| Historias
de griegos y romanos
Un
ciudadano marchó un día desde la ciudad de Roma hasta
la lejana Mitilene, pues quería conocer a Marcelo, la espada
de Roma, conquistador de Siracusa, que había sido desterrado
allí por el Senado romano. Cuando
Polión invitó a comer al frugal emperador Augusto, avisó
a toda su servidumbre de que castigaría con la pena capital
a todo aquel que en presencia del Emperador cometiese un error mientras
sirviese, o una falta contra el decoro. Quiso su esclavo Afer cometer
ese error, y cuando tomaba la copa de Augusto para servirle vino del
Falerno la dejó resbalar de sus manos y la copa de cristal
cayó al suelo quebrándose en mil pedazos. Polión
estalló en cólera y quiso que el esclavo inmediatamente
fuese lanzado al estanque de las morenas, pues se decía de
ellas que, si estaban hambrientas, y las de Polión lo estaban,
devoraban carne humana. Augusto pidió calma y rogó que
antes de precipitar al esclavo en el lago de las morenas le mostrasen
el resto de las copas de cristal. Polión se serenó un
momento y mandó que trajeran la cristalería. Una vez
que la extendieron sobre la mesa, Augusto levantó su bastón
y las rompió todas. Y mirando a Polión le dijo, “Yo
te he hecho más destrozo que tu esclavo, sin embargo, a mí
no me vas a echar a la piscina de las morenas. Te ruego que si a mí
no me lo haces tampoco se lo hagas a él, que solo ha roto una
copa”.
Cuando
Marco Antonio conoció a Cleopatra, se quedó sin aliento
nada más verla, a pesar de que la soberana de Egipto no era
especialmente hermosa, y no sabía qué hacer para llamar
su atención. Un día, Antonio se puso a pescar junto
al Tíber sabiendo que cuando pasase Cleopatra con su comitiva
forzosamente se pararía a hablar con él. Marco Antonio,
había dispuesto que en cuanto Cleopatra se acercase, unos sirvientes,
a los que ya tenía apostados, lanzarían peces vivos,
de unas cestas en las que los transportaban, con la esperanza de que
picarían en el anzuelo de Antonio. Y así fue. Mientras
Antonio exhibía sus dotes de gran pescador, Cleopatra se fijó
en un grupo de gente muy atareada unos metros más arriba y
comprendió de qué se trataba. Juan
Ramón González Ortiz |


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