Granja
de caballos
por Juan Ramón González Ortiz

Mientras
bajaba las escaleras de la consulta del médico, Abelardo, reflexionaba
sobre la poca vida que aún le quedaba.
La cosa no había ido nada bien. Era natural, pues ese día
era viernes y Abelardo odiaba los viernes desde que era un niño.
El médico no dijo nada que no estuviera ya en los informes
y análisis que Abelardo mansamente le presentó. La mesa
bien pronto quedó cubierta de papeles y radiografías.
Al médico, en el fondo le daba igual, pero se creía
en la obligación de aparentar interés y de mostrar
simpatía
Seguimos igual, Abelardo, la cirugía no ha valido de nada.
Doctor, cuánto me queda.
Yo creo que… un año como mucho. Seguramente menos.
Y cuando llegue el dolor…
Existe una terapéutica anti dolor fenomenal. Cuando
empiece lo trataremos muy adecuadamente.
Abelardo hubiera querido preguntar algo más por el tratamiento
contra el dolor, pero algo le decía que el médico estaba
ansioso por terminar cuanto antes. Vio un bolso de viaje, de cuero
granate, bajo el perchero y comprendió que el galeno llevaba
su equipaje para irse de viaje en el fin de semana, y que seguramente
todo eso, Abelardo y su enfermedad, le daban igual, cuando no significaban
para él una franca molestia.
Abelardo se despidió muy cortésmente y bajó
lento las escaleras. Mientras caminaba, abajo, por la calle, vio al
médico conduciendo velozmente un potente coche y perdiéndose
en la maraña del tráfico, camino de la diversión
y tal vez de la juventud.
“De modo que esto se acaba”, se decía para sí mismo
una y otra vez. “Tal vez, Neptuno, en cuyo honor dejé mis ropas
empapadas como exvoto, en su templo, del cabo Sunión, se apiade
de mí y me dé muerte rápidamente”.
Consultó el reloj y vio que aún le faltaba mucho para
que saliera su tren. De modo que, una vez más, tal vez la última,
se dirigió a un recodo escondido del puerto que siempre le
había fascinado: el pudridero. Allí estaban los barcos
que ya no valían para surcar los mares, esperando el desguace.
Podía suceder que el precio de la chatarra hubiese subido tanto
que no mereciese la pena ni siquiera desencuadernar el barco. Entonces
aquellos bellos y audaces buques quedaban condenados al desgaste
eterno, sin fin, corroídos por la lepra de los días,
por el cáncer de la lluvia sucia, del óxido y de la
noche interminable.
La aguas grasas, inmóviles y espesas, ennegrecidas y con multicolores
manchas de aceite en su superficie, de vez en cuando acogían
en sus tentaculares brazos un mástil que se desmoronaba
casi sin ruido, o una grúa, o el mismísimo timón,
carcomidos todos por el ácido del tiempo.
“Estamos igual, vosotros y yo”, les dijo Abelardo a los barcos cuando
llegó al muelle.
Recordó que cuando era joven, porque ya de joven le atraía
ese lugar, vio a un viejo marino sentado sobre una bita mirando fijamente
un enorme carguero, tal vez de diez mil toneladas, preso en las aguas
del pudridero. Aquel hombre lloraba al ver el buque. Abelardo se
acercó y a pesar de ser tan joven, le preguntó al viejo
marino, si podía hacer algo por él. Y el otro le dijo:
“¡No, no puedes hacer nada! ¿Ves allá, ese buque
tan bello? En aquel barco navegué yo por vez primera a mis
quince años. Era camarero, debido a mi juventud. Tuve que
pilotar el buque por el canal de Mozambique con la tripulación
medio muerta por el botulismo. El capitán también estaba
moribundo, yo fui el único que no comí ese día
y me salvé de enfermar. El barco quedó sin gobierno.
El capitán, tendido en el suelo, luchando por respirar, me
daba las instrucciones para guiar ese enorme y bello monstruo de acero.
Yo cogí los mandos del timón y logré llevar
el barco hasta las Comores”.
El joven Abelardo se quedó admirado, y pensó que ese
hombre era un nuevo Odiseo y que valía más que todos
los flatus vocis que pueblan las universidades, los parlamentos,
los espectáculos y hasta las calles. Ahora ya estaba cercana
la hora de su tren. De nuevo echó a andar. Le dolía
la espalda. Empezó a jadear. La gente le miraba molesta.
Nadie le preguntó qué le ocurría. Los riñones
le dolían cada vez más y más. Se sentó
en un banco y empezó a toser con arcadas. Una madre, que
estaba con su hija sentada muy cerca, se levantó muy ofendida
por las toses. Al pasar frente a Abelardo, le dijo “váyase
a toser a otro lado, aquí nos puede contagiar”.
Llegó a la estación minutos antes de que saliera su
tren. Pagó el billete y se acomodó en un departamento
vacío. Al poco de empezar a funcionar el tren, entró
en su departamento, riendo y gritando, tres niños, todos hermanos,
dos niñas y un niño, conducidos por una desagradable
niñera, una estudiante joven que portaba una carpeta llena
de apuntes de economía. Los niños empezaron a hablar
con Abelardo. La niñera no dijo nada, contenta de ver
que otro iba a ocuparse de la odiosa tarea de entretener a sus pupilos.
Abrió la carpeta, seleccionó un manojo de apuntes y
empezó a estudiarlos. Las niñas no hacían sino
pregonar todos su éxitos: “tengo una medalla de piano”,
“y yo una medalla por ser la que mejor lee en francés”, “¿sabes
que el próximo año nos iremos a ver los museos de Londres?
”,…. Eran agotadoras. Pero Abelardo no dejaba de mirar al niño.
Este entró muy en silencio, sin hablar con sus hermanas, y,
abriendo una bolsita, sacó unos caballitos de diversos
colores y se puso a jugar con ellos en el suelo.
Abelardo le dijo;
“Qué hermosos caballos. Yo también amo mucho los caballos
¿Sabes?, estuve varios años en Caballería, en
el Ejercito. Y recuerdo el nombre de todos mis caballos: Rondeño,
Alire, Chacal, Aarón,… Todos. No se me ha olvidado ni uno solo”.
Fue ese el momento en el que al niño se le iluminó el
rostro. Y empezó a hablar de sus caballos.
“Oh, sí, los caballos son lo más bonito que hay. Yo
estoy ahorrando para tener una granja de caballos cuando sea mayor.
Mira este caballo verde se llama Verderón, este otro como es
marrón le llamo Cafecito. Este otro es negro y es el más
listo, se llama Oscuro. Este otro es blanco, y yo sé que es
una yegua, y por eso se llama Eugenia”.
Qué música tan bella para Abelardo el delicioso parloteo
de ese niño. Toda la belleza del mundo vibraba en la inocencia
de sus palabras.
“Verderón es el más torpe. Un día por la noche
me levanté y vi que el pobre estaba repitiendo a solas los
ejercicios que yo les había enseñado a todos por la
mañana. Me dio mucha pena. Y desde entonces es mi caballo preferido.
El más listo es Oscuro. Yo sé que trabajó en
un circo y por eso es tan listísimo. Un día me dijo
que es capaz de escribir en un papel mi nombre si le sujeto un lápiz
en el casco de su mano derecha”.
Abelardo había sido toda su vida como el pobre Verderón,
o, al menos, eso opinaba él de sí mismo, y pensó
que ojalá hubiese tenido profesores con la bondad y el corazón
de ese tierno y sublime niño. Las niñas, enfadadas
al ver que ya nadie les hacía caso, empezaron a cantar en voz
muy alta una canción en francés. Eran muy molestas.
Cuando el tren ya iba a llegar a la estación de Abelardo, este
quiso darle al chico un regalo, pero no llevaba nada encima. Solo
dinero. Porque los adultos no llevan encima ni caballos ni juguetes
ni cosas bellas, solo llevan dinero. Abrió su cartera para
darle unas monedas y que se comprase una chocolatina. Pero tampoco
llevaba monedas. Solo había allí un billete de cien
euros. Abelardo se contuvo. Pero, ¿qué más daba?
Se iba a morir en dos días. El Gobierno le quitaría
su dinero y lo gastaría en robar votos y electores a sus
contrarios. Entonces sacando el billete, lo enrolló y
cogiendo la tierna manita del niño, le puso el billete dentro
de ella mientras le decía, “Toma, para que te compre muchos,
muchos caballos y para que puedas tener muy pronto tu granja de caballos”.
La niñera se quedó paralizada cuando vio el billete
en la manita del chico. Sin embargo, no dijo nada. Abelardo se puso
en pie y bajó del tren. Su casa estaba cerca del apeadero.
Menos mal. Cuando llegó, estaba feliz, contento, se reía.
Parecía como si los ángeles de la Vida hubieran insuflado
en él una energía desconocida. Algo refrescante y juvenil
tintineaba dentro de él. Se tendió en el sofá.
Su casa llevaba muchos años vacía y todo estaba un poco
destartalado. Abelardo sintió que se adormilaba. Estaba cansado,
pero no le dolía nada. Musitó:
“Señor, dios del Mar, dios de los cielos infecundos, tómame
ahora, que soy tan feliz”.
Y cerró los ojos, y se durmió plácidamente.
Unas estaciones más allá. La niñera retornaba
a la casa de la familia cuyos hijos custodiaba. Cuando esta contó
el suceso del tren y los cien euros de propina, los padres se sintieron
alarmados. Y llamaron al niño a su presencia para interrogarle
acerca de qué le había dicho ese hombre. El chico ya
no se acordaba de nada, tampoco no sabía qué era una
propina, y aún menos qué había hecho mal. Los
padres concluyeron que ese anciano era un corruptor de menores, tal
vez un peligroso delincuente sexual y, enloquecidos, empezaron
a tronar contra este tipo de gentes que andan sueltas. El padre hecho
un volcán, hecho una furia, se dirigió inmediatamente
con la niñera y las dos chicas, a la comisaría de policía
para formalizar una denuncia contra ese miserable viejo. A la
misma hora, Abelardo dormía profundamente, en el sofá
de su salón. En aquel delicioso rapto del sueño,
su corazón, agitado, comprimido, por tantas emociones, se detuvo...
Y allí quedó, muerto, arropado todavía por
la angelical blancura del chico que amaba los caballos. Mientras tanto,
la madre, que se había quedado sola en casa con el chico, lo
llamó, de nuevo, gritando, y le ordenó que le trajera
los cien euros. El niño desconocía el valor de aquel
papel y no entendía nada de lo que estaba pasando, pero
sabía que la culpa de todo era del billete arrugado que sostenía
muy suavemente entre sus manitas, para no hacerle daño. La
madre le exigió que se lo entregase. Y el niño abrió
su mano como quien libera a un pajarito enjaulado para que vuele.
Al coger el dinero, la madre agria, y malhumorada, dijo,
“Qué granja de caballos ni qué niño muerto.
Con este dinero nos vamos a ir tu padre y yo de cena el próximo
sábado”.