Cómo me hice estudiante de teosofía
Cuento escrito por Juan Ramón
González Ortiz

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Estudiaba yo el bachillerato de aquellos años, cada vez más y más lejanos.
Yo era un estudiante del montón, destacaba en algunas cosas, nada del otro mundo. Hasta que me enfrenté, nos enfrentamos, a la asignatura de Filosofía. Entonces descubrí con deleite una materia que de verdad me apasionaba. Y eso que no entendía la diferencia entre potencia y acto, o los modos del silogismo, o la finura de las cinco vías de Santo Tomás. Nadie lo entendía. Pero, por fin, pude permitirme el gustazo de sacar un sobresaliente. Algo despertó en mí aquella asignatura, porque a partir de entonces empecé a sacar buenas notas.
Por aquellas fechas, en una librería de viejo, como decíamos entonces, compré un libro sobre Pitágoras. Estaba encuadernado en rústica, editado en mal papel, y con las páginas sin guillotinar. Aparte de “Los versos de oro”, el libro contenía una amplia introducción sobre el pitagorismo, y una biografía de Pitágoras atendiendo a lo que de él escribieron Diógenes Laercio y Porfirio.
Pero lo más importante de la introducción era que allí se desgranaban uno a uno conceptos para mí desconocidos: la reencarnación, la palinginesia, la hermandad de una escuela de misterios, … y, al hilo de estas ideas, se introducían pensamientos y nociones sobre las reencarnaciones de los maestros de sabiduría, la estructura septenaria del universo,… Y más y más cosas nunca oídas y para mí chocantes.
Llevé el libro a clase, y cuando acabó la lección de Filosofía, mientras todos salían atropelladamente, como gallináceas, me acerqué a la mesa del profesor y le mostré el pequeño ejemplar.

El profesor lo tomó en sus manos resecas y, pasando las páginas con sus dedos amarillentos por la nicotina, prometió leerlo, o al menos hojearlo en profundidad, y darme su opinión.
Pasaron dos semanas, y un día al acabar la clase, el profesor se dirigió a mí, rogándome que al acabar la clase me dirigiera a su mesa. Recuerdo que todos se reían. “La que te va a caer”, me decía alguno; o bien, “Pero, ¿qué has hecho?”; y un tercero me dijo “Igual es cosa de tus padres, que han telefoneado”. Pero yo di ejemplo de entereza, de imperturbabilidad de ánimo, como los estoicos, nuestros maestros, simplemente, porque sabía de qué se trataba.
Cuando todos se marcharon, empujándose como ovejas en un rebaño, me acerqué a la mesa del profesor. Me devolvió el libro. Y me alabó la buena compra que había hecho.
Entonces fue cuando lo dijo: “El traductor y autor de la introducción es teósofo”.
Y yo, idiota como era en aquel entonces (aunque ahora aún lo soy más), le contesté: “Será teólogo”. Entonces, mi buen y paciente profesor me corrigió: “No, González. No sea mono sabio. Lo he dicho bien. El autor es teósofo, y las creencias que expone en la introducción pertenecen a la teosofía”.
Esa fue la primera vez que escuché esa palabreja, y se clavó en mi alma como un dardo. Entró en mi alma hasta el final. Hasta perderse dentro.
Los minutos pasaban y el primer recreo ya se estaba agotando, pues había dos recreos cada uno de veinte minutos.
? “Yo le diré qué es la teosofía, y puede que incluso tal vez VD. mismo, dentro de algunos años, sea un avisado lector de la obra más extraordinaria que se ha escrito”.
“¿Y qué obra es esa?”, le repliqué.
“La Doctrina Secreta, síntesis de la ciencia, la religión y la filosofía”.
“Oh, Dios mío, qué título tan maravilloso y tan seductor, lo quiero leer ahora mismo.
“Por favor, González, no se pánfilo ahora mismo no lo puede leer. Entre otras cosas porque son seis volúmenes. ¿Acaso un niño pequeño puede devorar un solomillo de cerdo a la pimienta? Uhmmmmmm…. Usted no puede leer por ahora este libro, porque es alimento fuerte para estómagos débiles”.
Y entonces, bajando la voz, se acercó a mi oído, tal y como hacen los brahmanes cuando inician a un chela en un mantra sagrado, y me dijo muy quedamente:
“La vida es una enfermedad y la curación es el Espíritu”.
Y me lo repitió:
“La vida es una enfermedad y la curación es el Espíritu”.
Y poniéndose en pie se marchó de clase, entre otras cosas, porque ya estaban entrando los primeros y sudorosos alumnos.
Literalmente, esas fueron las últimas palabras que escuché de ese profesor, pues esa misma tarde, en el intervalo dulce de la siesta, murió de un infarto.
Cuando, al día siguiente, retornamos a clase, y nos informaron del suceso, nos quedamos todos sobrecogidos. El rector decidió que el que quisiera asistiera a la misa en la capilla del centro, y el que no lo deseara que volviera a su casa. Yo fui de los que se volvió.
Dos días más tarde ya teníamos un nuevo pedagogo, versado en Aristóteles y Santo Tomás.
Aquellas palabras, “La vida es una enfermedad…” Resonaban una y otra vez dentro de mí como un trueno en una llanura desierta y vacía, sin árboles ni sombras. No las podía apartar de mí. Me persiguieron durante toda la adolescencia de forma obsesiva, como una verdadera maldición. Años y años asediándome, como un lebrel que persigue a su pieza. Con la misma tenacidad con la que el diablo rondaba a los ermitaños.
Hasta que al final me rendí. Entré en una librería de libros viejos y de segunda mano y pregunté por “La doctrina secreta”. No la tenían, pero salí con “La voz del silencio” y “Diálogos en la logia de Blavatsky”, ambos editados en Méjico.
Todavía los guardo.

 

 

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