¿Por qué nació el movimiento feminista?
Juan Ramón González Ortiz

https://antiguedadesurbanas.blogspot.com


Me propongo comentar un hecho absolutamente comprobable y fácilmente demostrable: que la llamada liberación de la mujer no se produjo por la invención de los anticonceptivos ni por un avance de las llamadas libertades civiles, sino justamente por un cambio en la estructura social del mundo occidental provocado por la emigración del campo a la ciudad.
La teoría feminista de “la rebelión espontánea” de la mujer no concede la debida atención a los cambios que ya se estaban produciendo en la estructura de la vida social, familiar y económica de la sociedad occidental, ates de que naciera el llamado movimiento feminista. La teoría de la rebelión supone que fueron las activistas femeninas las que capitanearon, o inspiraron, unos cambios que después se materializaron en acciones necesarias.
¿Por qué prendieron en el mundo occidental nueva ideas, extrañas en muchos casos? Hablo, por ejemplo, de movimientos antibelicistas, o de movimientos a favor de los homosexuales, o de movimientos contraculturales.
¿Por qué se iniciaron todos estos movimientos?
En el caso del feminismo, no podemos decir que el objetivo de la lucha femenina naciese como consecuencia del fin de la Segunda Guerra Mundial y del cambio tan profundo y radical que trajo al mundo. Después de la 2GM no existía la lucha femenina, en comparación con la activa lucha que habían mantenido las sufragistas medio siglo antes.
En las décadas de 1940 y 1950 no hubo el más mínimo entusiasmo por la lucha feminista. De hecho, esos años fueron antifeministas. La maternidad y el matrimonio estaban de moda. Incluso la imagen de ama de casa, devota de su hogar, era una imagen plena de glamour. Médicos, antropólogos, psicólogos afirmaban que una mujer no podía desempeñar con éxito una jornada de trabajo de completa y al mismo tiempo ser una buena y eficaz madre. Había más mujeres que hombres que exponían sus dudas, cuando no sus burlas, sobre la posibilidad de anteponer una carrera profesional a la familia.
La prueba definitiva de que el feminismo no tenía ninguna fuerza fue el increíble aumento de natalidad que tuvo lugar en esas dos décadas. Esa “borrachera procreadora”, como la llamó Marvin Harris, fue el famoso baby boom.
Por tanto, no podemos decir que el feminismo venía creciendo desde antiguo. Más bien es, al contrario: el antifeminismo se vio súbitamente anulado por el repentino surgimiento del feminismo.
De golpe, el baby boom cedió su puesto a la crisis de la natalidad.
Los ciclos de descenso de población eran muy frecuentes.
Década tras década desde 1800, la natalidad nunca había experimentado n auge tan gigantesco como en las décadas de 1940 y 1950. Incluso durante la década de 1920 1930, que fue una épo

ca de crecimiento económico, la natalidad manutuvo su trayectoria descendente, disminuyendo todos los años salvo uno, con un descenso total de un 25%.
¿Qué elementos permiten explicar este continuo descenso de la natalidad en occidente a partir de 1960?
Fundamentalmente uno: el cambio de un estilo de vida y de un entorno agrícola y rural a otro urbano e industrial. Este proceso, que fue el abandono del campo para ir a trabajar en las ciudades, se dio en todos los países de occidente, España incluida.
El estilo de vida urbano industrial hace descender la natalidad porque cambia trágicamente el balance de “costo beneficio” que implica la crianza de los hijos.
Por decirlo de una manera franca y llana: en las ciudades los hijos cuestan más y son menos rentables que en el campo. En una ciudad cualquiera tener muchos hijos representa un desafío gigantesco cuando se trata de competir para mejorar la situación económica, mientras que, en una granja, o en cualquier explotación agrícola, las familias numerosas progresan mejor. Sobre este tema hay cientos de estudios que demuestran este punto de vista.
En la ciudad los hijos son un desastre económicamente hablando. No así en el marco de la vida rural: los hijos son una bendición, pues cuesta relativamente poco criarlos ya que la ropa, el alimento y al alojamiento pertenecen en una gran parte al patrimonio familiar. Además, desde muy jóvenes, contribuyen con su esfuerzo al mantenimiento y a la productividad de la empresa. Finalmente, cuando los padres llegan a la senectud, son los hijos los que ejercen de cuidadores, descargando al estado o a las instituciones particulares de ese deber.
Por el contrario, en una ciudad hay que pagar por alimentos, ropa y alojamiento. Además, en la ciudad para que un hijo pueda aportar algo, tiene que asistir largos años a la escuela. Cuanto más estudie, mayores serán los costes, y también los riesgos. Es decir, que la inversión que realizan los padres, solo se recupera de forma muy modesta y limitada cerca de la vejez, justo cuando los costes de la ancianidad y de la enfermedad suponen un verdadero quebranto para el patrimonio que puedan tener.
Ahora hay siete veces más familias sin hijos que hace un siglo. El descenso de la natalidad, así como la desaparición de las familias numerosas de antaño y el constante incremento de matrimonios sin hijos son la consecuencia más directa que ha provocado la industrialización y la urbanización de la vida familiar.
Ya sé que las familias no son empresas, pero todos los padres tienen en mente la economía cuando se trata de traer al mundo a un niño.
Muchos amigos míos me han confesado, “No podemos permitirnos el lujo y la irresponsabilidad de traer al mundo otro chico. Bastante tenemos con uno”.
A partir de 1960 empezó a deteriorarse la relación coste beneficio en la crianza de los hijos, y la procreación descendió a tasas que empezaron a ser preocupantes.
Hasta ese momento el salario de un trabajador tenía que ser suficiente para mantener a su esposa e hijos. El papel de la mujer era siempre un papel hogareño y doméstico. Incluso los sindicatos eran el gran bastión de la lucha antifeminista. Un líder sindical de Boston decía que, “la demanda de mano de obra femenina es un ataque insidioso al hogar”.
Hay que hacer una excepción con el reducido grupo de médicas, abogadas y profesoras de facultades que ya existían. Evidentemente, este grupo no era sino un puñado de mujeres privilegiadas.
Las mujeres que trabajaban eran las viudas, las solteras o las divorciadas, y, naturalmente, las mujeres inmigrantes. La pauta normal para las mujeres solteras asalariadas, era que trabajasen hasta el momento de su boda, en el que abandonaban el trabajo. Muchísimas mujeres, casi todas, no estaban dispuestas a casarse con un hombre si este no podía “mantenerlas”.
El sistema pro natalista admitía que las mujeres solteras se incorporasen al trabajo, pero no las mujeres casadas. El cumplimiento de la labor de la mujer suponía que estuviese al frente del hogar y de la familia. Cuando las mujeres casadas se tuvieron que incorporar al mercado de trabajo, se verificó que procreación y trabajo fuera de casa era incompatible. Como consecuencia, el baby boom se cortó en seco. Y esto pasó mucho antes del descubrimiento de los anticonceptivos.
La motivación inicial de aquellas mujeres casadas era proporcionar un suplemento a los ingresos del varón proveedor.
Las matrículas escolares, el mobiliario doméstico, el automóvil, el aparato de televisión, los electrodomésticos, el seguro de vida, la obsolescencia programada, que obliga a caer en la trampa del frenesí consumista, …, la hipoteca, las vacaciones escolares, …, en fin, era necesario un segundo sueldo.
La liberación de la mujer no creó a la mujer trabajadora. Sino que fue justamente al revés.
Para alcanzar estos objetivos, limitados al bienestar y al mantenimiento de un determinado nivel de vida, las mujeres casadas aceptaron empleos a tiempo parcial, trabajos temporales y en los cuales ellas no pensaban medrar.
Así, el ama de casa se transformó en una trabajadora asalariada, liberándose de su papel hogareño y de productoras de bebés.
Ese cambio que se operó en la mujer fue lo que preparó el terreno para el surgimiento del feminismo.
Inicialmente, se incorporaban al trabajo amas de casa de cuarenta años, más o menos. Pero muy pronto se produjo un giro radical cuando se empezaron a involucrar en el mundo laboral mujeres mucho más jóvenes y con hijos de corta edad.
La carga económica que para una familia suponía la asistencia médica, las universidades, las escuelas, las ropas, los entretenimientos, y todo tipo de bienes y servicios, comenzó a crecer mucho más deprisa que el sueldo del varón proveedor.
La explosión feminista de finales de los sesenta marca el momento exacto de la toma de conciencia de dos hechos:
1. que las mujeres tendrán que seguir trabajando desde ahora en adelante para mantener a la familia,
2. y que, a menos que se rebelen, tendrán malos trabajos, empleos temporales, de secretarias, cocineras, dependientas, oficinistas, recepcionistas, es decir, trabajos en los que no competían directamente con los hombres y en los que cobraban un 57 % menos de sueldo que los hombres en esos mismos trabajos.
El ingreso de las mujeres en el mercado de trabajo, inicialmente, no supuso ninguna conflictividad puesto que estas ingresaron en los tipos de trabajo en los cuales, desde hacía ya mucho tiempo, predominaban las mujeres y, por tanto, no suponían ninguna competitividad o amenaza para los empleos del varón.
Y con esto tuvo que ver la primera reacción feminista, la verdadera, la única revolución feminista: con el mercado del trabajo, los derechos laborales y los sueldos.
Ante todo, este panorama, los pilares de la familia tradicional se desmoronaban: ya no había ni varón proveedor ni madre maravillosa volcada en su hogar.
La Corporación Carnegie difundía que una familia con ingresos anuales de diez mil dólares, gastaba más de cincuenta mil en la crianza de un solo hijo hasta los dieciocho primeros años de vida, sin contar el importe de las matrículas universitarias. Si a esto añadimos los gastos de la carrera y una inflación del diez por ciento, la cifra se elevará hasta los ciento noventa y cinco mil dólares en total, y eso sin contar la clases de solfeo, las academias, la ortodoncia invisible, ….
Era por tanto imprescindible, ante este panorama, el salario de la mujer. Ese salario era el que marcaba la diferencia entre caer en la pobreza o poder vivir al día. La alternativa a esta situación era que el marido consiguiese un segundo trabajo. Se trataba del famoso “pluriempleo”. El pluriempleo se ejercía contra las horas de asueto, a menudo contra las horas de sueño, o contra el descanso de los fines de semana.
Había que elegir: o deslomarse en un segundo empleo durante las horas de sueño, o que la esposa percibiese un segundo sueldo.
Esta situación económica provocó el fin del imperativo familiar y procreador, reestructurando la vida, el matrimonio, el parto y las relaciones entre hombre y mujer.
Actualmente, como resultado de todo esto que hemos intentado describir, no solo la natalidad ha descendido hasta límites históricos, sino que también se ha retrasado al edad de matrimonio. Considerando que dos de cada tres matrimonios acaban en divorcio, hablar de la “resurrección del pensamiento familiar” es un chiste de mal gusto. Para que se resucite a la familia tradicional todo tendría que cambiar. Y eso es imposible ahora mismo.
En conclusión, el feminismo no nació como un fruto desgajado del descubrimiento y comercialización de los anticonceptivos. Ni tampoco nació como una revolución que buscaba solo derechos y libertades civiles. El feminismo nació como un movimiento de reivindicaciones de tipo laboral ante la difícil situación de muchas familias que habían cambiado de vida, pasando de un entorno rural a un entorno industrial urbano.
Posteriormente vino una segunda y una tercera y una cuarta revoluciones feministas pero todas ellas basadas en el intento de establecer una cosmovisión feminista, añadiendo componentes ideológicos y revolucionarios a lo que en origen fue un movimiento social nacido de una situación laboral muy concreta.


Juan Ramón González Ortiz



 

 

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