HADAS
Y PERSONAJES DE MIEDO
Iconografía y narrativa inquietante en la literatura infantil
Texto e ilustraciones: Jesús Zatón

Ogros, enanos, reyes, príncipes y princesas, monstruos, fantasmas,
grifos, brujas, madrastras, gigantes, demonios, duendes, hechiceras,
magos, hombres lobo, ondinas, genios, héroes, sirenas, elfos...
Una larga galería de seres, a veces benéficos, a menudo
maléficos, puebla los cuentos de hadas. Su popularidad universal,
en particular entre los lectores jóvenes, revela que no son
meros personajes de diversión, por mucho que así lo
parezca a primera vista.
¿Cómo explicar su supervivencia en un mundo donde la
tecnología, la ciencia y el pragmatismo más descarnado
se alzan como señores absolutos? La respuesta empezará
a vislumbrarse si apartamos los velos que cubren sus rostros.
¿Qué ofrecen los cuentos de hadas para que aún
hoy fascinen a los niños? ¿Qué sentido encierran
esos personajes de miedo? ¿Guardan alguna enseñanza?
¿Responden a necesidades profundas de la infancia? Estas preguntas
guían nuestra indagación.
Ahora bien, para responder con rigor desde la psicología, conviene
partir de una salvedad: la psique infantil no es un receptáculo
homogéneo, sino un organismo en perpetua transformación.
El niño de cuatro o cinco años, inmerso en el pensamiento
mágico y en las angustias orales y anales de la primera infancia,
percibe al lobo o a la bruja como una amenaza física y directa,
una proyección casi tangible de sus propios impulsos frente
a la figura parental omnipotente. El niño de nueve o diez años,
ya afianzado en las operaciones concretas y en el umbral de la moral
autónoma, descifra en esos mismos arquetipos dilemas éticos,
luchas de conciencia y conflictos de lealtad social. Esta distinción
evolutiva, lejos de restar universalidad al símbolo, revela
la prodigiosa capacidad del cuento para modular su mensaje espiritual
según el estadio cognitivo y emocional del oyente, y para hablar
un idioma distinto —aunque igual de profundo— en cada tramo del crecimiento.
Aclarado este punto, nada mejor que un breve recorrido por los personajes
de miedo más significativos.
ANIMALES
DE MIEDO
El hombre,
ser racional, disimula a duras penas sus instintos primarios. Los
animales de los cuentos reflejan aquello que nos amenaza y nos ata
a nuestra capa más irracional, al mundo de los deseos. Ninguno
encarna estos aspectos con tanta fuerza como el lobo.
El
lobo
Cuentos como La cabra y los cabritillos o Los tres cerditos lo muestran
astuto, malicioso y cruel, aunque siempre vencido por la astucia del
cabritillo o por el tesón del cerdito pequeño.
Más compleja es la figura del lobo en Caperucita Roja, de Perrault,
uno de los pocos cuentos de hadas con final infeliz. La niña,
ante la falsa abuela, se sorprende paso a paso de sus brazos, sus
piernas, sus orejas, sus ojos y sus dientes, hasta ser devorada por
el animal —por su propio deseo. La versión de los hermanos
Grimm no difiere en lo sustancial, salvo en el desenlace: Caperucita
y su abuela son rescatadas de la tripa del lobo por un cazador.
¿Qué simboliza el cazador? Acecha al lobo desde mucho
antes; es la razón humana en su grado más alto, la facultad
capaz de liberar el ánima (Caperucita) de la prisión
de los deseos. Este símbolo alcanza su plenitud en Blancanieves.
Ante las órdenes criminales de la madrastra, el cazador se
apiada de la princesa y entrega a la bruja el corazón y el
hígado de un animal muerto. La razón, en vez de servir
a las fuerzas oscuras, permite que Blancanieves —el alma— escape de
su enemigo mortal.
La bestia
A diferencia del lobo, la bestia no suele ser siniestra. Su aspecto
es horrible, su visión aterra, y el silbo de su aliento hace
estremecer palacios; pero en ella hallamos rasgos demasiado humanos.
Su corazón es generoso, y está dispuesto a morir de
pena si no consigue el amor de la bella.
La bestia refleja al hombreanimal, tosco y defectuoso, que aspira
a unirse a la bella, a lo puro y original: el alma. Cuando la unión
se consuma, la bestia escapa del encantamiento y recupera su realeza.
Tocamos aquí uno de los aspectos peor comprendidos del cuento
de hadas: su función de transmisor de mensajes iniciáticos.
La bestia representa la materialidad del hombre; la bella, el amor
que se sacrifica. Se recrea el tema universal de la caída:
lo que fue separado debe ser unido. Así se rompe la maldición.
El dragón
El mito
de la caída y la degeneración se manifiesta con mayor
claridad en el dragón, el culebrón o serpiente de una
o varias cabezas, que aparece en innumerables cuentos y en todas las
religiones antiguas. En Oriente se le vincula a los cuatro elementos
—agua, aire, tierra y fuego—, con especies subterráneas, acuáticas,
aéreas e ígneas, y siempre con un significado cósmico
del que Occidente lo ha despojado.
El cristianismo oficial desvirtuó ese rico simbolismo al convertirlo
en emblema del mal, en estandarte del maligno. Así vemos a
San Jorge luchar contra el dragón, o a la serpiente del Paraíso
enroscada en el árbol del bien y del mal. En la tradición
popular, el dragónserpiente tiene doble carácter, bueno
y malo; pero un estudio más atento revela que la serpiente
mala deriva de la buena. No son dos animales distintos, sino una misma
entidad transformada: la serpiente benefactora que otorga poderes
mágicos degenera en el terrible dragón que hay que matar.
Con mayor frecuencia, el dragón aparece como guardián
de tesoros fabulosos o raptor de princesas. El héroe o el príncipe
se enfrentan a él, de una, tres, siete o doce cabezas; deben
cortarlas o, venciendo su repugnancia, besar al dragón tres
veces para que el maleficio se rompa y lo original recobre su esplendor
primitivo.
En alquimia, el dragón es el Mercurius Philosophorum, la materia
prima salvaje y venenosa que contiene la muerte y la inmortalidad.
Los tres besos no son un gesto romántico, sino la operación
sobre los tres reinos o las tres etapas de la Gran Obra: el primero,
la nigredo, el ennegrecimiento y la putrefacción de la materia,
el contacto con la sombra; el segundo, la albedo, el blanqueamiento
purificador y la aparición de la luz lunar; el tercero, la
rubedo, el enrojecimiento final, el nacimiento de la Piedra Filosofal
y el primitivo esplendor. El número tres remite a la trinidad
operativa del alquimista: azufre (alma), mercurio (espíritu)
y sal (cuerpo). Al besar al dragón tres veces, el héroe
integra esas tres facetas de su naturaleza caída y transmuta
el monstruo en oro de conciencia, ya sea crística o búdica.
Los paralelismos con Cerbero, el perro tricéfalo cuya cerviz
acoge una maraña de serpientes y custodia las puertas del infierno,
resultan evidentes. Estos paralelismos revelan que los cuentos de
hadas recogen y funden las herencias culturales e iniciáticas
más ricas de la humanidad.

SERES DE MIEDO
Deslizándose casi sin solución entre lo animal y lo
humano, hallamos una variada gama de seres fantásticos.
Los
gigantes
La mitología griega ofrece abundantes ejemplos: Gea, la Madre
Universal, engendró a Urano y a Ponto. De la unión de
Gea con Urano nacieron los tres gigantes de un solo ojo, los tres
Hecatonquires de cincuenta cabezas y cien brazos, y los doce Titanes,
de quienes dioses y hombres descienden. Todas las religiones y mitos
ancestrales hablan de gigantes: el combate bíblico de David
contra Goliat, el de NinUrda contra el gigantesco Kur en Sumeria,
o las luchas junto al martillo de Thor en la mitología germana.
En la Edad Media aparece por vez primera el gigante benefactor y el
gigante integrado en la estructura social. En los libros de caballerías,
como el Amadís de Gaula, un gigante lleva a Galaor a armarse
caballero. La literatura renacentista, con Gargantúa y Pantagruel,
recrea al gigante inofensivo. Pero, salvo esas excepciones y los
hospitalarios gigantes de los viajes de Gulliver, la figura del
gigante va unida a la crueldad y al despotismo.
Así lo narra Simbad el Marino en Las mil y una noches:
"De pronto se abrió una puerta y apareció ante
nosotros un hombre muy negro, tan alto como el árbol más
alto, con un solo ojo en medio de la frente, orejas que le caían
sobre los hombros, dientes afilados y largos como los de las fieras
y garras de águila. Su presencia sobrecogió nuestro
ánimo... Tomándome por la cintura, me levantó
en el aire como si sostuviera una pluma".
Hazaña
semejante recoge la Odisea, cuando Ulises y sus compañeros,
cautivos de Polifemo, le clavan en el único ojo una estaca
al rojo vivo. Crueles, sanguinarios y, por fortuna, de pocas luces:
así dibuja la tradición popular a los gigantes.
Tal vez en las variantes de Jack el Matagigantes se advierta mejor
su sentido profundo. En Jack y las habichuelas mágicas, el
muchacho sube por el tallo de la planta que en una noche creció
hasta las nubes y halla al gigante que trata de devorarlo: "Huelo
sangre de un pequeño; cocínalo y dame de cenar",
gruñe. Jack lo derrota y lo despoja de sus riquezas. Esta desposesión
permite ver en los cuentos de gigantes una alegoría de la evolución
social: el paso del régimen feudal, opresivo, a un orden de
mayor bienestar; el triunfo del débil sobre el poderoso. Pero
el enfrentamiento alude, sobre todo, a los obstáculos interiores,
poderosos e insalvables. Es el encuentro con el Guardián del
Umbral del que hablan los esoteristas, el obstáculo mayor para
quien pretende traspasar las puertas del mundo espiritual. Si se vence
al Guardián, quedan al alcance del candidato todas las experiencias
y posibilidades espirituales —las riquezas del cuento—, presentes
en su estructura celeste.

Ogros
Gigantes y ogros están emparentados. A veces sus nombres se
usan sin distinción; otras, la amistad los une. Oscar Wilde
escribe en El gigante egoísta:
"Un
día el Gigante regresó. Había ido a visitar
a su amigo el Ogro y había permanecido siete años con
él. Al cabo de siete años le había dicho todo
lo que tenía que decirle, pues su conversación era limitada,
y decidió regresar a su castillo..."
En aspecto
e intenciones, los ogros se asemejan a los gigantes. Sirva Pulgarcito
como ejemplo:
"Los sacó de debajo de la cama uno tras otro. Los pobres
niños se arrodillaron pidiendo perdón, pero tenían
que vérselas con el más cruel de los ogros, que, lejos
de sentir piedad, los devoraba ya con los ojos y decía a su
mujer que serían sabrosos trozos con una buena salsa..."
Pulgarcito
y sus hermanos escapan ilesos gracias a la agudeza del pequeño,
pero no sin despojar al Ogro de sus botas de siete leguas y de todos
sus tesoros.
Las botas de siete leguas no son un simple calzado para viajar veloz.
El número siete cifra los cielos planetarios de la cosmología
antigua —Saturno, Júpiter, Marte, el Sol, Venus, Mercurio y
la Luna— y los siete chakras mayores de la tradición tántrica.
Al despojar al Ogro de esas botas, Pulgarcito se apodera de la facultad
de trascender los planos de densidad. En la iniciación, ponerse
las botas de siete leguas significa recorrer en un instante los siete
estados de conciencia que separan al hombre común del hombre
despierto. El Ogro, la materia densa y devoradora, las poseía
sin saber usarlas; el héroe pequeño, astuto y puro,
las arrebata, y demuestra que la verdadera velocidad espiritual no
es física, sino la que permite al pneuma atravesar las esferas
celestes sin que lo detenga la gravedad de los deseos terrenales.
Gigantes y ogros presentan tantas semejanzas que los consideramos
arquetipos de una misma realidad, ya sea social o espiritual.
HABITANTES
DEL REINO MÁGICO: HADAS, BRUJAS Y OTROS SERES
Silfos,
ninfas, gnomos y salamandras son, en la Edad Media, los espíritus
elementales que animan la tierra, el agua, el cielo y el fuego. Paracelso
sostiene que esos seres no descienden de Adán. Su origen es
distinto del de hombres y animales, aunque pueden unirse a ellos,
y de esa unión nacen individuos de raza humana. Participan
de lo humano y de lo espiritual: vuelan como los espíritus,
pero evacuan, beben, tienen carne y huesos, padecen enfermedades,
mueren y se pudren. Tienen costumbres, gustos y lenguaje. Pero hay
un rasgo esencial que los diferencia: no poseen alma.
En la doctrina hermética, el hombre es un microcosmos que sintetiza
los tres reinos —mineral, vegetal y animal— y posee la chispa divina,
el pneuma, que le otorga la capacidad de redimir la materia. Los elementales
son las fuerzas vitales de la naturaleza, pero carecen de ese quinto
elemento, de la quintaesencia o alma racional. Por eso el viaje del
cuento no es mágico, sino sacramental: el alma humana, la princesa
o el héroe, debe aprender a dominar a esos elementales, es
decir, a sus propias pasiones e instintos, para no quedar atrapado
en la naturaleza sin alma. Es una advertencia contra el panteísmo
y una reivindicación de la dignidad del espíritu humano
sobre las fuerzas ciegas del cosmos.
Según Paracelso, la misión de estas criaturas es custodiar
tesoros: los gnomos, los de la tierra; las salamandras, los de las
regiones ígneas; los silfos, los que llevan los vientos; las
ondinas, los de las aguas.
La mitología germánica es prolífica en estas
criaturas. Árboles, bosques, fuentes, piedras y fuego son sagrados;
en ellos se manifiestan fuerzas que el tiempo ha personificado en
una amplia galería de espíritus y demonios: el Nixe,
espíritu de las aguas, que adopta forma masculina o femenina;
Ran, demonio marino con figura de mujer que devora a los hombres...
No solo la mitología germánica, sino todas las vinculadas
a los pueblos celtas, presentan una rica variedad de estos personajes.
En la mitología eslava encontramos a Lechy, espíritu
del bosque con aspecto humano pero sin sombra; a Polevick, dios de
los campos, con grandes hojas verdes en lugar de cabellos; a Rousalka,
divinidad de las aguas, cuyo rostro cobra a veces una palidez lunar
y cuyos ojos brillan con fuego verde...
En nuestra península hallamos asimismo una amplia variedad
de seres mitológicos de influencia grecolatina y céltica.
En Asturias, las xanas, ninfas benéficas de extraordinaria
belleza que habitan en fuentes, cuevas y riberas; las ayalgas, ninfas
hechiceras, guardianas de tesoros inmensos; el Trasgu, duende diminuto
y simpático, con gorro colorado; el Nuberu, genio maléfico
que dirige las tormentas; el Busgoso o señor del bosque, con
torso humano, cabeza coronada de cuernos y piernas de cabra...
Estos personajes, y otros muchos, personificaciones de fuerzas benignas
y malignas, han pervivido y perviven arraigados en la mentalidad mítica
de los pueblos.
Gracias a estudiosos como Perrault, los hermanos Grimm, Andersen o
Fernán Caballero, se ha conservado parte del riquísimo
patrimonio de la tradición oral. Sorprende, sin embargo, que
a raíz de esos trabajos los libros infantiles se pueblen de
repente con una multitud de duendecillos, trolls, hadas y brujas.
Los espíritus protectores y malignos de nuestros ancestros
parecen asaltar de golpe el mundo de los libros y establecerse en
él con comodidad.
Para comprender su porqué, no debemos perder de vista la misión
que siempre se les ha atribuido: proteger y dañar. Personifican
las fuerzas que interfieren o determinan nuestro destino. La etimología
de la palabra hada es reveladora: proviene de hado, la divinidad que
en la Edad Media dispensaba el porvenir; del latín fatum, destino.
Como ese porvenir abarca la alegría y la tristeza, la vida
y la muerte, las hadas se nos presentan bajo dos formas: benefactoras,
que ayudan al héroe, o malignas, dotadas de poderes mágicos
para conducirlo a la destrucción.

Un ejemplo ilustrativo es La Bella Durmiente del bosque. El rey y
la reina, afligidos por su esterilidad, "fueron a todas las aguas
del mundo; votos, peregrinaciones, pequeñas devociones, todo
lo pusieron en práctica, sin que sirviera de nada". La
alusión a las divinidades protectoras y dispensadoras de dones
es patente desde las primeras líneas. La reina, al quedar encinta,
organiza una gran fiesta e invita no solo a parientes y conocidos,
sino a las hadas, con la esperanza de que se muestren generosas con
la niña. Trece hadas había en el reino; el soberano
solo poseía doce platos de oro, así que una quedó
sin invitación. Celebrado el banquete, cada hada concedió
un don a la recién nacida: virtud, belleza, riqueza, y todo
lo apetecible. Cuando once habían hablado, apareció
la decimotercera, deseosa de venganza, y sin saludar a nadie exclamó:
“La princesa se pinchará con un huso en cuanto cumpla los quince
años, y caerá muerta”.
En la tradición órfica y en el Mito de Er, recogido
por Platón en La República, el huso —el huso de Ananké—
es el eje que hace girar las esferas celestes. No es un simple instrumento
de costura, sino el Axis Mundi, el centro del universo que conecta
el cielo, la tierra y el inframundo. Pincharse el dedo, la extremidad
que toca y crea, significa el momento en que el alma —la princesa—
entra en contacto con la ley cíclica del destino, con la rueda
del devenir. Los quince años no son una edad caprichosa: en
la numerología iniciática, el quince (1+5=6) es el número
del alma. Al pincharse, la princesa no muere en lo físico,
sino que desciende a los infiernos —el sueño de cien años—
para desgarrar el velo de Maya, la ilusión, y recordar su origen
celeste. Es la clásica catábasis, el descenso a los
infiernos que todo iniciado debe cumplir para conocer los misterios
de la vida y la muerte.
Por fortuna, la duodécima hada, que aún no había
concedido su don, mitiga el hechizo. La princesa, en vez de morir,
quedará sumida en un sueño profundo de cien años.
Detengámonos un instante en este rico simbolismo. En la cosmogonía
valentiniana, la escuela gnóstica más refinada, el Pleroma,
la Totalidad divina, se estructura en Eones que emanan por parejas,
las sizigias. La última de esas estructuras es la Dodecada,
los doce Eones finales que cierran el mundo inteligible. El Duodécimo
Eón, en muchos sistemas, porta la esencia del Logos o del Cristo,
concebido como el Horos, el Límite o la Frontera que separa
el Pleroma del Kenoma, el vacío exterior. Su misión
es mitigar la caída.
Aparecen trece hadas, pero solo hay doce platos de oro. El trece es
el número de la transgresión, el que rompe la armonía
zodiacal y lunar. Es el Eón caído, la Sofía inferior
o Achamot, que, al desear conocer al Padre sin su pareja, engendra
una materia defectuosa y mortal. Esa decimotercera hada no lanza una
maldición cualquiera: lanza la muerte pura, sin atenuantes.
En el gnosticismo, la materia sin el soplo espiritual es muerte y
putrefacción.
Pero irrumpe la duodécima hada, la que aún no ha dado
su don. No evita el pinchazo, el contacto con el huso y la materia;
pero convierte la muerte en sueño. En los misterios antiguos,
el sueño —koimesis— es el estado iniciático por excelencia:
la muerte en vida que permite al alma desprenderse de los sentidos
para ascender. La duodécima hada actúa como el Horos
gnóstico: pone un límite a la maldición del trece,
purifica la caída y la convierte en un período de gestación
espiritual.
El cien, esotéricamente, no es una cifra redonda por azar.
Es el cuadrado de diez, la Década perfecta, y el diez es el
retorno al uno, a la Mónada, tras haber recorrido los nueve
números de la manifestación. Al sumar 1+0+0, obtenemos
1: la Unidad. ¿Qué significa en el contexto de la princesa
dormida? El sueño de cien años representa el Gran Ciclo
Cósmico, lo que los hindúes llaman un Día de
Brahma y los estoicos el Gran Año. La princesa no espera pasivamente;
realiza un viaje de regreso a la Unidad perdida. El beso del príncipe
—que en esta lectura sería el Espíritu o el Nous superior—
no hace sino constatar que la Unidad ya ha sido restaurada en su interior
durante el sueño.
El saber popular tiene, sin embargo, muy presente que el destino no
lo determinan solo las hadas, sino que la mayoría de las veces
nace de nuestro esfuerzo y actitud. En el cuento de Grimm Madre Nieve,
una viuda tiene dos hijas: la mayor, hermosa y diligente; la menor,
fea y perezosa. A la mayor se le cae el huso al pozo donde trabaja.
Se arroja a recuperarlo y encuentra un horno con pan que grita: "¡Sácame
de aquí, que me quemo, ya estoy cocido!" Poco después,
un manzano le pide: "¡Sacúdeme, que las manzanas
ya están maduras!" La joven obedece. Por último
llega a casa de una anciana, que le dice: "Quédate conmigo;
solo has de sacudir con fuerza mi edredón para que vuelen las
plumas y nieve sobre la tierra. Yo soy Madre Nieve". La joven
cumple. Cuando desea volver a su casa, la anciana la conduce a una
gran puerta; al atravesarla, una lluvia de oro cubre su cuerpo.
La hermana perezosa, al intentar igual fortuna, oye al horno: "¡Sácame
de aquí!" Y responde: "¿Crees que voy a mancharme
el vestido?" Al manzano le dice: "¿Y si me cae una
manzana en la cabeza?" Cuando Madre Nieve le pide que sacuda
el edredón, se remolonea. La anciana la despide, y al cruzar
la puerta, la cubre una lluvia de pez que la deja negra y sucia.
La moraleja es clara: quien va al encuentro del hado con pereza y
sin cumplir sus tareas no recibe sino desgracias.
Las brujas
Para no pecar de imprecisión, conviene recordar que los términos
hada y bruja no aparecen hasta bien entrada la Edad Media. En los
cuentos populares de tradición oral hallamos hechiceras o duendes,
personificaciones de las fuerzas positivas y negativas del destino,
o bien viejecillas que evocan la figura protectora de los antepasados.
Hada y bruja son, en cierto modo, expresiones genéricas que
abarcan un amplio abanico de criaturas fantásticas. Es probable
que ambas denominaciones surjan bajo el influjo de las doctrinas dualistas
cátaras, aunque el término bruja adquiere un sentido
muy distinto a partir de los procesos y persecuciones de la Inquisición.
Las hadas han pasado a ser sinónimo de bien perpetuo; las brujas,
en cambio, van ligadas a la fealdad y a la maldad. Su imagen se ha
estereotipado quizá más que ninguna otra. Desgreñadas
y sucias, pasan las horas ante pócimas repugnantes de hierbas
venenosas, colas de lagarto y polvos de hueso. Vuelan en escobas mágicas
y se complacen en hacer el mal por su simple condición de brujas.
A
modo de conclusión
Este breve análisis de las hadas y personajes de
miedo más significativos nos permite responder a las preguntas
iniciales. Los cuentos de hadas, como concreciones escritas de la
narrativa oral, transmiten contenidos míticos, iniciáticos
y didácticos. Del relato como revelación, como expresión
física de lo sagrado, se pasó al relato como transmisor
de conocimientos mágicos y secretos, y de ahí, al perderse
la comprensión esotérica, al de transmisor de experiencias
prácticas y aleccionadoras.
Pero para que esa transmisión iniciática y didáctica
despliegue toda su eficacia, es preciso atender a la modulación
que impone el desarrollo psíquico del niño. En la primera
infancia, de tres a seis años, el personaje de miedo cumple
una función catártica: da forma y rostro a angustias
preverbales, al miedo a ser devorado, a la separación, a la
pérdida del amor; permite que el niño exteriorice y
domeñe sus terrores en la fantasía, sin necesidad de
reflexión moral explícita. En la etapa de latencia,
de siete a once años, el mismo personaje adquiere un significado
más ético y social: el héroe vence al monstruo
no solo para salvar su pellejo, sino para restaurar un orden justo,
para conquistar las normas internas y acceder a la comunidad de pares.
Lejos de fracturar la lectura espiritual que aquí defendemos,
este prisma evolutivo revela la asombrosa ingeniería psíquica
del cuento clásico: una estructura capaz de ofrecer un andamiaje
simbólico ajustado a las necesidades de cada momento del crecimiento,
desde el miedo a ser comido hasta el miedo a no ser aceptado.
Los personajes de miedo han sufrido con el tiempo una degeneración
gradual. Los mensajes sagrados transmitidos mediante símbolos
apenas son comprendidos hoy. Por eso conviene afirmar con claridad
que los cuentos de hadas, a menudo relegados a literatura menor o
a mera diversión infantil, no pueden circunscribirse a los
más pequeños. La sabiduría que encierran es universal
y toca las raíces esenciales del ser humano: sus raíces
mágicas.
Que este punto de vista no ha sido siempre compartido lo prueba la
insensibilidad de los años mil novecientos sesenta y setenta,
cuando un amplio sector de la sociedad se escandalizaba ante los horrores
de los cuentos: niños abandonados, ogros devoradores, maridos
que degüellan a sus esposas, descuartizamientos, brujas malignas.
¿Cómo poner esas atrocidades en manos de los niños?
Pero quienes así se preguntan olvidan que la vida emocional
del niño es esencialmente mágica. Como apunta Dorothy
Bloch en Para que la bruja no me coma:
“El niño puede sentirse responsable de una gama extraordinaria
de sucesos infaustos. ¿Hay una muerte en la familia? Él
es el asesino. ¿Un accidente? Él es el autor secreto.
¿Una enfermedad? Él es el agente. Su maldad hace que
su madre le deje para ir a trabajar, o que desee tener otro hijo,
y lleva a su padre a ausentarse por viajes de negocios. El niño
puede sentirse culpable de cada disputa y autor de cada desastre,
ya sea la desavenencia entre los padres, la separación o el
divorcio. La chispa que enciende esa predisposición a la culpa,
con su expectativa de castigo, parece ser el propio sentimiento de
cólera del niño. Sus impulsos agresivos están
prohibidos no solo porque sus padres los condenen, sino por el poder
devastador que el niño les atribuye. Si pensar, sentir y desear
equivalen a actuar, el niño mide la magnitud de la amenaza
que representa por la intensidad de su mundo interior. Cuanto más
irritado está, más peligroso se cree, y mayor su miedo
al castigo.”
Los temores del niño son insondables. El exterior y el interior
lo acosan; los sufre como una agresión. Él se ve minúsculo
e indefenso ante los ogros y brujas que alberga en su ser más
profundo y que pugnan por salir, y también ante las figuras
gigantescas de los adultos.
En los cuentos de hadas, en la literatura fantástica, el niño
halla proyectados sus miedos y sus angustias. Mediante esos personajes
de miedo puede comprenderse, sin saberlo, y superar sus frustraciones.
Sobre todo, al identificarse con el héroe, con sus luchas y
penalidades que alcanzan un desenlace feliz, se convence de que él
también puede recibir las ayudas adecuadas, de que también
saldrá victorioso de su conflicto interior.
Con estas consideraciones hemos respondido a la última
pregunta: ¿los cuentos de hadas responden a necesidades concretas
del niño? Nuestra respuesta es un sí rotundo.
Por ello reivindicamos los cuentos de hadas y todos sus pobladores:
ogros, enanos, reyes, príncipes y princesas, monstruos, fantasmas,
dragones, grifos, brujas, madrastras, gigantes, demonios, duendes,
hechiceras, magos, hombres lobo, ondinas, genios, héroes, sirenas,
elfos... toda esa larga galería de seres, benéficos
a veces, maléficos otras, pero fascinantes siempre.
Texto
e ilustraciones: Jesús Zatón