Algunos engaños y falsos curanderos filipinos
Por Antonio Callén Mora

 

 

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A título de introducción

Desde la prehistoria, según la teoría evolucionista de Darwin, nuestros antepasados, los homínidos, se tuvieron que adaptar a condiciones muy hostiles. Una concepción errónea de dicha teoría científica, que ha cambiado nuestra concepción de la vida, es que solo sobreviven los más fuertes. En realidad, tienen más probabilidades de supervivencia aquellos individuos de una determinada especie que se saben adaptar mejor a su entorno. En este sentido, los más listos, por decirlo así, y no necesariamente los más fuertes, tienen más posibilidades de pasar sus genes a la siguiente generación. Podemos poner un ejemplo que se da en varias especies animales. A menudo, dos o más machos luchan por el liderazgo y, cuando las hembras están en celo, es decir en período de receptividad sexual, el más fuerte es quien las cubre. Sin embargo, se dan con cierta frecuencia las circunstancias en que, mientras los más fuertes compiten entre sí, otros machos más jóvenes o más listos cubren a las hembras en celo. Lo cual puede ser hasta bueno, ya que aumenta la variabilidad genética en la descendencia y, además, no solo prevalece la fuerza. Como decía aquel anuncio de neumáticos: “La fuerza sin control no sirve de nada”.
¿A dónde quiero ir a parar? Muy sencillo, desde sus orígenes, el hombre ha tenido que competir con sus semejantes. Y en esa competición no tienen porqué salir victoriosos los más fuertes. De modo que la pericia, bien o mal intencionada, es decir incluyendo tanto la sabiduría como el engaño, es algo que nos acompaña desde tiempos inmemoriales. La Biblia ya nos dice que Caín mató a Abel…; pero, afortunadamente, la sociedad ha evolucionado mucho y, al menos en nuestro entorno más próximo, no hace falta matar a nadie para sobrevivir o hacerse con parte de su haber, es decir con un botín, con buenas o malas artes. De eso va este artículo. Extraigo para la revista, dos de algunas de mis experiencias donde me engañaron porque lo supieron hacer o porque yo me dejé engañar, y de otras veces en las que no me llegaron a engañar. Eso si, por muy poco.

Instinto de supervivencia
En julio de 2008 contraté un viaje a Túnez de una semana con una empresa, en la modalidad de turismo organizado. En dicho viaje me surgieron varias anécdotas, alguna de las cuales voy a relatar.

Catacumba en Sousse (Túnez) A. C. M.
En primer lugar, recuerdo que una de las visitas, en pleno desierto, consistía en recorrer un precioso oasis. En los viajes en grupo se dan instrucciones para no caer víctima de los avispados locales, recomendando, por ejemplo, no comprar nada ni dejarse embaucar. Pues bien, la zona donde paró el autobús estaba próxima a unos tenderetes en los que se vendían objetos para turistas, así como comida y bebida. Una vez atravesada esta zona comercial, te encaminabas por un sendero estrecho a pleno sol donde se te acercaban chavales, niños y niñas de corta edad, que te ofrecían abalorios o cosas similares. A mí se me acercó una niña a la que no presté apenas atención, pero supongo que por un movimiento estudiado, al alargarme la mano para ofrecerme su recuerdo se le cayó y, al ser de un material poco consistente, se rompió. La niña se puso a llorar de forma que todo simulaba que había sido culpa mía. Por otra parte, yo me apiadé de ella y le di unas monedas. En unos segundos, sin tiempo a reaccionar, estaba rodeado de niños que me pedían monedas. Salí de allí pitando y, a partir de entonces, tuve buen cuidado de que no se me acercase ninguno de aquellos pillos.
En esa misma semana, ya en solitario, decidí ir a visitar unas catacumbas cristianas que había cerca de la ciudad más próxima al hotel donde me alojaba. Cuando en la recepción compré la entrada pregunté algo, mientras pagaba con un billete. La señorita que me atendió me dio alguna explicación, centrándose muy específicamente en lo que no podía hacer dentro del recinto, tal como tomar fotos. Una vez terminada su explicación, me pedía que le pagase. A lo cual me negué en redondo y le dije que más bien me tenía que dar las vueltas del billete con el que le había pagado. Tras una discusión acalorada, en la que yo estaba indignado, cedió. Accedí al recinto y llevaba pegadito a mí un vigilante bastante fuerte para controlar que no hacía fotografías. En alguna de las galerías tomé fotos con flash, más que nada a modo de venganza. Sin embargo, lo mejor vino después de la visita.
En efecto, en el trayecto desde el yacimiento turístico hasta la población próxima se cruzaron en mi camino dos locales ataviados con chilabas. Entre francés y español me pidieron que si les podía hacer un favor. Éste consistía en que les cambiara unos euros que ellos tenían, y no podían utilizar, por moneda local que yo había obtenido mediante cambio. Gustoso e inocente a la vez, saqué parte del dinero que llevaba para proceder al cambio a la tasa correspondiente. Pues bien, entre los dos me liaron, me cogieron mi dinero (no mucho, hay que decirlo) y se quedaron con sus euros. Tras un toma y daca en el que me puse de mal humor, la cosa se puso mal y hasta podía haber peligrado mi integridad física. El caso es que aquellos tramposos se marcharon refunfuñando y yo me quedé “compuesta y sin novio”. Como he dicho, la cantidad de dinero no era importante, al menos para mí; pero ese mal sabor que te queda cuando usan malas artes contigo, siendo una persona que estás dispuesta a ayudar me resulta casi indescriptible. No es el importe, es el engaño y el abuso de digamos buena fe. Se te queda un gusto amargo que deja un poso en toda tu visita. Eran dos seguidas en poco más de una hora. Aún me abordó otro local en la zona del puerto que entabló una amable conversación conmigo, pues los tunecinos son gente que habla varios idiomas y resultan amables e incluso hospitalarios. Me explicó que ese día era un festivo local y lo que se conmemoraba. Me invitó a acompañarle por la ciudad. Evidentemente, yo iba detrás de él, con gran desconfianza y dispuesto a no meterme en jaleo alguno. Sus intenciones fueron legítimas, ya que tan solo quería llevarme a una tienda donde vendían cazadoras de piel fabricadas allá. Los artículos parecían buenos y no estaban mal de precio; pero nada más lejos de mi intención que comprar cazadoras en pleno mes de julio, máxime teniendo en cuenta que mi ropero estaba ya bien surtido. Me fui de allá y me encaminé a un supermercado en el centro donde buscar algún regalo para mi vuelta a casa.

El curandero filipino

A finales de los noventa, mi primera mujer, después de haber sufrido un tratamiento de radioterapia que mejoró su estado de salud durante unos pocos años, empezó a tener síntomas correspondientes a una reactivación del tumor que le habían diagnosticado. Como la medicina tradicional, incluidos los últimos avances, había ya agotado las opciones de tratamiento, empezamos a buscar solución en las medicinas alternativas. Lamentablemente, es algo bastante común. Uno pasa por curanderos, especialistas en iridología, acupuntura, falsos nutrólogos, homeópatas, etc., etc.

Vas dando tumbos con subidas de moral o al menos con aumento de expectativas cuando te ofrecen algo que desconoces, pero es distinto, y posteriores caídas cuando ves que aquello no hace nada. La verdad es que no recuerdo los detalles de la mayoría de aquellas visitas, guardando sólo un vago recuerdo.
Sin embargo, hubo uno de estos farsantes que no puedo olvidar y que voy a relatar con cierto detalle, por su interés.

Estando ya en una fase bastante avanzada de la enfermedad de Esther, es decir lo que podemos llamar deshauciada y sometida a tratamientos sintomáticos, tipo corticoides y antidepresivos, se puso en contacto con nosotros una chica del pueblo que conocía la situación. Nos dijo que estaba viniendo a Alagón un señor filipino que curaba a enfermos que estaban deshauciados por la medicina tradicional. Obviamente, yo, como persona de formación científica y escéptico por mi profesión, no me lo creí. Sin embargo, Esther se agarraba a un clavo ardiendo y necesitaba algo que le hiciese recuperar la esperanza en curarse. Esa fue la razón de que yo no me negase a acudir a la consulta con ese señor.

Resulta que había un vecino del pueblo que, aquejado de una enfermedad incurable, tenía mucha fe en el curandero filipino, poniendo a su servicio y al de su séquito, su propio domicilio. De modo que acudimos a esa consulta improvisada y en la habitación que hacía el papel de sala de espera pudimos hablar con gente de nuestro pueblo, o de lugares próximos, aquejada de algunos males. Unos con cáncer, otros con males crónicos que les impedían el movimiento de algunos miembros o que les causaban un dolor muy traumatizante. Es decir, allí nos pusimos al día del estado de varios paisanos y nos comunicaban algunos de los éxitos conseguidos por el filipino en gente que conocíamos.

Para la consulta, había que pasar a otro cuarto. Solicité que me dejasen entrar y accedieron a ello, pero tenía que permanecer sentado en una silla que estaba colocada muy cerca de la puerta. La habitación era amplia, sería como un salón y recuerdo vagamente que había una especie de camilla colocada en la mitad de la misma y detrás se situaban el experto filipino, un ayudante suyo, también filipino y quizás había una tercera persona. Como Esther estaba aquejada de un tumor en el tronco cerebral, se tenía que tumbar boca a bajo, es decir en tendido prono. El curandero simulaba que operaba con sus manos. Es decir, pretendían hacer creer que con su dedo pulgar incidía en el cuerpo y sacaba el tumor, o parte de él, sin que luego quedase herida, salvo una pequeña rozadura y enrojecimiento, consecuencia del roce producido, supongo que por la uña. Es decir, era cuestión de magia o engaño, claramente. Para dar más credibilidad, simulaba que sacaba uno o varios coágulos de la zona intervenida. Como yo estaba muy acostumbrado a la sangre, por mi profesión, pude observar que sacaba unos coágulos ya hechos. O sea que no había hemorragia, sino que debía tener un recipiente en una zona no visible, tapada por la camilla, donde guardaba los coágulos que posiblemente procedían de algún animal que hubiese sacrificado con anterioridad. En otras palabras, para mi se trataba claramente de un burdo engaño; pero no quería dar al traste con la ilusión creada en mi mujer.

Como digo, al salir de la “intervención”, no había signos de corte en el cuello o nuca. Era todo una patraña malévola. Entiendo que por un efecto placebo, algunos de los pacientes mejoraban o incluso afirmaron curarse. Ese no era mi problema. Mi preocupación era cómo manejar aquel tema con mi mujer. En una persona desesperada, cualquier atisbo de esperanza es bueno. Por eso hay desaprensivos que se aprovechan de la situación y se enriquecen a costa de la desgracia ajena. Recuerdo que acudimos al menos dos sesiones y al no dar resultado alguno decidimos no volver. Las sesiones eran costosas, por supuesto. Al filipino lo traía una asociación de medicinas alternativas, o algo parecido, radicada en Lérida. Nosotros ya no seguimos la pista a esta gente. No obstante, al cabo de algunos meses salió en los periódicos que habían sido detenidos y metidos a prisión.

Quizás nosotros deberíamos haberlo denunciado; pero cuando estás inmerso en un problema tan grave como era la enfermedad de Esther no te quedan ganas de ponerte a litigiar. En realidad, empleas todas tus fuerzas en buscar algún remedio y lo pruebas todo; aunque nada más sea para contentar al enfermo. Lamentable.



 

 

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