GUIÑOS A LA MUERTE

por Antonio Callén Mora
revista nivel 2
Si bien la muerte es algo natural para cualquier ser vivo, pensar en ella o hablar de la misma es a menudo un tema tabú.

Cuando eres chaval, rara vez te toca enfrentarte con ella, salvo excepciones. De hecho, a los niños no se les suele llevar a velatorios ni a entierros y es muy frecuente que uno no vea su primer muerto real, es decir fuera del cine y la TV, hasta los quince o más años, por poner una cifra.

Más adelante, con la edad, surge a menudo la ocasión de tener un contacto más estrecho con este fenómeno natural, y me refiero a decesos en congéneres, pues van falleciendo personas de tu entorno, bien por tener una edad avanzada, por enfermedades graves o por accidentes fortuitos.

Cuanto más cerca están esas personas, física o emocionalmente, mayor es el impacto que tiene el suceso, supongo que porque ves que también te puede pasar a ti y, de hecho, tarde o temprano, vas a tener que pasar por ese trance.

Por lo general, a partir de una determinada edad en la que tomamos conciencia que un día u otro desa- pareceremos del mundo de los vivos, uno guarda en su mente una edad a la que espera llegar. En esa cifra puede influir la llamada esperanza de vida que, epidemiológicamente, es un número promedio que depende de factores como el lugar de nacimiento y en el que transcurre la vida, el sexo y el tipo de ocupación laboral, por nombrar unos pocos. Los seguros de vida y de salud calculan lo que se denomina la edad actuarial que les sirve para estimar los riesgos, tabularlos y, en definitiva, calcular las primas a aplicar.

Cuando sucede una muerte súbita o inesperada a nuestro alrededor, nos ponemos en guardia y entendemos que como dice mi esposa “nadie tenemos la vida comprada”. Sin embargo, mentalmente, pensamos en lo que estamos haciendo bien o mal para aumentar nuestra supervivencia.

Hay muertes que son más trau- matizantes que otras en lo personal. De hecho, antes que la muerte, a veces, vienen las enfermedades denominadas de curso fatal o con alto riesgo de provocar la muerte. Así, si a alguien de nuestro entorno, le diagnostican un cáncer nos causa un impacto que es proporcional al riesgo de muerte. De modo, que puede llegar un momento en el que la muerte de esa persona la admitimos como algo normal, tras un proceso más o menos largo. Querámoslo o no es una secuencia natural. Personalmente, creo que con los años te vas habituando a la idea de la muerte; aunque el temor a la misma, varía de unas personas a otras. Mi padre murió a los 95 años, después de haber pasado múltiples situaciones en las que su vida había estado en riesgo. Por poner un ejemplo sencillo, vivió la guerra civil española. Además, le tuvieron que extirpar un riñón por un tumor, le atropelló un camión cuando iba hacia Zaragoza con el tractor y la vez que recuerdo haberle visto peor fue cuando vino de un viaje desde Málaga, al cual había acudido por el fallecimiento de un tío mío, en el que tenía retenida la orina y llevaba horas sin ser sondado. Fue impresionante, el estado en que llegó fue lamentable.

Curiosamente, yo percibía que las noticias de los fallecimientos no parecían afectar a mi padre, al menos a partir de los setenta u ochenta años. Incluso muertes de gente mucho más joven que él. Pensé que sería una cosa de la edad, pero no estoy seguro. El caso es que creo que a mí me pasa algo parecido, tengo una especie de resignación o aceptación de las muertes a mi alrededor. Ni que decir tiene que hay muertes que me afectan mucho; aunque siento que cada vez soy más tolerante a los fallecimientos.

Por no relatar mis múltiples experiencias en relación con la muerte, incluida la de mi primera esposa, voy a contar las veces que me consta que la he tenido muy cerca. La primera de ellas es un relato que he tenido que reconstruir llamando a una prima hermana mía, pues yo no tengo recuerdo alguno de ese suceso, como es lógico. En efecto, cuando tenía entre los dos y los tres años, por lo visto, estaba delante de mi casa paterna al cuidado de una niñera que ayudaba a mi madre, Alicia. Vivíamos en la calle que constituía la carretera nacional que iba de Zaragoza a Tudela, ya que por aquel entonces ésta pasaba por mi pueblo. En un descuido de Alicia, parece que me lancé a la carretera en el preciso momento que venía un autobús de la empresa Autobuses Cinco Villas, el chófer reaccionó a tiempo y no me atropelló, pero quedé atrapado al lado de la rueda del autocar que dejó marcada su huella en mi “babi”. Se ve que mi ángel de la guarda tuvo faena ese día.

En el siguiente episodio, que sí recuerdo; aunque carezco de algunos detalles precisos, tendría yo alrededor de los 7 años. En aquellos tiempos era normal comprar algunos productos a granel, como el azúcar que la envasaban en unos paquetes de papel de estraza. Como he sido siempre muy goloso y amante del dulce, cuando vi el paquete sobre la mesa de la cocina, me apresuré a coger una cuchara, abrirlo y sin darme cuenta de lo que había dentro me metí a la boca parte del contenido. Me empezó a quemar y fui rápido al grifo gritando para aclararme con agua, lo cual creo que fue peor, pues se trataba de sosa caustica o hidróxido sódico. En efecto, ese pro-ducto se empleaba cuando se hacía matanza para fabricar jabón con la grasa del cerdo. Tuve mucha suerte, aunque el trance fue muy doloroso, ya que independientemente de aclararme con agua, el producto se quedó en la boca y no pasó al esófago, lo cual me lo podría haber quemado. Se quedó sobre la lengua y quizás la saliva que yo había segregado, debido a su capacidad tampón, jugó un papel protector en cierta medida. El caso es que mi lengua quedó dañada, durante años la he podido ver cuarteada con verdaderos surcos, lo cual aumentó mi sensibilidad gustativa desde entonces, al menos para sustancias irritantes. Me salvé de milagro; pero lo pasé muy mal.

La siguiente vez que estuve en peligro fue cuando tenía sobre los catorce o quince años, es decir sería a principios de los 70. Por aquella época, no dis- poníamos de piscinas en el pueblo y lo habitual era irnos a bañar, bien al Jalón o al Ebro.
De hecho, al tramo de este último río que se encuentra al lado del puente de la carretera que une Alagón con Remolinos, se le llamaba la playa de Alagón. Normalmente, tomábamos el sol y nos bañábamos en la orilla del lado de mi pueblo, pues en esa zona quedaba una parte de tierra al descubierto, aunque algo pedregosa. En ese lado había también un chiringuito que regentaba Matalé y podíamos tomar refrescos o cerveza. Pues bien, aunque lo normal era bañarse sin alejarse mucho de esa orilla, evitando la corriente del centro del río, siempre había quien se lanzaba a cruzar a la otra orilla, en cuyo límite había vegetación. En una ocasión, la primera en que lo intenté, me decidí a cruzar el río; aunque no iba solo, pues fuimos varios a la vez. Cuando estaba llegando a la orilla opuesta, me iban flaqueando las fuerzas y no paraba de luchar, sin percatarme de ello contra la corriente, que en ese trayecto era bastante fuerte. De modo que no avanzaba. Afortunadamente, un chico de mi pueblo, José Antonio Vela, vino a soco- rrerme y me dijo que me dejase llevar por la corriente en vez de luchar contra ella y así logré llegar sano y salvo, aunque asustado a la otra orilla. Siempre digo que me salvó la vida y, francamente, creo que fue así.

En la carretera es frecuente verse en situaciones comprometidas, máxime cuando, como era mi caso, haces muchos kilómetros al cabo del año. Recuerdo que una vez, en pleno invierno, volvía de Alagón a Salamanca con mi familia. En la parte delantera iba yo solo, mi primera esposa y los niños, detrás.

Más allá de Soria, a la altura de Car- bonera, aproximadamente, andaba algo aburrido de la conducción y empecé a enredar con el cuenta kilómetros que debía estar algo atrancado y no acababa de ponerse a cero.
De repente, un grito de mi mujer nos salvó a todos, pues yo me iba ladeando hacia al centro de la carretera sin darme cuenta y de frente venía un autobús. Todo quedó en un susto, pero pudo ser una verdadera tragedia.

Muchos años después, tuve un accidente de tráfico, o mejor dicho dos que pudieron tener consecuencias funes- tas, pero quedaron reducidos a daños materiales. En ambos casos iba solo.

En el primero conducía un Peugeot 309 diesel y llevaba unos tres años con él, de modo que me tocaba cambiarlo pronto. Volvía de un viaje en el que estuve en Salas de los Infantes y tomé una carretera llena de curvas entre dicha población y Aranda de Duero.

En ese tramo me divertí mucho y conduje de forma que, para mí, podría considerarse casi temeraria; pero iba muy concentrado en la carretera. Sin embargo, al llegar a Aranda, siendo ya de noche, en la carretera nacional, se me antojó que no llevaba bien las luces traseras de freno.

En vez de parar y comprobarlo no se me ocurrió otra cosa que ir frenando a tramos y tratar de ver el reflejo en la carretera de dichas luces. Era, de nuevo, consecuencia del aburrimiento, máxime después del rally que acaba de hacer.

Una de las veces al levantar la vista vi que me había desviado hacia el centro de la carretera y que venía un coche de frente. Afortunadamente solo era uno, porque yo di un volantazo a la derecha y luego otro a la izquierda. Con la dirección asistida, al menos entonces, ese tipo de maniobras es muy arriesgado.
En efecto, me salí por el margen izquierdo de la carretera, había un pretil de acceso a una finca rústica, ya que estaba limitada por una acequia en el lado de la carretera. Al pasar sobre la acequia, lanzado el coche hizo una vuelta de campana. En el huerto había plantados chopos. Por suerte no impacté de frente con ninguno de ellos. El coche, tras una vuelta de campana quedó en posición de marcha pero paró. El motor seguía en marcha y la puerta del conductor no se podía abrir pues tenía un chopo que lo impedía. El techo estaba algo hundido, pero mi cabeza no sufrió daño alguno. Como unos días antes había habido un accidente múltiple en la autopista de Bilbao, en el cual perecieron algunas personas por prenderse fuego el vehículo, lo primero que hice fue apagar el motor. Salí como pude por el lado derecho. Lo único que tenía era un pequeño rasguño en el dedo índice y algo de dolor en el cuello, sin consecuencias.

Era un 12 de diciembre y ese día volví a nacer, nunca lo olvidaré. Es el día del cumpleaños de mi sobrino Eduardo y desde entonces también mi segundo cumple. Ni que decir que el coche fue declarado siniestro total. Los coches que pasaban no me veían o no quisieron parar, hasta que finalmente uno me acercó a Aranda, pues me puse en un cruce de carreteras que hay cerca. Ningún objeto del maletero se rompió, a pesar de tratarse de material frágil. Por si esto fuera poco, un año más tarde, el 13 de diciembre, día de Santa Lucía, volvía a mediodía de una visita en un pueblo de la provincia de Ávila y me incorporé a la carretera nacional N-501 en las proximidades de Gimialcón. Iba detrás de tres coches que seguían a una camioneta, de forma que se formó un convoy. En el tramo con línea continua, anterior a una curva de bajada, donde se podía adelantar, una vez superado el cambio de rasante, al ver que los coches no se animaban a adelantar a la camioneta, a pesar de que había luego una recta de subida con una amplia visibilidad, me puse a adelantar. Rebasé un coche, y luego un segundo sin problemas, pero al ir a pasar al tercero, un Volkswagen beetle, como ya estábamos en plena recta, aunque en ligera subida, su conductor o bien no miró o me tenía en el ángulo muerto. El caso es que se introdujo en mi trayectoria de repente y, de nuevo, mi maniobra peligrosa, volantazo a la derecha para esquivarle, seguido de volantazo a la izquierda para intentar recuperar mi trayectoria, pérdida de control y salida por la cuneta izquierda.

Ningún coche de atrás, de los recién rebasados me golpeó. Supongo que por mi mayor velocidad en el adelantamiento. Mi coche, al alcanzar el límite del arcén que hacía una “V” abierta, hizo un giro de 180 º y quedó mirando hacia Ávila. En lugar de dar vuelta de campana, la forma de falso talud hizo que no se produjese la vuelta completa de campana, de modo que hizo un extraño y volvió a la posición de marcha. Salí ileso y los conductores de los coches que venían detrás de mí estaban asustados, interesándose por mi salud; mientras, el Volkswagen o no se dio cuenta o se fue a la fuga. Todos estos relatos son un indicio de por qué soy una persona positiva y me siento afortunada. Hubo algún posible accidente más del que me libré, una de tantas veces por irme durmiendo, dando cabezadas y no parar. En uno de esos lapsos, casi me pego con la trasera de un camión. Eso pasó después de una noche en la que no había dormido lo suficiente y me había acostado con algunas copas de más, en Madrid. Volvía de Segovia.

 

 

 

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