
pero que puede sorprendernos. En definitiva, se trata de abrir la
puerta a un mundo nuevo, lo cual requiere grandes dosis de confianza
y cambiar completamente las pautas, pasando de las pastillas y la
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