ESTUDIEMOS
LA MUERTE
Juan
Ramón González Ortiz

“Las gentes ignoran que los verdaderos filósofos no trabajan
durante su vida sino para prepararse para la muerte; y siendo esto
así, sería ridículo que después de haber
perseguido sin tregua este único fin, recelasen y temiesen
cuando se les presenta la muerte”.
He querido encabezar este pequeño artículo con las palabras
que Sócrates dirige a sus amigos y discípulos unas horas
antes de beber la cicuta. Platón así nos lo cuenta en
el Fedón, que sin lugar a duda es uno de los libros más
sublimes que se han escrito en este planeta. Catón de Útica
eligió precisamente este libro para leerlo la noche antes de
su suicidio. Un historiador griego nos cuenta que en Atenas un ciudadano
privado leyó también este libro y ante tanta belleza
perdió las ganas de seguir viviendo, cometiendo suicidio. En
efecto, tras leer este libro,
¿a qué más se puede aspirar?
Pero he traído aquí estas palabras no para presentar
la realidad del mundo que existe tras la otra orilla sino para hacer
ver que la característica de todo filósofo es el deseo
de conocer de antemano lo que hay al otro lado. Es decir, cuál
es la vida del alma en esa región desconocida que se extiende
más allá de la forma, del espacio y del tiempo.
Recuerdo que Vicente Beltrán Anglada decía que una de
las razones por las cuales investigar sobre la muerte es tan difícil
y está reservado a individuos del todo extraordinarios es que
ese mundo tiene niveles de una belleza tan inimaginable y de una paz
tan profunda que si todos tuviésemos conocimiento anticipadamente
de esas regiones perderíamos el gusto por esta vida (como le
pasó a aquel ciudadano de Atenas) y simplemente nos dejaríamos
morir o bien, desganados y vacíos, optaríamos por el
suicidio. Aun así, los maestros nos han dejado indicaciones,
y miles de enseñanzas detalladas sobre lo que nos aguarda al
otro lado.
Hay un momento en el Evangelio de Lucas en el que Cristo dice: “¿Qué
padre si su hijo le pide pan le dará piedras?, ¿o si
le pide pescado le dará una serpiente?” Con esto el divino
maestro nos quiere dar a entender que no nos han dejado abandonados
y a oscuras en este mundo caótico, sino que nos han proporcionado
el Libro de Instrucciones para la Vida con el cual podemos andar nuestra
jornada sin errar. Y de la misma manera que nos han entregado las
instrucciones para la vida también nos han revelado la verdad
de lo que nos espera en la otra orilla. ¿Cómo puede
decir tanta gente que no tenemos ni idea de lo que nos aguarda y que
la muerte es en todo algo desconocido? ¡Pero cómo nos
van a dejar los Maestros desarmados, ciegos y mudos ante el terror
de algo tan turbador y que inevitablemente saldrá a nuestro
encuentro, antes o después!
La muerte es segura y nos comportamos ante ella con total negligencia.
No se puede jugar al escondite con la muerte. Tal vez hayáis
tenido algún anticipo de la muerte, una enfermedad terrible,
tal vez. ¿Verdad que cuando a uno le dan un diagnóstico
de esos que te quitan el aliento percibes que has vivido en vano,
ajeno a todo, como un niño fascinado en un parque de atracciones
y que nunca piensa en el mañana? ¿Sabéis de qué
os hablo?
¡Cuántas veces he leído el bellísimo poema
de Tristia, de Ovidio, aquel que empieza “Cum subit illius tristissima
noctis imago qua mihi supremum tempus ...”, y cuántas veces
me he emocionado al sentir cómo el poeta describía que
aquello para lo que se había estado preparando durante tantos
y tantos años, cuando le sobrevino, le pilló de improviso,
con la mente desordenada y el corazón náufrago en la
marejada de las emociones!
A veces nuestra actitud de esquivar apáticamente la reflexión
sobre la muerte me recuerda a aquellas palabras que pronuncia para
sí esa abúlica cocinera en la novela de Tristram Shandy,
de Sterne, cuando ella escucha que ha muerto el señorito Bobby
y dice: “¡Pero yo ... no!”
“La sinceridad, la amistad, el amor, los libros, son pruebas contra
el cáncer del tiempo”, escribía Willian Hazlit. Sí,
por supuesto. Así es: mientras existan estos elementos parece
que el tiempo se congela, incluso parece que el inexorable ultraje
de los años se desvanece. Pero no es así: finalmente
se ha de presentar la Muerte. No vivamos más en las fantasías
románticas y literarias de antaño. En esas esperanzas
insípidas que pretenden prolongar la juventud. ¡También
los jóvenes moran tan cerca de la muerte como los ancianos!
Hay que ser descaradamente realista. Espabilemos ahora que estamos
vivos e investiguemos en lo que nos aguarda. Que no nos pille la muerte
a traición. No vivamos más en inútiles perspectivas.
El repentino final de todo puede acaecer con la misma velocidad que
un espejo que cae al suelo y se rompe en millones de fragmentos.
¿Qué va a pasar con nosotros cuando Caronte venga a
buscarnos?, ¿dónde vamos a desembarcar?, ¿qué
va a pasar con nuestra conciencia?, ¿qué tierra es esa
en la que amaneceremos y que existencias contiene?, ¿qué
viaje nos aguarda?
Una cosa es clara y es que el que llega a esa tierra de la cual ningún
caminante retorna, con algo de conocimiento sobre su nueva realidad
se halla en mucha mejor situación que el que alcanza esa orilla
en total ignorancia. Todo lo que uno avance en esta vida lo atesora
para siempre, y nadie se lo quitará. Por eso digo que cuanto
más estudiemos ahora nuestro inmediato futuro, más felicidad
y consciencia obtendremos en el más allá. Entre otras
cosas porque estudiar las fases, las divisiones y subdisiones de la
muerte es una verdadera vía de conocimiento sagrado que nos
acerca a la realidad espiritual suprema del ser humano y al insondable
e impenetrable misterio de la Creación: ¿cuál
es el designio de la Vida?, ¿qué finalidad tiene la
vida?, ¿hacia dónde tiende todo esto?
Estudiar la vida que nos aguarda tras la muerte, en el lapso entre
dos encarnaciones, es penetrar no solo en la constitución oculta
de nuestro Ser sino en la de todo el Universo, pues todas las criaturas,
desde un átomo hasta una galaxia, tienen sus fases de actividad
y sus fases de reposo y de oscuración. Dios juega a su solitario
cósmico siendo fiel a sus propias normas. Y tal como es la
constitución de un ser pequeño ser humano es la de un
exaltado ser cósmico cuyo cuerpo de expresión es toda
una constelación o una galaxia.
Estudiemos la muerte. Este era el conocimiento sagrado que garantizaba
el cambio total de vida. Este era el conocimiento último que
adminis traban los chamanes, los maestros, los sabios. Este es el
único conocimiento verdaderamente importante. Este es el conocimiento
que da la inmortalidad. Este es el conocimiento que recibió
Galeno en la Gran Pirámide de Keops, en Gizah, y que hizo de
él un señor de la vida y de la muerte, un semidiós
de la medicina
Leadbeater lo ha dicho una y mil veces: “¿Quiere saber cómo
será usted cuando abandone su cuerpo físico? Pues exactamente
igual a como es ahora”.
Incluso los muertos tienen que aprender, como nosotros los vivos,
a cambiar de centro de vida, pues inicialmente, al menos, muchos de
ellos siguen focalizados en las actividades del mundo que acaban de
abandonar. Los deseos, la confusión, la incertidumbre, la ira,
…. en muchos casos siguen persistiendo. Hasta los muertos tienen que
completar su proceso de retornar al Alma, introvertiéndose,
buscando la intimidad con el Alma, desechando por tanto los intereses
de las regiones iniciales que se abren ante ellos.
Muramos en vida y sintamos la cercanía del Alma en todo momento,
que ella nos arrastre poderosamente como la soga cuando tira de la
campana que está en lo alto, y que la amistad con nuestra propia
Alma nos acerque a las regiones supremas, a la verdadera casa del
Padre, de la cual tanta, tantísima, nostalgia sentimos. Que
el Alma nos guíe y nos lleve de vuelta a las regiones lucientes.
“No es fácil que os haga una descripción de esa felicidad,
ni el poco tiempo que me resta me lo permite. Pero lo que acabo de
deciros basta, mi querido Simmias, para haceros ver que debemos
trabajar toda la vida en adquirir la virtud y la sabiduría,
porque el precio es magnífico y la esperanza grande”.
J. R.