FAUSTO
Y MEFISTÓFELES
Juan Ramón González Ortiz

Siempre he creído
que en la Historia de la Literatura hay dos temas que se replican
constantemente, y que son los fundamentales: uno, es el tema del tiempo
que pasa y fluye como agua. Este tema plantea la realidad, la esencia
del mundo, que es fluir, irreparablemente, hacia la desembocadura,
que es el morir y la disolución. El otro motivo fundamental
es el del pacto con el diablo. La aparición de este tema permite
ahora, además, explicar la totalidad de la historia y de la
maldad del mundo: hemos vendido el alma al diablo a cambio del bienestar,
del sexo constante, de la libertad ilimitada, del hedonismo, de centrar
nuestra vida en la materia,….
Y sobre todo hemos intentado crear un camino de salvación propio.
Esta es la máxima trasgresión. Un camino que vaya entre
el bien y el mal. Entre el orden y el caos. Entre lo racional y lo
irracional. Un camino exclusivamente humano entre los dos extremos,
al margen del camino de los dioses, un camino que transite sin rozar
a ninguno de los otros dos. Esta es la fantasía escondida detrás
del mito de la serpiente y del “Seréis como dioses”… Por eso
el espíritu de transformación y novedad en la creación
un camino diferente es lo que hace que Mefistófeles se interese
por Fausto, un viejo y centenario sabio que sigue el camino de los
dioses. Pero conoce a Mefisto, y entonces se aleja del Camino que
siguen los dioses y se adhiere al Camino del hombre, a la Senda del
ser humano.
En eso consiste lo mefistofélico. En seguir el camino que está
al margen de bien y del mal. Es el Camino que no lleva a ninguna meta.
Es el Camino que es constante inquietud en el sentido de que siempre
está en transformación. Fausto no evoca a Mefisto porque
busque riqueza o placeres hedonistas. No. Fausto busca conocimiento.
Y que su camino particular sea su propio camino “de salvación”.
Mefistófeles es el diablo más conocido en la Edad Media.
Mientras que unos afirman que no es ningún diablo perteneciente
a la tradición, otros dicen que sí que lo es y que además
es un alto cargo, un duque, del infierno. Según Cornelio Agripa,
Mefistófeles formó parte de la rebelión contra
Dios, junto con Lucifer, Belial y Leviatán.
A pesar de lo conocido que es, es el diablo más ambiguo y extraño
que es.

Mefistófeles no solo es el iniciador en el camino del ser humano,
que es el principal camino de La mano izquierda. Sino que también
es el más decidido ADVERSARIO DE LA RELIGIÓN CATÓLICA,
pues el catolicismo es sin duda el principal CAMINO HACIA LOS DIOSES.
Mefistófeles aparece en diversas obras populares de fines de
la Edad Media. Suelen ser leyendas, relatos píos,…
Su nombre fue tomado del hebreo “mefiz”, ’destructor’ y “tophel”,
‘calumniador’.

En 1587 se publicó en Alemania primera obra en la que Mefistófeles
y Fausto comparten protagonismo, se trata de la “Historia del Doctor
Johann Fausten”.
El inglés Marlowe leyó la obra y genial escribió
un drama titulado “La trágica historia de la vida y muerte
del Doctor Faustus”. En esta obra se nos presenta a Mefistófeles
como sirviente de Lucifer. A pesar de todo, Mefistófeles nos
cuenta que acudió a visitar al doctor Fausto por decisión
exclusivamente propia. El propio Mefisto nos explica que renunciar
a Dios o maldecir de las Santas Personas desata una energía
atractiva que les es irresistible hasta tal punto que acuden allí
donde se ha generado esa poderosa y negativa energía.
En el drama de Marlowe, Mefistófeles le confiesa a Fausto que:
“Cuando escuchamos que alguien eleva el nombre de Dios,
para abjurar de las Escrituras y de su Salvador Cristo,
volamos con la esperanza de obtener su gloriosa alma.”
Tras esto, Mefistófeles, convence, seduce y persuade a Fausto.
Entonces firman el contrato, el pacto satánico. Mefistófeles
Se convertirá en criado y servidor de Fausto por los próximos
24 años:
“Él te servirá, y te traerá lo que fuere…, estará
en su cuarto o en su casa invisible…, y aparecerá en la forma
o figura que tú plazcas”: aparece en forma de dragón,
y más tarde como un monje franciscano. Después, junto
con Fausto, aparece como cardenal. Y bajo el manto de la invisibilidad
hacen travesuras en la bancada del Papa y burlan a los soldados y
al mercader de caballos y a cualquiera que intenta acusarlos de nigromante.
Fausto consigue mucho éxito como mago, en Roma, naturalmente,
con la ayuda de Mefistófeles. Deja admirada a la condesa de
Vanholt por proveerla de unas deliciosas uvas en lo más crudo
del invierno. Y para interpretar el futuro convoca a las fantasmales
sombras de los antepasados de emperador…

Hasta los instantes finales del drama Mefistófeles nos entretiene
con su humor y sus picardías y además asombra a Fausto
con su completo dominio sobre la materia: al final de la representación,
un trono suspendido con cuerdas desciende al escenario y las “mandíbulas
del infierno” se abren para recibir al infausto doctor Fausto.
Mefistófeles es también el demonio correspondiente al
elemento del fuego. También es Mefistófeles el que seduce
a Fausto y le convence de que “en el infierno todo son maneras de
deleite”.

Mefisto le espolea a Fausto para que se entregue a las artes maléficas
pero le advierte de las consecuencias. El infierno que nos descubre
Mefistófeles no es la tradicional y llameante estampa de “las
calderas de Pedro Botero”. El infierno de Mefisto es terrible, porque
es el lugar más oscuro y más tenebroso de la personalidad
humana. En consecuencia, ese infierno es un lugar donde todo es posible,
donde es posible el dolor, o las tristeza, más extremados o
la tortura más inimaginable. El infierno de Mefistófeles
va dentro del ser humano, por eso es descomunal e ilimitado:
“Este mundo es el infierno, yo pertenezco al infierno pero estoy fuera
de este mundo”, dice Mefistófeles.

En la obra romántica de Goethe, Fausto es salvado. No así
en el drama de Marlowe. Esta diferencia lo cambia todo.
En la leyenda renacentista, Fausto es despedazado por entidades demoníacas
pertenecientes a los mundos de la Oscuridad y del Fuego.
Pero esto puede ser engañoso. Hay estudiosos que afirman que
tal acción no es un castigo, como podríamos interpretar
en una lectura inocente, sino que es una iniciación en el mundo
de la magia negra. Ese despedazamiento no sería sino el símbolo
de la rotura de la forma todavía humana y la asunción
de una forma nueva, desconocida por nosotros. En la obra de Goethe,
Fausto se salva precisamente PORQUE NO ES INICIADO.

El drama de Marlowe engrandece la magia negra e intenta zambullir
al lector en el poder de transformación de esas energías
oscuras. El final de la obra de Marlowe no plantea ningún castigo
ejemplar sino que retrata una iniciación, con la experiencia
de paso por la muerte y su posterior resurrección (que no se
comenta por parte de Marlowe). En definitiva, toda la obra de Marlowe
es el relato de una iniciación, en el seno de las potencias
oscuras. Marlowe intenta el camino exclusivamente humano. Es el camino
plenamente humano: la tercera vía. El camino prometeico.
En el drama de Goethe, es radicalmente otro.

Pero
no por romántico sino porque aquí el INICIADO en la
luz es GOETHE. Y esto es justo lo contrario que Marlowe plantea. Goethe
abre un espacio a lo humano/ divino y nos describe el posterior fracaso
de todos los esfuerzos mágicos/ humanos porque solo lo que
es divino es capaz de serenar y de salvar al alma humana. Goethe apela
a la fuerza salvadora y todopoderosa del amor, de la paciencia y porque
el amor es como una flor cuyo fruto es la misericordia inagotable
y gratuita.

Fausto es intelectualmente muy ambicioso y sufre porque no puede llegar
a la comprensión de los secretos arcanos del universo.
Comprende, entonces, que solo una energía sobrenatural puede
proporcionarle los conocimientos que desea. Y él sabe que esa
energía es la que está contenida en la magia. También
sabe que la magia es la única actividad en el mundo que desarrolla
esas fuerzas misteriosas o energías.
Fausto, en la obra de Marlowe, conoce la verdad de lo que aspira:
el conocimiento mágico del universo y sus secretos. Y sabe
que es un conocimiento terrible, pero está determinado y no
le importa pagar el precio.
Por el contrario, al final de la obra de Goethe, Fausto descubrirá
que el amor, la oración, la conciencia del alma desarrollan
estas fuerzas de manera más rápida, superior y más
fácilmente que con el camino de la magia.
Esta es la enseñanza suprema que Goethe nos supo transmitir,
oponiéndose a la magia y a la consecución de pactos
mágicos.

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Goethe
entendió que parte de su misión era contraponerse a
lo mefistofélico, a lo fáustico.
Goethe lo hizo tan bien que acabó para siempre con la obra
de Marlowe, sobreponiendo su drama a cualquier otro intento literario,
incluido el “Doctor Faustus” de Thomas Mann.
Juan
Ramón González Ortiz