Dos
mitos sobre la ignorancia
“Mira a ese cuerpo como quien mira carne asada”
Por Juan Ramón González Ortiz

Este era el consejo que daba Marco Aurelio para ayudar a superar la
atracción física, mutua, entre los sexos y entre los
cuerpos. Y seguía diciendo:
“Ese cuerpo, frente a ti, no es más real que un pez muerto.
O que un cerdo muerto. Ese vino añejo que degustas no es más
que zumo de uvas, y tu purpúrea toga no es sino lana de ovejas
teñida con la sangre de un molusco. Hacer el amor: algo frota
contra tu pene, un leve vahído, y un pequeño líquido
turbio. Percepciones como estas nos obligan a agarrar las cosas y
a perforarlas para que podamos ver lo que realmente son”.
Con esta impresionante cita, quiero dar a entender que la primera
obligación de un ser humano inteligente, con independencia
de que siga o no un camino religioso, es vivir en el centro de la
razón y transcender las apariencias. Apartar lo que es exterior
y acudir al centro, al núcleo, a la esencia.
Lo secundario frente a lo verdadero, lo superfluo frente a lo esencial,
lo oscuro frente a lo luminoso, … ¡qué difícil
es vivir entre parejas de opuestos!, ¿verdad? Sin embargo,
tal es la vida del ser humano común, en tránsito desde
el desconocimiento al conocimiento, ….
¿Cuál es más digna acción del ánimo,
entregarse a la seducción por lo inmediato y bello, o replegarse
dentro de uno mismo y sondear el mundo interior para labrar algo bello
ahí adentro? Diremos sin dudar que lo segundo es mejor, pero,
¿estamos dispuestos a comportarnos tal y como afirmamos cuando
elegimos la segunda opción? ¿O más bien preferimos
el segundo aspecto tan solo porque estamos falsamente entrenados espiritualmente
y nuestras muchas lecturas hablan por nosotros?
La única manera de acertar en estos dilemas, y en cualquier
otro, es dejar que el alma hable. No hay otraposibilidad.
Hemos elegido dos mitos que describen muy bien una situación
paradójica: en uno el alma está avanzada y desea mantenerse
en contacto con la Belleza Sublime, o con la Superalma pero la mente
inferior, ¡ay!, sigue rigiendo torpemente nuestras vidas, basadas
en apariencias, y nos hace caer.
En el segundo caso, un alma totalmente olvidada de su propia realidad,
que se ha olvidado del deber de saber quién es, se sumerge
en su propia personalidad mundana hasta perderse a sí misma.

Eros
y Psiquis (o El Amor y El Alma)
Tenemos la enorme suerte de que este mito está relatado, no
en vano, en la novela iniciática El asno de oro, de Apuleyo.
También La Fontaine desarrolló extensamente este mito
en su novela Psiquis.
Psiquis era una princesa de tan notable belleza que incluso Afrodita
sentía celos de ella. Por eso encargó a su hijo Eros
que castigase a esta mortal. Pero el dios, al ver a la mujer, se apiadó
íntimamente de ella y decidió favorecerla. Así
pues, la venganza se ejerció por medio de un oráculo,
que consultó el padre de Psiquis, y que obligaba a que la muchacha
fuera abandonada en la cima de una montaña, para servir de
alimento a un ser monstruoso. Una vez que Psiquis fue conducida al
lugar de su muerte, y una vez que estuvo a solas, el Céfiro,
con sus suaves brazos, recogió a la princesa y la transportó
a un palacio magnífico. Esa noche, cuando Psiquis dormía,
estando todo a oscuras, un ser misterioso, de dulcísima voz,
se presentó ante ella y le hizo saber que era el esposo que
le estaba reservado. Allí mismo le hizo jurar a Psiquis que
nunca pretendería ver su rostro. Antes de que la Aurora resurgiese
por el horizonte el extraño esposo abandonaba la habitación,
para retornar noche tras noche.
Psiquis se acomodó a esa nueva situación sin mucho problema.
Pero sus envidiosas hermanas, sus propias hermanas, fueron las que
acabaron la felicidad de Psiquis. Empezaron a inquietarla con la necesidad
de que viera su rostro. Por fin, una noche la princesa se levantó
y encendió una lámpara de aceite y la acercó
al rostro del amante. Extasiada por la inimaginable belleza de ese
rostro, no estuvo atenta a la lámpara y una gota de aceite
caliente cayó sobre el durmiente que, despertándose,
huyó de inmediato de la fastuosa morada.
No solo despareció el dios sino también con él
todo el palacio, encontrándose de súbito la princesa
en medio de la desolada montaña en la que fue abandonada.
El mito acaba en que Psiquis para obtener el perdón ha de dar
fin a tres dificultosísimos trabajos que Afrodita le encarga.
El último trabajo consistía simplemente en transportar
una cajita sin abrirla. La princesa no pudo controlar su curiosidad
y abrió la caja, fallando en la última prueba. Como
consecuencia, su rostro se ennegreció cubriéndose de
horribles manchas ferruginosas. Pero su divino esposo aparece entonces
para invocar el perdón de Zeus, cosa que obtuvo junto con la
inmortalidad para la sufrida princesa, que se transformó desde
ese instante en su eterna esposa.
Este
mito nos narra la situación original de inocencia absoluta
de la que todos partimos. Psiquis vive en un palacio y no hay nada
que la desasosiegue. Fundamentalmente, es feliz porque vive unida
a Eros.
Pero el paraíso ha de ser conquistado, y por eso surge la primera
prueba: Eros le advierte de la tentación de verle la cara,
y se lo prohíbe. Pero la curiosidad, sinónimo de la
actividad propia de la mente inferior, prepondera y arrastra a Psiquis.
Como consecuencia, se pierde el estado beatífico, propio del
origen. A partir de ese momento, Psiquis emprenderá un interminable
y largo camino para recuperar el estado originario, cuando estaba
unida a Eros.
Pero en el mito se nos describe que ese estado originario era muy
bueno, aunque no era perfecto o suficiente porque Psiquis no se conformaba
con unas horas de entrega amorosa, sino que quería más.
Hay algo en la naturaleza de la mente humana que nos hace ir más
allá de lo conocido, o de lo que es convencional y tenido por
perfecto. Psiquis, a pesar de su caída, se transforma en la
imagen de la sed del alma por lo superior. No se conforma con tener
en sus brazos a Eros, sino que además quiere verlo. Y, aunque
están juntos, ella percibe que hay algo que los separa. Evidentemente,
Eros no le comunica a Psiquis que no puede ver su rostro porque su
rostro no es importante y, además, aún no lo merece,
pues para ver la faz de un dios hay que ser de su misma naturaleza.
De pronto, Psiquis cegada por la actuación de sus hermanas
percibe que tal vez Eros sea un ser monstruoso, o diabólico,
y que es necesario, por eso, verlo. En ese momento, Psiquis acaba
de abrir la puerta al Demonio de la duda, pues ella sabe íntimamente
que es imposible que Eros sea un ser de esa naturaleza, pero el veneno
de la incertidumbre ha calado en su corazón y aún potencia
más su curiosidad, que ya existía de antemano. A esto
se le suma la presencia turbadora del deseo: deseo de ver, deseo de
saber que tenía razón, deseo de saber que no se equivocaba,
deseo de saber cómo es ese hombre, …
En ese espacio de vacío, entre la puesta del sol y la noche
oscura, es cuando nace y se alimenta el deseo en el corazón
de Psiquis. Este deseo es de naturaleza inferior, pues se relaciona
con ver, y con sentir seguridad. Dos dimensiones que no afectan al
alma, sino que pertenecen a la corporeidad.

No solo es material el deseo de Psiquis sino que también tiene
su puntito de arrogancia por la desobediencia que supone.
Sin embargo, aunque este deseo es de tipo inferior, subyace en él,
muy en el fondo, la voluntad pura del alma de ver el cuerpo y el rostro
del amado.
Psiquis cae, al igual que caen Adán y Eva, y de la misma forma
que el alma también cayó, al principio de todo, hasta
el fondo de la más densa materia.
En este mito, el cuerpo, y la mente inferior, aliada al cuerpo, han
ofuscado el alma y la mente superior de Psiquis.
Plotino nos decía que amar este mundo de aspectos externos
y vacíos es como si uno cayera al barro hasta tal punto que
el lodo lo cubriese por entero. Entonces, el que se ha embarrado de
pies a cabeza ya no vería su belleza, sino que solo percibiría
fealdad. Incluso olvidaría su verdadera esencia. Y más
tarde, a medida que se fuese acostumbrando a su nueva vestimenta,
se sentiría únicamente atraído por lo feo y lo
deforme.
Quien se siente atraído por la materialidad cae, como cae la
pobre Psiquis. Una vez que uno se embarra del todo, no hay sino horror
y torpeza.
Psiquis no comprende que la oscuridad total que Eros propugnaba es
el símbolo de que el alma no ha de sentir atracción
hacia nada sensible, y de que cualquier forma de belleza física
ha de serle indiferente.
Marco Aurelio decía que por debajo de un bello rostro (que
no es más que piel) o de un bello cuerpo imaginásemos
a los órganos, blandos y sanguinolentos, contrayéndose
o dilatándose, rugiendo a veces, ... Y añadía
que esa visión es la verdad universal tras la belleza física
en la epidermis.
El mito de Eros y Psiquis nos enseña que es necesario reorientarse
interiormente, y vivir a oscuras para lo mundano y para lo que es
frivolidad, alejándonos de todo lo que es apariencia para concentrarnos
exclusivamente en lo que es interior. Finalmente, deberíamos
de ser capaces de ver cualquier cuerpo material, como si fuera un
ordinario y común plato de “carne asada”, tal y como decíamos
al principio.

Narciso
Entre las ninfas del séquito de Hera, se encontraba Eco, que
era una de las Oréades, o ninfas que custodiaban grutas y montañas.
Su canto era tan bello, que Zeus le propuso que cantara mientras él
cortejaba a otras ninfas, para distraer a Hera.Y así fue.
Cuando la diosa advirtió lo que estaba pasando le retiró
a Eco el don de la palabra y la condenó a repetir tan solo
las palabras finales que el interlocutor pronunciase. Imposibilitada
así del trato social, Eco se retiró lejos de la vida
humana. Vagando por bosques y cuevas, la ninfa descubrió a
Narciso, al que seguía a diario, ocultándose entre matorrales
y árboles. Un día, al ser descubierta, le fue imposible
comunicarle su amor. Narciso, no sabiendo lo que le ocurría
a la ninfa, la despreció, y Eco se escondió en una solitaria
caverna hasta que el dolor y la tristeza acabaron con su vida.
Los dioses, siempre vigilantes, sobre todo Némesis, decidieron
castigar a Narciso, del cual ya dijo el adivino Tiresias cuando este
nació que “llegará a la edad adulta si no descubre su
belleza”. Y así fue. En cierta ocasión, el joven se
inclinó al borde de una limpia y serena fuente, y vio su reflejo
en las aguas, desconociendo que era él mismo, entonces se prendó
de aquella figura tan bella e iba continuamente a contemplarla. Día
y noche acudía a admirar esa imagen. Suspiraba por ella, y
le tendía los brazos. Pero, puesto que ese amor era una pasión
inútil, Narciso se desesperaba y derramaba abundantes lágrimas
de despecho y dolor. Ni podía asir ni abrazar a esa figura.
Y al igual que Eco fue languideciendo en su cueva, el joven Narciso
fue consumiéndose de melancolía y de inanición
junto a esa imagen, hasta que finalmente murió al pie mismo
del agua. Según otras versiones, se suicidó, con la
misma espada que le dio a Animias, el cual amaba a Narciso de forma
no correspondida, para que acabara con su vida. Otros dicen que intentando
seducir a esa imagen cayó al estanque, muriendo en sus aguas.
En cualquier caso, dejó como mudo testigo de su paso por el
mundo una bella flor, de olor dulce y embriagador.
(Narciso, por Caravaggio)
Plotino
nos explica que el error de Narciso fue no haberse dado cuenta de
que la bella imagen de la que se prendó era la suya propia.
Si hubiera sabido que el reflejo le conducía a sí mismo
no habría adorado aquella imagen como algo exterior.
Su enfermedad es que existe demasiado apego a uno mismo lo cual significa
demasiado desconocimiento.
Narciso lo ignora todo de sí mismo. Vive en un mundo de sombras
y de apariencias. Desconoce quién es él y desconoce
incluso cuál es su reflejo. El reflejo es la proyección,
la idea que yo tengo de mí mismo, la conciencia de mi propia
vida interior. El reflejo se forma en el agua, que es el ininterrumpido
flujo de la consciencia.
El reflejo simboliza todo lo que nosotros sabemos acerca de nosotros
mismos. Empezando por lo malo, porque conocer la propia sombra es
vital y necesario. El reflejo integra lo luminoso y lo sombrío,
las dos cosas a la vez.
Narciso incumple el principal y primer axioma de la Sabiduría,
el cual estaba escrito en el tímpano del frontón del
Templo de Apolo de Delfos: “Conócete a ti mismo (Gnóthi
seautón)”.
Narciso no puede diferenciar el sí mismo del reflejo. Es incapaz
de desdoblarse y de llegar a la introspección. Vive volcado
en el mundo exterior exactamente igual que un niño que se
pasea a lo largo de una feria y todo le llama la atención.
Podríamos decir, que a Narciso le sucede lo mismo que a Psiquis:
ambos se han dejado arrebatar por el exterior, por las apariencias
sensibles hasta tal punto que pierden de vista la verdadera realidad.
En definitiva, el mito de Narciso es paralelo y muy semejante al
de Psiquis. Prácticamente son casi iguales, a pesar de que
parecen diferentes, y este es el genio de los clásicos. El
verdadero protagonista en estos dos mitos es la ignorancia propia,
frente al protagonismo del mundo exterior.
Por eso, el primer paso en Filosofía es enfrentarse a uno mismo.
Y preguntarse: ¿Quién soy yo? Esta pregunta significa
que hay que saberlo todo sobre uno mismo. Sobre todo, lo malo.
Narciso vive tan apegado a su personalidad que no hay distancia entre
él y lo que él cree que es su verdadera identidad.
Y hay que romper con la fascinación por uno mismo y crear
una distancia entre uno mismo y su personalidad.
Plotino nos proporciona la curación de esta enfermedad que
padece Narciso, el narcisismo: “Retírate dentro de ti, y mira”
Cuenta Porfirio que cuando le quisieron hacer un retrato a Plotino,
este se negó vivamente, aduciendo que el cuadro solo pintaría
una cosa muerta, “un muerto”, y que él, sin embargo, era algo
más que ese cuerpo, mucho más que esa imagen física,
que ese cuerpo pintado en un lienzo al querían hacer durar,
“como si fuese una obra digna de contemplación”.
Juan
Ramón González Ortiz