HADAS Y PERSONAJES DE MIEDO
Iconografía y narrativa inquietante en la literatura infantil
Texto e ilustraciones: Jesús Zatón

revista nivel 2

Ogros, enanos, reyes, príncipes y princesas, monstruos, fantasmas, grifos, brujas, madrastras, gigantes, demonios, duendes, hechiceras, magos, hombres lobo, ondinas, genios, héroes, sirenas, elfos... Una larga galería de seres, a veces benéficos, a menudo maléficos, puebla los cuentos de hadas. Su popularidad universal, en particular entre los lectores jóvenes, revela que no son meros personajes de diversión, por mucho que así lo parezca a primera vista.
¿Cómo explicar su supervivencia en un mundo donde la tecnología, la ciencia y el pragmatismo más descarnado se alzan como señores absolutos? La respuesta empezará a vislumbrarse si apartamos los velos que cubren sus rostros.
¿Qué ofrecen los cuentos de hadas para que aún hoy fascinen a los niños? ¿Qué sentido encierran esos personajes de miedo? ¿Guardan alguna enseñanza? ¿Responden a necesidades profundas de la infancia? Estas preguntas guían nuestra indagación.
Ahora bien, para responder con rigor desde la psicología, conviene partir de una salvedad: la psique infantil no es un receptáculo homogéneo, sino un organismo en perpetua transformación. El niño de cuatro o cinco años, inmerso en el pensamiento mágico y en las angustias orales y anales de la primera infancia, percibe al lobo o a la bruja como una amenaza física y directa, una proyección casi tangible de sus propios impulsos frente a la figura parental omnipotente. El niño de nueve o diez años, ya afianzado en las operaciones concretas y en el umbral de la moral autónoma, descifra en esos mismos arquetipos dilemas éticos, luchas de conciencia y conflictos de lealtad social. Esta distinción evolutiva, lejos de restar universalidad al símbolo, revela la prodigiosa capacidad del cuento para modular su mensaje espiritual según el estadio cognitivo y emocional del oyente, y para hablar un idioma distinto —aunque igual de profundo— en cada tramo del crecimiento.
Aclarado este punto, nada mejor que un breve recorrido por los personajes de miedo más significativos.

 

ANIMALES DE MIEDO

El hombre, ser racional, disimula a duras penas sus instintos primarios. Los animales de los cuentos reflejan aquello que nos amenaza y nos ata a nuestra capa más irracional, al mundo de los deseos. Ninguno encarna estos aspectos con tanta fuerza como el lobo.

 

El lobo
Cuentos como La cabra y los cabritillos o Los tres cerditos lo muestran astuto, malicioso y cruel, aunque siempre vencido por la astucia del cabritillo o por el tesón del cerdito pequeño.
Más compleja es la figura del lobo en Caperucita Roja, de Perrault, uno de los pocos cuentos de hadas con final infeliz. La niña, ante la falsa abuela, se sorprende paso a paso de sus brazos, sus piernas, sus orejas, sus ojos y sus dientes, hasta ser devorada por el animal —por su propio deseo. La versión de los hermanos Grimm no difiere en lo sustancial, salvo en el desenlace: Caperucita y su abuela son rescatadas de la tripa del lobo por un cazador.
¿Qué simboliza el cazador? Acecha al lobo desde mucho antes; es la razón humana en su grado más alto, la facultad capaz de liberar el ánima (Caperucita) de la prisión de los deseos. Este símbolo alcanza su plenitud en Blancanieves. Ante las órdenes criminales de la madrastra, el cazador se apiada de la princesa y entrega a la bruja el corazón y el hígado de un animal muerto. La razón, en vez de servir a las fuerzas oscuras, permite que Blancanieves —el alma— escape de su enemigo mortal.

 


La bestia

A diferencia del lobo, la bestia no suele ser siniestra. Su aspecto es horrible, su visión aterra, y el silbo de su aliento hace estremecer palacios; pero en ella hallamos rasgos demasiado humanos. Su corazón es generoso, y está dispuesto a morir de pena si no consigue el amor de la bella.
La bestia refleja al hombreanimal, tosco y defectuoso, que aspira a unirse a la bella, a lo puro y original: el alma. Cuando la unión se consuma, la bestia escapa del encantamiento y recupera su realeza. Tocamos aquí uno de los aspectos peor comprendidos del cuento de hadas: su función de transmisor de mensajes iniciáticos. La bestia representa la materialidad del hombre; la bella, el amor que se sacrifica. Se recrea el tema universal de la caída: lo que fue separado debe ser unido. Así se rompe la maldición.

 


El dragón

El mito de la caída y la degeneración se manifiesta con mayor claridad en el dragón, el culebrón o serpiente de una o varias cabezas, que aparece en innumerables cuentos y en todas las religiones antiguas. En Oriente se le vincula a los cuatro elementos —agua, aire, tierra y fuego—, con especies subterráneas, acuáticas, aéreas e ígneas, y siempre con un significado cósmico del que Occidente lo ha despojado.
El cristianismo oficial desvirtuó ese rico simbolismo al convertirlo en emblema del mal, en estandarte del maligno. Así vemos a San Jorge luchar contra el dragón, o a la serpiente del Paraíso enroscada en el árbol del bien y del mal. En la tradición popular, el dragónserpiente tiene doble carácter, bueno y malo; pero un estudio más atento revela que la serpiente mala deriva de la buena. No son dos animales distintos, sino una misma entidad transformada: la serpiente benefactora que otorga poderes mágicos degenera en el terrible dragón que hay que matar.
Con mayor frecuencia, el dragón aparece como guardián de tesoros fabulosos o raptor de princesas. El héroe o el príncipe se enfrentan a él, de una, tres, siete o doce cabezas; deben cortarlas o, venciendo su repugnancia, besar al dragón tres veces para que el maleficio se rompa y lo original recobre su esplendor primitivo.
En alquimia, el dragón es el Mercurius Philosophorum, la materia prima salvaje y venenosa que contiene la muerte y la inmortalidad. Los tres besos no son un gesto romántico, sino la operación sobre los tres reinos o las tres etapas de la Gran Obra: el primero, la nigredo, el ennegrecimiento y la putrefacción de la materia, el contacto con la sombra; el segundo, la albedo, el blanqueamiento purificador y la aparición de la luz lunar; el tercero, la rubedo, el enrojecimiento final, el nacimiento de la Piedra Filosofal y el primitivo esplendor. El número tres remite a la trinidad operativa del alquimista: azufre (alma), mercurio (espíritu) y sal (cuerpo). Al besar al dragón tres veces, el héroe integra esas tres facetas de su naturaleza caída y transmuta el monstruo en oro de conciencia, ya sea crística o búdica.
Los paralelismos con Cerbero, el perro tricéfalo cuya cerviz acoge una maraña de serpientes y custodia las puertas del infierno, resultan evidentes. Estos paralelismos revelan que los cuentos de hadas recogen y funden las herencias culturales e iniciáticas más ricas de la humanidad.

 

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SERES DE MIEDO
Deslizándose casi sin solución entre lo animal y lo humano, hallamos una variada gama de seres fantásticos.

 

Los gigantes
La mitología griega ofrece abundantes ejemplos: Gea, la Madre Universal, engendró a Urano y a Ponto. De la unión de Gea con Urano nacieron los tres gigantes de un solo ojo, los tres Hecatonquires de cincuenta cabezas y cien brazos, y los doce Titanes, de quienes dioses y hombres descienden. Todas las religiones y mitos ancestrales hablan de gigantes: el combate bíblico de David contra Goliat, el de NinUrda contra el gigantesco Kur en Sumeria, o las luchas junto al martillo de Thor en la mitología germana.
En la Edad Media aparece por vez primera el gigante benefactor y el gigante integrado en la estructura social. En los libros de caballerías, como el Amadís de Gaula, un gigante lleva a Galaor a armarse caballero. La literatura renacentista, con Gargantúa y Pantagruel, recrea al gigante inofensivo. Pero, salvo esas excepciones y los hospitalarios gigantes de los viajes de Gulliver, la figura del gigante va unida a la crueldad y al despotismo.
Así lo narra Simbad el Marino en Las mil y una noches:



"De pronto se abrió una puerta y apareció ante nosotros un hombre muy negro, tan alto como el árbol más alto, con un solo ojo en medio de la frente, orejas que le caían sobre los hombros, dientes afilados y largos como los de las fieras y garras de águila. Su presencia sobrecogió nuestro ánimo... Tomándome por la cintura, me levantó en el aire como si sostuviera una pluma".

Hazaña semejante recoge la Odisea, cuando Ulises y sus compañeros, cautivos de Polifemo, le clavan en el único ojo una estaca al rojo vivo. Crueles, sanguinarios y, por fortuna, de pocas luces: así dibuja la tradición popular a los gigantes.
Tal vez en las variantes de Jack el Matagigantes se advierta mejor su sentido profundo. En Jack y las habichuelas mágicas, el muchacho sube por el tallo de la planta que en una noche creció hasta las nubes y halla al gigante que trata de devorarlo: "Huelo sangre de un pequeño; cocínalo y dame de cenar", gruñe. Jack lo derrota y lo despoja de sus riquezas. Esta desposesión permite ver en los cuentos de gigantes una alegoría de la evolución social: el paso del régimen feudal, opresivo, a un orden de mayor bienestar; el triunfo del débil sobre el poderoso. Pero el enfrentamiento alude, sobre todo, a los obstáculos interiores, poderosos e insalvables. Es el encuentro con el Guardián del Umbral del que hablan los esoteristas, el obstáculo mayor para quien pretende traspasar las puertas del mundo espiritual. Si se vence al Guardián, quedan al alcance del candidato todas las experiencias y posibilidades espirituales —las riquezas del cuento—, presentes en su estructura celeste.

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Ogros
Gigantes y ogros están emparentados. A veces sus nombres se usan sin distinción; otras, la amistad los une. Oscar Wilde escribe en El gigante egoísta:

"Un día el Gigante regresó. Había ido a visitar a su amigo el Ogro y había permanecido siete años con él. Al cabo de siete años le había dicho todo lo que tenía que decirle, pues su conversación era limitada, y decidió regresar a su castillo..."

En aspecto e intenciones, los ogros se asemejan a los gigantes. Sirva Pulgarcito como ejemplo:
"Los sacó de debajo de la cama uno tras otro. Los pobres niños se arrodillaron pidiendo perdón, pero tenían que vérselas con el más cruel de los ogros, que, lejos de sentir piedad, los devoraba ya con los ojos y decía a su mujer que serían sabrosos trozos con una buena salsa..."

Pulgarcito y sus hermanos escapan ilesos gracias a la agudeza del pequeño, pero no sin despojar al Ogro de sus botas de siete leguas y de todos sus tesoros.
Las botas de siete leguas no son un simple calzado para viajar veloz. El número siete cifra los cielos planetarios de la cosmología antigua —Saturno, Júpiter, Marte, el Sol, Venus, Mercurio y la Luna— y los siete chakras mayores de la tradición tántrica. Al despojar al Ogro de esas botas, Pulgarcito se apodera de la facultad de trascender los planos de densidad. En la iniciación, ponerse las botas de siete leguas significa recorrer en un instante los siete estados de conciencia que separan al hombre común del hombre despierto. El Ogro, la materia densa y devoradora, las poseía sin saber usarlas; el héroe pequeño, astuto y puro, las arrebata, y demuestra que la verdadera velocidad espiritual no es física, sino la que permite al pneuma atravesar las esferas celestes sin que lo detenga la gravedad de los deseos terrenales.
Gigantes y ogros presentan tantas semejanzas que los consideramos arquetipos de una misma realidad, ya sea social o espiritual.

 

HABITANTES DEL REINO MÁGICO: HADAS, BRUJAS Y OTROS SERES

Silfos, ninfas, gnomos y salamandras son, en la Edad Media, los espíritus elementales que animan la tierra, el agua, el cielo y el fuego. Paracelso sostiene que esos seres no descienden de Adán. Su origen es distinto del de hombres y animales, aunque pueden unirse a ellos, y de esa unión nacen individuos de raza humana. Participan de lo humano y de lo espiritual: vuelan como los espíritus, pero evacuan, beben, tienen carne y huesos, padecen enfermedades, mueren y se pudren. Tienen costumbres, gustos y lenguaje. Pero hay un rasgo esencial que los diferencia: no poseen alma.
En la doctrina hermética, el hombre es un microcosmos que sintetiza los tres reinos —mineral, vegetal y animal— y posee la chispa divina, el pneuma, que le otorga la capacidad de redimir la materia. Los elementales son las fuerzas vitales de la naturaleza, pero carecen de ese quinto elemento, de la quintaesencia o alma racional. Por eso el viaje del cuento no es mágico, sino sacramental: el alma humana, la princesa o el héroe, debe aprender a dominar a esos elementales, es decir, a sus propias pasiones e instintos, para no quedar atrapado en la naturaleza sin alma. Es una advertencia contra el panteísmo y una reivindicación de la dignidad del espíritu humano sobre las fuerzas ciegas del cosmos.
Según Paracelso, la misión de estas criaturas es custodiar tesoros: los gnomos, los de la tierra; las salamandras, los de las regiones ígneas; los silfos, los que llevan los vientos; las ondinas, los de las aguas.
La mitología germánica es prolífica en estas criaturas. Árboles, bosques, fuentes, piedras y fuego son sagrados; en ellos se manifiestan fuerzas que el tiempo ha personificado en una amplia galería de espíritus y demonios: el Nixe, espíritu de las aguas, que adopta forma masculina o femenina; Ran, demonio marino con figura de mujer que devora a los hombres...
No solo la mitología germánica, sino todas las vinculadas a los pueblos celtas, presentan una rica variedad de estos personajes. En la mitología eslava encontramos a Lechy, espíritu del bosque con aspecto humano pero sin sombra; a Polevick, dios de los campos, con grandes hojas verdes en lugar de cabellos; a Rousalka, divinidad de las aguas, cuyo rostro cobra a veces una palidez lunar y cuyos ojos brillan con fuego verde...
En nuestra península hallamos asimismo una amplia variedad de seres mitológicos de influencia grecolatina y céltica. En Asturias, las xanas, ninfas benéficas de extraordinaria belleza que habitan en fuentes, cuevas y riberas; las ayalgas, ninfas hechiceras, guardianas de tesoros inmensos; el Trasgu, duende diminuto y simpático, con gorro colorado; el Nuberu, genio maléfico que dirige las tormentas; el Busgoso o señor del bosque, con torso humano, cabeza coronada de cuernos y piernas de cabra...
Estos personajes, y otros muchos, personificaciones de fuerzas benignas y malignas, han pervivido y perviven arraigados en la mentalidad mítica de los pueblos.
Gracias a estudiosos como Perrault, los hermanos Grimm, Andersen o Fernán Caballero, se ha conservado parte del riquísimo patrimonio de la tradición oral. Sorprende, sin embargo, que a raíz de esos trabajos los libros infantiles se pueblen de repente con una multitud de duendecillos, trolls, hadas y brujas. Los espíritus protectores y malignos de nuestros ancestros parecen asaltar de golpe el mundo de los libros y establecerse en él con comodidad.
Para comprender su porqué, no debemos perder de vista la misión que siempre se les ha atribuido: proteger y dañar. Personifican las fuerzas que interfieren o determinan nuestro destino. La etimología de la palabra hada es reveladora: proviene de hado, la divinidad que en la Edad Media dispensaba el porvenir; del latín fatum, destino. Como ese porvenir abarca la alegría y la tristeza, la vida y la muerte, las hadas se nos presentan bajo dos formas: benefactoras, que ayudan al héroe, o malignas, dotadas de poderes mágicos para conducirlo a la destrucción.

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Un ejemplo ilustrativo es La Bella Durmiente del bosque. El rey y la reina, afligidos por su esterilidad, "fueron a todas las aguas del mundo; votos, peregrinaciones, pequeñas devociones, todo lo pusieron en práctica, sin que sirviera de nada". La alusión a las divinidades protectoras y dispensadoras de dones es patente desde las primeras líneas. La reina, al quedar encinta, organiza una gran fiesta e invita no solo a parientes y conocidos, sino a las hadas, con la esperanza de que se muestren generosas con la niña. Trece hadas había en el reino; el soberano solo poseía doce platos de oro, así que una quedó sin invitación. Celebrado el banquete, cada hada concedió un don a la recién nacida: virtud, belleza, riqueza, y todo lo apetecible. Cuando once habían hablado, apareció la decimotercera, deseosa de venganza, y sin saludar a nadie exclamó: “La princesa se pinchará con un huso en cuanto cumpla los quince años, y caerá muerta”.
En la tradición órfica y en el Mito de Er, recogido por Platón en La República, el huso —el huso de Ananké— es el eje que hace girar las esferas celestes. No es un simple instrumento de costura, sino el Axis Mundi, el centro del universo que conecta el cielo, la tierra y el inframundo. Pincharse el dedo, la extremidad que toca y crea, significa el momento en que el alma —la princesa— entra en contacto con la ley cíclica del destino, con la rueda del devenir. Los quince años no son una edad caprichosa: en la numerología iniciática, el quince (1+5=6) es el número del alma. Al pincharse, la princesa no muere en lo físico, sino que desciende a los infiernos —el sueño de cien años— para desgarrar el velo de Maya, la ilusión, y recordar su origen celeste. Es la clásica catábasis, el descenso a los infiernos que todo iniciado debe cumplir para conocer los misterios de la vida y la muerte.
Por fortuna, la duodécima hada, que aún no había concedido su don, mitiga el hechizo. La princesa, en vez de morir, quedará sumida en un sueño profundo de cien años.
Detengámonos un instante en este rico simbolismo. En la cosmogonía valentiniana, la escuela gnóstica más refinada, el Pleroma, la Totalidad divina, se estructura en Eones que emanan por parejas, las sizigias. La última de esas estructuras es la Dodecada, los doce Eones finales que cierran el mundo inteligible. El Duodécimo Eón, en muchos sistemas, porta la esencia del Logos o del Cristo, concebido como el Horos, el Límite o la Frontera que separa el Pleroma del Kenoma, el vacío exterior. Su misión es mitigar la caída.
Aparecen trece hadas, pero solo hay doce platos de oro. El trece es el número de la transgresión, el que rompe la armonía zodiacal y lunar. Es el Eón caído, la Sofía inferior o Achamot, que, al desear conocer al Padre sin su pareja, engendra una materia defectuosa y mortal. Esa decimotercera hada no lanza una maldición cualquiera: lanza la muerte pura, sin atenuantes. En el gnosticismo, la materia sin el soplo espiritual es muerte y putrefacción.
Pero irrumpe la duodécima hada, la que aún no ha dado su don. No evita el pinchazo, el contacto con el huso y la materia; pero convierte la muerte en sueño. En los misterios antiguos, el sueño —koimesis— es el estado iniciático por excelencia: la muerte en vida que permite al alma desprenderse de los sentidos para ascender. La duodécima hada actúa como el Horos gnóstico: pone un límite a la maldición del trece, purifica la caída y la convierte en un período de gestación espiritual.
El cien, esotéricamente, no es una cifra redonda por azar. Es el cuadrado de diez, la Década perfecta, y el diez es el retorno al uno, a la Mónada, tras haber recorrido los nueve números de la manifestación. Al sumar 1+0+0, obtenemos 1: la Unidad. ¿Qué significa en el contexto de la princesa dormida? El sueño de cien años representa el Gran Ciclo Cósmico, lo que los hindúes llaman un Día de Brahma y los estoicos el Gran Año. La princesa no espera pasivamente; realiza un viaje de regreso a la Unidad perdida. El beso del príncipe —que en esta lectura sería el Espíritu o el Nous superior— no hace sino constatar que la Unidad ya ha sido restaurada en su interior durante el sueño.
El saber popular tiene, sin embargo, muy presente que el destino no lo determinan solo las hadas, sino que la mayoría de las veces nace de nuestro esfuerzo y actitud. En el cuento de Grimm Madre Nieve, una viuda tiene dos hijas: la mayor, hermosa y diligente; la menor, fea y perezosa. A la mayor se le cae el huso al pozo donde trabaja. Se arroja a recuperarlo y encuentra un horno con pan que grita: "¡Sácame de aquí, que me quemo, ya estoy cocido!" Poco después, un manzano le pide: "¡Sacúdeme, que las manzanas ya están maduras!" La joven obedece. Por último llega a casa de una anciana, que le dice: "Quédate conmigo; solo has de sacudir con fuerza mi edredón para que vuelen las plumas y nieve sobre la tierra. Yo soy Madre Nieve". La joven cumple. Cuando desea volver a su casa, la anciana la conduce a una gran puerta; al atravesarla, una lluvia de oro cubre su cuerpo.
La hermana perezosa, al intentar igual fortuna, oye al horno: "¡Sácame de aquí!" Y responde: "¿Crees que voy a mancharme el vestido?" Al manzano le dice: "¿Y si me cae una manzana en la cabeza?" Cuando Madre Nieve le pide que sacuda el edredón, se remolonea. La anciana la despide, y al cruzar la puerta, la cubre una lluvia de pez que la deja negra y sucia.
La moraleja es clara: quien va al encuentro del hado con pereza y sin cumplir sus tareas no recibe sino desgracias.


Las brujas

Para no pecar de imprecisión, conviene recordar que los términos hada y bruja no aparecen hasta bien entrada la Edad Media. En los cuentos populares de tradición oral hallamos hechiceras o duendes, personificaciones de las fuerzas positivas y negativas del destino, o bien viejecillas que evocan la figura protectora de los antepasados.
Hada y bruja son, en cierto modo, expresiones genéricas que abarcan un amplio abanico de criaturas fantásticas. Es probable que ambas denominaciones surjan bajo el influjo de las doctrinas dualistas cátaras, aunque el término bruja adquiere un sentido muy distinto a partir de los procesos y persecuciones de la Inquisición.
Las hadas han pasado a ser sinónimo de bien perpetuo; las brujas, en cambio, van ligadas a la fealdad y a la maldad. Su imagen se ha estereotipado quizá más que ninguna otra. Desgreñadas y sucias, pasan las horas ante pócimas repugnantes de hierbas venenosas, colas de lagarto y polvos de hueso. Vuelan en escobas mágicas y se complacen en hacer el mal por su simple condición de brujas.

A modo de conclusión
Este breve análisis de las hadas y personajes de miedo más significativos nos permite responder a las preguntas iniciales. Los cuentos de hadas, como concreciones escritas de la narrativa oral, transmiten contenidos míticos, iniciáticos y didácticos. Del relato como revelación, como expresión física de lo sagrado, se pasó al relato como transmisor de conocimientos mágicos y secretos, y de ahí, al perderse la comprensión esotérica, al de transmisor de experiencias prácticas y aleccionadoras.
Pero para que esa transmisión iniciática y didáctica despliegue toda su eficacia, es preciso atender a la modulación que impone el desarrollo psíquico del niño. En la primera infancia, de tres a seis años, el personaje de miedo cumple una función catártica: da forma y rostro a angustias preverbales, al miedo a ser devorado, a la separación, a la pérdida del amor; permite que el niño exteriorice y domeñe sus terrores en la fantasía, sin necesidad de reflexión moral explícita. En la etapa de latencia, de siete a once años, el mismo personaje adquiere un significado más ético y social: el héroe vence al monstruo no solo para salvar su pellejo, sino para restaurar un orden justo, para conquistar las normas internas y acceder a la comunidad de pares. Lejos de fracturar la lectura espiritual que aquí defendemos, este prisma evolutivo revela la asombrosa ingeniería psíquica del cuento clásico: una estructura capaz de ofrecer un andamiaje simbólico ajustado a las necesidades de cada momento del crecimiento, desde el miedo a ser comido hasta el miedo a no ser aceptado.
Los personajes de miedo han sufrido con el tiempo una degeneración gradual. Los mensajes sagrados transmitidos mediante símbolos apenas son comprendidos hoy. Por eso conviene afirmar con claridad que los cuentos de hadas, a menudo relegados a literatura menor o a mera diversión infantil, no pueden circunscribirse a los más pequeños. La sabiduría que encierran es universal y toca las raíces esenciales del ser humano: sus raíces mágicas.
Que este punto de vista no ha sido siempre compartido lo prueba la insensibilidad de los años mil novecientos sesenta y setenta, cuando un amplio sector de la sociedad se escandalizaba ante los horrores de los cuentos: niños abandonados, ogros devoradores, maridos que degüellan a sus esposas, descuartizamientos, brujas malignas. ¿Cómo poner esas atrocidades en manos de los niños? Pero quienes así se preguntan olvidan que la vida emocional del niño es esencialmente mágica. Como apunta Dorothy Bloch en Para que la bruja no me coma:
“El niño puede sentirse responsable de una gama extraordinaria de sucesos infaustos. ¿Hay una muerte en la familia? Él es el asesino. ¿Un accidente? Él es el autor secreto. ¿Una enfermedad? Él es el agente. Su maldad hace que su madre le deje para ir a trabajar, o que desee tener otro hijo, y lleva a su padre a ausentarse por viajes de negocios. El niño puede sentirse culpable de cada disputa y autor de cada desastre, ya sea la desavenencia entre los padres, la separación o el divorcio. La chispa que enciende esa predisposición a la culpa, con su expectativa de castigo, parece ser el propio sentimiento de cólera del niño. Sus impulsos agresivos están prohibidos no solo porque sus padres los condenen, sino por el poder devastador que el niño les atribuye. Si pensar, sentir y desear equivalen a actuar, el niño mide la magnitud de la amenaza que representa por la intensidad de su mundo interior. Cuanto más irritado está, más peligroso se cree, y mayor su miedo al castigo.”
Los temores del niño son insondables. El exterior y el interior lo acosan; los sufre como una agresión. Él se ve minúsculo e indefenso ante los ogros y brujas que alberga en su ser más profundo y que pugnan por salir, y también ante las figuras gigantescas de los adultos.
En los cuentos de hadas, en la literatura fantástica, el niño halla proyectados sus miedos y sus angustias. Mediante esos personajes de miedo puede comprenderse, sin saberlo, y superar sus frustraciones. Sobre todo, al identificarse con el héroe, con sus luchas y penalidades que alcanzan un desenlace feliz, se convence de que él también puede recibir las ayudas adecuadas, de que también saldrá victorioso de su conflicto interior.


Con estas consideraciones hemos respondido a la última pregunta: ¿los cuentos de hadas responden a necesidades concretas del niño? Nuestra respuesta es un sí rotundo.


Por ello reivindicamos los cuentos de hadas y todos sus pobladores: ogros, enanos, reyes, príncipes y princesas, monstruos, fantasmas, dragones, grifos, brujas, madrastras, gigantes, demonios, duendes, hechiceras, magos, hombres lobo, ondinas, genios, héroes, sirenas, elfos... toda esa larga galería de seres, benéficos a veces, maléficos otras, pero fascinantes siempre.

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