Los
doce trabajos de Hércules
El sendero de retorno a la casa del Padre (Primera parte)
Por Josep Gonzalbo Gómez

El relato mitológico de los doce trabajos de Hércules
traza, de manera incuestionablemente simbólica, la línea
de progreso y de evolución espiritual que todo ser humano ha
de recorrer.
Esta progresión parte desde estados de ignorancia y deseo hasta
determinados niveles de sabiduría y de servicio al Propósito
espiritual.
Cuando nos referimos al carácter simbólico de estos
trabajos, indicamos que ilustran las fases, las etapas, los retos,
las adversidades y, por supuesto, los logros, que escalonan el sendero
de retorno a la casa del Padre, el sendero del discipulado, la travesía
que conduce al aspirante espiritual a la iniciación.
Se trata de un sendero de evolución, en el cual, el ser humano
llega a ser autoconsciente, posibilitando entonces que la voluntad
de su Alma guíe su destino.
A lo largo de la apasionante narrativa del mito y, fundamentalmente,
de sus significados ocultos, nos identificaremos con el desafío
cotidiano de vencer nuestras tendencias naturales o líneas
de menor resistencia, y de trascender el magnetismo de nuestra personalidad
inferior.
Reconoceremos también que, junto con las pugnas con nuestro
pequeño ego, va aflorando progresivamente una disposición
a orientarnos en lugar del bienestar individual hacia el bien común.
Veremos cómo esta incipiente tendencia grupal va empapando
cada acción, cada emoción, cada pensamiento del aspirante
hasta transformarlo conscientemente en un total servidor del Plan
Divino y un Salvador del Mundo.
El nombre Hércules procede originariamente de Heracles, que
significa "la gloria de Hera". Hera representa a Psique
o el Alma. Por ello, el mismo nombre de Hércules ya sintetizaba
su misión: manifestar en trabajo activo en el plano físico
la gloria y el poder de su innata divinidad.
Mito: el Zodíaco
Aquel que preside miró hacia adelante, a los hijos de los hombres,
que son los Hijos de Dios.
Él vio la luz de ellos y el lugar donde estaban parados sobre
el Sendero de retorno al Corazón de Dios.
La Senda recorre un círculo a través de los doce grandes
Portales y, ciclo tras ciclo, los Portales se abren y los Portales
se cierran.
Los Hijos de Dios, que son los hijos de los hombres, caminan por allí.
Poco clara es la luz al principio.
Egoísta la tendencia de la aspiración humana, y oscuros
los actos resultantes.
Lentamente los hombres aprenden y, aprendiendo, pasan entre los pilares
de los Portales una y otra vez.
Lerda es la comprensión, pero en las Antesalas de la Disciplina,
encontradas en cada sección de la cósmica extensión
del círculo, la verdad es lentamente comprendida; aprendida
la lección necesaria; la naturaleza purificada y enseñada
hasta que se ve la Cruz –esa Cruz fija y a la es¬pera, que crucifica
a los hijos de los hombres, prolongada en las Cruces de los que sirven
y salvan.
Del conjunto de hombres, un hombre se adelantó en los días
de la antigüedad y sorprendió el ojo vigilante del Gran
Anciano que preside eternamente dentro del Concilio de la Cámara
del Señor.
Se volvió hacia el que estaba de pie cerca suyo y dijo:
? ¿Quién es esa alma sobre el Sendero de la vida, cuya
luz puede ahora ser vista oscuramente?
Rápidamente llegó la respuesta:
? Esa es el alma que, en el Sendero de la vida, experimenta y busca
la clara luz que brilla desde el Alto Sitio
? Déjala proseguir sobre su senda, pero vigila sus pasos
Los eones velozmente continuaban su curso.
La gran rueda giraba y, girando, traía el alma que buscaba
sobre el Sendero.
Después, llegó un día en que Aquel que preside
el Consejo de la Cámara del Señor atrajo nuevamente
al círculo de Su radiante vida al alma que buscaba.
-¿De quién es esta alma sobre la Senda de sumo empeño
cuyo resplandor oscuramente se distingue afuera?
Llegó la respuesta:
- Un alma que busca la luz de la inteligencia, un alma que lucha.
- Dile de parte mía que vuelva a la otra senda y luego que
viaje alrededor del círculo. Entonces encontrará el
objeto de su búsqueda. Vigila sus pasos y, cuando tenga un
corazón com¬prensivo, una mente anhelante y una mano diestra,
tráemela.
Nuevamente pasaron los siglos.
La gran rueda giró y, girando, llevó a todos los hijos
de los hombres, que son los Hijos de Dios, sobre su senda.
Y mientras estos siglos pasaban, un grupo de hombres emergió
y lentamente cambiaron a la otra senda.
Ellos encontraron el Sendero.
Pasaron los Portales y se esforzaron hacia la cima de la montaña,
y hacia el lugar de muerte y sacrificio.
El Maestro vigilante vio un hombre emerger de esta multitud, subir
a la Cruz fija pidiendo hazañas que cumplir, servicios que
rendir a Dios y al hombre, y buena voluntad para recorrer el Sendero
hacia Dios.
Se paró delante del Gran Ser que Preside, el cual trabaja en
el Concilio de la Cámara del Señor y oyó adelantarse
una voz:
- Obedece al Maestro en el Sendero. Prepárate para las últimas
pruebas.
- Pasa a través de cada Portal y en la esfera que ellos descubren
y guardan, ejecuta el trabajo que convenga a su esfera.
- Aprende así la lección y empieza con amor a servir
a los hombres de la tierra.
Luego le llegó al Maestro la palabra final:
- Prepara al candidato. Dale sus trabajos a realizar y coloca su nombre
sobre las tablas de la Senda viviente.
El
Tibetano
El sendero de retorno
El sendero de retorno a la casa del Padre recorre un círculo
a través de los doce grandes portales del zodíaco.
Los hijos de Dios transitan ese camino de retorno, inicialmente, desde
una tendencia egoísta y progresivamente, conforme van atravesando
esos portales, la Verdad es lentamente comprendida y su naturaleza
gradualmente purificada.
Los hijos de los hombres, los cuales todavía no son conscientes
de su esencia divina, recorren el zodíaco de Aries a Tauro,
por vía de Piscis.
Los hijos de Dios que buscan este camino de regreso lo realizan en
sentido contrario al resto de los hombres dormidos, de Aries a Piscis,
por vía de Tauro.
Los hijos de los hombres acabarán por encontrarse con la Cruz
del Sacrificio, e irán sometiendo su identidad inferior al
servicio y salvación del resto de los hijos de Dios.
En la antigüedad, del conjunto de esos hijos de los hombres,
sorprendió la luz de uno de ellos, Hércules, que caracterizó
con decidida aspiración ese camino de regreso que todo discípulo
ha de recorrer.
Inicialmente Hércules desempeña el papel del aspirante
en el Sendero del Discipulado, el de un hijo de Dios aún no
perfeccionado que pretende dominar su naturaleza inferior. Veremos
como en el trascurso de los signos irá dando lugar al surgimiento
de su innata divinidad para erigirse finalmente en un salvador del
mundo.
La historia de Hércules es la de cada ser humano individual,
crucificado sobre la cruz de la materia y de la existencia, y descubriendo
que él/ella es en verdad un/a hijo/a de Dios encarnado/a. Dios
encarnado en la materia.
En los doce trabajos de Hércules está representado ese
Sendero del Discipulado y sus experiencias preparatorias para el gran
ciclo final de la Iniciación.
El sendero del Discipulado es pues, ese camino que peregrina de Aries
a Pis¬cis en el cual el aspirante o discípulo en¬frenta
las pruebas que le conducirán ante la presencia de Dios.
El Zodíaco es pues, el Sendero de retorno.
El Tibetano
Fuentes bibliográficas
• Alice Bailey (1974). Los trabajos de Hércules, una interpretación
astrológica. Madrid. Editorial Luis Cárcamo.
• Sri K. Parvathi Kumar (1999). Hércules: El Hombre y el Símbolo.
Barcelona. Ediciones Dhanishtha. ISBN: 8488011407
• Torkom Saraydarian (2005). Sinfonía del Zodíaco. Buenos
Aires. Editorial Kier. ISBN: 950170324X
• José Trigueirinho Netto (2006). Hora de crecer interiormente.
El mito de Hércules hoy. Buenos Aires. Editorial Kier. ISBN:
9501701573
• Vicente Beltrán Anglada (19741987). Conferencias. Asociación
VBA. www.asociacionvicentebeltrananglada.org
• FranciscoManuel Nácher. Los doce trabajos de Hércules.
Libro digital.
• Jean Chevalier, Alain Gheerbrant (1986). Diccionario de los símbolos.
Barcelona. Ediciones Herder