Ética
y Política
Por Juan Ramón González Ortiz

¿Puede convivir la ética con la política?, ¿es
necesario que convivan?, ¿es correcto que los políticos
declaren que ellos han de tener forzosamente otro tipo de ética?
¿Se pueden unir ética y política, o bien son
como aceite y agua?
Los ciudadanos de muchos países, donde la corrupción
política ha alcanzado límites inimaginables, deberían
de hacer un alto en su alocada vida diaria, apagar los teléfonos
móviles y las pantallas, y reflexionar sobre este tema.
La cotidianeidad de la corrupción, su abundancia y su profundidad
ya han dejado de asombrarnos y hemos acabado por acostumbrarnos a
ella. Incluso hay quienes juzgan a esta corrupción como un
mal menor del sistema democrático. Una especie de enfermedad
infantil o de “coqueluche” democrático. Quienes esto dicen
ignoran que la corrupción arrasa y destruye todo el sistema
democrático. Si hay corrupción no hay democracia. Así
de sencillo. Aunque los políticos se esfuercen en decirnos
lo contrario.

Para Platón y Aristóteles la actitud ética es
consustancial a la actividad política. Los gobernantes han
de ser íntegros, y honrados. Y el altruismo y el deseo de servir
a los demás han de ser la única razón que explique
su ingreso en el mundo de la política.
Aristóteles
veía la política como la culminación y la cima
de todas las potencias humanas, de su inteligencia y de susensibilidad.También
Platón interpretaba que el fin máximo de la vida humana
era la vida en común en el marco de una ciudad libre.
Aristóteles fue más allá y definió al
ser humano como “animal político”. Curiosamente, antes de escribir
sobre política, consideró necesario escribir sus tratados
de ética. Con lo cual quería da a entender que la ética
precede a la política.
Platón era exigentísimo con los gobernantes. Estos debían
de comportarse como reyes, pero su alma y su espíritu debían
de ser el de los filósofos. Habían de llevar una vida
austera y no podían tener ninguna propiedad personal, al contrario
que el pueblo, que podía ser propietario de todo cuanto pudieran
adquirir libremente con el fruto de su trabajo.
A pesar de que estas ideas estaban muy divulgadas en la antigüedad
y se enseñaban a los ciudadanos que buscaban instrucción,
no siempre funcionaron en la práctica, y hubo gobernantes locos,
tiránicos, oportunistas, egoístas, belicosos y crueles.
Pero, al menos, ya se había establecido el modelo de lo que
era gobernar con rectitud.
Sin embargo, en el renacimiento, durante el siglo XVI, se produce
un abismal giro ontológico que cambia por completo el paradigma
y el modelo de lo que iba a ser la relación entre ética
y política. Este giro copernicano se inicia en 1532 con la
publicación de El Príncipe, del florentino Nicolás
Maquiavelo. Una de las obras de pensamiento más importantes
de la humanidad.
En este ensayo, Maquiavelo, plantea abiertamente que ética
y política no tiene por qué converger, ni siquiera caminar
a la par. Es más, nos advierte, que de cara a la eficacia de
la política la ética frecuentemente es un impedimento
y un auténtico obstáculo.
Para nuestro autor, la política es el arte de conseguir los
objetivos nacionales que un estado se ha propuesto. Y para la consecución
de estos objetivos se han de movilizar una serie de recursos. Todo
lo que frene, debilite o ponga en entredicho la energía liberada
para lograr esos objetivos ha de ser apartado. Por tanto, si las realidades
éticas amenazan con desbaratar un proyecto, desbaratemos primero
a la ética para liberar a la política del peso de la
ética.
La política no puede tener como freno la bondad, o el deseo
de mejorar al espíritu humano. Sin embargo, estos principios
podrían ser usados con astucia para justificar una empresa
política.

La influencia de Maquiavelo es tan gigantesca, que todos, absolutamente
todos los estados del mundo moderno se rigen por estos planteamientos.
Los gobiernos invocan la necesidad nacional para subordinar cualquier
otra consideración, incluso las más humanitarias, o
morales, al cumplimiento de la razón política del estado.
Así, hemos pasado de un estado inicial en el que la ética
y la política no solo eran compatibles, sino que debían
de relacionarse mutuamente, a un mundo en el que la una excluye violentamente
a la otra. Es más, muy recientemente recuerdo haber oído
a un ministro de cierto país actual diciendo públicamente
que a los gobernantes y a los altos funcionarios no se les podía
juzgar con la misma ética que usamos para conducirnos en nuestras
vidas públicas las personas humildes y discretas, como tú
y yo, querido lector. No.
Ellos exigen tener otra ética. Distinta a la nuestra. Solo
para ellos.
A
partir de Maquiavelo se consagra el desprecio a la política
ética, basándose generalmente en que la política
exige resultados prácticos y la ética no permite estos
resultados, o al menos los debilita. Eso es lo que dicen los políticos
profesionales. Los políticos siempre apelan a la realidad
cuando quieren huir de cualquier cosa que contradiga sus planteamientos.
Sin
embargo, cuando los grupos políticos se permiten hablar de
la corrupción siempre se ciñen al contrario y nunca
hablan de la basura propia. O en todo caso minimizan la propia hasta
hacerla meramente una anécdota intrascendente.
Esa falta de autocrítica aún impulsa más la corrupción
venidera, creando un círculo de fuego del que es imposible
salir.
Lo mismo podríamos decir de las medidas de control que se plantean
en los parlamentos, ¿pero qué medidas de control van
a establecer partidos miserablemente hundidos en el fango de las
corruptelas?
Peor, lo peor de todo, aún peor que todo lo que hasta aquí
hemos ido desgranando, ha sido convertir la corrupción en
un espectáculo de masas, con juicios multitudinarios, semejantes
a una final de fútbol, con debates televisados entre “buenos”
y “malos”, con un guión preestablecido y una ficción
narrativa, con la pública exposición de las intimidades
de todos los que participan en esos juicios, ya sean jueces, abogados
o acusados.
Casi todos los políticos enfocan estos juicios como una lucha
épica y ciclópea entre su partido, que es el bueno,
y el contrario, que es el malo,…
Esos juicios por corrupción y las penas de cárcel,
o las inhabilitaciones, o las multas, que salen como condenas no tienen
nada que ver con la ética. Simplemente son una simulación
de la ética. Es como revestir el frágil y delicado cuerpo
de la ética con los arreos del martirio o, peor aún,
con una vestimenta de bufón para pasearla públicamente
gritando a los cuatro vientos que el sistema funciona y que aún
queda ética es el moderno estado político.
“¡Mirad,
mirad, a Ética! ¡Adoradla todos! ¡Vedla cómo
se pasea por nuestras calles y cómo bendice a nuestros jueces!
¡Dios está con nosotros!”
La
conclusión es que actualmente, en todo el mundo, los planteamientos
de la política están al margen de la ética.
Aunque a veces usan de ella para justificar su tiranía o su
brutalidad.
Personalmente
opino que si hay corrupción no hay democracia. Y que si hay
democracia no hay corrupción. Por eso creo que la actual democracia
ha sido sustituida por una oligarquía indecente e inmoral que
abusa de la sociedad en beneficio propio.

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¿Cuáles son las causas de la corrupción política?
Muy fácil: que no hay separación de poderes. Y esto
es así porque los gobiernos, y sus poderers ejecutivos, lo
han invadido todo. Se han adueñado de los parlamentos, pues
muchos de los miembros de los gobiernos son también miembros
de aquellos, cosa que no debería de ser así, porque
entonces son los propios gobiernos los que centran sobre sí
todo el trabajo de los diferentes parlamentos.
En cuanto al poder Judicial, el más delicado y el más
importante de todos, pues la única virtud social que hay es
la Justicia, todos conocemos lo denodados esfuerzos de casi todos
los gobiernos del mundo por corromper el Poder Judicial para someterlo
a su arbitrio.
Erradicar la corrupción y volver a una política ética,
supone ponerse individualmente manos a la obra, y replantearse toda
la vida personal desde una perspectiva ética. Una vez que toda
la sociedad cultive los valores morales que antaño fueron el
norte de los gobernantes de los que nos hablaban Platón y Aristóteles,
todo cambiará.
Pero la vida ética no volverá con leyes votadas en el
parlamento, o con mecanismos de coerción aprobados por los
actuales partidos políticos.
La
vida ética ha de volver por convencimiento personal, y porque
la gente, eso que los políticos y sindicalistas llaman “el
pueblo”, así lo quieran.
“La
Edad de oro volverá porque la piden los cabreros”.
Juan
Ramón González Ortiz