El
significado de la palabra HIBRIS
Por Juan Ramón González Ortiz

Hibris significa en griego clásico orgullo. Pero no se trata
del orgullo que se produce cuando nos enaltecemos de algo que nos
distingue, o de alguna habilidad, o de un logro.
No.
Hibris es el orgullo satánico, el orgullo despreciativo. Es
el supremo pecado. La extrema insolencia de quien se cree al margen
de Dios, y al margen de los seres humanos.
Evidentemente, su manifestación más inmediata es la
desmesurada sed de poder.
Hibris es lo que guía el mundo de la política. Hibris
es lo que alimenta al nacionalismo en su comportamiento diario, lleno
de odio y de exclusión, y ya no digamos al separatismo. La
insolencia del separatismo, su autosuficiencia, no hacen sino acrecentar
la némesis, el sentimiento de indignación, en todos
sus vecinos.
La Hibris del nacionalismo nos muestra en sus políticos un
ansia por el poder verdaderamente satánica y una nula atención
a cooperar. Ese comportamiento olvida que el ser humano es flor de
un solo día, apenas una brizna de hierba, y que la historia
no la hacen los seres humanos, sino los dioses, que son los que tejen
los caminos del mundo.
Cuando uno sobrepasa todos los límites, violentando la naturaleza
del cielo y de la tierra, cuando uno pisotea todas las formas de relación
con los dioses, es que está poseído por el Hibris.
Lo peor de todo no es la atracción intelectual de sentirse
por encima de las leyes de este mundo. Lo peor es que este tipo de
gente, los sedientos, pisotean la libertad y cualquier tipo de creencias
ajenas tan solo para sentirse gratificados en su orgullo y en su narcisismo.
Cuando el veneno de Hibris entra en el corazón humano, aunque
sea una gota, esa persona olvida quién es, y se siente lanzada
a un proyecto desmesurado, que sobrepasa la realidad humana. Esto
es así porque Hibris hace olvidar al ser humano su propia humanidad,
situándose al margen del mismísimo Dios. Los griegos
decían que de una persona así, hasta los propios dioses
tenían envidia: phzonoszeón.
Herodoto nos cuenta que en la conversación entre Artabano y
Jerjes, a punto este último de invadir Grecia, su ministro,
y después asesino, le recordaba al soberano que Dios hiere
a los más grandes y altos, nunca a los pequeños animales,
o a los árboles de poca alzada.
Así, lo mismo hace Dios con los grandes ejércitos, que
a veces son destruidos por otros mucho más pequeños,
pues “Dios no permite a nadie, que no sea Él mismo, tener pensamientos
de ambición”.
Finalmente, la aventura de Jerjes acabó en derrota, y Esquilo
nos dice que su caída “se debe a la envidia de los dioses”
Herodoto, de nuevo, nos cuenta que cuando el faraón Amasis
escribió a Polícrates, el gran tirano de Samos, le explicaba:
“Tus muchos éxitos no me complacen, sabiendo, como sé,
que la divina naturaleza es celosa. Preferiría que yo y aquellos
a quienes aprecio triunfáramos en unas empresas y fracasáramos
en otras, experimentando alternativamente, a través de la vida,
la buena y la mala fortuna, más bien que triunfar invariablemente,
pues todavía no he oído de nadie que triunfara en todo
y que, al final, no pereciera miserablemente”
Por eso en la antigüedad clásica había tanto terror
al triunfo, y cuando este se conseguía eran precisos ritos,
purificaciones y ceremonias tanto para ennoblecer el alma por medio
del agradecimiento, como para alejar la tentación de creerse
por encima de todo. Recordemos que cuando el legado retornaba triunfante
de una guerra, de pie sobre el currus triumphalis, con el rostro pintado
de minio, un siervo, tras él le mantenía sobre su cabeza
una corona de laurel mientras le repetía una y otra vez, sin
cesar, “acuérdate de que no eres más que un hombre”.
Y Píndaro nos recordaba en sus Ístmicas, “Procura no
hacerte Zeus. Lo mortal es lo apropiado para los mortales”.
Para los griegos cualquier éxito era peligroso, porque era
muy fácil sentir las llamaradas del orgullo. Fijémonos
en la amenazadora expresión “envidia de los dioses”, que supone
que hasta los dioses recelan y se sienten molestos por el olvido de
los humanos, entregado por completo a la satisfacción y al
engreimiento. Recordemos que Esquilo nos decía que “Hibris
es la hija del ateísmo”. Porque para los griegos el ateísmo
era incomprensible, como la Hibris, y una puerta abierta a la locura
y al desastre. El ateísmo demostraba una tal arrogancia, y
un desprecio tan grande a la jerarquía del mundo que nada bueno
podía surgir de esa actitud. El ateísmo significaba
condenarse a vivir solo en el mundo, expatriado en un mundo incomprensible,
sin Logos ni razón de ser, y enfrentado permanentemente a él
y a sus fuerzas.
Curiosamente, esta es la actitud de muchos seres humanos actuales.
Esta actitud, hoy en día, se tiene por moderna y “racional”.
Los griegos opinaban que disolver el lazo que nos ata individual y
colectivamentea los dioses es la suprema expresión de la arrogancia.
Ese olvido de los dioses, esa autosuficiencia, era lo que hoy en día
llamaríamos pecado.
Según el propio Esquilo, cuando Darío comentó
la fatal expedición de su hijo Jerjes, dijo severamente: “Pensó
que siendo, como es, un simple mortal podría llegar a ser el
propioseñor de los dioses”.
Lo peligroso del Hibris es que a un Hibris sigue otro Hibris, con
lo cual las desgracias se van amontonando más y más
en el horizonte.
Teofrasto, en sus Caracteres, nos comenta que un enfermo de Hibris
nunca dice “Haz esto por favor”, sino que dice “Quiero que esto se
haga ahora mismo”.
Qué expresión esta tan conocida, y tantas veces oída
por nosotros, ¿verdad?
¿A cuántos enfermos de Hibris no habremos conocido en
nuestras vidas?, ¿acaso nosotros en algún momento de
nuestra existencia no hayamos caído también en la Hibris?
Las riquezas, en particular, llevan en línea recta a la Hibris.
Casi podríamos decir que es inevitable.
Recordemos que los piratas que infestaban el Mare Nostrum, según
nos cuenta Plutarco, navegaban con remos dorados y plateados, y con
velas doradas o purpúreas, imitando cortinajes, como pública
manifestación de su abundancia y de su riqueza. De tal manera
esto era así, que más que la fiereza o la crueldad de
los piratas, lo más odioso y molesto para la gente era la exhibición
de este orgullo y arrogancia.
En efecto, las posesiones despiertan un orgullo y una altivez verdaderamente
odiosas. Es la estúpida seguridad del rico que piensa que puede
comprar cualquier cosa, y que por tanto la noción de Dios solo
les es necesariaa los desarrapados, o a los que viven en la inseguridad.
También la noble cuna es causa de Hibris, no solo las riquezas,
incluso la abundancia de formación intelectual y espiritual
pueden despeñarnos por los laberintos de la soberbia.
El yperefanos es el ser humano que se manifiesta de una manera humilde
y que hace ver a todos su mansedumbre, pero interiormente está
colmado de orgullo e Hibris. Su pecado es que se ha olvidado de que
es una simple criatura y que Dios es su Creador, pues el yperefanos
en silencio y a todas horas se adora a sí mismo. Si aparenta
modestia y humildad es solo porque le conviene y porque así
obtiene más honores, réditos y ganancias.
Para los griegos, acariciar la maligna idea de que uno mismo es el
que gobierna la propia vida, y de que su destino está sometido
a su inteligencia y a sus pasiones es un desatino, una locura, y una
idea que hay que temer. Es una idea que es necesario apartar. Pero
no todo es olvidar a Dios, también hay un Hibris racional:
creer que uno puede comprender la grandeza de Dios, sus designios
o conocer el Propósito de la Creación. Hibris también
era el pecado más odioso contra el prójimo, pues la
insolencia de Hibris y el convencimiento de su superioridad se manifiesta
en el constante desprecio e insultos a los demás. El enfermo
de Hibris experimenta un secreto placer cuando veja o menosprecia
a alguien.
Casi todas las malas acciones repentinas, la ira, la violencia, el
sentimiento de venganza nacen en el ardor del momento, en la confusión
y en la rabia de un instante, sin que la razón pueda hacer
nada para sofocar de inmediato el incendio. Sin embargo, el goce que
siente el enfermo de Hibris por ultrajar nace sin que exista calentura
o provocación. Hibris hiere porque le gusta y porque le provoca
felicidad. Es el amor a la humillación del prójimo sin
que medie ninguna pasión por en medio. Hibris se regodea en
el daño gratuito y absolutamente innecesario.
Digamos que este comportamiento era el que tenía Aquiles, el
héroe homérico, no solo ante los humanos sino incluso
ante los mismísimos dioses. Por eso Platón, en la República,
afirmaba que Aquiles disfrutaba con la “abrumadora soberbia”.En fin,
Hibris es el más cruel de todos los pecados.
Juan
Ramón González Ortiz